Capítulo 17
CAPÍTULO DIECISIETE
Cuando Tara entró en el camino de su casa, no lograba del todo animarse a salir del coche y entrar.
El corazón todavía le latía con fuerza hasta el punto de sentirse mareada, y parecía que su mente conseguía de algún modo acelerarse a una velocidad incontrolable pero, a la vez, fijarse en un solo tema.
Gabby.
Besar a Gabby.
A sus cuarenta y seis años, Tara ni siquiera se había imaginado nunca estar con otra mujer.
Había habido unos cuantos —bueno, quizá más que unos cuantos— besos de borrachera durante la universidad con su compañera de piso Claire, y algún que otro manoseo que al principio la había hecho cuestionarse cosas, pero esa era la extensión de cualquier experimentación.
No había tenido precisamente mucho tiempo después de la universidad para siquiera explorarlo como posibilidad; para entonces ya había conocido a Bob, y pronto se casaron.
Había hecho exactamente lo que todo el mundo esperaba de ella, y cualquier otro pensamiento que pudiera haber tenido se apartó a un lado, como buena parte de sí misma.
Entonces, ¿por qué le había resultado tan natural cuando se había inclinado para besarla? ¿Por qué se había inclinado hacia el beso, para empezar?
Era lo único que tenía en la cabeza cuando por fin se arrastró fuera del coche y entró en su casa vacía. Era en lo único en lo que podía pensar mientras yacía despierta esa noche, mirando el techo. Y cuando llegó al trabajo a la mañana siguiente, era en lo único en lo que podía concentrarse.
La propia Gabby no parecía demasiado afectada por todo lo que había pasado o, si lo estaba, hacía un trabajo muy bueno ocultándolo. Cuando Tara entró en urgencias, Gabby le dedicó una sonrisa, le hizo un pequeño gesto con la mano, y no hubo indicio alguno de que hubiera pasado nada entre las dos.
Tara no pudo evitar preguntarse cómo demonios estaba tan tranquila.
Sentía el corazón en la garganta cada vez que se acercaba demasiado a Gabby, y la idea de siquiera intentar hablar con ella le cerraba la garganta.
Por suerte, Tara estaba en el turno de día mientras que Gabby había estado en el de noche, así que no tuvo que intentar evitar a su joven médica demasiado rato.
El resto de la semana no fue tan fácil. Tara no sabía qué le había pasado pero, cada vez que hablaba ahora con Gabby, su voz era mucho más fría, mucho más distante.
Se fijaba en cada pequeño detalle que pudiera reprocharle, casi como si estuviera al acecho de errores sin siquiera darse cuenta.
Era como si intentara apartar a la joven de sí solo con la voz y, por muy culpable que se sintiera, sencillamente no parecía capaz de evitarlo.
Al principio, los demás del servicio lo habían achacado a la habitual manía de Tara de buscarle tres pies al gato pero, a medida que avanzaba la semana y sus críticas, cada vez más injustas, empeoraban, podía ver a los demás lanzándose miradas por el rabillo del ojo.
Empezaban a percatarse de lo fría que se había vuelto con Gabby, de lo rápido que se había puesto en contra de la joven en tan poco tiempo.
Para el final de la semana, Tara se sentía un despojo agotado.
Apenas dormía por las noches, porque las mismas preguntas le rondaban la mente una y otra vez, como un disco rayado.
Cuando estaba en el trabajo, intentaba constantemente esquivar a Gabby para evitar soltarle un exabrupto delante del resto del personal.
Incluso su despacho, que en su día había sido un santuario de paz, era ahora un vacío silencioso en el que se quedaba sin nada más que sus pensamientos.
Lo peor era que no tenía a nadie con quien hablar de todo lo que estaba pasando.
No había nadie en el hospital con quien pudiera hablar de todo ello.
No había nadie con quien tuviera la suficiente confianza como para confiarse, y la única persona que ella pensaba que tendría experiencia en examinar de verdad, larga y detenidamente, su propia sexualidad era la única persona del servicio con la que no quería hablar.
Así que Tara llamó a la única persona que sabía que la escucharía para quedar a tomar un café.
La única persona que, por mucho tiempo que hubiera pasado desde que hablaron, siempre estaría ahí para escucharla, sobre todo con algo así.
Al fin y al cabo, Claire era la única otra lesbiana que conocía, así que sus opciones eran algo limitadas.
Era domingo por la mañana, y había pasado casi una semana desde lo que Tara ahora denominaba en su cabeza como «el incidente de la azotea». Había atravesado una serie de emociones en los últimos días, saltando de la confusión al enfado y a la culpa y vuelta a empezar, una y otra vez.
Por eso estaba sentada en una acogedora cafetería a una manzana de su casa a mediodía del domingo, pinchando su ensalada César sin llegar a llevarse nada a la boca. No lograba comer, por mucha hambre que hubiera tenido antes de llegar.
