Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Cuatro #3
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Capítulo Cuatro #3

Si ponía unas cuantas vallas entre Demon y yo, no podría seguirme. Tendría que concentrarse en esquivar a los polis antes de poder perseguirme. Tampoco creía que fuera a dispararme por la espalda. Había luchado duro para mantenerme a salvo. Eso significaba que me necesitaba viva.

Se me daba bien escapar y desaparecer de la faz de la Tierra. Podía trepar la valla baja de alambre de este patio trasero abandonado sin problema. Mis músculos se prepararon para salir corriendo.

—No lo hagas.

La intensidad de la mirada de Demon me atravesó como un rayo láser.

—Me lo prometiste. ¿Recuerdas?

Las promesas están hechas para romperse.

—Incorrecto —me rebatió Demon, y me maldije por no poder ponerle un filtro a mi boca—. Las promesas son propuestas de confianza, así que aquí va la mía. Si vienes conmigo, te protegeré. Te mantendré a salvo de Bishop y de Laskin. Te lo juro por mi vida.

¿Por su vida? Vaya. Muy noble. No entendía por qué se me había hecho un nudo en la garganta. ¿Quizás porque nadie te había jurado una mierda en la vida?

Pero la confianza es una ilusión y la nobleza, una mentira rancia y anticuada.

—Te sorprendería saber que eso no siempre es así —intervino él.

Maldita sea. Me mordí los labios. En momentos de estrés, los malos hábitos eran imposibles de quitarse de encima.

—Puedo prometerte la aventura de tu vida.

Sus ojos me miraron con un brillo ardiente.

—El viaje no será fácil, pero si alguien puede conseguirlo, somos nosotros, juntos.

¿Juntos?

Fruncí el ceño. ¿Qué quería decir con eso?

¿Y si Demon estaba buscando una compañera de fechorías, alguien con quien trabajar, una Watson para su Sherlock o una Robin para su Batman? ¿Creía en mí y en mis habilidades? ¿Pensaba que podía serle útil?

Respiré hondo. Durante unos segundos, de pie detrás de la casa tapiada donde nadie podía vernos, su propuesta se convirtió en la oferta más atractiva que había recibido en... nunca.

Trabajar con alguien tan brillante como Demon estaba en lo más alto de mi lista de fantasías. Mi imaginación me mostró un anticipo de cómo sería no estar sola todo el tiempo, tener a alguien con quien charlar, discutir cuestiones técnicas y reírme después de un hackeo épico.

Entonces mi vocecilla borde habló y arruinó la emoción de esos pocos segundos.

¿Asociarte con Demon? ¡Ja! Él es blanco. Puro. Legítimo. Siempre del lado correcto de la ley. Tú eres la viva imagen de una hacker de sombrero negro.

No siempre, protesté, temiendo la discusión conmigo misma. Puedo ser algo gris.

No hay ningún escenario en el mundo en el que tú y Demon podáis trabajar juntos. Eres una don nadie. Él es la realeza del hackeo. Él vive en el mundo real. Tú solo existes en internet. Él sabe trabajar en equipo. Tú eres una solitaria. Nunca funcionará.

El andamiaje de mis ilusiones se vino abajo. Una vida entera trabajando en el lado oscuro me pasó factura. Tenía razón, como siempre. Levanté la barbilla y desafié a Demon con mi mirada más maléfica.

—Por otro lado, si huyes ahora, iré a por ti. —Sus ojos se endurecieron y un anticipo de su furia me heló las entrañas—. Te atraparé, y acabarás peor, porque entonces nunca podré volver a confiar en ti.

¿Este hombre confiaba en mí? En mí. Una criminal de las Más Buscadas, una ciberdelincuente sin esperanza de redención.

Era ridículo. Absurdo. Tentador.

La mera idea era tan electrizante que el mundo me dio vueltas y las rodillas me flaquearon.

—Ven conmigo. —Extendió la mano.

Casi la tomé. Pero no lo hice. En cambio, di un paso vacilante para alejarme de él, y luego otro, dividida entre la cautela y la osadía.

La pesada oscuridad que llevaba como una bola de hierro implantada en medio del pecho comenzó a crecer.

Se expandió hasta que apenas pude mantenerme erguida.

La vieja rabia regresó para recordarme por qué no tenía fe en los demás.

La amargura me revolvía el estómago. Él pertenecía al mundo real, y ese mundo nunca había sido amable conmigo.

El agotamiento, la confusión y el orgullo se sumaron al tumulto, convirtiendo mis pensamientos en una masa turbia. La idea que emergió fue que Demon no era más seguro para mí que cualquier otro, y que tenía una reputación de hacker peligrosa que mantener.

Con Specter no se jugaba.

Saboreé el gusto de la malicia en mi boca. Era feroz. Repartía hostias. Podía matarlo ahora mismo si quería. El arma de Bishop yacía en la hierba, cerca de mí. Mis ojos se desviaron hacia la pistola.

—Te aseguro —gruñó, con los ojos cortantes como el cristal— que no es buena idea.

Vale, quizás no. Era una ladrona y una asesina de sistemas, pero no una asesina de verdad.

Demon había dado la cara para salvarme. De alguna manera, veía valor en mí.

La criatura patética y necesitada que vivía en mi interior se embriagó con esa idea.

El propio Demon era una leyenda, un hacker brillante y épico, uno de los ciberguerreros más respetados de nuestra generación.

Así que nada de malas ideas, pero aún podía ejecutar una de mis infames «Desapariciones Houdini». Tenía un don para esfumarme. No era casualidad que mi alias de hacker favorito fuera Specter.

No le debía nada a nadie.