Capítulo Doce
Trev
La sangre se me agolpó en la polla. Palpitaba bajo la toalla como un globo a punto de estallar. El uso de mi cuerpo. Sonaba duro, utilitario y mercenario. Y sin embargo…
Me gustaba. No. Me encantaba, joder. Me quería «tal cual».
Le importaba una mierda mi discapacidad. Le importaban dos mierdas la silla de ruedas, las muletas o lo que algunas personas asumían sobre mis capacidades. La había oído en la ducha. Me deseaba tanto como yo a ella y eso era lo único que me importaba.
—Hum.
Fingí pensármelo, luchando como un marine en Faluya para que no notara mi regocijo. El honor era terreno pantanoso, pero ¿cómo demonios iba a rechazar eso?
«Sabes que la quieres. ¿Qué tal si no la rechazas?»
Al sostenerle la mirada, casi deseé tener gafas de sol para protegerme los ojos de ese brillo plateado. Esa luz. Joder. Quería bañarme en ella.
—¿Puedes ser más específica? —decidí hacerme el indiferente—. ¿De qué estamos hablando?
—Sexo a demanda, siempre que no interfiera con nuestro trabajo —explicó en un tono casual que no me tragué ni por un segundo.
Por todos los dioses, el Valhalla sí existía, aquí mismo en el planeta Tierra. La lógica y la disciplina definían mi vida, pero su propuesta lo ponía todo patas arriba. Por primera vez en mucho tiempo, el caos me atraía.
Su caos.
—No parezcas tan jodidamente sorprendido —espetó—. Estoy limpia y espero que tú también lo estés.
No estaba seguro de si era una pregunta, pero asentí.
—Me he puesto la inyección anticonceptiva, así que no hay que preocuparse por complicaciones —juntó las manos y me fulminó con la mirada—. Estamos hablando de un acuerdo temporal. ¿Es un sí o un no?
Era directa de cojones, tan impaciente conmigo como mi polla, y también igual de ansiosa.
—Llámame putón, llámame cachondo, me da igual —le devolví sus palabras—. No me opongo a ninguna de tus condiciones.
No me pasó desapercibido el suspiro que soltó.
Ni el alivio que detecté en su mirada, ni cómo se le relajaron los hombros.
Esto había sido difícil para ella. Había requerido mucho valor y una fortaleza enorme idear un plan que le diera el control que necesitaba para superar sus miedos y hacerlo a su manera.
No me impresionaba fácilmente, pero su audacia me deslumbró.
—Solo para que quede claro —añadió ahora que había superado su mayor obstáculo—. Quiero exclusividad, con fecha de caducidad: cuando el proyecto acabe y yo me vaya de aquí.
—¿Exclusividad? —mi sorpresa no era del todo fingida.
Cruzó los brazos y me desafió con una mirada feroz.
—No comparto bien con los demás.
Yo tampoco, pero eso no tenía por qué saberlo todavía.
—¿Y bien? —levantó la bonita barbillita—. ¿Tenemos un trato?
Oh, sí que lo teníamos.
—Tenemos un trato.
Y me gustaba, no solo el trato, sino también la negociadora jefe.
***
Mina
¡Madre mía! Funcionó. ¡Mi enfoque improvisado e impulsivo había funcionado!
No solo había conseguido negociar mi colaboración con Demon y asegurarme un lugar al lado de Trev, al menos durante unos días. Él también había accedido a darme la garantía que necesitaba para protegerme. Y más allá de eso, lo había conseguido a él.
¡A él!
Hice un bailecito en mi cabeza.
Vale, mi última condición había sido directa y grosera; una apuesta en el mejor de los casos.
Y es que, fiel a mi estilo, había hecho todo sobre la marcha.
Aun así, la cláusula del sexo había sido un capricho, una adición de último minuto.
¿Quién podría culparme cuando el bombón había estado sentado desnudo justo ahí delante de mí, provocándome con su cuerpo espectacular y su atractivo sexual?
Antes, esa misma noche, después de mi conversación con Trev, mi conciencia se había hecho con un megáfono.
Se negaba a dejar de gritarme. Dando vueltas en la cama, me había maldecido por alejarme de mi única oportunidad de marcar la diferencia, de formar parte de un equipo y encontrar gloria a los ojos de alguien especial cuya opinión me importaba.
Había pasado horas suspirando por la oportunidad de trabajar con él y anhelando sus brazos como una loca. El problema era que había anhelado más que sus brazos. Mucho. Mucho. Más.
Al final, me había levantado de la cama y me había dado otra ducha.
Luego había vagado por el lugar buscando alguna forma de alivio mientras mi cerebro hacía lo suyo, dándole vueltas a mi situación sin ayuda de la razón.
Rondando la casa como un fantasma, fui abriéndome camino entre mis tumultuosas emociones.
Resultó que todos los caminos en The Homestead conducían a él.
Al principio, me conformaba con negociar mis condiciones profesionales. Luego quise más. Y más. Y más. Sucedió en un instante. Me había rendido a mis deseos.
Vale, soy impulsiva. ¿Y qué?
Supongo que podría haberlo seducido, con el tiempo, pero ¿quién demonios tenía tiempo para seducir a este rompecorazones cuando el reloj corría, la situación era urgente y el trabajo por delante iba a ser agotador?
