Capítulo cuarenta y tres #3
A nuestra espalda, el cielo nocturno ardía con los rojos y naranjas de un fuego intenso. Las llamas crepitaban y silbaban, consumiendo no solo el helicóptero sino también los árboles de alrededor, y se extendían rápidamente hasta crear un pequeño infierno.
Resultó que los pilotos militares sabían destruir sus máquinas mejor que nadie. Rey dijo que formaba parte de su entrenamiento. La tecnología no era algo que los militares quisieran regalar al enemigo. Rey demostró, aunque a regañadientes, que era la mejor en lo suyo.
Un par de helicópteros artillados de Laskin sobrevolaban los restos en llamas, sin duda buscando supervivientes, aunque no podían aterrizar en el denso bosque incendiado. Esperaba que nuestra artimaña los mantuviera ocupados un rato.
Nos detuvimos justo en el límite de la propiedad, donde el bosque daba paso a los terrenos despejados de The Homestead.
Contemplamos el par de helicópteros artillados que bañaban el complejo con sus potentes focos.
Un escalofrío me recorrió la espalda. El enfrentamiento entre aquellas máquinas de matar suspendidas en el aire y la casa silenciosa no parecía justo.
Como si el espectáculo de luces de los helicópteros no bastara para iluminar a cualquiera que se moviera por los terrenos nevados, la luna decidió honrarnos con su presencia.
Imbécil.
—No podemos cruzar a campo abierto —susurró Danika—. Los Bruckner de los helicópteros nos verán. O nos disparan o acabamos como rehenes, que es justo lo que queremos evitar.
—No vamos por ahí. —Con las piernas temblándome del esfuerzo, me apoyé en un árbol y aspiré bocanadas de aire gélido antes de reunir fuerzas para separarme del tronco—. Seguidme.
Sin apartar la vista de la casa, guié a las mujeres bordeando el bosque hacia la parte trasera de la propiedad.
Observar. Identificar. Analizar. Entorné los ojos mirando hacia The Homestead, comparando el plano que había visto con el espacio exterior, y me detuve ante un grupo de abetos.
Estaban plenamente crecidos y, sin embargo, eran más pequeños que los que los rodeaban.
—Tiene que ser aquí —susurré.
—¿Qué buscamos? —preguntó Rey entre dientes.
—Una puerta de acceso secreta.
—¿La has usado antes? —preguntó Alix.
—No, pero debería estar por aquí cerca.
La mirada furibunda con que Rey abrió los ojos lo decía todo. —¿Cómo lo sabes?
—Lo vi —murmuré—. En un plano.
—¿Trev te lo enseñó?
—No. —Tenía que convencer a estas mujeres de que me ayudaran—. Hackeé los sistemas de seguridad de The Homestead.
Se hizo un silencio mientras todas me miraban fijamente.
—No me lo creo —escupió Rey—. Nadie ha hackeado jamás a Druid.
—Yo lo hackeé a él y él me hackeó a mí, así que estamos en paz. —No tenía sentido ocultar la verdad—. El acceso secreto debería estar cerca.
Avancé hacia la espesura, tropecé y casi me caigo de bruces. Alix me sujetó a tiempo. —Tranquila —dijo.
—Quedaos aquí. —Apartando las gruesas ramas, Danika se adentró en el bosque, demostrando una fe en mí que yo nunca había tenido en mí misma.
—Descansa un poco. —Alix siguió los pasos de Danika.
Los árboles se sacudieron y crujieron antes de quedarse quietos.
Se me encogió el corazón. Era como si el bosque se hubiera tragado a mis nuevas amigas.
Rey se quedó allí plantada, con cara de enfado y frustración, escudriñando la espesura con el rifle en ristre.
Hacía un frío de muerte, y cada vez que se partía una ramita, las dos dábamos un respingo y el corazón se me aceleraba.
Seguro que en ese momento le habría encantado acribillarme a balazos.
Pasaron los minutos. Mi esperanza flaqueó, dejando sitio a mis inseguridades. ¿Y si me había equivocado en todo? Dios sabía que estaba fuera de mi elemento. El mundo real no se parecía en nada al universo digital.
La duda se coló en mi mente. Quizá había leído mal el plano.
Iba con prisas cuando hackeé los sistemas de seguridad de Druid mientras él había ido a buscar provisiones el día que se enfrentó a Kozlov.
Vale, no le había dicho que lo había hackeado, pero él tampoco me lo había contado hasta que fue demasiado tarde para hablarlo como es debido.
Mi primera excusa era que una chica enamorada de un tío tenía que aprender todo lo posible para protegerlo si llegaba el momento.
Mi segunda excusa era que una chica que vivía huyendo tenía que conocer bien sus salidas de emergencia.
Claro, también era cotilla por naturaleza y no había podido resistir el impulso de hackear, pero si me lo preguntaban, mis excusas para meterme en sus sistemas eran más sólidas que las suyas.
—Psss. Eh. —El rostro de Alix asomó como un adorno navideño entre los árboles—. Lo hemos encontrado. Vamos. —Desapareció de nuevo.
Me encontré con los ojos desorbitados de Rey. Mi sorpresa era aún mayor que la suya.
—Perra suertuda —murmuró mientras se adentraba en el bosque.
¿Suertuda? No. ¿Informada? Sí.
Trev me había enseñado el valor de la preparación. Specter había hecho el resto. Recé para que la suerte siguiera de mi lado un poco más. De lo contrario, estaba conduciendo a estas mujeres a una muerte segura y ninguna de nosotras viviría para ver un nuevo amanecer.