CAPÍTULO 13
Veintiséis años atrás.
El consejo aceptó la proposición de Gabriel y permitió que se quedase cerca de Cristina durante el embarazo.
Cuando Gabriel regresó con Cristina, convocaron una reunión de emergencia para decidir qué medidas tomar respecto a la alarmante situación a la que se enfrentaban.
—Tenemos que mantener en secreto este embarazo —advirtió Samuel. —No debe de haber ninguna filtración que ponga en riesgo la vida del bebé.
Jonás asintió con la cabeza, se levantó de su asiento y se dirigió a la inmensa biblioteca situada en la sala contigua.
Como custodio del lugar conocía cada uno de los volúmenes que poblaban la biblioteca.
Era impresionante, toda ella de madera tallada a mano y decorada con extraños símbolos cuyo significado tan solo conocían los ángeles.
Se acercó a una de las estanterías y recorrió los lomos de varios antiguos manuscritos con el dedo índice hasta detenerse delante de un tomo de cuero negro con letras doradas.
Lo sacó de la estantería y sacudió el polvo.
Regresó junto al resto del consejo y, tras sentarse junto a la mesa, comenzó a desatar las cuerdas que sellaban el ejemplar. Lo abrió con delicadeza y acarició las hojas con respeto.
Todavía recordaba el momento en que cientos de años atrás, el oráculo le narró la profecía mientras él escribía lo que le dictaba. Era un hombre muy mayor y sus ojos estaban velados por una capa opaca que le impedía ver, pero poseía el don de la visión.
El oráculo llegó al refugio de los ángeles totalmente consternado y las puertas se le abrieron en cuanto supieron de su presencia. Caminaba fatigado, como si lo que había visto en su premonición le robase la energía.
Ante tal aparición, Samuel congregó a todos los ángeles que formaban el consejo y se sentaron frente al sabio para conocer la profecía.
«Se acercan tiempos de tinieblas», comenzó el anciano con voz temblorosa.
«Un bebé mitad humano y mitad ángel concebido con un amor puro llegará al mundo.
Será un bebé deseado y nacerá en una noche de luna llena trayendo dolor, sangre y muerte.
En su interior se mezclarán la esencia de ángel, pero también la de lobo y vampiro.
Será un ser único e inesperado que llevará a la destrucción al mundo tal y como lo conocemos.
El elegido despertará y decidirá en qué se convertirá la tierra, y ésta se cubrirá de los cadáveres de los combatientes de la lucha entre el bien y el mal»
Los ángeles estallaron preguntando el significado de la profecía mientras alzaban las voces cada vez más, hablando todos al tiempo sin escuchar al de al lado.
Tras meses de debate y de temor, llegaron a la conclusión de que el mejor modo de evitar la profecía era prohibir las relaciones entre humanos y ángeles y dictaron una ley que durante siglos se había cumplido a rajatabla…
hasta que Gabriel se enamoró de una humana y, contraviniendo las normas, engendró con ella un bebé. El elegido.
Jonás leyó en voz alta las palabras que siglos atrás él mismo había escrito y el consejo permaneció silencioso mientras lo hacía.
Cuando cerró el manuscrito pareció que los miembros del consejo exhalaban el aire que habían contenido. Habían pasado siglos desde aquel aciago día, pero todos ellos conservaban en sus recuerdos cada instante, cada palabra, cada reflexión.
Apenado, Samuel tomó la palabra:
—Miranda y Fiona, os encargaréis de vigilar el embarazo de Cristina y nos informaréis de cualquier novedad.
—¿Quieres que intervengamos si surge algún problema? —preguntó la joven Miranda.
—No. La profecía debe cumplirse y nosotros no podemos tomar partido —afirmó Samuel.
—Pero el bebé es de los nuestros, lleva sangre de ángel—aseveró Miranda disgustada. La muchacha, aunque apenas aparentaba veinte años, era uno de los ángeles más antiguos, y formaba parte del consejo, por lo que tenía derecho a hacer oír su voz.
—Opino como Miranda —intervino Fiona. —Si el futuro de la humanidad depende de ese bebé, debemos protegerlo e intervenir si es necesario.
—Votemos —propuso Jonás.
