Capítulo veintisiete
Mina
Arrodillada en la nieve, no obtuve respuesta a mis súplicas.
El corazón se me encogió de dolor. Por el rabillo del ojo, capté movimiento.
Me giré hacia la derecha y vi a un perro grande y desaliñado que trotaba hacia la luz.
Se sentó sobre las patas traseras, ladeó la cabeza y me estudió con unos ojos de un azul sorprendente.
—Vete —espeté.
El perro no se movió.
—¿No me oíste? —Agarré una bota grande que sobresalía de la nieve y se la lancé a la molesta bestia—. Vete, estúpido chucho.
Solo al lanzar la bota, cuando las gotas de sangre volaron por el aire, me di cuenta de que todavía había huesos y carne dentro: partes de un pie. Me estremecí horrorizada, pero la bota dio en el blanco. El perro gimió y salió disparado hacia el bosque.
En ese momento, la conmoción se disipó. Mi cerebro registró tres detalles importantes. El hocico del perro estaba manchado de rojo. Gruñidos resonaban en el claro, y cuando miré hacia el bosque, varios pares de ojos brillantes me devolvieron la mirada: destellos blancos y ardientes, clavados en mí.
Estás en Alaska, no en San Francisco, hermana. El pulso se me disparó. Esos no son perros.
Jodeeeeer.
Me impulsé del suelo, me giré y eché a correr hacia mi moto de nieve. Los ladridos y gruñidos me perseguían. Corrí con todas mis fuerzas, pero el golpeteo sordo de las patas sobre la nieve me pisaba los talones.
No mires, no mires, no mires.
Avancé con dificultad entre los ventisqueros, hundiéndome hasta las espinillas a cada paso.
La nieve me succionaba las botas y me frenaba.
Los jadeos y gruñidos de las bestias se acercaban.
Casi había llegado a la moto de nieve cuando tropecé y caí de bruces.
Me sacudí la nieve de las gafas y me giré justo a tiempo para ver a un lobo gris enorme que saltaba hacia mí.
Crack, crack, crack.
La bestia cayó en pleno vuelo. Se estrelló contra el suelo a menos de treinta centímetros de mis botas. Otro lobo cayó abatido detrás del primero y se quedó inmóvil. Un tercer lobo se sacudió cuando la sangre salpicó de su costado. Con un aullido, huyó hacia las sombras.
¿Qué acaba de pasar?
Sin aliento, no lograba entender.
—¡Estás loca! —gritó una voz familiar—. Ven aquí.
Miré hacia la izquierda y se me cayó la mandíbula.
La cara de Trev estaba cubierta por un pasamontañas, pero reconocí la forma de su fornido torso, que sobresalía del trineo.
Yacía boca abajo, respirando con dificultad, con las piernas parcialmente ocultas por las cajas apiladas en el trineo.
Apoyaba los codos en la nieve y sostenía un rifle en las manos.
El pecho se me hinchó con una bocanada de aire helado. —¡Estás vivo!
—Aquí —ordenó—. ¡Ahora!
Ah, sí, los lobos.
Me levanté y avancé a trompicones hacia el trineo tan rápido como pude.
Para cuando llegué hasta él, de alguna manera se las había arreglado para volver a meterse dentro.
Me puse de rodillas y me arrastré al estrecho espacio.
En el extremo más alejado, se desplomaba contra las cajas que lo rodeaban por tres lados, aferrado al rifle.
El pecho le subía y bajaba, y tenía las piernas dobladas en un ángulo extraño.
—Dios mío —me arrastré hacia él a cuatro patas—. Gracias al universo. ¡Estás vivo!
Por impulso, me lancé sobre él y le di un abrazo feroz. Una manta térmica arrugada crujió entre nosotros. Me aferré a él con todas mis fuerzas. —Estaba tan jodidamente asustada. No me hagas esto nunca más. ¿Me oyes? ¡Pensé que estabas muerto!
—Muerto no, todavía no —jadeó.
Me rodeó con los brazos. Se aferró a mí tan fuerte como yo me aferraba a él, pero cuando levanté la vista, la luz indirecta de mi moto de nieve atravesaba la oscuridad del trineo lo suficiente para que le viera las cejas fruncidas en una mueca de dolor.
Recolocó el rifle, apoyándolo contra el costado derecho y apuntando a la abertura frontal detrás de mí.
