Capítulo Cuarenta
Trev
Vi el helicóptero despegar y cruzar el cielo a toda velocidad.
Joder, cómo me dolía el pecho. El dolor me apuñalaba con la fuerza de una hoja roma.
Me recordaba al día del accidente, cuando me arrastré fuera de los restos en llamas solo para descubrir que mis piernas se negaban a funcionar, mis pulmones estaban destrozados y mi corazón había entrado en paro cardíaco.
Ni de coña. Me masajeé el pecho. Hoy no, esa mierda no.
El helicóptero desapareció de la vista. Envié mis pensamientos y mi cariño tras Mina. Viento en popa y buena mar. Perdóname, princesa. Que la fuerza te acompañe.
Sabiendo que estaba a salvo, tocaba volver al trabajo.
Impulsando las ruedas, rodé hasta el búnker y me coloqué en mi puesto. Proyecté las imágenes satelitales del avance enemigo en la pantalla principal y seguí su progreso, actualizando mi cronograma a medida que avanzaban.
Mac entró en el búnker con paso firme, cargando una caja de munición.
Seb, Kane, Knox y Dash le seguían los pasos.
Iban equipados para la acción y llevaban sus armas encima.
Con un gruñido, Mac dejó caer la caja en el suelo junto a los sofás y abrió la tapa de un tirón.
Me acerqué con la silla. Todos nos pusimos manos a la obra revisando nuestras armas y reponiendo munición.
—Estáis todos jodidos —gruñó Omega mientras llenaba su chaleco táctico de cargadores—. ¿Por qué ninguno puede buscarse una mujer que sueñe con la felicidad doméstica y la seguridad de un hogar tranquilo? Es como si en Elite os propusierais reclutar mujeres de armas tomar.
Resoplé y miré a Dash.
—Mira quién fue a hablar.
—Eso quedó en el pasado —me lanzó una mirada herida.
—Ya —encajé un cargador nuevo en mi Sig y la guardé en su funda oculta—. Te pierdes por las mujeres guapas, listas y fuertes igual que el resto de nosotros.
—Punto para Druid —dijo Blaze—. Lo siento, Omega, pero eso ha sido un mate.
Todos nos reímos, excepto Dash, por supuesto.
Pasó la mirada de Blaze a mí.
—Tu mujer es una luchadora feroz y fogosa. Maldito sea su paraguas. Es como Mary Poppins con mala leche.
—Mary Poppins no le llega a Mina ni a la suela del zapato —me reí, pero también defendí a mi mujer—. Mina es mucho más dulce de lo que jamás sabrás.
Era dulce y agria, lista y testaruda, fuerte y frágil. Me froté la cara, esperando no haberla roto hoy. Haber roto lo nuestro. Haberme destruido a mí mismo en el proceso.
Gánate algo más de tiempo en este planeta para poder arreglar esto.
—Hemos instalado el prototipo BB como indicaste —Mac se echó el arma al hombro, abrió el frigorífico de par en par y me lanzó un Nuclear Citrus, mi bebida energética favorita para antes del combate. También lanzó latas a los demás y abrió su propia lata de Code Red.
Alcé la lata.
—Por los soldados que luchan y aman.
—Que nunca nos falten —respondieron los demás.
Nos bebimos aquella porquería a largos tragos hasta vaciar las latas.
Aplasté la lata y la encesté en la papelera.
Todas esas megavitaminas y más de 200 mg de cafeína pura hicieron efecto, ardiendo en mi sangre como una marea efervescente.
Adiós al agotamiento de los preparativos y a la tensión de la espera.
Bienvenido el combustible de alto octanaje que alimentaba la lucha.
—Contacto en siete minutos —me acerqué rodando a mi estación de trabajo y rastreé el avance del enemigo—. Recordad: esperad lo inesperado. Estad atentos a mis indicaciones. El plan es seguirle el juego a Laskin.
—Eso sí que es nuevo —Dash negó con la cabeza. A él le gustaban los planes grabados a fuego.
Apagué todos los sistemas no esenciales. Sebastian se acercó y se plantó a mi lado. Me dio una palmada en el hombro con su manaza.
—Última vez que lo pregunto —su voz retumbó—. ¿Seguro que estás listo para esto?
—Joder, claro que sí —deslicé la tableta en la alforja lateral—. Acabemos con esta mierda de una vez.