Capítulo cuarenta y cinco
Mina
Abrí la puerta lateral del búnker, frené en seco y solté un jadeo cuando el haz de mi linterna iluminó aquella visión macabra.
Me quedé mirando los cuerpos cuidadosamente apilados contra las paredes revestidas.
Los cadáveres estaban amontonados como tortitas alrededor del perímetro de la habitación.
Algunos se maceraban en un repugnante mejunje de sangre y mierda.
Dios mío. Reprimiendo las arcadas, ignoré el dolor en el costado y me obligué a borrar las imágenes y los olores de mi esfera cerebral. Necesitaba cada célula gris que tenía.
—Ahí estás —resopló, frenando junto a mí—. No hagas ninguna locura.
—¿Yo? ¿Locuras? Ja —me dirigí hacia el armario eléctrico en la parte trasera del búnker.
Abrí la puerta de golpe, entré y me encontré con la instalación eléctrica más compleja que había visto en mi vida.
Y eso viniendo de una tía que había estudiado unas cuantas instalaciones complejas.
La cantidad de circuitos y cables detrás de los paneles de aquella habitación podría dar la vuelta al mundo.
Me fijé en las hileras ordenadas de palancas de transferencia alineadas a un lado de la habitación. Había muchas. Algunas tenían que alimentar la colección de generadores de Trev.
La mayoría de sus generadores estaban muertos, fritos por el PEM, pero si conocía a Druid, al menos uno estaría protegido contra ataques electromagnéticos, encerrado en una jaula de Faraday, oculto, posiblemente en esa misma habitación como doble precaución.
Empecé a accionar los interruptores uno tras otro, pero nada de nada.
—Mierda —apunté con la linterna a las cajas eléctricas. ¡Había tantas! Algo impedía que el generador protegido se activara automáticamente. O quizá aún no había dado con la palanca correcta.
—¿Qué estás haciendo? —Omega apareció en la puerta.
—Necesito reiniciar el sistema de respaldo de Trev —abrí la primera caja metálica y pasé los dedos por las etiquetas, comprobando cada circuito para asegurarme de que no estuviera saltado—. No puedo hacerlo sin corriente. En alguna de estas cajas, hay un interruptor que ha fallado.
—¿Cómo puedo ayudar?
—¿Quieres ayudarme? —no sé por qué me sorprendió tanto. Quizá porque Gran Ego Omega y yo no habíamos empezado con buen pie. O porque había intentado pegarle, lo había llamado de todo, y le había deseado que sus partes viriles se cristalizaran y se le cayeran.
Daba igual.
Era hora de trabajar juntos.
—Tiene que haber uno o más circuitos saltados en alguno de estos paneles —expliqué—. Algo impide que el generador secreto de Druid se active.
—¿Cómo sabes que tiene un generador secreto escondido por ahí? —se colgó el arma al hombro, se plantó ante la siguiente caja y también empezó a accionar interruptores.
—Pues porque es Druid —puse los ojos en blanco.
—Perdona, pregunta tonta —esbozó una sonrisa—. Tienes razón.
—Ahora que reconoces que siempre tengo razón, nos vamos a llevar mucho mejor —probando diez interruptores a la vez, los empujé hacia dentro con el canto de las manos—. Por cierto, esta es zona prohibida. ¿Qué haces aquí?
—Los chicos y yo echamos pajitas —dijo—. Perdí yo.
—Ya —solté una risa burlona—. ¿Así que te ha tocado hacerme de niñera?
—Tenían que poner a los civiles a salvo y continuar con la misión —se encogió ligeramente de hombros sin dejar de trabajar—. Me ofrecí voluntario para cubrirte las espaldas.
Mierda. Me lo merecía. Me había puesto en mi sitio de un plumazo con la lealtad que destilaban sus palabras.
—Supongo que me toca disculparme —murmuré antes de recomponerme—. Pero se me dan fatal las disculpas, así que simplemente voy a retirar todos los «que te jodan» que te solté.
—Vaya, gracias —una sonrisa le curvó los labios—. Me has emocionado.
—Ah, y ya no deseo que tus partes íntimas se congelen y se caigan a trozos —añadí como quien no quiere la cosa.
—Menos mal —una carcajada grave se le escapó.
Resultó que el imbécil me caía bien.
Pasé a la siguiente caja eléctrica. —¿Cuál es el plan de Druid?
—Vamos a hacerlo a la antigua. Los chicos van a reunirse con Karma. Se repartirán los lanzagranadas y derribarán los helicópteros artillados.
—¿Cuántos lanzadores?
—Dos.
—Hay cuatro helicópteros —tragué en seco—. Es un Ave María.
—Se les da bien eso.
Señalé la puerta con la cabeza. —¿Qué demonios pasó aquí?
—¿Te refieres a los Bruckner muertos? —me resumió lo que había pasado y terminó con—: Tuvimos que esconderlos aquí abajo para respaldar la tapadera de Druid.
—¿Cuál es?
—Que desertaron.
—Plausible, teniendo en cuenta a Bruckner —Trev había estado tan cerca de derrotar a Laskin.
Mientras tanto, no avanzábamos ni un maldito paso con los dichosos interruptores.
Me pasé los dedos por el pelo. —No está aquí.
—¿Y esto? —Omega señaló una caja eléctrica solitaria junto a la puerta.
—Eso es una toma de exterior —imbécil—, me abstuve de añadir, pero por los pelos. Apuesto a que se había criado entre algodones. ¿No sabía nada de instalaciones eléctricas?
«¿Qué hacía una toma de exterior en el interior?».
Como había pensado en voz alta, Omega abrió la tapita de la caja.
