Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

Mina

—Lo siento, Demon —moví los dedos en el aire y retrocedí alejándome de él—. Loba solitaria, ¿recuerdas? Hasta luego, cocodrilo. Chao, pescao.

—No lo hagas —apretó la mandíbula y su rostro se endureció como granito cincelado—. Eres mejor que esto.

—Lamentablemente, no lo soy —tropecé con los tacones, pero recuperé el equilibrio—. En realidad soy mucho peor de lo que piensas.

—No te creo —la piel alrededor de sus ojos se tensó, una advertencia en toda regla.

Ni una sola vez echó mano a su arma. Estaba justo ahí. En su bolsa. ¿Qué clase de idiota tenía un arma al alcance de la mano, era un tirador excelente y no la usaba para imponer su voluntad sobre sus enemigos?

Quizás no eres su enemiga. Tal vez piensa que podéis ser amigos. Quizás sea buena persona.

Vaya, que me aspen. Preferiría el mal al bien cualquier día. El mal era, por definición, fiable. El bien era notoriamente voluble, siempre subjetivo y totalmente impredecible.

—Estás llena de mierda, Specter —la sonrisa plácida que me dirigió me irritó sobremanera—. Te gusto.

—¡No es verdad! —me tambaleé y me apoyé en la pared agrietada de la casa—. No me gusta nadie. No me gusta la gente en absoluto. Y tú menos que nadie.

—Me cuadra perfectamente —su sonrisa se volvió astuta al extenderse por su rostro—. No te gusto porque te gusto demasiado y eso te cabrea.

—Basta de trucos mentales Jedi —escupí entre dientes—. No soy una criatura de mente débil y maleable que puedas doblegar a tu voluntad.

—Sin trucos, princesa. Tampoco intento doblegar tu voluntad. Las cosas son como son —levantó sus fornidos hombros y los dejó caer—. Vine a cubrirte las espaldas. Me necesitas y yo te necesito. Puedo ser útil. Además, soy encantador. Agradable. Una delicia, vamos.

Resoplé.

—Y engreído como un semental Paso Fino.

—Lo de engreído lo admito —la sonrisa que me ofreció era la definición de engreído. Levantó el pulgar—. ¿Oyes eso?

Las sirenas de la policía sonaban extrañamente distantes y cercanas al mismo tiempo.

Rodó hacia mí con la silla.

—Déjame ayudarte.

Esto era tan jodidamente raro. Mi mente se sentía lenta y me costaba horrores darle sentido a las cosas.

Marte, el dios de la guerra, quería hacer las paces conmigo.

Un caballero Jedi que había sido mi enemigo todo el tiempo se ofrecía a mantenerme a salvo.

Demon había pasado de ser mi adversario a una especie de amienemigo.

El mundo estaba patas arriba. El suelo del patio parecía inestable bajo mis pies. Cada párpado me pesaba una tonelada. Parpadeé varias veces, pero el rostro de Demon seguía ondulando ante mis ojos. ¿Por qué me sentía tan cansada de repente?

—¿Qué me está pasando?

—Esto —Demon se detuvo frente a mí, alargó la mano y tiró suavemente de algo en la base de mi cuello. Abrió la palma y me mostró el pequeño dardo.

Me quedé mirando aquel chisme con aguja y me froté el punto dolorido encima de la clavícula.

—Por favor, no me digas que...

—Bishop te pilló. Te clavó este dardo durante el forcejeo —se dio unas palmaditas en el regazo—. Siéntate.

Me desplomé en su regazo, sobre todo porque las piernas ya no me daban para más.

—No estamos lejos de mi vehículo —me recogió las piernas, me colocó los brazos alrededor de su cuello y, metiéndome los pies bajo el muslo, impulsó los aros de la silla—. Aguanta todo lo que puedas.

Al machote le encantaba dar órdenes. Yo odiaba seguirlas, pero no tenía elección.

Bajó rodando por el camino de entrada, giró hacia la acera y aceleró.

Puede que me echara una cabezadita por el camino.

Cuando desperté, entrábamos en el aparcamiento de un supermercado, hacia una pequeña furgoneta de reparto sin distintivos aparcada cerca.

Mantente despierta. Es demasiado peligroso quedarse dormida. Demasiado jodidamente peligroso.

Acurrucada contra su hombro, levanté la vista y vi a Demon parpadear. Delante de nosotros, las puertas de la furgoneta se abrieron y una rampa descendió hasta el asfalto.

¿Estaba delirando?

Aceleró antes de subir la rampa conmigo. Lo hizo aparentemente sin esfuerzo. Me sorprendí disfrutando del calor de su cuerpo y de cómo sus músculos se tensaban y flexionaban contra mí. Su fuerza y la firme solidez de su cuerpo me envolvieron en un confort lujoso que nunca antes había conocido.

Mmm. Cerré los ojos y suspiré. A esto podría acostumbrarse una.

Entró rodando en la furgoneta conmigo. La parte trasera estaba vacía. No había ventanas salvo las tintadas de la parte delantera. Detrás de nosotros, la rampa se elevó y se replegó, y las puertas se cerraron con un siseo hidráulico y un suave clic, dejándonos envueltos en la penumbra.

—La policía —tartamudeé, sacudiéndome el estupor mientras luchaba por mantenerme despierta.

—Tranquila —con un par de tirones suaves, Demon me soltó el bolso y el paraguas de las manos y los dejó a un lado—. Bishop no estará en condiciones de pasarle información a la policía en un buen rato.

—La zorra de Bishop —mascullé con tono asesino—. Espero que tenga una resaca colosal cuando despierte. No, espero que se dé con los dos dedos gordos del pie y que la detengan por descargarse porno de venganza ilegalmente. Eso sería justicia.

