Capítulo ocho #3
—¡Basta! —ladré, abrumada por mi incapacidad de cerrar la boca y su don para decir siempre lo correcto—. Guárdate tus cumplidos para alguien a quien le importen.
—A mí me importa.
Las palabras me golpearon tan fuerte que me quedé rígida.
—Eso es solo porque quieres algo de mí.
—Sí quiero algo de ti y es mucho pedir. No lo he ocultado. He sido honesto al respecto desde el primer día.
Solté una carcajada amarga.
—La honestidad no existe. Es solo otra palabra para engaño.
—Si el engaño es una elección, entonces por definición, la honestidad es su opuesto.
Fingí sostener un micrófono frente a la boca y, agravando la voz, usé mi mejor tono de locutor de televisión.
—Esta perogrullada filosófica nos llega cortesía de Demon, Maestro del Engaño.
Había pretendido ser mordaz y sarcástica, pero él echó la cabeza hacia atrás y se rio. Sus carcajadas fueron tan cálidas como inesperadas.
—Por si no lo pillaste, esa fue mi forma de decir que me importa una mierda —añadí a modo de aclaración hostil. Era mi torpe intento de deshacerme de la molesta atracción que me hacía querer quitarle la ropa.
—Sí te importa. —Me retó arqueando las cejas—. Aunque quieras fingir que no.
—Idiota —refunfuñé—. Estás entrando donde no te llaman. Sal de mi cabeza de una puta vez.
Me sostuvo la mirada un momento y luego soltó esa sonrisa que derretía mi resentimiento y traspasaba mis defensas con una facilidad pasmosa.
—Vale. Ya salgo de tu cabeza. Fuera. —Abrió un cajón bajo y se puso a sacar platos, cuencos y cubiertos sobre la encimera—. A ver si tienes otro estado de ánimo aparte del hambrenfado. Entiendo lo del hambrenfado, es una mierda.
Di un golpe con las manos sobre la encimera de cuarcita. —¡Para ya!
—¿Parar qué? —Frunció el ceño y me miró.
—De ser amable conmigo. De ser tan comprensivo y toda esa mierda.
—A todo el mundo le gusta la amabilidad —señaló, lo que aumentó mi frustración.
—A mí no.
Sus cejas se juntaron aún más. —¿Por qué no?
—La amabilidad es puro teatro y el anticipo de una traición. No la quiero ni la necesito de ti.
—No estoy fingiendo. —Me lanzó una mirada seria—. Intento ser amable con los demás siempre que puedo.
—Pues déjame fuera de tu categoría de «los demás» y métete tu amabilidad por el culo.
—Entendido. —Asintió secamente—. Se acabó la amabilidad. Avísame si la quieres de vuelta.
—Lo dudo mucho.
—Sigamos. —Rodó con su silla hacia los fogones—. No soy el mejor cocinero del mundo, pero me encanta comer. No tenía ni idea de qué te gustaba, así que he preparado varias cosas y, por suerte para ti, no hay pescado. Tengo sopa de pollo casera, macarrones con queso y lasaña en el horno.
—Tú... eh... —Hice una pausa y tragué saliva, intentando disimular mi asombro—. ¿Has hecho todo esto... para mí?
—Dormiste mucho rato. —Me pasó un cuenco—. Cuando llegó la tormenta, la conexión por satélite empezó a fallar, así que encontré otra forma de hacerme útil.
Abrí la boca, pero no me salió nada hiriente ni ingenioso, así que la cerré.
—Tranquila, princesa. —Cogió una cuchara y, enseñándomela con gesto teatral, señaló hacia los fogones—. No estás atrapada en la Estrella de la Muerte. Sírvete.
Era imposible ser borde con él todo el rato. Era demasiado majo. ¿Cómo demonios iba a mantenerlo a distancia si no paraba de ser tan amable conmigo?
Rodeé la isla, cogí un cuenco y me serví una buena ración de macarrones con queso.
Se me hizo la boca agua con el intenso aroma a cheddar.
Él se sirvió de la misma olla, se puso el plato en el regazo, clavó el tenedor en la pasta y rodó hacia el comedor.
Tras dejar su plato en la mesa, retiró una silla y me miró.
Madre mía. Lo había visto hacer antes, pero en toda mi vida nadie me había retirado una silla. Durante un microsegundo, me sentí como en una de esas películas románticas ridículas. Luego volví en mí. ¿Estaba haciendo esto para impresionarme?
Probablemente.
Era demasiado perfecto. No podía ser real. No. Imposible.
Comimos en silencio. Mis sentidos se tambaleaban solo con tenerlo cerca. Su mera proximidad me desestabilizaba y me hacía arder la piel cada vez que me preguntaba qué maravillas escondería bajo la ropa. Joder, su pecho se marcaba de maravilla bajo la tela.
Quería ser el tenedor en su boca, el cheddar que saboreaba, la causa de esa satisfacción que le aclaraba los ojos hasta el color del vino espumoso cuando disfrutaba de la comida.
Lo juro, la habitación se inclinaba hacia su lado.
Me di cuenta de que desde que estaba con él, no había sentido los efectos de mi HADD. Él y yo hablábamos como la gente normal. Sin palmas sudorosas. Sin visión de túnel. Sin parálisis por exceso de análisis. El tira y afloja entre nosotros se sentía... bien.
Hundí la cuchara en la comida y me llené la boca con más de los macarrones con queso más deliciosos que había probado en mi vida.
Mi coño deseaba al cocinero incluso más que la comida.
Mejor mantener la boca ocupada, el sexo bajo control y la cabeza fría.
Este hombre me estaba poniendo perdida y ni siquiera me había tocado.