Tres deseos Capítulo 4 Terri
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Capítulo 4 Terri

Me desperté al notar que la cama se movía. El reloj de la pared marcaba casi las dos de la madrugada. Me quedé quieto, intentando espabilarme y preguntándome quién se estaría metiendo en mi cama.

No creía que fuera Genie; había subido conmigo y se había retirado a su botella. Seguía sin haberla deseado. Estaba medio convencido de que iba a ser ella quien diera el primer paso, y aguardaba a ver si lo hacía.

Y entonces oí un susurro apenas audible.

—¿Tío Jerry? ¿Estás despierto? —Una mano exploradora encontró mi pierna y fue retirada de inmediato, y ella susurró de nuevo—: Tío Jerry. ¿Estás despierto?

Me moví un poco y murmuré:

—¿Quién es?

—Soy yo, Terri —dijo en voz baja.

—¿Terri? ¿Qué pasa, cielo? ¿Estás bien? —pregunté en voz queda.

—Sí, estoy bien. —La cama volvió a moverse al subirse a ella y luego dijo—: Gracias por lo de antes. Fue bonito.

—¿Qué? Ah, el beso. —Me reí entre dientes—. Cielo, siempre devuelvo el beso cuando una chica me besa.

—No me refiero a eso. —Se detuvo y luego continuó precipitadamente—: Bueno, sí, también a eso, pero... a que me quitaste a Henderson de encima. —Creí oír una sonrisa nostálgica en su voz—. Está convencida de que yo pulsé algún resorte tuyo y está mosqueada porque no lo vio.

Me reí.

—Bien. Probablemente les va a volver locas a las dos.

—Ya lo está haciendo —confirmó—. De eso no hablaron de otra cosa hasta que nos fuimos a la cama.

—Se rió—. Tendrías que haber oído a Henderson contándoselo a Becky.

—Imitó bastante bien la voz de Henderson—: «¡Tuve que tirarme prácticamente encima de él, mira tú qué gracia!

¡Y ella se acerca para darle un simple beso de buenas noches y él le lame las amígdalas y casi se la folla ahí mismo delante de mí!

». —Volvió a reírse—. Las dos creen que tengo algún perfume secreto o algo así.

—Anda, cielo, no lo cuentes como si hubiera sido una carga besarte —dije en voz suave.

Encontré su mano en el claro de luna que entraba por la ventana y tiré de ella con delicadeza hasta que estuvo tumbada en la cama a mi lado; luego la atraje con cuidado hacia mí y me incliné sobre ella, mirándola a los ojos.

—Eres una chica encantadora —dije sonriéndole—. Y además estás buenísima. —Y la besé de nuevo.

Un buen rato y muchos besos después, Terri se incorporó sobre los talones, temblando mientras yo le quitaba la camiseta y la tiraba a un lado.

Le bajaron los brazos y se cubrió los pechos con las manos, ruborizándose intensamente al mirarme.

Pude ver la batalla que libraba consigo misma en su cara; entonces apretó la mandíbula y levantó la barbilla.

Sus manos resbalaron un poco hasta quedar sosteniendo los pechos, y se irguió y me miró con un desafío en los ojos, los pulgares acariciándole suavemente los pezones.

—Oh, nena, son preciosos. Tú eres preciosa —dije en voz suave. Me incliné hacia ella despacio y le lamí el pezón, y luego lo succioné y lo amamanté mientras ella arqueaba la espalda, empujando más pecho hacia mis labios.

Rodeó la cabeza con los brazos y suspiró:

—¡Chúpame, Jerry! ¡Se siente de maravilla! —Nos hundimos en la cama y fui alternando entre sus pechos, chupándole los pezones hasta que se pusieron rígidos sobre los firmes globos.

Gemía suavemente, las caderas golpeando contra las mías, cuando sus manos aterrizaron en mi pecho y bajaron despacio hasta mi polla erecta. Jadeé y encontré sus labios con los míos, besándola con fuerza mientras sus manos envolvían mi vara gruesa y empezaba a masturbarme.

