Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo nueve
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Capítulo nueve

Trev

Aunque no dijo que le gustara mi comida, repitió. Lo tomé como un cumplido. Al cabo de un rato, terminó de comer, apartó el bol y me echó un vistazo.

—Gracias por preparar toda esta comida —murmuró, sin mirarme a los ojos—. No puedo comérmela toda ahora, pero me encantan las sobras y nunca dejo que la comida se desperdicie. Ha sido muy amable de tu parte.

Fingí estremecerme.

—Lo siento.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por ser amable —recogí los platos sucios, los puse en mi regazo y me acerqué rodando al fregadero—. Antes dejaste muy claro que no te gusta la amabilidad, así que digamos que estaba muerto de hambre y dejémoslo ahí.

Se le escapó un hipido, una risita queda y reticente, el sonido femenino más sexy y tentador que había oído en mi vida.

Me hizo sentir el tío más realizado del planeta.

Mientras llenaba el lavavajillas, ella trajo las fuentes y limpió la mesa.

Le ofrecí vino, pero lo rechazó. Me serví una copa y, con ella detrás, nos trasladamos al salón.

Dejé el vino en la mesita auxiliar, me pasé de la silla a la tumbona y, tras colocarme las piernas con las manos y cruzar un tobillo sobre el otro, di unas palmaditas en el cojín de al lado.

—¿Te sientas conmigo?

Vaciló un momento y luego se dejó caer donde había estado mi palma.

Por un segundo, deseé que mi mano siguiera allí, acunándole el trasero, con los dedos sobre su entrepierna, descubriendo un charquito cálido que se formaba a mi contacto.

Una erección inoportuna respaldó mis fantasías.

Tuve que echarme una manta sobre el regazo para ocultar la polla hinchada.

Que los dioses me ayudaran. Esto no era propio de un Raider lógico y disciplinado como yo. Maldita sea. Las cosas que me hacía esta mujer sin siquiera proponérselo.

Cogí otra manta y se la di.

—Gracias —se envolvió los hombros con la manta de ositos y se la echó sobre los antebrazos como un chal. La tensión de sus hombros delataba su actitud defensiva, pero, para mi alivio, se hundió en los cojines, subió las piernas y se acomodó a mi lado.

Mi polla y yo no pudimos evitar fijarnos en que la manta le enmarcaba el pecho en una V profunda. Aunque el fuego calentaba la estancia, sus pezones erectos se marcaban a través de mi camiseta como dos casquillos de bala.

Deja de pensar guarradas. Persuasión, colaboración, misión: ese era el orden correcto. Si todo salía bien, entonces quizá...

Cállate, polla.

—¿Te he dicho que me pareces muy inteligente? —me esforcé por volver a concentrarme.

—La gente inteligente lo tiene difícil —su mirada reflejaba el resplandor anaranjado de las llamas—. El mundo está hecho para los estúpidos. Es mejor ser tonto y feliz que listo y desgraciado.

Estudié su perfil delicado.

—¿Eres desgraciada, Mina?

—Pues claro —lanzó las manos al aire—. Estoy huyendo de Laskin, así que sí, soy una desgraciada.

—¿Cuánto tiempo llevas así?

Giró la cabeza y me fulminó con la mirada.

—¿A ti qué te importa?

—Simple curiosidad.

—Pues déjala.

—Venga. Colabora un poco. Tú y yo nos parecemos mucho.

—¡Ja! —soltó una risotada incrédula—. Falso.

—¿Estás segura?

—Te presento a Demon, el héroe —con un gesto teatral de ambos brazos, me señaló con las manos—.

Demon es una línea recta, un cuadrado convencional, siempre del lado del bien.

Ahora, te presento a Specter, la villana —deslizó las manos por su cuerpo—.

Specter es un garabato borroso y arremolinado en el mejor de los casos, siempre del lado del mal.

Estudié a la mujer que tenía al lado mientras intentaba mantener la polla a raya.