Parecía una locura, pero con él de guardia, me sentía segura.
—Mina, ¿qué demonios haces aquí? —preguntó sin aliento.
—¿Acaso tienes que preguntar? —me eché hacia atrás, me levanté las gafas de la cara y me encontré con su mirada angustiada—. Vine a buscarte, por supuesto.
No me gustó el agotamiento que vi en sus ojos, pero todavía estaba en el subidón de haberlo encontrado vivo. Gracias, gracias, gracias.
—¿Por qué? —Sus ojos iban de mí al extremo abierto del trineo.
—Por estar vivo —lo estreché entre los brazos—. Por no morirte.
—No puedo creer que estés aquí —murmuró con un lento parpadeo.
—Sí, yo tampoco —observé las cajas que nos rodeaban—. Espacio reducido.
—Ya lo creo —era obvio que no estaba tan contento de verme como yo de verlo a él—. Lo mejor que pude hacer con tan poco tiempo.
—Déjame ver qué puedo hacer —me quité de encima y le puse las manos bajo las piernas—. ¿Puedo?
Sus ojos enrojecidos permanecieron fijos en el frente del trineo, pero asintió.
Le levanté y enderecé las piernas antes de doblarlas hacia un lado. Luego me acomodé a su otro lado y me senté sobre los talones.
—Tus labios —extendió la mano y me pasó los dedos por la boca—. Están agrietados. Te van a doler mañana.
—Pregúntame si me importa. ¡Tachán! —lancé las manos al aire—. ¡Te encontré!
—¿Cómo? —preguntó.
—El teléfono satelital. Cuando no volviste, llamé a Omega. Todos los vuelos están cancelados, pero me envió las coordenadas y un mapa GPS para llegar hasta aquí y regresar.
—Maldito idiota —gruñó con el pasamontañas puesto—. Voy a matar a ese cabrón.
Ladeé la cabeza.
—¿Por qué?
—Porque él te puso a ti en peligro de muerte.
—Ah, eso.
Solté una risita nerviosa.
—No, no fue él. Me dijo que no viniera. Me ordenó que no me moviera de donde estaba.
—Pero no le hiciste caso.
—Lo siento.
Me encogí de hombros.
—Lo mandé al cuerno. Algo sobre avestruces cagando, si no recuerdo mal. Espero que las nubes de su chocolate caliente no le hayan quemado el paladar.
Frunció más el ceño.
—¿Qué?
—Da igual.
Agité una mano en el aire.
—Seguir órdenes no es lo mío.
—Dios, Mina, las cosas que haces.
Se quitó el pasamontañas y lo dejó caer sobre el regazo.
—Se acerca una tormenta, y es peligrosa.
—Sí, ¿crees que no me he dado cuenta?
El corazón me dio un vuelco cuando distinguí sus rasgos.
En un lado de la cara, el borde de un moretón brutal asomaba ligeramente bajo el pelo enmarañado.
Tenía la piel demasiado pálida. Ver sus labios con un tinte azulado me revolvió el estómago.
Los temblores le sacudían las extremidades y seguía respirando con dificultad.
Una vez más, me impactó lo agotado que parecía. No, más que agotado. Parecía enfermo.
—¿Qué te pasa?
Me quité los guantes y le sostuve la cara con suavidad entre las manos. Aunque había estado bajo el pasamontañas hacía solo un momento y yo todavía llevaba los forros puestos, su piel se sentía como hielo bajo las palmas.
—Estás helado. ¡Te estás congelando!
—Estuve ahí fuera demasiado tiempo.
Se apartó de mis manos.
—El frío me ha calado hasta los huesos. Eso es todo.
En mi cabeza, escuché «hipotermia» y me entró el pánico. Lo único que sabía era que mataba. Agarré la manta térmica, la alisé y se la eché por encima. No tenía experiencia con esto, pero le froté los brazos y las piernas intentando que entrara en calor.
—¿Qué ha pasado? —pregunté.
—Es largo de contar.
Cerró los ojos un instante antes de soltar un aliento vaporoso y aferrar el arma con más fuerza.
Estiré el cuello para mirar detrás de mí y vi la sangre en su regazo, manchando los pantalones de camuflaje de invierno y reseca sobre la bota. Mi mirada se detuvo en un torniquete atado alrededor de la pantorrilla.