—Bueno, ¿sobre qué querías mi consejo? —preguntó Claire, sacando a Tara de sus pensamientos.
Alzó la vista hacia su vieja amiga, que la observaba con aquella sonrisa familiar y paciente que tan bien conocía.
Era la misma sonrisa que había visto cuando le contó la infidelidad de Bob, la misma sonrisa con la que se había despertado durante el divorcio cuando se quedó en el cuarto de invitados de Claire.
A pesar de ser casi seis meses más joven que Tara, siempre le daba la sensación de estar abriéndole el corazón a una sabia hermana mayor cuando hablaban.
De repente, la garganta de Tara pareció secársele y, aun cuando abrió la boca para hablar, no le salieron las palabras.
Se había planteado esta conversación de cien formas distintas la noche anterior, pensando una y otra vez en cómo sacar lo que quería decir.
Pero ahora, sentada frente a Claire en el momento de la verdad, había olvidado todo lo que quería decir.
—Yo, eh… —Titubeó, volviendo a cerrar la boca. Joder, ¿qué se suponía que debía decir aquí? Para ganar algo de tiempo, cogió una de las mimosas que habían pedido, bebiéndola despacio y mirando alrededor de la cafetería. Quizá, si tardaba lo suficiente, Claire cambiara de tema sin más.
Sin embargo, era una vana esperanza. Claire no era de las que llenan un silencio incómodo con cháchara sin sentido, y menos cuando había algo que averiguar. En lugar de eso, esperó en silencio, observando a Tara hasta que ya no fue posible posponerlo más.
—¿Y bien? —insistió cuando Tara dejó su copa, ahora casi vacía—. ¿De qué querías hablar?
Tara exhaló de forma temblorosa. Era el momento de la verdad.
—¿Cuándo… te diste cuenta de que…? —Dejó la frase en el aire sin convicción, haciendo un gesto entre las dos—. ¿Ya sabes?
Sin embargo, veía la confusión en la cara de su amiga, y empezó a gesticular con un poco más de fuerza, intentando transmitir su idea sin llegar a decir las palabras. Al final, cuando estuvo claro que no iba a funcionar, cedió y terminó la frase.
—¿Eras… gay?
Estaba claro que la pregunta había pillado a Claire por sorpresa.
—Nunca me habías preguntado eso.
Tara se encogió de hombros, intentando parecer despreocupada aunque notaba que las manos le empezaban a sudar contra los cubiertos.
—Es solo algo que me he estado preguntando.
—¿Después de casi treinta años?
—No tienes por qué decírmelo —soltó Tara, extrañamente a la defensiva, y observó cómo su amiga arqueaba una ceja—. Perdona. Es que estoy… descolocada.
—Tenía unos dieciséis años —dijo Claire, recostándose en la silla—. Había una chica en mi clase de tutoría. ¿Por qué?
—Solo por curiosidad —dijo Tara rápidamente.
Demasiado rápido para ser verdad. Un largo silencio pendió entre las dos, en el que Claire se limitó a mirar a Tara, y Tara evitó su mirada.
Sin embargo, no podía mantenerlo eternamente y, finalmente, admitió la verdadera razón de su curiosidad—.
¿Has conocido alguna vez a alguien que se diera cuenta un poco… tarde en la vida?
La comisura de la boca de Claire se curvó en una sonrisa casi imperceptible, pero Tara estaba tan nerviosa que no la captó.
—Claro. No hay límite de edad para darse cuenta de tu sexualidad. No es que le pongas un tope al cumplir los dieciocho y, a partir de ahí, quedes condenada a ser hetero para siempre.
Tara soltó una risa queda ante aquello, asintiendo.
—Ya, lo sé. Pero… o sea, ¿cuánto se tarda en darse cuenta? No puedes llegar a casi los cincuenta y de repente darte cuenta de que a lo mejor eres…
Se detuvo de golpe, dándose cuenta de que había renunciado por completo a cualquier posibilidad de que no estuviera hablando de sí misma. Claire se limitó a sonreír con amabilidad, mirando cómo se removía incómoda en el asiento, cómo se retorcía la servilleta entre las manos.
—Puede ser complicado, darse cuenta. Sé que algunas personas nunca llegan al fondo del asunto; a veces simplemente entierran esos sentimientos bien hondo y los niegan durante años y años.
Pero eso no significa que desaparezcan. A veces, puedes pensar que eres hetero, quizá incluso llevas décadas casada…
y luego aparece alguien y eso cambia. —Terminó la frase con una mirada elocuente a Tara, que por fin le sostuvo la mirada.
—Pero ¿cómo sé que de verdad soy… ya sabes…? —Tara dejó la frase en el aire, con la voz cada vez más baja, como si temiera que decir las palabras en voz alta fuera a hacerlas realidad—. Gay.
—¿Cómo es? —preguntó Claire—. La persona que ha provocado todo esto.