«Genie», la llamé mentalmente.

«Sí, Amo, estoy aquí», respondió.

Gemí y me sacudí mientras Terri empezaba a besarme camino abajo por el pecho, la lengua ardiente lamiéndome la piel. «Lo mismo que hiciste con Henderson, por favor», pensé, gimiendo de nuevo mientras Terri sorbía la cabeza de mi polla.

Pude sentir la sonrisa de Genie mientras me pensaba: «Hacerte su follada fantástica perfecto, decirte lo que quiere cuando lo quiera y hacer que tu polla sea tan grande como quiera. Está hecho, Amo.»

Terri se lo estaba pasando en grande con mi polla: la tenía bien metida en la boca y sus manos suaves y frescas hacían cosas maravillosas con mis pelotas mientras me la chupaba.

Enredé los dedos en su pelo y simplemente dejé reposar la mano ahí.

Ella seguía teniendo el control, pero mi mano era un recordatorio de que al otro extremo de la polla que estaba chupando había un hombre.

—¡Oh, joder! —gemí mientras Terri aceleraba el ritmo, follándome la polla temblorosa con la boca. Me pregunté inanemente si mi voz interior temblaba tanto como la real, y oí reírse a Genie en mi cabeza.

«¡Más, Amo!» se rio entre dientes.

«Cuéntame lo que ha hecho antes, sexualmente.»

«Eso es todo, Amo», respondió Genie. «Magreos intensos y sexo oral, sobre todo con chicos que no le gustaban demasiado.»

«¿Lo quiere ahora o sigue intentando encajar?»

«Las dos cosas», respondió Genie. «Pero su deseo por tu polla es mucho más fuerte que las ganas de encajar.»

«¿Qué más quiere?»

«Espera que le dejes ir a su propio ritmo», dijo Genie en mi cabeza. «La pobrecita está aterrada de que simplemente la tomes. No intentará pararte, pero tampoco le gustará.»

«¿Puedes hacer que le guste?»

«Sí... puedo hacer que lo disfrute, pero en su subconsciente no estará contenta. Podría acarrear problemas después», pensó Genie. «Ha sido una seguidora toda su vida, pero quiere perder la virginidad a su manera, y su manera es que sea ella quien lleve las riendas.»

«Así sea», pensé, y entonces jadeé mientras Terri se hundía hasta apretarse la nariz contra mi vello púbico, tragándose la polla entera y lamiéndome las pelotas.

—¡Oh sí, eso es, nena! —gemí y me corrí, disparando una carga de leche en su garganta.

Terri se echó atrás hasta tener solo mi glande en la boca, y con firmeza me sacudió mientras yo me corría en su boca caliente y absorbente.

Debía de querer que estuviera muy cargado, porque me corrí como las cataratas del Niágara.

Ella no podía tragársela lo bastante rápido y se le escurría por las comisuras.

Me relajé en la cama mientras mi orgasmo iba remitiendo, y Terri se quedó justo donde estaba, de rodillas entre mis piernas, chupándome la polla hasta que volvió a ponerse dura. La soltó y se incorporó, con una sonrisa tímida en su cara.

Le sonreí.

—Gracias, cielo. Ha sido maravilloso. —Sonrió feliz y se inclinó sobre mí, dándome un beso lento y dulce. Se le cortó el aliento y gimió mientras yo le acariciaba los pechos, rozándole los pezones hinchados con los dedos mientras el beso se profundizaba.

Su mano tanteadora encontró mi polla dura y se me puso a horcajadas, rompiendo el beso.

—¡No te muevas! —jadeó—. ¡Quiero follarte!

—Lo que quieras, nena —sonreí—. Soy todo tuyo.

