Trev (Romance militar de héroes alfa nº 10) Capítulo Dos
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Capítulo Dos

Mina

La clave estaba en pasar desapercibida, en parecer que pertenecía al lugar.

Difícil, teniendo en cuenta que nunca había encajado en ningún sitio. Joder, ya ni lo intentaba. Tenía muchos talentos, pero «formar parte de» y «encajar» no estaban en mi repertorio. Por otro lado, ¿fingir?

Sí, en eso era buena.

Hoy me había propuesto demostrármelo.

Solté un suspiro tembloroso, reuní valor y, tras echarme el pelo de la peluca sobre el hombro, me planté frente a las puertas de la cafetería y miré hacia atrás. Tenía las palmas sudorosas, el pulso me martilleaba en las sienes y la visión se me estrechaba.

Contrólate, Moses.

Eché un vistazo discreto a mi alrededor. No vi ningún peligro obvio, tipo armas y esas mierdas, pero no podía estar segura. Por desgracia, los asesinos a sueldo no venían con un letrero de neón parpadeante que dijera «¡Soy yo! ¡Me han contratado para matarte!».

Reuní valor, fingiendo que estaba a salvo, siempre fingiendo. La distancia entre fingir y creer era mínima cuando se trataba de mí.

Eres feroz. Eres valiosa. Partes la pana. Repetí el lema de Specter en mi cabeza. ¿Por qué no funcionaba en la vida real tan bien como funcionaba en internet?

Apreté los dientes, extendí la mano hacia el picaporte y... fallo del sistema.

Las piernas se negaron a moverse y los pies se me convirtieron en losas de hierro. Specter podría ser feroz, pero ¿Mina? Su determinación se desintegró. Se disolvió en la versión cobarde de sí misma.

Mierda. Con el estómago revuelto, me llevé la mano al vientre. Tú te metiste en este marrón, Moses. Ahora te toca tragarlo.

Me di un momento para que las rodillas dejaran de temblarme y, tras dar un paso lateral, fingí leer el menú pegado a un lado de las puertas.

Date tiempo para procesar el miedo. El consejo del Gurú de la Ansiedad vino a mi rescate. Concéntrate en tu entorno.

Entorno. Miré a mi alrededor. Entendido.

Había dejado de llover y el aire húmedo olía a ozono, tierra mojada y perro mojado. El aroma habría sido orgánico si el tráfico no hubiera añadido notas agudas de benceno al perfume urbano.

Dato curioso: me encantaba el olor a gasolina fresca. Raro, lo sé, pero mi cerebro peculiar funcionaba de formas extrañas y ese olor me traía recuerdos de la infancia. Algunos días me recordaba lo lejos que había llegado. Otros, lo bajo que había caído.

Cierra el pico, cerebro, me reprendí. Deja de ser tan puñeteramente crítica.

Cuando una pasaba todo su tiempo en su cabeza, vivía en diálogo constante consigo misma.

El bullicio de las hordas que abarrotaban las aceras no ayudaba.

Las calles estaban mejor a altas horas de la noche, cuando estaban oscuras y vacías.

Pacíficas. Seguras. No como hoy. Antes sabía manejarme en la calle, pero ¿la gente?

¿Gente real de carne y hueso que no vivía pegada a internet como yo?

Eran un misterio para mí.

Si a eso le sumaba gente que quería matarme, estaba completamente fuera de mi elemento.

¿Quieres morir, amiga? preguntó mi voz interior borde. ¿No? Pues sal de tu cabeza y presta atención, me regañé. O quizá lo murmuré en voz alta, un mal hábito que había desarrollado de niña.

Otra mirada a las multitudes que pasaban y la ansiedad se me disparó. Una sensación de peligro me erizó la nuca, pero no podía dejar que los miedos me controlaran el día.

Te estás asustando sola. Era algo que se me daba de maravilla. Deja las gilipolleces y sigue adelante.

Las uñas se me hundieron en el cuero del bolso y la mano se me cerró en un puño alrededor del paraguas. Además de estar paralizada frente al maldito menú, me enfrentaba a tres problemas letales. Cualquiera de ellos podría llevarme a cometer el error que acabaría conmigo.

Para empezar, me cazaba como a una rata en las alcantarillas mi exempleador, Oleg Laskin, o, como yo prefería llamarlo, Oligarca Asesino Carapolla. Llevaba meses huyendo y me estaba quedando sin opciones.

Segundo problema. Un susto de muerte, un ataque casi fatal en Las Vegas, había destruido mi reserva de pasaportes e identidades falsas, lo que me impedía huir a un país con menos federales y asociados de Laskin.

Hasta que consiguiera una nueva identidad viable, estaba atrapada.

Si sobrevivía lo suficiente para pillar documentos nuevos a través de la Dark Net, tenía un plan.

Estaba pensando en Costa Rica, una playita, un poco de surf...

Pero luego estaba el problema número tres.

Moi.

Mi condición.

Mientras permanecía petrificada en la entrada, la ansiedad se apoderó de mí con fuerza paralizante. La visión me parpadeó y el corazón intentaba salírseme del pecho a golpes. Intenté parecer fuerte y segura. Mi mente, en cambio, se tambaleaba al borde de un ataque de pánico.

