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UNAI
Aquí lo llaman «New Year's Eve». La ciudad está llena de mercadillos navideños, pistas de hielo y gente, mucha gente. Es lo que necesito: divertirme y dejar, de una vez por todas, este año atrás.
Querría haber ido al Winter Wonderland, en el Hyde Park.
Montan atracciones y hay espectáculos. Pero con Daniel hemos querido hacer algo más local y hemos paseado por el parque que tenemos al lado, el Queen Elizabeth Olympic Park; para mí, igual de bonito.
Enseguida se ha hecho de noche y parece que se acerca una tormenta, pero esto no les asusta aquí.
Para llevar mejor el frío, tomamos algunos vasos de Glühwein
, una especie de vino caliente con canela. El sabor es raro, pero te acostumbras rápido.
Por primera vez en mucho tiempo, me siento libre.
Lejos de casa, lejos de nadie que me ate…
Sigo cabreado con Álvaro, sí, pero se me pasará.
También hay que darse cuenta de quién no aporta nada en tu vida.
De hecho, estoy cabreado con los tíos, en general.
Me jode pensar que soy el único de todos que busca algo serio.
Con Daniel la cosa ha mejorado. Al principio dudamos si vivir juntos después de lo que había pasado, pero estamos mejor que nunca. Además, conseguimos otra oportunidad para los saltos en pareja y no pudieron decirnos que no. Nuestra sincronía es absoluta.
Nuestro entrenador está buscando patrocinadores y, al parecer, hay alguna marca interesada; esta vez, para los dos, así
que Daniel ha salido ganando. Se está convirtiendo en mi mejor amigo.
No paramos de encontrarnos a gente y vamos hablando con unos y con otros.
Ahora sí que quiero coger esta nueva vida, en esta nueva ciudad, con todas las ganas y no darle vueltas a todo lo que pasa a kilómetros de aquí.
Cada vez que se me viene Álvaro a la cabeza, doy un trago de vino.
Después pienso en Thiago, de quien ni siquiera recuerdo la cara con claridad; llegará en un par de horas, justo antes de Año Nuevo.
El encuentro con él hace unas semanas fue espectacular, así que esta noche puede pasar de todo.
Y mañana, o cuando quiera, que se coja un vuelo de vuelta y si te he visto no me acuerdo.
Ya va siendo hora de disfrutar un poco más de los tíos y no andar siempre tan preocupado.
Después de alargarnos de más en el mercadillo, llegamos por fin a casa. Hay muchos amigos esperando ya en el portal. Los hemos citado a las ocho de la tarde y son casi las nueve. Me acuerdo del chiste y de la puntualidad de los ingleses.
Subimos a casa y desde el primer momento se respira un buen rollo espectacular; me siento completamente liberado. Diría que es la primera fiesta que monto en mi vida.
—Daniel —le digo.
—Dime, amor. —Siempre me llama así.
—¡Este va a ser nuestro año!
—¡¡¡Sííí!!!
Brindamos una vez más y nos abrazamos.
Está todo listo. Solo falta poner música.
It doesn't matter if you love him or capital H, I, M…
Just put your paws up
'Cause you were born this way, baby.
Cada vez que llega alguien nuevo, es el mismo ritual: Daniel o yo los recibimos, los acompañamos a su habitación o a la mía para dejar los abrigos, dejamos las bebidas en la cocina y nos olvidamos.
La tormenta, fuera, es cada vez mayor. La gente llega empapada y con los paraguas chorreando; esos, los dejamos en el cuarto de baño. Viene todo el mundo con muchas ganas de fiesta. Hay gente del club, amigos de amigos y algún que otro desconocido.
Lo mejor es que hemos comprado uvas y las vamos a repartir porque vamos a hacer un Fin de Año español. Daniel se va a disfrazar y tocará las doce campanadas con una cacerola; tal vez nos echan del país.
Estoy distraído, hablando con dos amigas italianas del equipo de sincronización, cuando Daniel me llama desde la puerta.
A primera vista no le reconozco; pero enseguida veo el inconfundible lunar bajo el ojo y me recorre algo por todo el cuerpo… Ha llegado Thiago.
Me acerco rápidamente y le saludo con un abrazo. También está empapado, no lleva paraguas ni nada para protegerse.
—¡Qué fuerte que estés aquí! —Al fin y al cabo, ha venido antes a verme un desconocido que Álvaro.
Lo observo y acabo de construir la imagen difusa que tenía en mi cabeza de él. Lo veo más guapo, incluso más arreglado que la otra vez. Era de noche, nos vimos poco rato… Casi recuerdo más lo que sucedió entre nosotros que su cara, incluso que su voz.
—Tenía ganas de verte —me dice.
Esta frase es la única que se dice con total sinceridad. He escuchado decir «Te quiero», «Te echo de menos», «A ver cuándo nos vemos»…, pero esas frases suelen estar completamente vacías. Sin embargo, cuando dices «Tengo ganas de verte», es real.
No sé si son las navidades o qué, pero me produce muy buena sensación. Daniel lo saluda y se va corriendo para dejarnos a solas.
—Ven a mi habitación —le digo—, y así te secas. O…
—¿O qué? —me dedica una mirada traviesa.
—O te puedes cambiar, si quieres —le sigo el juego.
—Claro. —No aparta sus ojos de mí.
Me doy cuenta de que a veces pasamos mucho tiempo intentando contentar a alguien sin éxito, queriendo estar siempre a la altura. Entonces, llega otra persona con la que todo es fácil.
Nos metemos en la habitación.
«Tenía ganas de verte».
Esa frase me ha hecho sentir alguien importante.
—Estás guapísimo —me dice y me vuelve a dar un abrazo.
Se lo devuelvo y lo alargamos algunos segundos; se nos escapa alguna caricia y hasta un beso cerca de los labios. Lo recordaba sin camiseta, sudado y muy despeinado… La imagen de ahora es bastante más decente; hasta parece más tímido que el tío que se lanzó sobre mí en el Apolo.
Por mi cabeza pasan mil cosas.
En otro momento pensaría en qué debo hacer y qué no; ahora no le doy tantas vueltas.
Que pase lo que tenga que pasar
.