—Tu concepto de justicia es hilarante —se le curvaron los labios—. Retorcido, pero gracioso.

—¿Y los capullos de Laskin? —parpadeé con fuerza para mantenerme despierta—. ¿Esos cabrones hijos de puta nos siguen?

—Que yo sepa, no —me recolocó en su regazo, levantándome la cabeza y bajándome las piernas por el lateral de la silla para acunarme con mayor comodidad—. Los tangos supervivientes tendrán que reagruparse. Ahora estás a salvo.

—¿A salvo? —solté un resoplido—. Nunca he estado a salvo. Nunca lo estaré.

—Lo estarás si vienes conmigo.

Apoyé la cabeza en su hombro mientras el cuerpo se me hacía cada vez más pesado en sus brazos. —¿Me voy a dormir?

—Sí.

Al menos me decía la verdad.

Se me trabaron los dedos al quitarme las gafas de sol, las apreté contra el pecho y lo miré. —¿Cuánto tiempo tengo?

—No mucho. Me sorprende que sigas consciente. Esos dardos van cargados con algo muy potente.

—¿Sobrevivir online? Pan comido. ¿El mundo real? —me presioné las palmas en las cuencas de los ojos y solté una risita cansada—. Va a matarme.

—No lo permitiré —vaciló y luego me acarició la mejilla, un roce ligero de dedos callosos que me recorrió en oleadas de placer—. Eres dura y a la vez suave, inusual pero también extraordinaria. Se nos acaba el tiempo. ¿Vienes conmigo o qué?

—Tin marín de dos pingüé, cúcara mácara títere fue —me sentía como si hubiera tomado un martini de más, atrapada entre el agotamiento y la euforia—. Es Comadreja Caraculo, Bitchy Bishop o Demon. ¿Qué opción tengo?

Me tomó la mano y me estudió los dedos antes de volver a mirarme. —Conmigo siempre tendrás opciones.

—Pfft —intenté agitar la otra mano, pero me cayó lánguida sobre el regazo—. Qué cosas tan bonitas dices. Pero no nací ayer. Vas a llevarme de todos modos —medio resoplé y medio me reí. Con solemnidad, añadí—: Y no hay una maldita cosa que pueda hacer al respecto.

—No te quiero como cautiva —me apretó la mano suavemente, y un cosquilleo me erizó la piel—. Te necesito como aliada.

Sus dedos cálidos y ásperos trazaron círculos lentos sobre el dorso de mi mano. Su tacto resultaba extrañamente reconfortante. Decía todo lo que yo quería oír, pero ¿podía creerle de verdad?

Era un desconocido y, sin embargo, no me sentía nerviosa en su regazo. Quizá fuera por los tranquilizantes.

Claro, por eso será, idiota. Nadie da duros a cuatro pesetas.

—¿Hay alguien a quien pueda llamar? —preguntó—. ¿Algún sitio donde te sientas a salvo?

—No tengo a nadie —una lágrima solitaria me resbaló por la mejilla cuando el peso de mi soledad me cayó encima—. No tengo nada.

—Ahora me tienes a mí —murmuró tan bajo que apenas lo oí.

—Eres dulce —logré levantar una mano y acariciarle la mejilla barbuda—. Dulce y aterrador a la vez. Ni siquiera sé quién eres ni cómo te llamas de verdad.

Se le marcaron dos pequeñas arrugas entre las cejas. Ni en mi mejor día se me ocurriría revelar mi nombre real a alguien con mis habilidades, y sin embargo él parecía estar considerándolo.

—Me llamo Trevor Marks —dijo al fin—. Legalmente ya no existo como tal, pero mis amigos me llaman Trev.

—Trev —incluso en mi estado actual, coqueteando con el olvido, me dejaba alucinada que me hubiera dicho su nombre real—. Qué nombre tan bonito para el extraordinario y formidable Demon. Nunca le he dicho esto a nadie, pero tengo miedo, Trev. Oficialmente asustada.

—Todo va a salir bien —su voz me arrulló como una nana—. Vas a estar bien.

—Ojalá pudiera creerte —murmuré—. Eres como un sueño, tan guapo y valiente. Creo que tú…

Ladeó la cabeza y sus ojos brillaron con curiosidad. —¿Que yo qué?

—Que solo existes en mis sueños —una risita me brotó del pecho—. Que te inventé en mi cabeza.

—No me inventaste, Mina —me sacudió la mano un poco—. Estoy aquí, pero necesito que me respondas antes de que ya no puedas. ¿Vendrás conmigo?

—Eres la única opción que tengo —luché contra el peso que me cerraba los párpados con un estallido de balbuceos—. Así que soy tuya hasta que las ranas críen pelo, los cerdos vuelen y las vacas vengan a casa. Soy tuya hasta que el sol salga por el oeste y los burros hablen latín...

—No me hagas reír —dijo, pero su risa grave retumbó contra mi oído, íntima y cálida—. Esto es serio.

—Vale, ahora en serio —sonreí débilmente—. Soy tuya hasta nuevo aviso. Solo te pido que me trates como a una reina. O a una emperatriz. Sí, una emperatriz galáctica estaría mejor.

Se rio de nuevo, y aunque tenía los sentidos embotados y el tiempo se me agotaba, su risa me resultó embriagadora.

—Eres única. —Trazó las líneas de mi rostro—. ¿Lo sabes?

—Lo sé de sobra. —Solté una risita ante lo absurdo de mi situación, ante las cosas ridículas que solo yo tenía el descaro de decir—. Soy rara y peculiar. A veces es una mierda ser tan diferente, pero soy thu-si-cas-ti-ca-men-te yo.

Arqueó las cejas.

—¿Quieres decir entusiásticamente?

—Esa. —Me froté los ojos y bostecé.