Yo no, eso seguro.
No me sentía del todo mal por haber dicho abiertamente lo que quería.
Al fin y al cabo, estábamos en el siglo veintiuno y si no me defendía yo misma, ¿quién lo haría?
Tampoco es que hubiera tenido que retorcerle el brazo.
Le había dado una opción por impulso. No parecía ofendido por la sugerencia.
A juzgar por el bulto bajo su toalla, parecía bastante dispuesto.
Mis instintos habían acertado. La atracción sexual entre nosotros era real.
Nunca había tenido un novio estable ni un amante.
Nunca había permanecido en un lugar lo bastante como para tener una relación de ningún tipo.
Demonios, nunca había conocido a nadie que me hiciera desear una.
Mi ansiedad y mi incapacidad para confiar en la gente habían convertido mis escasos intentos de acostarme con alguien en experiencias incómodas y desagradables.
La única razón por la que tomaba anticonceptivos era porque sabía que Bruckner usaba la violación como forma de tortura.
Ah, y porque me dejaba la piel bonita. Eso también.
No era tan ilusa como para pensar que esto era el comienzo de una relación real, pero tenía imaginación de sobra para fingir que lo era, al menos durante un tiempo.
Claro, esto era una relación falsa, un arreglo temporal, pero la vida me había abierto una pequeña ventana, y, fiel a mi estilo, había roto el cristal, doblado el marco y me había colado por ella en lo que era una victoria total.
Bueno, todavía no era una victoria, pero iba a conseguir que lo fuera. Me iba a asegurar de que él y yo sacáramos todo el placer posible de este arreglo. Por una vez en mi vida, tenía la oportunidad de hacer realidad mis fantasías.
No iba a desperdiciarla.
Tenía la intención de dejar mi huella en este hombre. Por razones que no podía explicar, yo —que siempre había caminado sin dejar huellas— iba a asegurarme de que nunca me olvidara.
Eché un vistazo a las ventanas altas. La tormenta continuaba fuera. Sin satélites, sin conexión, sin forma de ingresar el dinero en el banco e iniciar nuestra asociación laboral. Eso no significaba que tuviera que esperar para poner en práctica la última cláusula de mi propuesta. ¿O sí?
Observé al hermoso hombre sentado frente a mí.
Con los brazos musculosos a los lados, apoyaba las puntas de los dedos en los aros, la barbilla baja, la mirada brillante y fija en la mía.
Había una majestuosidad en su postura, una elegancia que se sumaba a su poder.
Me recordaba a un rey en su trono. Me lamí los labios.
La atracción latente me arrastraba hacia él como un lazo invisible.
—Yo... eh... —me retorcí las manos—. Supongo que debería irme ahora.
—Sí —sus dedos se tensaron alrededor de los aros y la fuerza del agarre le marcó los antebrazos—. Deberías irte.
—Vale —retrocedí arrastrando los pies hacia la puerta—. Me voy.
—El curso de acción más seguro —gruñó.
La palabra brotó de mis labios.
—A menos que...
Arqueó las cejas.
—¿A menos que?
—A menos que queramos empezar con la última parte de mi propuesta.
Sus cejas se elevaron.
—¿Quieres?
—Es una idea —me encogí de hombros, avergonzada por la pura lascivia que goteaba de mi voz y también de mi coño.
—No es mala.
¿Acababa de decir que sí?
Se me desencajó la mandíbula.
Este tenía que ser mi único día de suerte.
Para cuando me moví, él ya había empezado a rodar hacia mí.
Nos encontramos a medio camino en el centro de la cancha de baloncesto.
Con solo unos pasos entre nosotros, nos detuvimos.
Bloqueó el freno de su silla de ruedas y me miró a los ojos.
Una dulce balada resonaba en el espacio suavemente iluminado.
Quedamos frente a frente, vacilantes a ambos lados de la línea central que separaba a los adversarios de los compañeros, a los viejos enemigos de los nuevos amantes.
¿Esto es real? No estaba respirando bien. ¿Esto va a pasar?
—Esto es real —dijo Trev con una convicción que me prendió fuego—. Ambos queremos que pase.
Dios mío. Madre mía. Estaba decidido y yo... yo no pensaba salir corriendo.
El corazón me golpeaba contra las costillas, un redoble de tambor que resonaba en las sienes, una obertura a lo desconocido.
El hambre que brillaba en sus ojos inundó mi coño.
Burbujas efervescentes hormigueaban por toda la piel, me cosquilleaban los pezones y me provocaban el clítoris.
De pie ante él, mojada, con las rodillas débiles y temblando, me sentí deseada.
Me bajé las bragas y salí de ellas. Un músculo se le contrajo en el rostro mientras observaba mi ropa interior abandonada en el suelo. Volvió a mirarme. Bajo los focos de su mirada cobriza, me ofreció la mano.
El gesto se sintió como algo más que una invitación: el destino que me tendía la mano de formas que no podía empezar a comprender.
El miedo a enamorarme de este hombre me hizo tropezar, pero mi necesidad se convirtió en coraje.
Soy feroz. Soy digna. Pateo traseros. Merezco esto, aunque sea solo un instante fugaz.