6. Capítulo 5
Mason
S on las nueve en punto y estoy en el balcón, en bóxers negros, con pinta de estar más nervioso que un narco esperando un alijo de droga.
La luna se extiende sobre el océano, su reflejo plateado ondula sobre las olas que lamen nuestra playa privada. El ritmo y los sonidos que llegan desde abajo son lentos y relajantes…
Nada que ver con mi ritmo cardíaco ahora mismo.
En algún lugar de la planta baja, Declan está viendo vídeos de partidos con el volumen demasiado alto. Biscuit probablemente esté dormido en su cama o siguiendo a Beck por ahí.
Por suerte para mí, porque al menos ninguno de ellos sabe que la hija del entrenador está a punto de escalar la fachada de la casa solo por mí.
Llevo una hora listo.
He puesto sábanas limpias, he bajado la intensidad de las lámparas e incluso he puesto un disco en el viejo tocadiscos de mi padre, porque Rose se merece algo mejor que la lista de reproducción del altavoz Bluetooth que Beck le exige a Darcy que llame su « zumo de romance ».
Miro el reloj. Son las nueve y dos.
Y acabo de ver movimiento entre los setos.
Al principio creo que es un mapache. Entonces el mapache se levanta y es Rose Pearson , que se desliza por la línea de arbustos en el lado completamente equivocado de la mansión como si estuviera asaltando una fortaleza.
Se lanza entre dos palmeras, se aplana contra la caseta de la piscina y se asoma por la esquina como una mujer que ha visto una sola película de espías en su vida y no ha asimilado nada de ella.
Me apoyo en la barandilla y, simplemente…, disfruto del espectáculo.
Pasa corriendo por delante de la cocina exterior, tan agachada que los muslos deben de estarle ardiendo, y se dirige directamente a la ventana de Beck. A la ventana de Beck . Que Dios nos ayude a todos si se le ocurre dar golpecitos en ese cristal.
Por suerte para mí, no tanto para ella, los aspersores se encienden.
Rose salta hacia un lado con un grito ahogado que se traga de inmediato, brincando por encima de un rociador como si el suelo fuera lava, y se refugia detrás de una tumbona.
Saco el móvil y contemplo la posibilidad de grabarlo todo, pero decido no hacerlo porque soy un puto buen hombre.
Mason: Estás en el lado equivocado de la casa.
Abajo, en la terraza de la piscina, un rectángulo de luz le ilumina la cara.
La veo quedarse helada y hacer una pausa para leer el mensaje.
Luego, muy despacio, inclina la cabeza hacia atrás y recorre con la mirada el segundo piso hasta que me encuentra apoyado en la barandilla del balcón, mordiéndome la boca para contener la risa.
Incluso desde aquí, veo cómo sus labios forman las palabras « oh, venga ya ».
Señalo a la izquierda, hacia la estrecha escalera lateral escondida detrás del biombo de bambú. La que sube directamente a mi balcón y de la que le hablé, al parecer, en un idioma que no domina.
Dos minutos después, Rose sube el último escalón hasta mi balcón, sonrojada, respirando con dificultad, con una hoja en el pelo y una mirada asesina.
—Hay escaleras —sisea.
—Te he mandado un mensaje sobre las escaleras. Esta tarde. Con un esquema.
—Ah, ¿te refieres al esquema que parecía un rayo dibujado por un niño pequeño en una caja de zapatos?
—Eso era la casa.
—Pues la casa necesita un arquitecto mejor. —Se sacude la sudadera y una gota del aspersor sale volando de su manga—. Además, tu césped me ha atacado.
Le quito la hoja del pelo, y es entonces cuando la miro de verdad.
Lleva una puta sudadera y zapatillas de deporte con…
Vaqueros.
—¿Te has quitado el vestido?
Ella parpadea.
—¿Qué?
—Llevas dos días con ese vestido, ¿y ahora decides quitártelo?
Rose se mira la ropa.
—Pues sí. La mayoría de la gente se cambia de ropa antes de escaparse por la noche, Mason.
Si mi padre me viera salir de casa a las nueve de la noche con un vestido de verano, habría llamado al puto FBI.
—Me levanta las cejas con una mirada elocuente que no debería resultar tan sexi—.
Los vaqueros también dicen: « Un viaje rápido a la tienda ».
Llevar un vestido de verano por la noche dice: « Tu hija está a punto de tomar decisiones terribles ».
—Supongo. —Gimo de todos modos—. Es que me gustaba el vestido.
Pasa a mi lado hacia las puertas del balcón, pero se detiene para admirar las vistas a su espalda. Desde aquí arriba, podemos verlo todo. El océano iluminado por la luna, las luces del estadio brillando a lo lejos en la costa.
—Vale, esto es injusto. ¿Te despiertas con esto? —dice Rose, agarrándose a la barandilla.
—Todos los días.
—Guau. No me extraña que seáis todos tan insufribles.
La observo ahí de pie, bajo la luz plateada, con el pelo suelto, las mejillas sonrosadas por su aventura jardinera, y niego con la cabeza de la misma manera que llevo haciendo semanas.
Porque está aquí de verdad.
Rose Pearson está en mi balcón. Y durante las próximas horas, la tengo para mí solo.
Esto es lo que sé de mí mismo: acepté algo casual y se me va a dar espectacularmente mal.
