Capítulo Quince #2
—¿Qué te pasa? —Lo fulminé con la mirada—. ¿Eres uno de esos gilipollas estirados y esnobs que piensan que hay que tener un diploma del MIT para hacer un pequeño hackeo aquí y allá?
Las comisuras de sus ojos se arrugaron.
—Yo fui al MIT.
—Era de esperar —levanté las manos y las dejé caer—. Chico guapo, mucho dinero, MIT. La combinación perfecta.
Si seguía mirándome con esa intensidad, acabaría atravesándome el cerebro y clavándose en el corazón.
—A ver si lo entiendo —tragó saliva—. ¿Eres autodidacta de toda la vida y aprendiste a hackear por tu cuenta?
—Eso dije, ¿no? —puse los ojos en blanco—.
Todo lo que sé me lo he enseñado yo misma.
Aprender es mi trabajo a tiempo completo.
Investigo y absorbo conocimiento. Hoy en día puedes aprender lo que quieras en internet.
He leído los clásicos, los libros más importantes de la historia y un montón de cosas más.
Hackear no es diferente de dominar un idioma.
Hablo francés, español, alemán y mandarín.
Algunos días, hasta hablo un inglés decente.
—¿Mandarín? —tragó saliva.
—¿Qué? —me estaba empezando a cabrear—. No hace falta ir a una universidad de élite para ser bueno en algo. Los ricos creen que un trozo de papel enrollado con una cinta les da derecho a creerse dueños del mundo. Y luego van por ahí pensando que lo saben todo. Como tú.
—¡Eh! —protestó, con cara de ofendido.
—Apuesto a que no has pasado hambre ni un solo día en tu vida —mi rabia existencial salió a la superficie—. Te garantizo que nunca has rebuscado en un contenedor para comer, ni mendigado sobras en una esquina del centro, ni dormido en la calle.
Me clavó esa mirada penetrante. —Pero tú sí.
Oh, mierda.
Un atisbo de pánico me subió a la garganta. El viejo rencor había aflorado desde lo más hondo y se había desbordado sin control.
Niega, niega, niega. Era mi modus operandi y pensaba ceñirme a él.
Le lancé una mirada fulminante. —¿Por qué ibas a pensar algo así?
Mantuvo los ojos fijos en mi cara. —Parece que sabes de lo que hablas.
—Tengo mucha imaginación, eso es todo.
Se quedó mirándome sin decir nada.
—Odio que me mires como si lo supieras todo sobre mí —me aparté de la mesa y desvié la vista, incapaz de sostenerle la mirada—. Me irrita muchísimo. Me hace sentir desnuda, como si me tuvieras lástima.
—La lástima es una emoción destructiva —su mirada me siguió mientras yo iba de un lado a otro—. Lo sé muy bien.
—Por fin. Algo en lo que estamos de acuerdo —junté las manos a la espalda y aceleré el paso antes de pararme en seco—. Y ahora, ¿puedes dejar de usar ese tono de psicólogo conmigo? Mi complejo de inferioridad no soporta tu complejo de superioridad.
Se le tensó un músculo de la mandíbula. —No estoy...
—Sí que lo estás —con los puños cerrados a los costados, volví arrastrando los pies hasta mi silla y me dejé caer—. Tengo que decírtelo: tu actitud me saca de quicio. ¿Alguna vez desconectas el modo espía?
Apretó la mandíbula antes de soltar un suspiro que liberó la tensión de sus hombros.
—Lo siento si estoy dando una impresión equivocada —dijo con su calma habitual—.
No sé si puedo ser otra cosa que lo que he sido, lo único que he sido durante mucho tiempo.
Observar, identificar y analizar. Es lo que hago. Intento entenderte lo mejor que puedo.
Su humilde disculpa tuvo un efecto instantáneo. Se me fue toda la rabia de golpe. Relajé mi expresión de mala hostia permanente.
Era el tema. Los recuerdos de mi estómago vacío gruñendo, mis extremidades entumecidas y temblando de frío, la lluvia calándome hasta los huesos...
siempre sacaban lo peor de mí. Mi furia, mi indignación y mi vergüenza se habían descontrolado tan rápido que sentí como si un huracán hubiera arrasado mi corazón.
—¿Estás bien? —sus ojos se llenaron de una ternura que me desarmó—. ¿Hay algo que quieras contarme?
No. Y sí. A veces, hay cosas que una persona no puede soportar recordar.
—Mira, yo también lo siento. —Me recogí los rizos con la mano, los aparté de la cara y los dejé caer, sabiendo que, igual que mis emociones, eran indomables—. Conectar conmigo debería ser la prueba definitiva de Supervivientes. Ni siquiera sé por qué lo intentas.
Me dedicó una sonrisa breve pero cómplice. —Tengo mis razones.
—Ya lo sé. Laskin. ¿Verdad?
Su mirada me dijo que tenía razón. También me dijo que no lo entendía a él en absoluto.
—Mina. —Me encantaba cómo mi nombre ronroneaba en sus labios—. Crecer en la pobreza no es ningún pecado. Formarte sola, llegar a ser tan competente como eres, todo por tu cuenta, es un logro enorme. Eres una persona muy especial.
—Bla, bla, bla. —Hice el gesto de cotorrear con los dedos—. «Especial». Odio esa palabra. Suena estúpida. Condescendiente. Mejor llámame rara y acabemos con este numerito de mierda.
—Creo que eres extraordinaria.
¿Pensaba que yo era extraordinaria?
—Contra la verdad no hay nada que hacer. —Recurrí a mi ironía y, ignorando el placer que me daba su cumplido, retomé el control de una conversación que se había ido por los cerros de Úbeda—. Así que, para que quede claro, cuando nos lo montamos, yo no te hago daño.
—Me haces daño, sí... de la mejor manera posible. —Sus ojos brillaron y el corazón me dio un vuelco. Cuando me miraba así, me dejaba sin aliento.
Me invadió una necesidad imperiosa de borrar todo rastro de dolor de su vida. Su dolor. La traición de alguna otra mujer. Incluso mi propio dolor. Tenía que eliminarlo todo.
Eché un vistazo al reloj: tenía tiempo. Como era típico en mí, me decidí en el acto.
Hazlo y punto.