—La cabeza. La pierna.
Mi voz sonó aguda y estridente.
—¿Estás herido?
—Estoy un poco magullado —admitió—. Me pondré bien.
—Te duele.
Examiné la bota ensangrentada.
—Ahí no —me recordó.
—¿Te han hecho esto los lobos? —exigí.
—Esto lo hicieron Kozlov y sus matones.
—Joder.
Me quedé rígida.
—¿Kozlov está aquí?
—Estaba —aclaró Trev—. Hasta que se convirtió en comida para los lobos.
Me quedé boquiabierta y señalé con el pulgar por encima del hombro.
—¿Me estás diciendo que eso de ahí fuera es Kozlov?
—Y sus mercenarios.
Respiró hondo y me clavó la mirada.
—Mina, tienes que entenderlo. Estás en peligro. Hay lobos aquí...
—Sí, claro, los vi, ¿sabes?, ¿cuando me perseguían?
Le acaricié el pelo, peinando los mechones aplastados, haciéndome la valiente.
—Pero ahora se han ido, y yo estoy aquí. Voy a llevarte a casa.
—No va a ser fácil ni sencillo.
Se frotó la cara con la mano enguantada.
—No si te estoy retrasando.
—¿Retrasándome?
Lo miré fijamente, incapaz de entender qué demonios estaba diciendo.
—¿Qué quieres decir?
—Soy pesado y difícil de mover, y no estoy en mi mejor momento ahora mismo.
Su mirada se clavó en la mía.
—¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
—No, y no quiero saberlo, así que cállate.
La intensidad de su mirada era como una presión que se acumulaba dentro de mi cráneo.
—Tienes que irte. Ya.
—¿Irme?
Me quedé con la boca abierta.
—¿Acabas de decir «irme»? ¿Qué, sin ti?
—Toma.
Sacó una pistola del bolsillo delantero, me la puso en la mano y me cerró los dedos alrededor.
—Este es el seguro. Quítalo en cuanto salgas. Tendrás que moverte rápido. Los lobos se han ido por ahora, pero volverán.
—Has perdido la cabeza.
Miré de la pistola a él, luchando por no quedarme boquiabierta.
—Te has vuelto loco...
—Escúchame —me cortó—. ¿Crees que la tormenta es mala ahora? Apenas está empezando. Va a ponerse mucho peor antes de mejorar. Así que necesito que salgas pitando hacia la casa antes de que sea demasiado tarde.
—¿Y tú? —chillé.
—Me las arreglaré. —Recogió mis guantes y me los entregó.
Dios. Santo. Cielo. —No puedes hablar en serio.
Sus ojos cobrizos brillaban con determinación. —Que te marches ahora es el único plan viable.
—¿Qué demonios te pasa? —Le golpeé el brazo con los guantes, una, dos, tres veces—. ¡No puedes creer que voy a dejarte aquí! Es el golpe en la cabeza. Te está haciendo pensar disparates.
—Me duele la cabeza, pero pienso con claridad —afirmó entre dientes—. Confía en mí. Marcharte ahora es la única manera de que sobrevivas esta noche.
Abrí la boca y la cerré. En cuestión de segundos, pasé de estar ligeramente molesta a totalmente furiosa. La rabia me rugía en la garganta. Mi cabeza iba a explotar en cualquier momento.
En cambio, mi cerebro redirigió el colapso. Me sorprendí cuando una risa casi histérica me subió por el pecho y me sacudió el diafragma. Primero tosí una risita ahogada, pero en cuanto escapó de mi boca, le siguieron más carcajadas, saliendo a borbotones hasta que me reía como una histérica.
La mera idea de dejar a Trev atrás después de haberlo encontrado era tan absurda que resultaba cómica, de una manera perversa.
Quizá estaba al borde de algún tipo de crisis psicótica, pero lo único que podía hacer era doblarme en dos y abrazarme el cuerpo para no desmoronarme por los violentos temblores mientras me carcajeaba como una loca.
Las lágrimas me brotaban de los ojos, pasaban de cálidas a frías, y aun así no podía parar de reír.
—¿Mina? —Me puso las manos en el hombro y me sacudió con suavidad. Como seguí igual, me sacudió un poco más fuerte—. Mina. Reacciona.
