Capítulo veintiocho
Mina
—No —rompí el sello entre nuestras bocas—. No me vas a hacer esto. Menuda forma de arruinar un beso estupendo. Trevor Marks, no me estás contando todo esto solo para mandarme lejos y morirte. Esto no es una despedida. No te quiero muerto. Te quiero vivo, respirando. Así que busca otro plan.
—Mina…
La resignación que apagaba sus ojos era en parte agotamiento, en parte sabiduría y en parte determinación.
—Llegaste hasta aquí. Si te das prisa, puedes volver antes de que llegue la tormenta. El plan funciona, pero tiene que ser rápido.
—Piensa un poco más, chico guapo. Tienes que idear otro plan. No me voy si no vienes conmigo.
Un músculo se le contrajo en el rostro.
—Por una vez, entra en razón.
—Claro, ¿porque tú estás siendo tan razonable?
—me lamí los labios secos y me senté sobre los talones—.
Esto no lleva a ninguna parte. Como tu cerebro obviamente está congelado, me nombro a mí misma al mando.
¿Todos a favor? —levanté ambas manos—. Dos a favor.
Gano yo —entrecerré los ojos mirándolo—.
¿Quieres estar conmigo? Genial. Resulta que, ¡sorpresa!
, yo también quiero estar contigo, lo cual es rarísimo y nada propio de mí, pero es lo que hay. ¿Puedes con eso?
La sonrisa que me dedicó estaba cansada, pero era sincera.
—Con todo mi corazón.
Cuando me miraba así me derretía. Sin embargo, derretirme tendría que esperar.
—Quiero soluciones —anuncié—. Nada de heroicidades hoy.
—Pero...
—Chitón —me llevé el dedo a los labios—. Aquí manda la capitana. Se acabó.
Sacudió la cabeza y miró al cielo antes de volver a clavarme la mirada.
—Eres tan terca.
—¿Ah, sí? —resoplé—. Mira quién habla de terquedad.
—Si pudiera obligarte a marcharte, lo haría.
—Pues no puedes, Marine, así que aguántate. Si no podemos volver a la casa, nos quedamos aquí los dos. Te mantendré calentito —le guiñé un ojo—. Ya sabes que siempre lo hago.
—Cierto —esbozó una sonrisa cansada—. Pero aun así, puede que las temperaturas no sean soportables.
—Haré una fogata —sugerí—. Nos mantendré calientes.
—Para hacer una fogata necesitas leña —su mente lógica estaba en marcha—. Para conseguir leña tienes que ir al bosque. Donde están los lobos. No pienso dejarte ir al bosque, y punto.
—Cuando dije «soluciones» me refería a las que sirven de algo —refunfuñé.
—No te lo estás tomando en serio.
—Para que lo sepas, esta es la cara más seria que tengo —me toqué la mejilla fría—. Así que ya ves.
—Mina, tus ideas son buenas...
—Pues claro —solté con una sonrisa burlona—. Son mis ideas.
—El problema es este —dijo—. Aunque pudieras hacer una fogata, tendría que ser fuera del trineo. La tormenta la apagará en cuanto llegue. Siento aguarte la fiesta, pero lo de la fogata no va a funcionar.
—¿Ves? —lo pensé un momento—. Así me gusta, que tu experiencia me sea útil a moi. ¿Y si volvemos a toda velocidad a la casa en mi moto de nieve?
—Ya lo pensé, pero es monoplaza.
—Seguro que has visto las motos con seis personas encima en Bangkok, ¿no? —contuve el tono chillón que se me escapaba e intenté sonar despreocupada—. Haremos lo mismo.
—Eso tampoco funcionará. Demasiado peso en el trineo. Se hundiría en la nieve.
—Entonces piensa en algo que funcione porque, francamente, me estás cabreando —espeté—. Quien lo encuentra, se lo queda. Esa es la regla.
Se le formó una arruga en la frente.
—¿Perdona?
—Te encontré. Me quedo contigo. Tú fuiste el que dijo «siempre», así que me quedaré contigo para siempre, signifique lo que signifique. No he venido hasta aquí para volver con las manos vacías. Así que plan número dos, por favor.
—Quiero que estés a salvo.
—¡Deja de decir eso! Es muy bonito y te lo agradezco, pero mira qué casualidad: yo también quiero que estés a salvo —me deslicé hacia el extremo del trineo y, pistola en mano, me asomé rápidamente—.
La nevada ha amainado y el viento está más calmado.
Me parece que es buen momento para actuar.
¿Puedo enganchar este trineo a mi moto de nieve?
—¿Qué número de moto de nieve cogiste para venir? —preguntó.
—La siete.
—Sí tiene enganche, pero no sé si tendrá potencia suficiente para arrastrar el trineo.
—Pues nos deshacemos de algunas cajas.
—En estas cajas está casi todo lo tuyo.
—Me gustan las cosas, pero me gustas más tú.
—Un detalle muy dulce que aprecio de verdad, pero soy yo a quien deberías abandonar.
