Capítulo 6 Peggy
Paré frente a mi casa y bajamos del coche. Peggy contemplaba el edificio mientras yo rodeaba el coche y le tomaba la mano.
—No puedo creer lo bonita que te ha quedado, Jerry. Apuesto a que las vistas desde tu dormitorio son preciosas.
—Son agradables —dije con poco convencimiento. En realidad yo mismo aún no las había visto del todo, salvo un par de vistazos rápidos.
—Antes te veía subido en esa escalera trabajando en ella... —Se estremeció—. ¡No entiendo cómo podías hacer nada encaramado a una escalera a tres plantas de altura! ¡Yo me agarraría con las dos manos!
Me sacudió bastante oírle hablar de algo que yo nunca había hecho, pero sí me convenció de que la magia de Genie era tan completa como ella decía.
La dejé entrar por la puerta principal y miró a su alrededor.
—Ojalá pudiera mantener mi piso tan ordenado y limpio como esto —dijo, dejando el bolso en un sillón.
—Ya, bueno... —murmuré.
—¿Puedo ver el dormitorio nuevo? No me lo has enseñado desde que empezaste a enmarcarlo.
—Eh, sí, claro. ¿Por qué no? —La llevé escaleras arriba y hasta la suite del dormitorio principal.
—¡Ostras! ¡Jerry, es precioso! —Peggy tenía la boca abierta de asombro. Miraba alrededor con los ojos como platos, absorbiendo todo—. Dios, Jerry, no sabía que tuvieras tan buen gusto. ¡Todo pega tan bien!
—Ya, bueno, tuve ayuda —admití.
—¡Más vale que la guardes, quien quiera que sea! —Se rio Peggy—. ¡Tiene un gusto exquisito!
—Ya, bueno... —dije.
Peggy vio el bar y se dirigió hacia él, preguntando:
—¿Quieres una copa? ¡Yo desde luego necesito una! —Se puso detrás de la barra y encontró y llenó dos vasos de chupito con una generosa dosis de Whisky. Me pasó uno y levantó el suyo mientras yo me apoyaba en la barra.
—Por los primos. Por los primos valientes y con agallas, que siempre están ahí cuando los necesitas —dijo, y se mandó el chupito de un trago.
Hice lo mismo, vaciando mi vaso y dando un golpe en la barra.
—Ay, qué bien —susurró, de pie con los ojos cerrados, sintiendo el licor arderle garganta abajo.
Y luego preparó rápidamente dos copas: un vodka tónica para mí y un gin-tonic para ella.
Me pasó mi copa, y luego se dirigió hacia la cama, quitándose los zapatos al andar.
—¿Te importa? —preguntó, dejando su copa en la mesilla de noche y sentándose en la cama—. Tiene una pinta tan cómoda que tengo que probarla.
—Claro, adelante —dije, yendo también hacia la cama.
Levantó las piernas y se tumbó.
—¡Oh, Jerry, esto es maravilloso! —suspiró, estirándose como un gato.
—Me alegra que te guste —me reí. Le di una palmada suave en la cadera y dije—: Ahora corre un poco y deja sentarse a un viejo.
Se rio y se movió lo justo para que yo pudiera sentarme al borde de la cama. Bebí un buen sorbo de mi copa y la dejé al lado de la suya, y la miré.
Como ya he dicho, Peggy tiene veintiséis años. En este momento vive sola en su apartamento de alquiler, después de separarse de su último novio hace poco menos de un año.
Es una mujer atractiva con una sonrisa luminosa que le hace hoyuelos en las mejillas y le alegra los ojos.
Su pelo castaño es voluminoso y le llega por los hombros, los ojos son marrones, y tiene una nariz estrecha y respingona que se le arruga cuando se ríe.
Los dientes son parejos y blancos, gracias a los aparatos que tanto le avergonzaron cuando era joven.
Los labios me recuerdan a los de Jessica Alba: carnosos y preciosos.
Es una chica alta —alrededor de un metro setenta y cinco u ochenta— y, para ser sincero, está muy bien dotada.
Tiene unos pechos llenos y lujuriosos, una cintura estrecha en términos relativos, y un culo femenino en forma de corazón.
Ha cogido algo de peso desde que rompió con su novio; probablemente le sobran unos cinco kilos ahora, pero todo lo que han hecho los kilos de más ha sido darle una figura voluptuosamente redondeada.
Esta noche llevaba una camiseta sin mangas con una camisa ligera de manga corta por encima, abierta y suelta, unos shorts ajustados y zapatos con tacones de ocho centímetros.
La camiseta mostraba una cantidad verdaderamente impresionante de escote y los shorts le quedaban perfectos.
No era de esas personas que siguen metiéndose en su ropa de antes cuando han engordado y les desborda por todos lados.
La ropa le quedaba como una segunda piel.
El bar en el que trabaja es un bar universitario y aprendió rápido a vestirse para realzar su figura. Saca muy buenas propinas: gana más dinero vendiendo copas de lo que ganará nunca llevando la contabilidad de nadie.
—¿Por qué no llamaste a la policía cuando ese tío empezó a armar follón? —pregunté.
—No lo sé —dijo en voz queda—. Las cosas se pusieron mal muy rápido, y solo tuve unos segundos para usar el teléfono. Llamarte a ti fue lo primero que se me ocurrió.
