Capítulo treinta y seis #2
—No podía. El alcohol es una adicción, una enfermedad. Pops estaba enfermo. Todo dependía de mí.
—¿Alguna vez pediste ayuda? —preguntó en tono neutro.
Por mi cabeza desfilaron los rostros de innumerables trabajadores sociales, voluntarios, orientadores, burócratas, profesores, pastores, curas y bienintencionados de turno.
—Siempre había demasiadas «condiciones» que no podíamos cumplir. No ser borracho era una de las gordas.
Trev apretó los labios hasta que se le pusieron blancos, pero no criticó a Pops, algo que le agradecí. Pops era mi padre, y por enfermo que estuviera, era todo lo que tenía.
—Como Pops era un borracho, no teníamos derecho a ayudas de vivienda. Cada vez que suspendía el control de sobriedad, perdíamos nuestro puesto en las listas. Mis esperanzas iban muriendo poco a poco. Por eso la esperanza es una emoción tan agridulce para mí.
Trev me acarició el brazo arriba y abajo.
—Ojalá hubiera sabido todo esto antes.
—¿Para entender mi cara de mala hostia permanente y mi actitud de mierda desde el principio? —pregunté sin poder evitar el sarcasmo.
—Para haberte apoyado mejor.
La presa que contenía mi dolor se tensó. Hundí la cara en las manos y sollocé. ¿Por qué no había más personas como él? El mundo sería otro si hubiera más como él. Las emociones que me llenaban el pecho amenazaban con ahogarme.
—No tienes que esconderme tu tristeza —con suavidad, me apartó las manos de la cara y las sostuvo entre las suyas.
Sus ojos color caramelo me acariciaron el rostro—.
Una carga pesada es más ligera dividida entre dos.
En esos momentos en que tu parte se vuelva demasiado pesada, yo la cargaré hasta que recuperes las fuerzas.
La presa se rompió. Mis emociones se desbordaron, un diluvio de penas.
Brotaron de mí ríos de lágrimas y sollozos como nunca antes.
Todo mi cuerpo temblaba y me habría disuelto en la nada si Trev no hubiera estado allí.
Me acunó en su regazo, me mantuvo entera, evitó que me desmoronara, recogió mis lágrimas en el pozo sin fondo de su corazón.
—Todo este llanto —dije entre sollozos, incapaz de parar—. Lo siento mucho.
—Está bien llorar —susurró, abrazándome más fuerte—. El alma humana necesita hacer duelo para sanar. No hay vergüenza en las lágrimas. Son medicina, sanación líquida.
Además de amable, era sabio. Lloré aún más fuerte. Por la madre que nunca conocí. Por Pops. Por la niña triste que había sido. Lloré la infancia que nunca tuve. Los años de soledad. El dolor de vivir aislada. El tiempo perdido en ira y resentimiento.
Mis lágrimas cayeron sobre el hombro de Trev y se deslizaron por su pecho. Él solo me sostuvo y me acarició el pelo hasta que me dolieron los ojos y me quedé sin lágrimas.
—Tenía tanto miedo de que si lo sabías, me vieras con otros ojos —dije entre hipidos—. ¿Qué pensarían tus amigos si supieran que andas con una vagabunda?
—Mis amigos no te juzgarán —dijo—. Nos aceptamos tal como somos. Ese es el sentido de la amistad.
—Entonces tienes amigos increíbles —me froté los ojos, que me palpitaban, y la cara mojada—. El hedor de los tiempos terribles. Persiste. Me ducho muchas veces al día, y aun así, a veces, creo que lo huelo. Me preocupa que un día tú también lo huelas.
—Por el amor de Dios, Mina, no apestas —me sacudió suavemente—. Eres la persona más limpia que he conocido.
Alcé las cejas.
—¿Vas a decirme que hasta mis pedos huelen a rosas?
Sus ojos se suavizaron.
—Voy a decirte que me encanta cómo hueles, que me drogo con tu aroma, y que deberías estar tan orgullosa de ti misma como yo lo estoy de ti. Has recorrido un largo camino. ¿Cómo lo lograste?