Todo lo que hacía se convertía en una provocación.

Cómo parpadeaba. Cómo se mordía el labio inferior.

Cómo sus dedos tiraban de los bordes de la manta en su regazo.

Era como si pudiera deshacer el tejido de mi vida ordenada con solo estar aquí.

—Tienes la lengua muy afilada —contuve una risa—. Eso me gusta de ti.

—No quiero gustarte —alzó la barbilla con gesto altivo y miró por la ventana—. No necesito caerle bien a nadie.

—Haré todo lo posible para que no me gustes —prometí—. Pero va a ser difícil, porque ya me gustas.

—¿En serio? —sus ojos se clavaron en mi cara. Por un momento, se le entreabrieron los labios de la sorpresa. Se recompuso enseguida—. Me estás tomando el pelo. Déjalo ya.

—No te estoy tomando el pelo —ignoré su irritación y continué—. ¿Puedo llamarte Mina?

Se puso rígida en el asiento.

—¿Cómo descubriste lo de Mina?

—No fue fácil, pero investigué a fondo.

—No has respondido a mi pregunta.

—Tú tampoco —repliqué.

Cuando apretó los labios como si se estuviera tragando una respuesta mordaz, decidí darle algo con la esperanza de recibir algo a cambio.

—Tu verdadero nombre es Mina Moses. Tienes treinta y tres años, más o menos.

No existes salvo por un instante en el tiempo, como una joven conductora con carné en D.C.

Tu huella humana es prácticamente nula. Tú, Mina, eres un misterio, el mejor que me he encontrado en mucho tiempo.

Me encantan los buenos misterios. Quiero saber más de ti —mi mirada se deslizó hacia sus labios y se quedó allí antes de tragar saliva y obligarme a mirarla a los ojos—. Mucho más.

***

Mina

Madre mía, qué locura.

Era un misterio para el omnisciente Demon y él quería saber «mucho más» sobre mí. ¿Cuándo fue la última vez que alguien había querido conocerme, más allá de para meterme en prisión?

Aún no sabes si al final ese es su propósito.

Cierto, pero no me miraba como si quisiera encerrarme. Me miraba como si fuera un postre. Y a cambio, las partes más sensibles de mi cuerpo reaccionaban a él como bizcochos creciendo en el horno. Un rastro de mi excitación primitiva me acarició las fosas nasales.

El pánico me heló las entrañas, terror de que él me conociera, y peor aún, de que yo lo conociera a él, especialmente en el sentido bíblico. Maldita mi libido desbocada.

Mi primer impulso fue huir. Pero estar en medio de la nada con una ventisca rugiendo fuera descartaba cualquier escape inmediato. A menos que quisiera convertirme en un carámbano, no iba a ninguna parte.

Al mismo tiempo, fue un shock escuchar mi nombre completo de sus labios, junto con un fragmento de mi historia. No había usado mi nombre real desde aquel día lejano en que obtuve mi licencia, no había sido esa persona en ningún sitio salvo dentro de mi cabeza.

¿Este tío lo sabe todo sobre todo?

—No todo —respondió, muy a mi pesar.

No podía negar que al usar mi nombre legal me había devuelto de algún modo al mapa del que había borrado mi presencia años atrás.

Me sentía renacida, de vuelta del exilio, vuelta a materializarme en el mundo real.

Hasta que recordé que mi seguridad y mi vida dependían de mi capacidad para guardar mis secretos y mantener mi anonimato.

—Mina Moses es uno de mis alias —forcé el rostro a una expresión neutral y estudié el tejido de la manta sobre mi regazo—. Robé su identidad, pero no soy ella.

—He acertado —afirmó con total confianza—. Tu secreto está a salvo conmigo.

—La seguridad es una ilusión y tú eres muchas cosas, pero seguro no eres, al menos no para mí.

—El tiempo lo dirá —me presionó para que respondiera a su pregunta original—. Entonces, ¿qué va a ser, Specter o Mina?

