Capítulo treinta y seis
Trev
Mina se movió en mis brazos.
—Necesito contarte algo.
Había estado flotando en un estado de dicha, disfrutando del privilegio de tener a esta mujer increíble y apasionada en mis brazos, saboreando su sabor y la sensación de su piel. Cuando habló, la ansiedad que impregnaba su voz me puso en alerta.
Presta atención, Druid.
Una pausa silenciosa reveló el esfuerzo que le costaba ordenar sus pensamientos y obligarse a hablar.
—Siento haber dudado de ti —murmuró al cabo de un rato.
—Ya está en el pasado —deslicé los dedos por la curva de sus hombros, demasiado consciente de cómo su corazón latía acelerado contra mi costado.
—Soy escéptica por naturaleza —admitió en voz baja—. No consigo confiar en la gente.
—Por tu TDAH —aventuré—. Y porque mucha gente fue cruel contigo de pequeña.
—Sí.
La respiración trabajosa que le hinchó el pecho parecía dolorosa.
—¿Quieres hablar de ello? —oscilé entre mi necesidad de conocerla, de saberlo todo de ella, y mi reticencia a remover los recuerdos de lo que sospechaba que era un pasado sombrío.
—No quiero hablar de mi pasado, pero lo haré.
Con la mandíbula tensa, se levantó del suelo, recogió su ropa y comenzó a vestirse. Era como si necesitara protegerse de mí.
—Quiero que me conozcas tal como soy —dijo mientras se ponía el suéter—. Si eso cambia lo que piensas de mí, lo entenderé.
—Nada de lo que puedas decir cambiará mi opinión, Mina.
—Ya veremos.
Mientras terminaba de vestirse, me senté y apoyé la espalda contra los estantes. Moví las piernas para ponerme los pantalones y me subí la cremallera de los vaqueros. Cuando terminó, se acomodó a mi lado y se dejó caer contra la esquina.
—El recuerdo más antiguo que tengo es de mí misma, viendo pasar a una multitud —con la mirada fija en los percheros de la pared, se le vidriaron los ojos—.
Era pequeña. Quizás cuatro años. Estoy de pie en una esquina, sonriendo mientras la gente pasa.
Evitan mirarme. Cuando lo hacen, no me devuelven la sonrisa.
—¿Por qué no?
—Por mi aspecto, supongo —se estremeció a mi lado—.
Era pobre. Llevaba ropa andrajosa y zapatos desgastados.
No tenía cepillo, así que llevaba el pelo hecho un desastre.
Dejé de ir a la escuela por una buena razón.
Los niños se burlaban de mí, de mi extraño color de piel, de mi pelo de nido de rata y de mis ojos raros. Solían llamarme Mina la Apestosa.
La furia me pilló por sorpresa, la indignación de que niños criados por adultos despistados pudieran ser tan crueles. Detestaba un mundo donde mataban la esperanza de un niño antes de que pudiera desarrollarse, donde una niña pequeña sonreía a alguien y no le devolvían la sonrisa.
—Eso es cruel —gruñí, luchando por controlar mis emociones.
—La vida es cruel —estudió el tejido de su suéter mientras recorría los hilos dorados con el dedo—. Te hablé de mi padre. Lo pasamos mal cuando lo echaron del ejército. Lo que no te dije fue que estábamos… Que yo estaba…
Se mordió el labio y apartó la mirada. Detecté lágrimas que asomaban a sus ojos. Estaba a punto de abrir la cámara acorazada que contenía todas sus penas.
—¿Mina?
Su mirada era un salón de espejos. La tristeza reflejada en sus ojos se extendía hasta el infinito. Su desolación me golpeó en el pecho.
—¿Qué pasa?
—Mi padre y yo…
Tragó saliva con dificultad.
—Éramos indigentes.
***
Mina
Ahí estaba, lo había dicho, e incluso ahora, sabiendo quién era Trev, mis bajas expectativas permanecían pegadas a mí como moscas en una trampa adhesiva.
Me sequé las lágrimas que me ardían en los ojos, bajé la cabeza y clavé la mirada en la alfombra.
De su parte, mi corazón no podría soportar las mismas reacciones que había recibido de la gente cuando era niña: lástima, repulsión o indiferencia.
¿Estaría apartándose de mí y arrugando la nariz con asco en este mismo momento?
Trev puede con esto. Ten fe, Moses. Sabes quién es.
—Mina, por favor, mírame.
La ternura de su voz me dio el valor para mirarlo a los ojos. No había repulsión en ellos, ni rechazo, desprecio o condescendencia. En su lugar, una fuerza serena irradiaba hacia mí.
Me besó.
Logré respirar a pesar del peso que me oprimía el pecho.
Su brazo se posó sobre mi hombro y me atrajo hacia él.
Profundizó el beso, lo hizo más dulce, más largo, más intenso.
No besas a alguien que te repugna. Su beso fue el puente que necesitaba.
Me dio la fortaleza para tragarme las lágrimas y armarme de valor.
Cuando el beso terminó, la comprensión brilló en su mirada.
—Estoy aquí, y estoy escuchando.
—De acuerdo —tragué saliva con dificultad, como si tuviera una piedra en la garganta—.
Después de que mi madre muriera, mi padre lo perdió todo.
Cuando yo tenía tres años, papá ya era alcohólico.
No podía mantener un trabajo ni pagar el alquiler.