En realidad no podía reprocharle nada, supongo. Yo tampoco había llamado a la policía, y además yo no era el que estaba en peligro, al menos hasta que entré al bar.
—Bueno, menos mal que yo estaba de ronda esta noche —suspiré, y la miré—. La próxima vez llama primero a la policía, ¿de acuerdo? Están entrenados para esta clase de cosas. Y ya sabes que suficiente atención de ellos tienes.
Me dirigió una sonrisilla torcida y se contoneó, sacudiéndome las tetas.
—¿Y eso de quién es culpa?
Le levanté una ceja y luego me reí. Cuando había empezado a trabajar allí, se había sorprendido de ver que los policías del barrio entraban regularmente al bar a echar un vistazo.
Yo le había dicho que les coqueteara un poco, a ver si conseguía que pasaran a verla cuando estuviera lista para irse a casa.
Había funcionado de maravilla: pasaban varias veces por la noche y siempre había al menos un policía para acompañarla a su coche al final del turno.
Se incorporó y me miró.
—Siempre estás ahí para mí —dijo en voz queda—.
Siempre lo has estado. Cuando la bici se rompía o había que montar algún juguete para Navidad, eras tú quien lo hacía.
—Me tomó la mano y la apretó con fuerza—.
Me enseñaste a conducir y ayudaste a papá a elegir el coche adecuado para mí, y lo mantenías en marcha...
—Su otra mano subió y me cubrió la mejilla con ella mientras sus ojos escudriñaban los míos—.
Has sido mi ángel de la guarda toda mi vida —susurró.
Y entonces se inclinó hacia mí y sus labios estaban en los míos, suaves y cálidos e insistentes.
Su mano se deslizó de mi mejilla a la nuca, y sus dedos se enredaron en mi pelo y apretaron.
Se echó atrás un poco, me miró a los ojos por segunda vez y volvió a besarme, sujetando mi cara contra la suya.
Gimió suavemente y pude sentir su lengua contra mis labios.
La dejé pasar y la deslizó profundamente en mi boca, encontrando la mía y explorándola.
Volvió a gemir y movió mi mano hacia su pecho, apretándola con firmeza contra el lujuriante globo de su teta, con el pezón endureciéndose rápidamente en un punto ardiente en la palma de mi mano.
Se echó hacia atrás, tirando de mí con ella, y me hundí sobre su joven cuerpo maduro, devolviéndole el beso ahora —mi lengua y la suya peleando en su boca— mientras le acariciaba los montículos de sus pechos.
Rompió el beso al deslizarme yo la mano en el amplio escote de su camiseta, abrirle el cierre del sujetador diminuto y sacarle las tetas suntuosas por el escote estirado.
—Sí —suspiró, empujando mi cabeza hacia abajo por su cuerpo—. ¡Oh, sí, Jerry! —Le besé la ladera de su pecho y le lamí alrededor del pezón erecto, y luego lo succioné, azotándolo con la lengua y mordiéndolo suavemente.
Y entonces sentí su mano en mi polla, palmeándola a través del algodón de mis shorts un par de veces antes de empezar a buscar la cremallera.
Nos pusimos de costado y encontró mis labios con los suyos de nuevo, besándome con pasión creciente mientras yo le amasaba las espectaculares tetas, amasándolas y tentando sus pezones cada vez más hinchados con los dedos.
«¡Genie!» la llamé en mi cabeza.
«¿Sí, Amo?»
«Igual que antes, por favor», pensé, «solo que haz mi polla el tamaño óptimo para complacerla y mantenla así.»
«Está hecho, Amo.»
«Gracias, nena...»
Estuve tentando y jugando con el exuberante cuerpo voluptuoso de Peggy durante diez largos y maravillosos minutos, excitándola y llevándola al borde de su orgasmo para mantenerla ahí.
Cada parte de su lujurioso y curvilíneo cuerpo cayó víctima de mis atenciones obscenas.
Me regodeé en ella, saboreando cada centímetro cuadrado de sus lujuriosamente llenos pechos y besándome camino abajo hasta su vientre sensualmente redondeado, metiéndole la lengua en el profundamente hundido ombligo y siguiendo.
Le metí los dedos en la hendidura que separaba el monte carnoso de su sexo mientras besaba y lamía la piel tierna de sus muslos internos; luego le abrí los shorts y se los bajé, y le hundí la nariz en el coño cubierto por las braguitas, inhalando su olor.
—¡Oh, Cristo! —gimió mientras sus dedos apartaban la entrepierna de sus braguitas, dejando su raja jugosa y melosa a merced de mi boca voraz—. ¡Cómeme, Jerry! —suplicó—. ¡Chúpame el coño!
Miré por encima de la longitud de su cuerpo retorciéndose hasta su cara, que me miraba asomándose por encima de los montículos agitados de sus pechos, y luego le abrí el apretado agujero de su raja con los pulgares y le hundí la lengua, el labio superior rozando contra el erguido capitel de su gran clítoris.
Gritó y se dejó caer de espaldas en la cama, las piernas abriéndose bien y las manos aplastando mi cara contra su monte. Solo me llevó unos minutos hacerla llegar a su primer orgasmo. Le lamía frenéticamente el coño chorreante mientras ella lo empujaba contra mi boca al rugirle el clímax.
Y entonces llegó mi turno de gemir al conseguir Peggy abrir mis shorts y encontrar mi polla rígida con sus manos suaves y frescas.