Chillé al verlo. —¡Eso es!
Dentro de la caja había una palanca oculta. Atascada a medio camino, parecía haberse averiado al saltar. Con un tirón firme, Omega la subió del todo. En algún lugar bajo nuestros pies, un traqueteo sacudió el hormigón, seguido del rugido mecánico de un generador arrancando.
—¡Omega! —lo atrapé en un abrazo efusivo y sentido—. ¡Eres un genio!
—Llámame Dash —dijo mientras nos separábamos—. Yo te llamaré Mary Poppins con colmillos.
—Eso es ofensivo, aunque me hayas puesto colmillos de verdad —salí hacia el búnker, donde, para mi deleite, las luces se encendieron—.
Llámame Reina de Wakanda. O Medusa. Siempre me cayó bien esa zorra con serpientes en la cabeza.
Su Majestad Imperial Emperatriz del Universo también valdría. Tienes opciones.
Se rio a mi espalda. Apagué la linterna, me quité el abrigo y me planté frente a las torres. Pulsé una hilera de botones y reinicié los servidores.
—¡Sí! —grité cuando las luces parpadearon—. Dash, amigo mío, estamos en marcha.
Recorrí la mesa curva encendiendo las estaciones de trabajo, incluida la principal de Druid. Arrastré una silla hasta su ordenador, me dejé caer en ella e inicialicé el sistema, tecleando la secuencia que había configurado para acceder a su cuenta.
—Estoy dentro —informé.
La mirada de Dash pasó de la pantalla a mí. —¿Druid te dio las claves para acceder a su sistema?
—No exactamente —conecté a Honey a su terminal e inicié una subida de archivos seleccionados—. Las robé. Como estoy robando más mierda ahora mismo. Menos mal, ¿eh?
Me miró con algo que parecía admiración. —Druid ha encontrado la horma de su zapato.
Su cumplido se me subió directamente a la cabeza. Lástima que no tuviera tiempo para disfrutarlo. Tecleé con fuerza y activé el respaldo satelital.
—Está buscando señal —señalé la estación de trabajo junto a la mía—. Contacta con base cuando el satélite se conecte.
—Entendido —Dejó su arma a un lado y encajó su corpachón en la silla.
Inicié el diagnóstico de seguridad de Druid y me puse manos a la obra.
—Estamos conectados —Dash se inclinó sobre el teclado. Sabía lo suficiente para activar el programa de encriptación y enviar un mensaje.
Bip, bip, bip. Los sistemas de Druid saltaron. Se me aceleró el corazón. Abrí el diagnóstico y encontré un ataque DDoS en curso.
—Mierda —Golpeé frenéticamente las teclas del tablero holográfico de Trev—. Están intentando tumbarnos.
—¿Puedes mitigarlo? —preguntó Dash sin apartar la vista de su pantalla.
—Estoy intentando limpiar los canales a medida que llega, pero nunca había visto un ataque tan enorme —informé—. Estamos hablando de casi dos terabytes por segundo.
—No sé qué coño significa eso, pero suena a cagada monumental —El guerrero curtido me lanzó una mirada preocupada—. ¿Hellbound?
—¿Acaso tienes que preguntarlo?
—Tengo contacto —Se irguió en la silla—. Mierda. BB, Elite, NORAD, DoD, todas las bases militares en Alaska y un montón de otros activos están sufriendo ataques similares. Joder. Acabo de perder el contacto.
—Están comprometidos —concluí—. Estamos solos.
Una burbuja de pánico me subió por el pecho.
¿Por qué tan frenética, Moses? Siempre has estado sola. Esto no es distinto.
Sí era diferente. Tenía a Trev y a amigos que necesitaba proteger. Si la cagaba, morirían.
—Mierda —maldije en tres idiomas—. Esto apesta. ¿Qué hago?
—Sabes qué hacer —dijo Dash—. Druid dijo que eres la mejor que ha visto en su vida.
Joder. ¿Trev había dicho eso?
Vale. Concéntrate, Moses.
Quería demostrarle que tenía razón.
—Druid tiene que tener un depurador en su centro de datos —fui verbalizando mis pasos mientras tecleaba frenéticamente, buscando en sus sistemas.
—Si alguien puede encontrarlo, eres tú —ofreció Dash.
—¡Aquí está! Contrarrestando asalto volumétrico. Aislando ataques a nivel de aplicación. Vale —tomé aire—. He redirigido el ataque al depurador.
—¿Estamos bien? —preguntó Omega mientras intentaba restablecer la comunicación por satélite.
—Sí... Mierda. No —jadeé—. Viene otro ataque y es aún mayor.
—¿Qué quieres decir?
—Que nos van a machacar.
—No dejes que pase.
—¡Lo estoy intentando! —Aceleré el depurador y busqué otras formas de redirigir el ataque—. Somos los últimos en pie.
—¿Qué significa eso?
—Significa que, si Hellbound tumba todos nuestros sistemas defensivos en Alaska, estamos jodidos. Laskin puede pedir todos los refuerzos que quiera. Joder, con todos los demás fuera de combate, podría invadir Alaska si le diera la gana.
—¿Así? —Giró su pantalla hacia mí para mostrarme una imagen de radar. Un gran número de puntos sin señal de transpondedor se aproximaban a la costa de Alaska.
—Mierda. Sí. Justo así. —Seguí tecleando—. Hijos de puta. Ha empezado.
—No podemos permitir que esto suceda. —Omega vigilaba las aeronaves entrantes e intentaba frenéticamente alertar a alguien, a quien fuera—. No puedes rendirte ahora.