Todos lo miraron sorprendidos. No recordaban cuantos siglos hacía que el consejo no sometía a votación una cuestión. Después asintieron con la cabeza y prepararon una hermosa vasija para tal menester.
Samuel tomó la palabra.
—Como sabéis, el consejo lo formamos todos los aquí presentes y Gabriel. Obviamente, en este caso, debe permanecer al margen de la votación al estar involucrado directamente en el tema que nos compete. ¿Estamos todos de acuerdo?
Fiona asintió con la cabeza, después lo hizo Jonás, le siguió Miranda y por último Samuel.
—Votemos pues —decidió Jonás repartiendo un pergamino blanco a cada uno de los presentes.
Alzaron las manos e hicieron signos que marcaron los pergaminos y los introdujeron en la vasija. Una enorme llama salió hacia el cielo y, cuando dejó de arder, Samuel introdujo la mano sacando un único papel. Lo leyó y su rostro reflejó sorpresa.
—La mayoría ha hablado. Debemos proteger al bebé a toda costa.
Pasaban los meses y el embarazo de Cristina evolucionaba favorablemente.
La pareja era feliz y disfrutaba de cada momento y la joven permanecía ajena a la profecía lanzada siglos atrás por un sabio, pues Gabriel no quiso alterarla durante la gestación.
Los nueve meses llegaban a su fin cuando una noche la puerta de su casa saltó en mil pedazos.
Las astillas todavía volaban por los aires cuando el causante de tal cobardía se abalanzó sobre Cristina desgarrándola el cuello por el que manaba abundante sangre que se extendía por las sábanas blancas de la cama en la que minutos antes dormía plácidamente.
Gabriel despertó sobresaltado y se lanzó sobre el intruso que cayó al suelo ante el ímpetu del ángel.
Instantes después se presentó Miranda y, apartando a Gabriel, agarró con fuerza al desconocido y abriendo las alas salió volando hacia el cielo cargada con el miserable asesino.
Lágrimas de dolor resbalaban por las mejillas de Gabriel tras ver a Cristina desangrándose sobre la cama.
Con cada latido de su corazón, la vida la abandonaba.
Gabriel se acercó a ella y trató de detener la hemorragia, pero todo había sucedido tan rápido que ni siquiera su poder sanador podía hacer algo.
—Cristina, mi amor, no me dejes —suplicó llorando.
Sin apenas fuerzas, la joven agarró la mano de Gabriel y la llevó a su vientre. La herida no la dejaba hablar, pero su mirada expresaba su último deseo. Tenía que salvar a su bebé.
Gabriel se acercó sujetando la herida de su esposa tratando de curarla, pero fue consciente de que había dejado de respirar. Aulló de dolor y desesperación y se abrazó al cuerpo de Cristina queriendo morir con ella.
Entonces percibió el movimiento de su hijo nonato y armándose de valor cumplió el deseo de su amada.
Cogió un cuchillo de la cocina y cortó con delicadeza el abultado vientre de la joven, separó con ambas manos la carne y después las introdujo en el interior palpando hasta encontrar a su bebé y tras sujetarlo con fuerza lo sacó al exterior.
Sus ojos negros miraron admirados el cuerpecito de su hija, que en esos momentos abrió los ojos y regaló a su padre la visión de dos zafiros del mismo color de su madre.
Gabriel cayó de rodillas junto al cuerpo sin vida de su mujer mientras estrechaba con fuerza el cuerpo blanco y perfecto de su hija.
Poco después, regresó Miranda y sus ojos se dilataron de sorpresa y dolor al encontrar la dantesca escena que mostraba la habitación.
Trató de convencer a Gabriel de que fuese con ella y con el bebé a un lugar seguro, pero el ángel no podía separarse de Cristina, el dolor lo atenazaba ante la pérdida de la mujer amada de manera tan cruel.
Miranda intentó coger al bebé para confirmar que se encontraba bien, pero el ángel se aferraba a él con todas sus fuerzas y no permitía que le viese.
Entonces Miranda tomó una decisión. Posó sus manos sobre la cabeza de Gabriel y una luz de energía salió hacia el cuerpo del ángel, que cayó desvanecido sobre su mujer.
Presurosa tomó al bebé en sus brazos y esbozó una sonrisa al ver lo hermoso que era.
—Así que el elegido es una niña —le susurró al oído.