Lo supe en su despacho. Lo supe cuando compré la silla. Lo supe hace una hora cuando puse un disco porque quería que esta noche fuera agradable para ella, lo que no es el instinto de un hombre que busca algo casual.
Pero esta mujer también acaba de colarse entre arbustos hostiles y ha luchado contra un sistema de riego para llegar hasta mí.
Así que la poca contención que me quedaba acaba de morir en algún lugar de ese seto.
Paso el brazo por detrás de ella y cierro la puerta del balcón. La cerradura hace un clic silencioso antes de que corra las persianas.
Cuando me doy la vuelta, Rose sigue de pie en medio de mi habitación, húmeda por los aspersores, con las mejillas sonrojadas, observándome como si supiera exactamente lo que significa ese sonido.
—Por fin —digo, mirándola—. Te tengo exactamente donde te quería.
Rose se adentra más en la habitación y yo me quedo donde estoy.
—Joder, Mason.
—¿Qué?
—¿Este es tu dormitorio ?
Miro a mi alrededor.
—La última vez que lo comprobé, sí.
Nunca he pensado mucho en mi dormitorio.
Es grande porque todas las habitaciones de esta ridícula casa son grandes, con una gruesa alfombra de color crema bajo los pies y una cama lo suficientemente ancha como para que Biscuit pueda dormir de lado en el extremo inferior sin tocarme.
El cabecero es de madera oscura, casi llega al techo, con sábanas blancas y limpias metidas bajo un edredón gris que, por supuesto, no he vuelto a hacer dos veces antes de que llegara.
Rose se fija en la cama.
Sus ojos se detienen ahí el tiempo suficiente para que mi polla se dé por aludida de inmediato.
Luego sigue moviéndose.
Hay un sillón en la esquina, de cuero marrón oscuro, con la manta que me compró mamá doblada sobre un brazo.
Más allá, una puerta abierta conduce a mi vestidor, donde hileras de ropa, zapatos y trajes para los días de partido están dispuestos con suficiente orden como para que ella probablemente asuma que lo hizo Diego.
Sigo observando cómo Rose gira lentamente en medio de la habitación, con el asombro escrito en su cara.
Más allá del vestidor, otra puerta abierta da al baño. Combina con el brillo moderno de la cocina de abajo, con una ducha doble tras un cristal ahumado y una bañera exenta situada junto a otra ventana con vistas al mar.
Rose se detiene en el umbral del baño.
—¿Tienes una bañera con vistas al mar?
—Técnicamente, la bañera es la que tiene las vistas. Yo solo puedo usarla como parte de mi contrato con los Bears.
—Mason, yo comparto baño con mi padre. —Me mira como si la acabara de ofender—. Y nuestro baño da directamente a la valla del vecino.
—Entonces, quizá el entrenador debería conseguir un agente mejor para negociar sus contratos con los Bears. —Me río, apoyándome en el marco de la puerta del baño—. Sabes que no pagamos nada por vivir aquí, ¿verdad? Declan lo negoció en su contrato.
Rose se vuelve para mirarme fijamente.
—¿Nada?
—Nada.
Rose emite un sonido que no es exactamente una risa.
—Mi padre lleva veinte años entrenando a equipos de hockey profesional y vive de alquiler en un chalé adosado .
—Pues entonces quizá tu padre debería llamar a Declan.
—Tu hermano le cobraría por la consulta.
Sonrío.
—Sin ninguna duda.
Vuelve a mirar la bañera una vez más, y ver esa expresión en sus ojos me provoca cosas que no estoy seguro de haber sentido antes.
—Para que conste —digo—, solo la he usado dos veces.
Se da la vuelta.
—¿La bañera?
—Es un poco excesiva para una sola persona.
Eso le arranca una risa y los nervios dentro de mí se relajan mientras sigue explorando.
Sus dedos recorren el borde de la cómoda donde el viejo tocadiscos de papá gira lentamente bajo su tapa transparente, la aguja moviéndose por uno de los discos de Led Zeppelin que le robé de su colección hace años.
A su lado hay una pequeña pila de libros, mi reloj, una foto enmarcada de los cuatro de niños que Beck sigue amenazando con cambiar porque sus dientes nunca se han visto tan grandes.
Rose también se fija en eso y luego vuelve a mirar a su alrededor. A la cama hecha, al tocadiscos y, finalmente, a la vela que brilla junto a mi mesita de noche.
Por supuesto que se fija en la puta vela.
Rose se acerca y se inclina para olerla. Veo cómo cierra los ojos durante medio segundo, luego la coge con cuidado y lee la etiqueta.
Me mira a través de sus pestañas, que de repente parecen más oscuras y sexis.
—Ooooh. Has encendido una vela con aroma a caoba para un polvo casual. —Su sonrisa se ensancha—. Mírate, grandullón, jugador de hockey profesional.
—Rose.
Cruzo el espacio que nos separa antes de que pueda seguir alargando esto, le quito la vela de la mano y la vuelvo a dejar en la mesita de noche.
—Deja de inspeccionar mi dormitorio y de hablar de velas.
Su sonrisa no desaparece. Si acaso, se acentúa.
—Pues oblígame.
Así que la beso y la guasa se desvanece al instante.
Se derrite en mí, sus dedos se enroscan en mi pecho desnudo, y la hago caminar hacia atrás, hacia la cama, mientras su sudadera cae al suelo.