Pude verla contener la respiración cuando dije eso, y me lanzó una mirada incrédula. Me tumbé cómodamente en la cama, añadiendo una almohada más debajo de la cabeza para no tener que levantarla si quería ver mi polla entrando en su rajita afeitada.

—¿Hay algo que quieras que haga? —pregunté—¿O me quedo aquí tumbado para que me uses?

—Yo... ya te lo iré diciendo, ¿vale? —preguntó.

Asentí y le guiñé el ojo, e increíblemente, ella se sonrojó. Le acaricié los muslos con suavidad mientras se levantaba de rodillas y pasaba la cabeza rosada de mi polla por entre sus labios mojados, aposentándola en la entrada de su vagina.

Empezó un balanceo muy lento, tomando una fracción más de mi polla cada vez que se echaba hacia atrás. Tardó casi un minuto antes de que el ensanchamiento del glande traspasara sus labios internos, y más de cinco minutos antes de que su culito prieto se posara sobre mis caderas.

Gemía y lloriqueaba, su coño chorreando como loco, y yo no andaba muy lejos.

Podía sentir el tubo meloso de su sexo contrayéndose sobre mi polla mientras se restregaba.

Solo bastaron unos instantes de eso para que ella gritara y se doblara sobre mí, sus pechos carnosos aplastándose contra mi pecho al correrse.

Costaba no moverse. Quería rebotarla en mi polla, darle un paseo que recordara toda la vida, pero la advertencia de Genie seguía muy fresca en mi cabeza.

Terri debió de retorcerse encima de mí durante más de dos minutos, jadeando y gruñendo mientras se castigaba el cérvix con mi polla. Me habían quedado los nudillos blancos de aferrarme a las sábanas intentando contener mi propio orgasmo. No sirvió de nada.

Su vaina apretándose y contrayéndose fue más de lo que podía soportar, y rugí al correrme, soltando la carga dentro mientras yo intentaba frenarla.

Terri dejó de respirar cuando mi leche chorreó adentro, y un grito ahogado y creciente anunció su segundo orgasmo.

«¡Fóllala ahora, Amo!» La voz de Genie sonó fuerte en mi cabeza. «¡Ya consiguió lo que quería y ahora quiere que la folles fuerte!» Genie respondió mi pregunta antes de que pudiera formularla. «¡Ponla boca arriba y fóllala!»

Hice rodar a la adolescente gritando debajo de mí y le encontré los tobillos, levantándoselos y abriéndoselos.

Las almohadas que habían estado debajo de mi cabeza aparecieron de repente debajo de sus caderas, y me encontré de pie al lado de la cama, con la chica perfectamente colocada para una follada en condiciones.

Hice una nota mental para decirle a Genie que me avisara antes de moverme de esa manera. Era muy desconcertante encontrarte en una posición que no habías adoptado tú solo. Entonces deslicé las manos por las piernas tersas y torneadas de Terri hasta sus caderas y empecé a follarla.

Terri era, sin lugar a dudas, la hembra más receptiva que había tenido nunca.

En cuanto establecí un ritmo, ella empezó a trabajar conmigo, ondulándose sobre mi polla mientras yo se la metía.

Sus manos arañaron la cama cuando otro orgasmo le estalló en el cuerpo, ni siquiera un minuto después de que empezara a follarla.

Creo que nunca llegó de verdad a dejar de correrse hasta que yo vacié por segunda vez mis pelotas en su coño, unos diez minutos más tarde.

Los dos estábamos empapados de sudor, y su entrepierna y el mío resbaladizos con sus aceites y mi semen. Me incliné sobre ella y la levanté, mi polla ablandándose todavía dentro de su coño magullado, y la llevé al otro lado de la cama hasta un sitio seco y me tumbé con ella.

La acuné en mis brazos mientras ella buscaba mis labios a ciegas con los suyos y nos besamos.

—Gracias, cielo —susurré cuando rompimos el beso—. Has estado fantástica.