—Cuando tenía doce años, fui a una escuela parroquial durante unas semanas —me sequé las últimas lágrimas y recordé lo que había considerado el día más afortunado de mi vida antes de conocer a Trev—.
Los niños usaban portátiles. Como yo era una obra de caridad, mi profesora me dio uno.
Ese portátil. Me abrió los ojos a un mundo completamente nuevo.
Una vez que aprendí a usarlo, no necesité a nadie.
Sus cejas se juntaron sobre la nariz.
—¿Cómo es eso?
—Dejé la escuela, pero asistí a clases en una escuela pública virtual.
No me inscribí oficialmente. Solo escuchaba las clases y hacía los deberes.
En aquel entonces, todo lo que necesitaba era Wi-Fi, y voilà.
Había un dueño de una cafetería en el centro que me dejaba usar su baño para asearme y sentarme en su local cada mañana. Era amable. Como tú.
Logré esbozar una sonrisa. Trev se inclinó y me besó, transformándola en una sonrisa de verdad. Me dejé llevar, recordando los días buenos de los tiempos terribles.
—En el portátil, descubrí todo tipo de cosas. Libros, mapas, física, ecuaciones. Ahí fue donde aprendí qué era un hacker y qué hacía. Pensé: «si aprendo a programar, puedo cuidar mejor de Pops». Así que aprendí sola.
—Dios, mujer —me iluminó con su sonrisa reconfortante—. Eres increíble.
—En unos meses, empecé a hacer pequeños hackeos para conseguir dinero para comer. Primero, hackeé el cajero automático del supermercado. Luego, pasé a hackear los dispositivos de gente rica, especialmente billeteras virtuales. Si los hackeos eran pequeños, la mayoría ni se daba cuenta.
—El portátil fue tu gran oportunidad —señaló.
—Con un poco de efectivo, podíamos quedarnos en moteles baratos y pagar las medicinas de Pops.
Para entonces, la cirrosis, la diabetes y la enfermedad cardíaca habían dejado a Pops en silla de ruedas.
No era bonita como la tuya. La conseguimos en una tienda de segunda mano.
La reparaba con cinta adhesiva, pero oye, le conseguí ruedas.
—A eso te referías cuando dijiste que ya habías tenido experiencia con sillas de ruedas.
—Créeme, conozco todos los problemas de tener que moverse en silla de ruedas.
Escalones sin rampas, puertas estrechas, ascensores diminutos, cuestas empinadas, baños públicos minúsculos, aceras rotas, mostradores altos, la lista es interminable.
Empujé a Pops a todas las malditas partes.
Y aun así, por mucho que me esforzara, estábamos atrapados en el círculo vicioso de la pobreza.
Hice una pausa, reuniendo valor para contar la siguiente parte.
—Cuando cumplí catorce, Pops empeoró. Tuvieron que amputarle las dos piernas.
Las operaciones acabaron con mis pequeños ahorros.
Teníamos facturas enormes que pagar. Planeé mi primer ataque institucional.
Hackeé los servidores del hospital. Creé un keylogger y robé los datos de contraseñas del departamento de cuentas por cobrar.
Entré y lo marqué como pagado en su totalidad.
Sacudió la cabeza con admiración.
—Lista como el hambre.
—Era lista y estudiaba mucho, pero no era capaz de hacer los grandes hackeos que necesitaba para sacarnos del sistema.
Aunque estaba cerca. Un día, fui a la cafetería como de costumbre.
Dejé a Pops pidiendo en su esquina habitual con su cartel de «Soy veterano de EE.
UU., por favor ayuda». Siempre le sacaba unos cuantos dólares de ciudadanos agradecidos.
Me quedé en silencio, recordando lo que sucedió después.
—¿Mina? —su voz me trajo de vuelta al presente.
—Cuando volví a la esquina, había un caos de ambulancias y escombros —mi voz sonó plana—. Un conductor borracho perdió el control y se estrelló contra la esquina. Pops murió en el acto. Mi primer hackeo bancario fue para pagar la cremación de mi padre.
Me abrazó contra su pecho.