—Bienvenida al mundo, pequeña, aunque haya sido de esta manera.
Extendió las enormes alas blancas y salió volando con su valiosa carga.
Se cruzó con Jonás que llegaba en ese momento.
El ángel negro entró en la casa y se dirigió hacia el dormitorio.
Sintió un inmenso dolor cuando vio lo que le rodeaba.
Unas lágrimas rodaron por sus mejillas cuando se acercó a su compañero.
Lo tomó en sus fuertes brazos y regresó junto al resto del consejo.
Miranda había lavado a la pequeña y la había envuelto en una tela de fino hilo bordada por ella misma. Cuando vio a Jonás con el cuerpo inconsciente de Gabriel, se dirigió a Samuel.
—Tenemos que traer el cuerpo de Cristina. Es lo mínimo que podemos hacer por ellos.
—Nunca ha entrado un humano aquí.
—Siempre hay una primera vez —afirmó Miranda con firmeza. —Gabriel se merece poder despedirse de ella y darle sepultura.
—Así sea —aceptó Samuel.
Fiona salió a buscar el cuerpo de la joven y poco después regresaba con él, desgarrado y cubierto de sangre.
El consejo miró horrorizado el resultado del ataque y de la cesárea que Gabriel había realizado y sus ojos se llenaron de dolor.
Aprovechando el estado de letargo en el que anteriormente le había sumido Miranda, limpiaron el cuerpo de Cristina y la vistieron con una hermosa túnica blanca.
Peinaron sus cabellos y dieron color al rostro.
Cuando Gabriel despertó y la vio tan hermosa, como si estuviese dormida, se dejó caer a su lado roto de dolor.
—Hermano —le llamó Miranda con dulzura—, sé que tu pérdida ha sido enorme y que tu sufrimiento es horrible, pero tienes que regresar a tu casa y hablar con la familia de Cristina. Tienen derecho a saber lo que ha sucedido y llorar su pérdida.
—No puedo —replicó él con tal dolor que partió el corazón de Miranda.
—Iré contigo y te apoyaré cada momento. Regresemos.
—¿Qué les voy a decir? ¿Cómo voy a explicarles que su hija ha muerto y que yo estoy vivo? ¿Qué le voy a decir a su hermana Meg?
—Que unos desalmados entraron en vuestra casa y cometieron un acto terrible. Regresemos y demos sepultura a Cristina. Te pido este último esfuerzo.
La investigación policial fue exhaustiva y profesional, aunque ellos no sabían que un ángel distorsionaba la realidad de lo que estaban viendo. El caso fue cerrado y la familia pudo velar a la joven y enterrarla.
Nunca supieron que el bebé había sido arrancado del vientre de su madre y que estaba vivo, pues Miranda se encargaba de hacerles ver lo que ella quería.
Gabriel se despidió de ellos. Su dolor era tan grande que no podía seguir allí y se refugió con sus hermanos. Durante un mes permaneció con el consejo curando las heridas del alma y cuidando del bebé que había robado el corazón de todos los presentes.
Mientras tanto, el consejo se preguntaba cómo había sido posible el ataque que había sufrido la pareja.
. El individuo que había robado la vida a Cristina era un ser del inframundo, lo cual los llevaba a preguntarse cómo se había enterado de la existencia del bebé.
No podía ser una casualidad que en esos momentos apareciese un ser que jamás debió llegar a la tierra.
De alguna manera había habido una filtración, pero ¿quién de los ángeles podía haber delatado al consejo?
Se miraron entre sí abatidos por la traición. Era inconcebible que uno de los suyos hubiese cometido un acto tan atroz. Tendrían que averiguar quién había sido y proteger al bebé hasta el momento de su despertar.
Gabriel rogó una y mil veces que le dejasen cuidar de su hija, pero el consejo se lo negó por temor a futuros ataques.
Eligieron a dos ángeles con sangre humana que tenían cientos de años, concebidos antes de la prohibición, Malcom y Carmela, y les enviaron a la ciudad donde Gabriel y Cristina habían vivido.
La hicieron pasar por su hija y durante veinticinco años la criaron como tal. Gabriel la vigilaba en la distancia viendo que era una niña feliz y que se convertía en una hermosa joven que cada día se asemejaba más a su madre.