Lo dijo con calma y claridad, sin el más mínimo rastro de autocompasión. Era la recomendación desinteresada y objetiva de un soldado experimentado.
Me puse hecha una furia.
—Ni en sueños, chico guapo.
Le hice una peineta.
—Ahora, dime la verdad. Si te engancho a mí, ¿funcionará?
—¿Eso es una propuesta?
Sus labios se curvaron levemente.
—Porque en cualquier otra circunstancia, me encantaría estar enganchado a ti.
Un revoloteo de mariposas me invadió el estómago. ¿Por qué la suerte siempre jugaba en mi contra?
—Sobrevivamos a esto. ¿Vale? Cuando tu cerebro se descongele, reconsiderarás esa broma.
Me sostuvo la mirada.
—No era una broma.
Típico. Por fin tenía al hombre que quería diciendo las palabras que yo misma podría haber escrito para el guion de mi vida y ¿qué pasaba? Ambos íbamos a morir si seguíamos hablando.
—Volvamos al trineo.
—¿Funcionará?
—Depende.
Pareció pensarlo.
—Quizás.
—Vale, así que tenemos un «quizás».
Miré mi vehículo. Estaba aparcado a solo unos metros, pero dados los peligros, era como si tuviera que correr dieciséis kilómetros para llegar a él.
—¿Intentar arrastrar el trineo es mejor que atrincherarnos aquí, y me refiero para ambos?
—Puede que no sobrevivamos a la tormenta.
Mierda.
—Vale, explícamelo paso a paso.
—¿Qué tengo que hacer?
—Mi moto de nieve está atascada en tu camino —me explicó—. Costará trabajo y fuerza enganchar este trineo a tu máquina.
—¿Me estás llamando enclenque?
Levanté los brazos, cerré los puños y flexioné mis minúsculos músculos como si fuera una culturista.
—Deja que te enseñe lo que esta flacucha puede hacer.
—Eres fuerte en más de un sentido, y eso me encanta de ti.
Sus ojos transmitían paciencia y amabilidad que me hicieron suspirar como una tonta enamorada.
—Tendrás que acercar tu moto de nieve todo lo que puedas. La nieve es profunda. Complicará las cosas.
—Considéralo hecho.
Me ajusté los guantes y empecé a salir a rastras del trineo.
—Espera.
Había vuelto a ponerse mandón.
—Está el asunto de los lobos.
—De acuerdo.
Entrecerré los ojos escudriñando la oscuridad.
—No hay movimiento ni ojos brillantes flotando en el bosque de momento. Vaya efectos especiales espeluznantes los de la naturaleza, pero no quiero acabar siendo comida de lobo, así que ponme al día, Sr. Alaska.
—No les gustan los ruidos fuertes, así que mantén el motor en marcha.
—Entendido.
—Toma esto.
Me pasó su rifle, luego se apoyó en las cajas, se impulsó y se dejó caer hacia delante. Era asombroso lo rápido que podía moverse. Acabó tumbado boca abajo a mi lado.
—Podrías haberme pedido ayuda para moverte, ¿sabes?
—Rifle —ordenó, levantándose sobre los codos.
Se lo pasé. Puso el ojo en la mira y rastreó el bosque durante unos momentos.
—Quédate aquí.
Se impulsó con los codos fuera del trineo y serpenteó por la nieve hasta su moto de nieve. Cuando nada se movió, me hizo un gesto para que lo siguiera. Salí a rastras del trineo, me puse de pie y fui hasta donde estaba él, junto a su moto.
—Cúbreme.
Levanté la pistola y giré lentamente sobre mí misma, examinando el prado y la línea de árboles. Él se colgó el rifle al hombro y se izó hasta el asiento de la moto de nieve negra. El hombre estaba herido, helado y exhausto, y aun así reunió fuerzas para subirse a su asiento y protegerme.
—Estoy en posición —informó.
Le di la vuelta a la pistola y se la pasé.
—Por si necesitas más balas.
Aceptó el arma.
—Nos quedan siete balas.
—Genial.
Me dirigí hacia mi moto de nieve.
—Haz que cuenten.
***
Trev
Mantuve la vigilancia mientras Mina conducía su moto de nieve describiendo un arco y la aparcaba junto a la mía.
Por una vez, la nieve caía en vertical, una ráfaga aparentemente inofensiva que ocultaba lo que se avecinaba.
Sin dejar de vigilar en busca de señales de los lobos, guié a Mina en el proceso de descargar las cajas, desenganchar el trineo de mi moto de nieve y engancharlo a la suya.
—Deberías desenterrar el trineo ahora y aplanar la nieve acumulada alrededor —grité por encima del motor al ralentí, sin perder de vista las sombras—. Será más fácil sacarlo así.
—Sí, señor.
Me hizo un saludo chapucero y fue a buscar la pala a la caja de herramientas.
No pude evitar sonreír. Ahí estábamos, tentando a la suerte pero sin perder el buen humor gracias a Mina. Era inteligente y fuerte, y trabajaba con la diligencia de un marine cavando trincheras. Tenía el corazón de una guerrera y el ingenio de un Raider.