Podía apagar las plantas de enriquecimiento nuclear del ayatolá con unas pocas líneas de código. Podía robar unos cuantos millones de la última estafa de criptomonedas en segundos. Pero ¿cruzar la calle por un café, obligarme a interactuar con extraños?

Colapso.

Si Google era de fiar, sufría ansiedad social desde niña.

Como solía pasar, venía acompañada de un Trastorno de Personalidad por Evitación.

Evitaba las situaciones sociales como la peste.

Me sentía inadecuada e inferior cuando estaba con gente y era extremadamente sensible al rechazo, la crítica y el juicio porque, seamos sinceros, la mayoría de los humanos eran mierda con patas.

No era de extrañar que hubiera pasado la mayor parte de mi vida conectada.

Como no confiaba en nadie, ni en médicos ni en psiquiatras, y como era una inepta social que prefería estar sola, me gustaba pensar en mi condición como una alergia a las personas de carne y hueso. La llamaba Enfermedad de Autodesconexión Humana: EADH.

Sonaba muy clínico. O clínicamente serio. Lo que fuera. También sonaba graciosísimo. Me reí para mis adentros. Mi peculiar sentido del humor solía aparecer en los momentos más raros, y la autoburla siempre venía a rescatarme.

Mi EADH había empeorado mucho en los últimos tiempos. El estrés de vivir en total aislamiento y a la fuga lo agravaba. Me había convertido en una «discapacitada de la vida real», otro término mío. Salir de mi diminuto estudio me exigía un esfuerzo monumental.

Últimamente, pasaba la mayor parte del tiempo viendo películas y jugando a mis videojuegos favoritos, Star Wars Rebellion y Mythos, the Doomsday War of the Gods.

Algunos habrían dicho que ahora entraba en la categoría de las que no salen de casa, pero como odiaba las categorías y no tenía casa de la que no salir, se habrían equivocado.

Dado que tenía que seguir funcionando para mantenerme viva y evitar que me pillara el Oligarca Capullo, y considerando que mi futuro incluía un buen montón de viajes —aeropuertos, aviones, gente—, tenía que enfrentarme a la mierda.

Había tenido que idear una solución que me permitiera sobrevivir en el «mundo real», por espantoso y vomitivo que fuera.

La necesidad de curar mi EADH explicaba por qué había roto mi costumbre de no parar quieta y llevaba un par de semanas en San Francisco. La mujer de voz gangosa y serenidad exasperante que llevaba TheAnxietyGuru.com decía que la habituación era una de las mejores estrategias para superar mi mal.

En su canal, recomendaba un ritual diario para asegurar que personas como yo interactuaran con otros y buscaran «conexiones humanas reales» en el mundo real.

Para romper el ciclo y reprogramar mi cerebro defectuoso, tenía que enfrentarme a mis miedos.

Después tenía que premiar mi valentía para reforzar el nuevo comportamiento saludable.

Salir del estudio e ir a la cafetería era el reto.

El café era mi premio.

Así que aquí estaba, joder, superándolo, aunque en ese preciso momento una ola monstruosa de ansiedad se alzaba sobre mí, amenazando con tragarme.

«Concéntrate en lo positivo», resonó en mi cabeza la voz de La Gurú de la Ansiedad.

«Vale. De acuerdo. Cosas positivas». Me quedé en blanco. Era como intentar sacar agua de las piedras. «Escarba hondo, Moses».

El disfraz que llevaba era una necesidad. No podía arriesgarme a ser la misma persona dos días seguidos, pero al mirar mi imagen reflejada en las puertas de cristal, me gustaba lo que veía. Creativa. Original. Rompedora. Modestia aparte, bastante fabulosa.

Reprimí una sonrisa.

Había intentado parecer —bueno— mi yo auténtico, de haber habido sitio en el mundo real para alguien tan estrafalaria. Me había esforzado por parecer poderosa y sin miedo. Lo segundo era todo un reto dadas mis circunstancias.

Seguir libre y viva eran logros notables para mí, dado que, además del Oligarca Imbécil, era oficialmente buscada por las autoridades de diecisiete países.

La Interpol, el FBI, la CIA, los rusos, los iraníes y los chinos también se morían por encontrarme y darme una lección, al igual que un buen puñado de estados canallas, señores de la guerra, narcotraficantes, capos de la mafia, bla, bla, bla.

La lista seguía y seguía.

Cualquiera pensaría que una hacker capaz como yo debería poder sentarse bajo su parra y disfrutar de los frutos de su trabajo, pero qué va. En cuanto a gratitud, mis clientes eran duros de pelar y un hatajo de maníacos homicidas.

Decir que el Oligarca Mierdaseca estaba cabreado conmigo era quedarse muy corto.

Además de estar enchufado con Vladdy el Sangriento, Laskin resultaba ser uno de los hombres más ricos del planeta.

El saco de mierda había puesto un precio de cinco millones de dólares por mi cabeza.

En ese momento, todos los asesinos a sueldo con ganas de pasta me estaban buscando.

En la carrera por burlar a Laskin, tenía una ventaja.

Hasta ahora, nadie sabía quién era ni dónde estaba.

Por el lado malo, algunas de las mentes más astutas del mundo estaban trabajando en averiguarlo.

Nunca subestimaba a mis antiguos colegas asesinos.

A pesar de mis precauciones, el número de enemigos y su capacidad financiera inclinaban las probabilidades en mi contra.