Suspiró y sonrió, y treinta segundos después un zumbido ronco anunció que estaba profundamente dormida. Momentos después me uní a ella.

Terri me despertó dos veces más esa noche con una de sus excepcionales mamadas, y la primera vez me montó hasta quedar agotada.

La segunda quería que yo la tomara como quisiera.

Me arrimé a su culo espléndido y la cogí a cuatro patas, follándola a un ritmo lento y constante que la hacía correrse aproximadamente cada cinco minutos mientras yo me entretenía con sus pechos firmes y sus pezones rígidamente erectos.

Cuando estaba a punto de correrme, ella se zafó y se dio la vuelta, y yo me corrí por toda su cara mientras ella me sacudía la polla.

Cinco minutos después me arrastró hasta la ducha con mi polla reanimándose despacio, y tuvimos veinte minutos de diversión acuática mientras yo la enjabonaba y le lavaba su esbelto cuerpecito.

Nuestra ducha terminó como yo sabía que terminaría: con la espalda contra la pared mientras la rebotaba sobre mi polla, su culo prieto en mis manos.

Nos aclaramos por segunda vez, yo prestando especial atención a su coñito magullado, y luego la llevé de vuelta a la cama.

Estaba dormida antes de que llegara a tumbarla.

La tapé con una sábana, cogí una cerveza del bar y me tendí en la tumbona de la terraza, mirando las estrellas y disfrutando de la cerveza.

«¿Genie?» pensé. «¿Estás despierta?»

«Sí, Amo.» Me sobresalté al aparecer ella a mi lado.

—¿Qué tal lo he hecho? —pregunté—. ¿La he hecho feliz?

—Oh, sí, Amo —respondió, sonriéndome—. Ha sido todo lo que siempre había esperado. Ha disfrutado de cada momento contigo.

—El cambio de postura repentino durante la primera vez, ¿no lo notó, verdad?

—Estaba perdida en su orgasmo, Amo. No habría notado nada salvo una bomba.

—Genie —dije, pensando cómo formular mi siguiente pregunta—. Eh, estas chicas... no van a... enamorarse de mí ni nada de eso, ¿verdad?

Genie se sentó en la tumbona conmigo, su cadera cálida contra la mía, y me lanzó una mirada calculadora.

—¿Quieres que lo hagan?

—¡Dios, no! —Fruncí el ceño—. Está claro que son chicas encantadoras, pero... ¡son unas crías! ¡Cristo, tengo edad para ser su padre!

Genie soltó una risita —un sonido cálido y gutural que de repente quise escuchar mucho más a menudo—.

—No te preocupes, Amo —dijo—. Para Henderson, tú eres solo un polvo, una polla disponible. Nada más. Terri es otra historia. Te... quiere, podría decirse, como figura paterna con... beneficios. —Pude ver su sonrisa en la oscuridad.

—¡Oh, estupendo! —refunfuñé—. ¡Soy un juguete sexual para una y un papá incestuoso para la otra! —Genie volvió a reírse entre dientes.

—Las dos superarán lo suyo contigo sin efectos negativos, Amo —dijo Genie.

Me dio un codazo y se tumbó a mi lado mientras yo le hacía sitio.

Le puse el brazo alrededor, en parte porque la tumbona no estaba hecha para dos, y en parte porque quería hacerlo.

Ella se acurrucó contra mi costado, con la cabeza apoyada en mi hombro, y continuó:

—Si no pones algunas normas, vas a tener un verano muy ocupado con esas dos.

—Mmm —gruñí, sin prestar demasiada atención. Las chicas seguirían sin cicatrices a pesar de haberme acostado con ellas, que era todo lo que me importaba. En ese momento me interesaba más abrazar a Genie.

Era un cálido y fragante bocado de mujer —indiscutiblemente la más bella que había tenido entre los brazos—, y quería saborear el momento. Disfrutamos de unos minutos de agradable compañía, hasta que me quedé dormido.