38 THIAGO
THIAGO
Cada vez que me vibra el móvil quiero que sea Unai.
ÁLVARO:
Ey, Thiago, ¿qué tal?
Es Álvaro. Además del saludo me manda un link
de una canción. No leo la canción, pero sí distingo la portada en miniatura del disco: dos cuerpos desnudos abrazándose, Deseo Carnal
.
Le escribo diciendo que la escucharé más tarde.
—¿Ya estás mirando marranadas? —Antón no tiene reparos en mirarme el móvil y comentar lo que ve. Estoy en una terraza con Helena y con él.
—Es una canción —le respondo guardando el móvil en el bolsillo.
—¿Y quién te la manda? —se ríe—. He leído «Álvaro», ¿quién es?
—No seas cotilla —le interrumpe Helena—. Pero ya que lo has visto… ¿quién es?
Me quedo pensando la respuesta unos segundos.
Podría decir que Álvaro ha sido un rollo, pero la realidad es que es alguien con quien he vivido las últimas semanas.
Alguien podría decir que me he aprovechado de él porque no tenía donde dormir, pero no tengo esa sensación; al final hasta nos hemos entendido y he estado mejor en su casa que en los últimos pisos en los que he vivido.
Helena y Antón me miran expectantes.
—Nada, un amigo —digo finalmente.
—¡Tienes que venir a vivir aquí de una vez! Mira, ¿no te gusta esto? —Helena me señala la gente y la terraza.
Estamos en la Via Sacra, un pequeño callejón en el casco antiguo, detrás de la Catedral. Siempre acabamos aquí tomando algo en las mesas de un bar que hace esquina.
Antón ha pedido tres cervezas más y sigue con el tema.
—Thiago dice que no quiere venir aquí porque no va a encontrar pareja jamás.
—¡Yo nunca he dicho eso! —me defiendo.
—Pero en Barcelona tampoco has encontrado. Tal vez esté aquí —dice Helena—. En quince años, ¿cuántas relaciones has tenido?
—¿Yo?
—Hablamos de relaciones serias, ¿eh?
Hago ver que pienso la respuesta, aunque me la sé perfectamente.
—Pocas. Lo que es relación, relación… no he tenido ninguna.
—Pero folla más que quiere —salta Antón, que está en nuestra conversación, a la vez que saluda a gente que va pasando.
—¿Nunca te has enamorado?
En mi cabeza vuelve a aparecer Unai. ¿Por qué? Jamás me había pasado. Es imposible que sienta algo por alguien a quien he visto una sola vez.
—Vaya cara se te ha puesto —se burla Helena.
—¡Jamás te había visto ponerte colorado! —Antón me mira sorprendido.
Decido contar la verdad, que es nada
.
—No estoy enamorado. Jamás lo he estado.
—Tu cara no dice lo mismo —insiste Antón—. Y yo conozco esa cara desde hace años. Jamás vi esa sonrisa.
Niego con la cabeza. Por suerte, se acerca el camarero. Coge una silla y se sienta con nosotros.
—Así que tú eres el famoso Thiago.
Miro a Antón, extrañado.
—Dice Antón que queréis hablar conmigo.
—¿Nosotros? —le respondo, desconcertado.
—Sí, eso me ha dicho. Le comenté que en enero traspaso el bar y me ha dicho que tal vez os interesaba.
Antón se pone serio.
—Thiago, le dije que llevamos años pensando en montar uno y a este venimos siempre. Es ideal.
De repente, me parece precipitado.
—Pero nosotros lo queríamos en la calle del París-Dakar.
—Bah, pero eso se llenó de turistas; no es lo que era. Este está mejor, está en las callejuelas. Mola mucho más. —Antón se entusiasma.
—Lo tendría que consultar con los propietarios del local —dice el hombre—, pero sé que preferirán dárselo a alguien de aquí antes que a cualquier franquicia. Si lo queréis, es vuestro.
—Pero… —me coge de imprevisto— no tengo dinero. No tengo ahorros.
Me doy cuenta de lo fácil que es soñar algo cuando crees que jamás sucederá.
—Yo tengo —me dice Antón—. Y este bar funciona como un tiro. No tardaríamos nada en recuperar la inversión. Eso sí, yo solo lo hago si lo hacemos juntos.
Me siento perdido desde hace tiempo, con ganas de volver a Galicia, pero sin atreverme a hacerlo; una infancia difícil en un lugar hace que de mayor siempre tengas miedo.
Otra vez, se me pasa Unai por la cabeza.
Me apetece volvérmelo a encontrar y conocerlo.
Pero no me escribe y no me escribirá. ¿Y si es el momento de tomar la decisión?
—Está bien —digo finalmente.
—¿En serio? —La cara de Antón se transforma por completo.
—Es nuestro sueño, ¿no? —suspiro poco convencido—. Pero hay que hablarlo.
Antón se acerca y me da el abrazo más fuerte que jamás he recibido.
Tal vez, cumplir un sueño sea esto: dar el paso que nunca te has atrevido a dar.
Miro la terraza, que podría ser nuestra. A través del cristal se ve el interior del bar, con la barra y algunas tapas; a la vista también está la que sería mi cocina. Me recorre una buena sensación por el cuerpo.
Entonces me suena el móvil. Imagino que es Álvaro o mi abuela preguntándome si vuelvo a casa, pero en la pantalla veo que es un mensaje de un número desconocido.
+447899…:
Hola, Thiago. No sé si te acuerdas de mí. Nos conocimos en el Apolo hace unas semanas
.