—Vale, vale, lo intento —dije entre risitas mientras me limpiaba las lágrimas—. Es solo que... ya sabes... lo que dijiste... ¿de que me fuera? —Me reí un poco más—. Fue graciosísimo y no va a pasar nunca jamás.
—Va a pasar. —Sus dedos se me clavaron en las mangas abultadas—. Ahora mismo.
Resoplé. —¿De verdad crees que voy a dejarte aquí para que acabes siendo un polo helado para esos lobos estúpidos?
—Te di una orden, Moses. —Consiguió asentir con gravedad—. Espero que la cumplas.
—Oh, no. No. —Negué con la cabeza, poniéndome seria—. No soy uno de tus soldados, marine. No puedes darme órdenes.
—Entonces te lo pido. —Me suplicó con la mirada—. Vete. Ahora.
Crucé los brazos. —¿Esa es, o sea, tu mejor idea?
—Es el único plan que me funciona.
—Qué lástima. —Solté un suspiro—. También es el único plan que no me funciona a mí.
—Esta es la mejor manera de mantenerte a salvo —masculló—. Necesito que estés a salvo.
—¿Por qué? —No podía entender qué pasaba por la cabeza de este hombre—. Ya tienes la puerta trasera. Tienes acceso a las cuentas de correo de Laskin. Ya no me necesitas.
Le tocó reírse a él. Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y soltó una risa queda. —Por qué, pregunta. Por qué. No se ha dado cuenta. No lo sabe.
—¿Saber qué?
—Necesito más que tu ayuda. —Hizo una pausa y su nuez se movió al tragar—. Te necesito a ti. A ti. ¿Lo entiendes?
Si seguía abriendo y cerrando la boca a ese ritmo, se me iba a desencajar la mandíbula. —¿Tú... me necesitas... a mí?
—Te necesito a mi lado. Siempre. Si eso no puede ser, entonces necesito saber que estás a salvo.
Me quedé atascada en una palabra. —¿Siempre?
—Siempre.
—De verdad, de verdad que has perdido la cabeza —murmuré—. No sabes lo que dices.
—Mis facultades están intactas. —Levantó la mano derecha—. Lo juro.
—Yo... no entiendo. —Borrado mental—. ¿Por qué ibas a necesitarme?
—Porque... —Vaciló, luego me tomó la mano y me rozó el forro con los labios—. Nunca he sentido por nadie lo que siento por ti. Necesito que sigas viva.
Mi corazón acogió la idea sin reservas. Mi mente pensó que deliraba. Mi imaginación, esa parte de mí en la que siempre podía confiar para visualizar las cosas, me falló.
Aparté la mirada del lugar mágico donde me había besado y me encontré con unos ojos que hablaban de maravillas que no podía concebir.
—Me he enfrentado a muchas cosas en mi vida, pero no puedo enfrentarme a perderte. —Se inclinó, me rozó los labios con los suyos y me acarició la mejilla con ternura—. No lo haré.
El corazón estaba a punto de saltarme del pecho. Me había quedado atascada en la parte donde él quería que yo estuviera con él. ¿Siempre? ¿Cómo demonios iba a lidiar con semejante noticia?
Había lidiado con la tormenta, los cadáveres, los lobos, la desesperación de haberlo perdido y la alegría de haberlo encontrado. Y ahora tenía que enfrentarme a esto. Era maravilloso. Y aterrador.
Me pellizqué la mejilla con fuerza.
—Ay.
—¿Qué estás haciendo? —Me agarró los dedos y me impidió hacerme daño.
—Asegurarme de que no estoy soñando.
Parpadeé para apartar las lágrimas.
—Estas mierdas solo me pasan en sueños. ¿Estoy despierta?
—No estás soñando y todo lo que he dicho sigue en pie.
Angelitos del cielo. No sabía qué decir, qué pensar. Lo que sí sabía era cómo me sentía. Plena. Completa. Delirante de felicidad aunque hubiera lobos, tormentas y cadáveres.
Sin pensarlo, le planté un beso en los labios. Pretendía que fuera breve, porque, bueno, había mucho que hacer, pero él lo prolongó. Nuestras bocas se unieron. El beso pasó de «te necesito» a «te adoro», antes de sucumbir a las fuerzas de la naturaleza que nos asediaban.
Y de repente, en sus labios solo saboreaba la sal de mis lágrimas, mi absoluta desesperación y la amargura de nuestra despedida final.