***

Trev

Se encogió de hombros y volvió a mirar la chimenea, observando las llamas.

—Lo que sea.

Era su respuesta por defecto y la usaba a menudo.

—Mina, entonces, aunque sé más de Specter que de Mina.

Me lanzó una sonrisa burlona.

—Te doy cien pavos para que siga así.

—Vaya —fingí hacer pucheros—. Y yo que esperaba que llegáramos a ser amigos.

—No sé qué demonios pretendes con tantos halagos, tantos piropos, cocinándome mis comidas favoritas. Que lo sepas: no está funcionando, así que déjalo ya.

—Lo siento —dije, aunque no estaba arrepentido en absoluto—. Así es como me gusta tratar a la gente de mi vida. Para ser justos, no tenía ni idea de que los macarrones con queso fueran tu plato favorito. Suelo decir las cosas como las veo, pero entiendo que eso no lo sabes de mí.

—Claro, tío —soltó con una sonrisa sarcástica—. Si estás intentando usar una de esas estrategias de «mátala con amabilidad», vas a fracasar.

—Tu aversión a la amabilidad es digna de estudio, ¿eh?

—La amabilidad o es una debilidad o es un intento de camuflaje. He visto lo que les haces a tus oponentes. Eso no es amabilidad, Demon.

—¿Por qué no me llamas Trev?

—Eso no es amabilidad, Trev —repitió, enfatizando mi nombre—. Es tierra arrasada, destrucción total y absoluta.

—Eso es diferente —normalmente me importaba un comino lo que pensara de mí la gente ajena a mi círculo, pero ahora me encontraba en la extraña posición de tener que defenderme—. Mis adversarios se lo habían buscado.

—Claro —resopló—. ¿Soy tu adversaria?

—Nos hemos enfrentado antes, pero me gustaría pensar que podríamos colaborar. ¿Quién sabe? Quizá podríamos llegar a ser amigos.

¿Quizá amantes?

Uf. ¿Por qué no podía mantener la lujuria a raya?

Por los besos, imbécil, y por lo que oíste cuando estaba en la ducha. No lo niegues. Quieres volver a besarla. Más aún, quieres follártela. Quieres hacer más que follártela.

—¿Colaborar? —no se me escapó el destello de sorpresa en sus ojos antes de que lo disimulara con una risita.

Era una bendición que no pudiera leerme la mente.

Si pudiera, saldría corriendo de aquí, aterrorizada por mi deseo obsesivo.

Nunca había querido lanzarme sobre alguien tan desesperadamente como quería lanzarme sobre ella.

Durante la cena, había recordado los sonidos que había oído salir de la ducha, recordando su sabor cuando la besé, preguntándome a qué sabría su coño, saboreando su presencia a mi lado como si de verdad fuera presa legítima.

Céntrate en la misión, marine. Ella es la recompensa, no el objetivo.

—Sí, no. Amigos no —negó con la cabeza—. Los amigos son un lastre y «colaboración» es solo otra palabra para explotación.

—Eso es duro —la miré fijamente y me arriesgué—. Voy a hacer una suposición. Tuviste una infancia difícil. Has luchado mucho por lo que tienes.

Puso los ojos en blanco con tanta fuerza que me recordó a una máquina tragaperras.

—Ahórrame la evaluación psicológica y no te atrevas a negar que trabajabas en inteligencia cuando estabas con los Raiders.

La desafié arqueando las cejas.

—¿Tan obvio es?

—Aquí va mi mejor suposición —su sonrisa burlona era pura acusación sin pizca de dulzura—. Disfrutas metiéndote en la cabeza de la gente y removiendo las aguas. Puede que hasta se te dé medio bien.

Se me escapó una risa baja.

—Gracias, supongo.

—Pero escucha bien —me señaló con el dedo—. Solo tú puedes evitar que esto se incendie. Así que no provoques un fuego conmigo fingiendo que sabes algo sobre mí. No sabes nada.

