Epílogo #4
—Todo trabajo tiene sus desafíos —bromeó, y luego se puso pensativa—. Esto es tan inesperado. Primero, consigo a mi chico. Luego un anillo, una casa en la playa, y todos mis sueños se hacen realidad. Y ahora me ofreces un trabajo. Es... guau. Simplemente guau.
—¿Eso es un sí?
—¿Dónde estaría destinada? —preguntó con voz vacilante.
—Mientras estés accesible para el equipo, no importa. He oído que hay un búnker cibernético bastante elegante por aquí, equipado hasta los dientes.
Se lamió los labios y miró a Trev.
—¿Aquí?
—Si te conviene.
—No sé qué decir —le daba vueltas a la idea mientras se retorcía las manos, con expresión de euforia y terror a partes iguales—. Un trabajo legítimo. Supongo que al menos debería pensarlo.
—Entenderé tu decisión, sea cual sea —dije, encantado de que estuviera considerando mi propuesta—. Tómate tu tiempo.
—De acuerdo. —Miró el océano, luego sus manos, y se bebió el resto de la limonada de un trago. Dejó el vaso vacío sobre la mesa de centro y me clavó la mirada—. Ya lo pensé. Lo acepto.
Me eché hacia atrás.
—¿En serio?
—¡Sí! —soltó un gritito—. ¡Dios mío, esto es increíble! ¡Tendré mi propio trabajo! ¡Legítimo! ¡Recibiré una nómina!
—Todo cierto —me reí ante su entusiasmo.
—Gracias, Dash —se levantó de un salto y me envolvió en un abrazo—. No te defraudaré.
—Sé que no lo harás.
—Vas a arrasar —Trev sonrió mirando a su mujer.
—Creo que voy a explotar si no voy a contárselo a las chicas —se inclinó y le plantó un beso en la boca—. ¿Sabes? Ahora tengo amigas. De verdad. ¿Te lo puedes creer?
—Me lo creo —me reí—. Las conozco.
—¿Me disculpan? —hizo un bailecito—. ¡Necesito contárselo a todo el mundo!
—Adelante. —La sonrisa de Trev igualaba la de ella.
Bajó corriendo por las escaleras laterales, hablando sola, emocionada como una niña feliz.
—Es solo un trabajo —murmuré, viéndola irse.
—No, Dash. Es mucho más. —Los ojos de Trev la siguieron hasta que dejamos de verla—. Mina no parece una guerrera, pero lo es. Como nosotros, vive para luchar por su propia versión de la justicia. El trabajo que le has dado es una oportunidad que nunca creyó que tendría.
—Hasta que te conoció —señalé—. Tú le has dado una nueva vida.
—No. —Negó con la cabeza y me dedicó una sonrisa irónica—.
La amo, pero esto no es mérito mío. Es suyo.
Ha luchado por ganarse sus oportunidades desde que era una cría.
Ella misma se labró la vida que merecía.
Tú solo ayudaste un poco, viejo amigo, así que gracias.
—Su sonrisa se ensanchó—. Puedes darle un trabajo, pero todo lo demás que quiere y necesita lo obtendrá de mí.
—Qué cabrón con suerte. —Me reí—. Nunca pensé que fueras de los celosos.
—No lo era hasta que la conocí. —Se encogió de hombros—. Hablando de cabrones...
No me gustó la expresión de Trev.
—¿Qué pasa?
—Esto. —Trev sacó un sobre manila de su alforja y me lo entregó—.
Ya sabes lo que pienso de los abogados. Son problemas envueltos en trajes.
Ayer apareció un socio principal de un bufete elegante de Nueva York en la sede de BB preguntando por ti.
Estaba en Denver cuando llegó. Me ofrecí a traértelo en persona.
—Qué raro. —Rompí el sello y saqué un buen fajo de documentos—. Vamos a ver.
—¿Me voy?
—Quédate. —Casi cambié de opinión al hojear la carta—. Joder.
—¿Qué es? —preguntó Trev.
—Algo sobre un testamento.
—¿Un testamento? —Druid ladeó la cabeza—. ¿De quién?
—Del viejo de Nix. —Llegué al final de la carta de presentación—. Richard Astor ha muerto.
—¿Astor ha muerto? —Trev frunció el ceño—. No puedo creerlo. Salió en portada del Wall Street Journal hace dos semanas.
—Ya ves. —Revisé los papeles—. Aquí hay una carta manuscrita. De él.
Me quedé en silencio mientras la leía. Luego la releí. Un dolor de cabeza empezó a latir detrás de mis ojos, agravado por el pulso martilleándome en las sienes.
—Ni hablar. —Me froté los ojos y la leí de nuevo—. Esto no puede estar pasando.
La cabeza me daba tantas vueltas que ya no oía las olas. Al mismo tiempo, las gaviotas parecían reírse de mí. Volví a meter todos los documentos en el sobre.
—Tengo que irme. —Me apoyé en el bastón y, haciendo caso omiso del dolor, me puse de pie.
Trev me siguió rodando mientras yo cojeaba por el salón.
—¿Y la barbacoa?
—Créeme, me encantaría quedarme, ahora más que nunca. —Me detuve junto a la puerta del ascensor y negué con la cabeza, incapaz de creer lo que había leído—. Pero no puedo.
—¿Adónde vas?
Pulsé el botón del ascensor con más fuerza de la que pretendía.
—Ya lo sabes.
—Ah, mierda. —Abrió los ojos de par en par—. ¿Estamos hablando de...?
—No le va a gustar nada de esto —levanté el sobre—. Maldito viejo. Se va a poner furiosa.
—¿Entonces por qué ir?
—Porque si el viejo no me está tomando el pelo, la familia está en peligro. —Apreté la mandíbula con tanta fuerza que me dolieron los dientes.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó mientras la puerta se abría.
—Lo que tenga que hacer. —Subí al ascensor y pulsé el botón—. Lo haré por Nix. Qué demonios, si lo que dice la carta es verdad, lo haré por sus hermanas.
Pero sobre todo, lo haría por ella.
Fin.