Una vez me había preguntado si alguna vez llegaba a necesitarla, a necesitarla de verdad, ¿me abandonaría? Ahora tenía mi respuesta. Había arriesgado su vida para venir a buscarme. Era un ser humano extraordinario.
Capté movimiento en el bosque, pero la luz y el ruido mantenían a la manada a raya, al menos por ahora. Cada vez que giraba, la zona lumbar me gritaba de dolor. Bueno, al menos esa parte de mí conservaba algo de sensibilidad.
Una vez que desenterró el trineo, le mostré cómo colocar las cajas para que quedara equilibrado.
También le pedí que escalonara las cajas en la parte delantera para tener línea de visión y poder cubrirle las espaldas y disparar si era necesario.
Colocó algunas de las cajas más pesadas en el centro del trineo para que me sirvieran de respaldo.
Después volvió a sujetar la red sobre las cajas y aseguró todo en su sitio.
El viento arreció y la nieve comenzó a caer con más fuerza. Eso le dificultó el trabajo, pero no se rindió. Dio un salto y soltó un grito ahogado cuando divisé un lobo que se asomaba desde el bosque y le disparé.
Crac. Pum.
Le había dado a algo.
—Es hora de irnos.
Disimuló bien el terror, pero tenía los ojos como platos.
—Ya, hace horas.
Recorrí con la mira al resto de la manada.
—A ver si esto funciona.
Volvió a subirse al vehículo, aceleró y empezó a tirar despacio. El trineo no se movió al principio, pero le dio más gas a la máquina y por fin arrancó.
—¡Bien!
Se bajó de la máquina y me chocó los cinco.
—¡Lo conseguimos! ¿Tienes un cuchillo encima?
Le pasé mi KA-BAR y monté guardia mientras se ponía a abrir algunas de las cajas abandonadas.
—¿Qué haces? —pregunté, pegando de nuevo el ojo a la mira.
—Ya lo verás.
Por la óptica vi un montón de sombras que avanzaban por el bosque. La manada se había puesto en marcha.
—Hagas lo que hagas, date prisa.
—Listo —anunció—. Tu carruaje te espera.
Me giré en el asiento y vi que había sacado montones de ropa de las cajas y la había extendido en capas sobre el suelo de goma del trineo. En otro momento me habría parecido una tontería. Hoy, incapaz de dejar de tiritar, lo agradecí.
Crac.
Disparé otro tiro y los lobos retrocedieron hacia el bosque, lo que nos dio un poco más de tiempo. Me moví deprisa, me levanté la pierna con las manos y me giré en el asiento con intención de dejarme caer sobre la nieve otra vez, pero Mina estaba allí, de espaldas a mí.
—Apóyate en mí —dijo, y juro que sus palabras tenían más de un significado.
—Peso demasiado —protesté.
—Apoya el torso en mi espalda, rodéame con los brazos y déjame el resto a mí. No hace falta que te arrastres por la nieve y te enfríes más. Son solo cuatro pasos.
Un aullido cercano me convenció de intentarlo.
Me colgué el rifle al hombro, me impulsé desde la silla, planté los pies y apoyé el torso en su espalda. Se encorvó bajo mi peso y avanzó tambaleándose uno, dos, tres pasos. Mis pies se arrastraban por la nieve, pero ella se mantenía firme debajo de mí.
Sí, era firme. Fiable. De fiar. Había permanecido a mi lado incluso cuando yo estaba débil.
Lo conseguimos, pero la manada había avanzado hasta el límite de las luces.
Me acomodé en el extremo delantero del trineo y me deslicé hacia atrás sobre la capa de ropa.
Me senté en el centro, apoyé la zona lumbar, que me dolía, contra la caja y descansé el rifle sobre las cajas escalonadas de un lado.
—Ponte esto encima —me pasó la manta térmica—. Tú disparas, yo conduzco.
Se abrió paso por la nieve lo más rápido que pudo y montó en la máquina.
Cuando divisé las sombras que se acercaban por mi flanco derecho, solté un disparo.
—¡Vamos! —grité.
Aceleró. Salimos disparados con algunos de los miembros más agresivos de la manada pisándonos los talones. Abatí a uno y el resto desistió unos momentos después. Para entonces, el viento había arreciado y las luces de la motonieve iluminaban el largo camino que teníamos por delante.
A pesar del dolor de cabeza, de las descargas eléctricas que me subían y bajaban por la columna y de los temblores que me torturaban el cuerpo, permanecí despierto todo el trayecto.
Aferrado al rifle, dejé escapar un suspiro de alivio cuando, dos horas después, divisé las luces de The Homestead, que brillaban ante nosotros como un faro.
Mina no vaciló ni redujo la velocidad en ningún momento.
Solo cuando las puertas del garaje se abrieron y ella metió la máquina dentro, la tensión me abandonó.
Cuando las puertas se cerraron a nuestra espalda, mis ojos también se cerraron.
Sabía que Mina estaba a salvo y, aun así, me aferré al rifle incluso al rendirme a la inevitable oscuridad.