—Entonces ayúdame.

Apretó los labios. Joder, tenía la mirada furiosa más espectacular y sensual del universo. Era jodidamente sexy y sí, me entraban ganas de follármela otra vez.

Genial. Estaba atrapado en un bucle primitivo de solo pensar en follar.

Cogí mi copa de vino y di un sorbo, dándole tiempo para recomponerse y concediéndome espacio mental para enfriar el fuego que me ardía en las venas. Cuando recuperé el autocontrol, sostuve su mirada. Mirarla a esos ojos de diamante era como adentrarse en un laberinto de espejos.

—Eres única —dije, probando otro enfoque—. Muy creativa.

—¿Creativa, eh? —se encogió de hombros y me lanzó una mirada tímida antes de volver la vista al fuego—. ¿Te refieres a cómo me visto?

—Tus disfraces molaban. Incluso ahora, vas muy a la última. Me gusta.

Se miró y esbozó una media sonrisa.

—Yo lo llamo estilo rastro chic.

—Es original —apunté—. Como tus hackeos.

Se irguió en el sofá.

—¿Qué sabes de mis hackeos?

—Mucho, espero —hice girar el vino en la copa—. No pierdo el tiempo rastreando hackers del montón.

—¿Qué te hace pensar que no soy una hacker del montón?

—Venga ya —dejé la copa en la mesa—. Ya nos hemos cruzado antes. Hemos tenido nuestras batallas. Sé que estás en el top diez.

—¿Top diez? —le brillaron los ojos—. Estoy en el top cinco, puede que hasta en el top tres.

—Vale, top tres —asentí—. En eso podemos estar de acuerdo.

—Bien —espetó—. ¿Cuánto tiempo estuviste espiándome?

—Lo suficiente para conocerte un poco —admití—. Lo bastante para que no tengas que fingir ser quien no eres cuando estás conmigo.

—¡Dios mío, cállate ya! —cruzó los brazos y clavó la vista en la ventisca del exterior.

—Mina... —me lancé—. Necesito tu ayuda.

—¿Con qué? —agitó una mano en el aire—. Deja de andarte con rodeos y suéltalo de una puta vez. ¿Qué coño quieres de mí?

—Necesito toda la información que tengas sobre Oleg Laskin —dije—. Cuando mencioné una colaboración, iba en serio. Quiero tumbar a Laskin. Sacarlo del juego para siempre, y no solo a él, sino también al grupo Bruckner y a Hellbound.

—¿Laskin? —graznó, mirándome como si hubiera perdido la cabeza—. ¿Bruckner y Hellbound? —hizo una pausa para coger aire—. ¿Se te ha ido la olla o qué? Estás delirando. Demente. Nadie se mete con Laskin. ¡Nadie!

—Tú lo hiciste.

—¡Yo no!

—No tenemos tiempo para esto —la miré a los ojos—. Trabajaste para Hellbound.

Se apartó de mí. Sentí cómo la distancia entre nosotros crecía por momentos.

—¿Cómo coño sabes eso? —exigió.

—Soy bueno en lo que hago —insistí—. ¿Por qué te persigue Laskin?

—No es asunto tuyo.

—Ahora sí lo es —como no dijo nada, insistí—. ¿Mina?

—Dejé el trabajo, ¿vale? —soltó—. Eso es lo que hice. Por lo visto, nadie deja a Laskin. Se lo toma muy a lo personal.

—Ya veo —asentí—. Puede que me estés diciendo la verdad.

Soltó un bufido.

—¿Así que ahora eres un detector de mentiras humano?

—Hay más —ignoré su comentario mordaz—. Tú y Laskin tenéis asuntos pendientes.

Cruzó los brazos sobre la manta.

—¿Como cuáles?

—Una puerta trasera. —Vi cómo palidecía—. Sé que creaste y plantaste un acceso secreto en el corazón del sistema de Hellbound. Quiero esa puerta trasera. La necesito.