Tara se notó sonreír un poco ante la idea de intentar resumir a Gabby en unas pocas frases.
¿Cómo se suponía que iba a meter aquella personalidad enorme en unos pocos detalles?
¿Había forma de hablar de todas sus contradicciones?
De cómo era tan escandalosa y luminosa que ocupaba todo el espacio de una sala pero, al minuto siguiente, era tan sensible y considerada.
—Es como… —Tara hizo una pausa, pensando en la primera vez que había conocido a Gabby—. Un huracán. Apareció de la nada, y dejó tras de sí este reguero de caos, pero… de algún modo no me importa.
—¿Un huracán? —repitió Claire con una pequeña sonrisa—. Yo habría dicho que eso es más o menos lo más alejado de tu tipo que existe.
Era verdad. Bob había sido una elección decididamente segura como marido, y esa era seguramente una de las cosas que convencieron a Tara para casarse con él en primer lugar.
Tenía un trabajo estable, era de buena familia, y había sido bastante majo.
No había sido precisamente un romance arrollador para ninguno de los dos pero, en su momento, Tara simplemente había dado por hecho que esa clase de relación era un mito inventado para las películas.
Nunca había sentido que se estuviera perdiendo nada.
Gabby era todo lo que Bob no era. Era impulsiva, era emocional. Se lanzaba de cabeza con una pasión que era tan admirable y emocionante como ingenua y temeraria.
—Ya, supongo —dijo Tara en voz baja.
—¿Quieres hablar de lo que ha provocado todo esto con tu única amiga lesbiana? —la picó Claire—. Tengo algo de experiencia en este terreno.
—Nos besamos —soltó Tara de golpe, como si llevara días intentando desesperadamente contenerse de decirlo. En cierto modo, así había sido—. En la azotea del hospital.
—¿Os besasteis?
—Bueno, no —admitió Tara—. Más o menos… casi nos besamos. No sé cómo pasó. Estábamos en la azotea hablando, y luego la abracé, y luego supongo que las dos nos… inclinamos hacia ello.
—¿Cómo ha sido la cosa desde entonces? —preguntó Claire.
Tara frunció el ceño, removiéndose incómoda en el asiento mientras bajaba la vista hacia la servilleta que tenía en el regazo.
Había sido decididamente mala desde entonces.
Tara notaba que Gabby quería hablar de lo que había pasado en la azotea pero, cada vez que lo pensaba, un terror abrumador le atenazaba a Tara algo en el pecho que no lograba explicar del todo.
Se había pasado la mayor parte de la última semana esquivando a Gabby, con la esperanza de que la joven médica la dejara en paz sin más y se olvidara de todo lo que había pasado.
No es que Tara pudiera olvidarlo. No dejaba de darle vueltas, una y otra vez, hasta bien entrada la noche.
Sencillamente no lograba entender lo que le estaba pasando.
No lograba entender de dónde había salido este sentimiento; había recorrido casi cincuenta años de su vida sin sentir jamás nada parecido hacia otra mujer.
Entonces, ¿qué tenía Gabby de diferente?
—Incómodo —admitió Tara finalmente—. Muy, muy incómodo. Es que no sé qué decirle, no sé qué decir. Y luego, cada vez que abro la boca, siempre me pongo a…
—¿Arremeter? —completó Claire por ella, asintiendo.
Tara dejó la frase en el aire, lanzándole a su amiga una mirada de reproche, pero ella se limitó a reír—.
¡No pongas esa cara! Somos amigas desde hace tiempo suficiente, Tara.
Sé cómo reaccionas ante situaciones que requieren un poco de matiz emocional.
Tara se dejó caer contra el respaldo con un resoplido, cruzándose de brazos en señal de derrota.
—Bueno, ¿y entonces qué se supone que tengo que hacer?
—Odio ser la portadora de malas noticias, pero creo que en realidad vas a tener que hablar con esta mujer de cómo te sientes. Ya sabes, ¿como hacen los adultos?
—¿Y si no sé cómo me siento?
—¡Pues díselo! —Claire se rio—. Es un ser humano. Seguro que entiende que ahora mismo estás un poco hecha un lío.
—¿Y si no lo entiende? ¿Y si se lo digo y acaba enfadándose conmigo? —Tara era consciente de que, con cada segundo que pasaba, sonaba cada vez más como una adolescente quejica que como una médica distinguida, pero no podía evitarlo.
—¿Crees que soltarle un exabrupto cada vez que la ves es mejor opción? —preguntó Claire—. Porque, si es así, entonces adelante, sigue usando tu método de comunicación. Solo digo que creo que le vendría bien un poco de perfeccionamiento.
Tara no tuvo respuesta para eso. Quería poner los ojos en blanco y desestimar el consejo de Claire (a pesar de haberla invitado al brunch con la única intención de que la aconsejara), pero no podía. No podía ignorarlo sin más, porque sabía que, si no hacía nada, las cosas acabarían en desastre.