Capítulo Once #3
—Adelante.
—Mantendrás mi identidad en secreto —se removió inquieta—. Cualquier cosa que aprendas sobre mí y mis prácticas profesionales quedará entre nosotros. No compartirás ninguna información sobre mí ni sobre mis hackeos con nadie, incluidas las autoridades de Estados Unidos y de cualquier otro lugar.
—De acuerdo.
—Me quedaré aquí, pero me facilitarás el hardware y el software necesarios para no tener que comprometer mis recursos —su voz fue ganando confianza mientras exponía sus condiciones.
—Puedo hacerlo.
Era Specter floreciendo ante mis propios ojos, creciendo más fuerte y entrando en su astuto modo de negociación.
—Una vez que hayamos iniciado la transacción con el pago, compartirás toda la información que tengas sobre Laskin, Hellbound, Bruckner y cualquier otro dato pertinente que pueda afectar a nuestro desempeño o poner en riesgo mi seguridad.
—¿Y si hay información que necesito mantener en secreto para proteger a mis amigos? —puse a prueba sus límites.
—Aguántate, cariño —escupió las palabras—. Necesito saber para quién trabajo, quiénes son tus amigos y cómo encajan en el panorama general. No creas que puedes engañarme. Verificaré cada aspecto de tu operación.
La tímida y vacilante Mina había desaparecido. En su lugar estaba Specter, la despiadada seductora.
—Lo estoy arriesgando todo para atrapar a Laskin —declaró con frialdad—. Espero que tú y tus asociados hagáis lo mismo. Tu discurso sobre la confianza tiene que estar respaldado con acciones.
Tenía la ventaja de haber descubierto que Specter era el escudo de Mina contra un mundo cruel, pero cualquiera que no lo supiera se habría quedado helado con su actitud.
—Negocias duro —señalé.
—Hay que pagar el precio si quieres mis servicios —su tono era cortante, pero se retorcía las manos, delatando su ansiedad—. ¿De qué otra forma podré protegerme cuando me traiciones?
—No te traicionaré —gruñí, rogando a los dioses que me dieran paciencia.
—Bla, bla, bla —tamborileó los dedos contra el pulgar—. Bla, bla, bla. Necesito un seguro. En nuestro negocio, la información es el seguro. Tendrás que contármelo todo si quieres la puerta trasera.
Respiré hondo. Tenía que nivelar el terreno si quería que este trato funcionara. Las cosas irían mucho más rápido y sin problemas si ella colaboraba. Además, quería hacer esto con ella.
Me reprendí por permitir que ese último pensamiento aflorara. Era irrelevante para mi propósito.
¿Lo es?
Cállate, Druid. No importa.
Tenía una oportunidad y no iba a dejarla pasar.
—Trato hecho —dije—. Acepto tus condiciones, pero a cambio, tú quedas sujeta a los mismos términos.
Me lanzó una sonrisa ácida.
—¿Cómo evitarás que venda tus secretos al mejor postor?
—Te he dado mi palabra —dije—. Quiero la tuya a cambio.
—Mi palabra —me lanzó una mirada de incredulidad—. Eres tonto, ¿lo sabías?
—Eso me han dicho. Tú, concretamente —mantuve la mirada fija en la suya—. ¿Tengo tu palabra?
—Por lo que valga, sí —alzó la barbilla—. Pero hay más.
—¿Más?
Sonreí ante su audacia.
—No te vuelvas codiciosa ahora.
¿Era mi imaginación o se le habían sonrojado las mejillas?
—La codicia es mi segundo nombre —esbozó otra sonrisa escalofriante, pero vaciló cuando desafié su mentira con una mirada feroz.
Se aclaró la garganta—. Cuando esto termine, me dejarás en un lugar de mi elección.
No intentarás contactarme nunca más, ni me perseguirás ni ayudarás a otros a perseguirme.
Sus condiciones no eran irrazonables. Yo habría exigido lo mismo. Y, sin embargo, la cláusula de no contacto fue la que me irritó de forma inesperada.
Me obligué a superar mis propias objeciones. —Si así es como lo quieres, así lo haremos.
—Así es —dijo en su tono más altivo—. Si incumples alguna de mis condiciones, renunciaré, perderás el pago y te convertirás en mi próximo objetivo.
Fingí una mueca de dolor. —Lo último es lo que más me preocupa.
—Como debería —ronroneó—. No te metas conmigo. ¿Queda claro?
—Claro como el pantano en temporada de crecida. —Esbocé una sonrisa hueca.
Tragó saliva con dificultad. —Una última cosa.
—Déjame adivinar. —Arqueé las cejas de forma sugestiva—. Quieres a mi primogénito, mis propiedades por todo el mundo y mi alma, guardada en una jaula dorada por toda la eternidad.
—No a lo del niño —respondió de inmediato—. Negociable en el número dos si hay alguna propiedad en la playa, y casi aciertas en el número tres, pero no del todo.
—Ahí me perdí. —Fruncí el ceño—. ¿Me lo aclaras?
—Claro. —Separó los pies y se quedó tan quieta como una tigresa a punto de saltar—. Quiero el premio gordo.
—Sigo sin entender. —¿A qué se refería?
—No es tu alma lo que busco —dijo en un tono neutro que presagiaba problemas—. Es tu cuerpo lo que quiero.
Me atraganté con mis propias palabras. —¿Perdona?
—Llámame zorra, llámame cachonda, me importa un bledo. —Su pecho se expandió mientras tomaba una profunda bocanada de aire—. Dijiste antes que nos atraíamos mutuamente. Así que quiero disponer de tu cuerpo mientras trabajemos juntos, y lo digo exactamente como suena.