58 ÁLVARO
ÁLVARO
Mientras Thiago se va por la puerta, siento que lo que acaba de suceder no es real. No sé qué ha pasado entre ellos, pero es verdad lo que dice Thiago: ya habrá tiempo para hablar. Me da cierta lástima que se vaya, es como si finalmente hubiera conocido al verdadero Thiago.
Unai tiene una mirada casi igual de perdida que la mía. Le sonrío para que sepa que todo va bien.
—No entiendo nada de lo que está pasando —le digo—, pero… me alegro de que estés aquí, conmigo.
Se me acerca mientras se quita el abrigo. Debajo, lleva una de esas camisas que hacen que parezca tan formal. Me agarra la cara, acariciándome la mejilla con el pulgar, y me da un beso en los labios; un beso que siento como el mayor abrazo que me ha dado nunca nadie.
—Álvaro, no sé qué te ha contado Thiago. Apareció justo en el momento que yo necesitaba…
—Unai… —le corto—. Si alguien tiene que dar alguna explicación, creo que ese soy yo.
Pero en sus ojos veo que no me la está pidiendo y tengo la sensación de que, por primera vez, nos entendemos. Lo dicho: ya habrá tiempo para hablar de todo.
Nos besamos una vez más, y ahora soy yo quien le acaricia el cuello rozando su mandíbula. Lo veo más guapo que nunca, más sexi que cualquier otra noche que haya estado junto a él. De golpe siento algo inmenso, más fuerte de lo que haya sentido jamás.
Nos acariciamos y nuestra conexión es casi perfecta, como si nos estuviéramos uniendo más que nunca. Intento saber qué es lo que ha cambiado, qué ha pasado para que me sienta tan bien con él.
No podemos evitar seguir besándonos, casi sin hablar.
Mi mano va directa a los botones de su camisa para desabrocharlos de uno en uno. Destapando su pecho poco a poco…
Nos interrumpen unos golpes en la puerta; alguien ha llamado.
Nos miramos extrañados y me acerco a la puerta.
Abro lentamente.
Es Thiago.
—Perdonad —me dice con cara de disculpa—, me he dejado el móvil.
—Qué raro… —me río con ironía.
Entra en el salón como quien no quiere molestar. Unai y yo nos miramos sonrientes; él tampoco se sorprende.
—Aquí —dice al encontrarlo encima de una balda de la estantería.
Thiago se dirige otra vez hacia la puerta. La abre y nos mira por última vez.
—Nos vemos, chicos.
Nos quedamos callados. Justo cuando está a punto de cerrarse la puerta, no puedo evitarlo y le llamo.
—Thiago.
Se detiene y asoma su cabeza.
—¿Qué pasa?
Sin pensar, me dejo llevar y me acerco al tocadiscos, el que me regaló Unai unos meses atrás, y cojo el disco que me ha regalado Thiago hace un rato: Deseo Carnal
. Lo abro, coloco el vinilo sobre la base y le doy al play
. Me tiemblan los dedos. De nervios, de emoción, de excitación…
El motor hace girar el plato; hay tanto silencio que se oye el crujir de la aguja cuando roza el vinilo. Empiezan a sonar los primeros acordes, unos violines y una flauta que dan comienzo al tema que nos podría describir: Cómo pudiste hacerme esto a mí
.
Ambos me miran.
Thiago vuelve a entrar. Esta vez, deja su mochila en el suelo.
También deja caer su abrigo. Unai, sin prisa, termina de desabrocharse los dos últimos botones de la camisa.
Podríamos echarnos en cara todo lo que hemos hecho mal, y tal vez lo hagamos en algún momento, pero los tres sabemos que no es lo que queremos ahora mismo.
Ya nos hemos gritado, ya hemos llorado, ya nos lo hemos hecho pasar mal los unos a los otros.
En vez de decir nada, nos acercamos lentamente, paso a paso; sin miedo, saboreando cada mirada, cada respiración, cada temblor de nuestro cuerpo.
Cierro los ojos. Siento los labios de Thiago y también los de Unai; siento el sabor de sus besos, como si fueran la mezcla perfecta. Thiago, con la piel más áspera, Unai, con unos labios más suaves y carnosos. Toco sus cuerpos que conozco a la perfección
.