Lo habían echado del ejército. No tenía hermanos y sus padres hacía tiempo que habían muerto. Acabamos en la calle.
Lo miré, todavía temiendo su reacción, pero él me sostuvo la mirada y me animó a continuar con su disposición a esperar y escuchar.
—Al principio, vivíamos en su coche —aventuré con voz insegura—.
Un día, el viejo cacharro se averió en el aparcamiento de una tienda.
Se lo llevaron con la grúa. No teníamos dinero para sacarlo del depósito.
Yo tenía una muñeca. Era una muñeca bebé vieja y estropeada, con ojos azules, pelo rubio pintado y labios rosas descoloridos.
Era el único juguete que tenía. La adoraba.
Estaba dentro del coche cuando se lo llevaron.
Respiró hondo para serenarse, pero ni una sola vez eligió la salida fácil de apartar la mirada.
—Pops y yo caminamos dieciséis kilómetros hasta el depósito de grúas. Le suplicamos al empleado a través del cristal mugriento que nos dejara recuperar nuestras cosas del coche. No cedió. Perdimos el coche y yo perdí mi muñeca. A veces todavía sueño con ella.
—Lo siento, cariño —me estrechó con más fuerza—. Lo siento muchísimo.
—Ese cabrón fue la primera persona a la que odié. Odié de verdad. Ahí nació mi odio hacia la raza humana —respiré hondo, con un temblor—. Quítale a una niña su única muñeca y enseguida descubre lo crueles que son las personas. Éramos como leprosos, intocables.
Hice una pausa para recuperar el aliento.
—Sin hogar —era solo la segunda vez en años que pronunciaba esa palabra en voz alta—.
Así nos llamaba la gente. Gente de la calle.
Campistas urbanos. Sin vivienda. Sin casa.
Sin refugio. Desplazados. Vagabundos. Vagos.
Mendigos. Indigentes. Lo que sea. Esos eran los nombres más suaves.
Eso es lo que fui hasta que me convertí en Specter.
—Te ha servido bien desde entonces, ¿verdad? —preguntó con una ternura que me hizo saltar las lágrimas de nuevo.
—Así es —esbocé una sonrisa torcida—. Specter me salvó.
Era la persona en la que Mina tenía que convertirse.
De niña, nunca sabía cuándo comería ni de dónde saldría la comida.
No tenía ni idea de dónde pasaríamos la noche.
Verás, crecí en el Mundo de la Ansiedad.
Ahí viví, ahí pasé mi infancia, de ahí vengo.
Me puso las piernas sobre las suyas y me estrechó aún más, si es que eso era posible.
—Pops y yo dormíamos en la calle casi todas las noches. Otras veces, cuando hacía demasiado frío, íbamos a refugios. Pero los refugios no están preparados para niños. Pueden ser peligrosos para las niñas.
La furia le relampagueó en los ojos.
—¿Te…?
—No de la manera que estás pensando. Estuve a punto muchas veces, pero aprendí pronto a poner cara de mala hostia y a darle un puñetazo a cualquiera que me ofreciera caramelos o un cachorro. Por eso Pops y yo preferíamos quedarnos en una tienda de campaña en vez de dormir en los refugios.
Apretó la mandíbula y me di cuenta de que, aunque siempre mantenía un control férreo sobre sus emociones, estaba furioso por mí. Su contacto atravesó mi coraza y acarició a la niña triste atrapada en mi interior.
—La primera vez que forcé un coche tenía siete años —hice una pausa para despegarme la lengua del paladar—. Robé una tienda de campaña del maletero. Esa gente rica tenía un Suburban enorme. Cabían seis personas cómodamente. ¿Para qué necesitaban también una tienda de campaña?
—Es lógico pensarlo siendo una niña en tu situación —señaló con amabilidad.
—Supongo —me miré las manos—. Entonces no entendía cosas como las letras del coche o las deudas de tarjetas de crédito. Nunca quise hacerle daño al dueño. Conseguí la tienda, pero había un problema.
—Déjame adivinar —me masajeó el cuello, donde se me acumulaba la tensión—. ¿Acampar en zonas urbanas es ilegal en casi todas partes?
—Teníamos que movernos cada día —suspiré—.
Montábamos la tienda bajo puentes, junto a las vías del tren, en parques, aparcamientos y aceras.
De vez en cuando encontrábamos un sitio agradable junto a un arroyo o en lo profundo del bosque.
Entonces aparecía la policía y teníamos que largarnos.
Me aterrorizaban los polis. Si Pops acababa en la cárcel, me meterían en algún centro de menores. No quería saber nada de esa mierda.
—Parece que eras muy lista para tu edad —sus manos mágicas bajaron a mis hombros y se pusieron a deshacer los nudos que tenía ahí enquistados.
—En la calle creces rápido —desfilaron por mi cabeza recuerdos de peleas, de verme atrapada en medio de guerras de bandas, de pasar el rato con yonquis y de que me echaran de tiendas y portales—.
La calle te hace dura. A nadie le importa una mierda.
Tienes que cuidarte sola. En mi caso, también tenía que cuidar de Pops.
—Los padres deberían cuidar de sus hijos —dijo—. No al revés.
—Se me daba bien —una sonrisa temblorosa me curvó los labios—. Era una experta rebuscando en los contenedores. Las monjas nos daban comida cuando la tenían. Mantuve a Pops bien alimentado durante años.
—Joder, Mina, él tendría que haberte alimentado a ti.