Tratos No Negociables Capítulo 44 – Carving y Brutus #2
100%

Capítulo 44 – Carving y Brutus #2

Michael y los demás socios nos felicitaron no solo como amigos, sino a como dos líderes que acababan de unirse para siempre, dispuestos a emprender nuevas estrategias de exportación hasta el cansancio.

La señora Carmenza me presentó a su hijo Sebastián; mi esposo, él y yo estrechamos nuestras patas con él, asegurándole que su madre se había convertido un ángel para nosotros.

Por otro lado, Brenda y Balto nos pidieron amablemente reunirnos en la pérgola, cuya decoración había superado mis expectativas: el lugar era un escenario de ensueño que combinaba perfectamente con las luces cálidas.

En la entrada de bienvenida, un arco floral cubierto por su densa capa de flores y enredaderas daba paso a un portal rústico en madera, ideal para el estilo campestre de nuestra boda.

Pasados unos minutos, cuando todos se habían acomodado para brindar nuestro compromiso, decidí subir al altar para ofrecer un discurso. Lo había escrito en la mi libreta de apuntes; no obstante, me lo había memorizado por completo antes de venir aquí.

- ¡Buenas noches para todos! – saludé con mucha seguridad – Antes que nada, quiero agradecerles a todos ustedes por haber venido a nuestro compromiso.

La verdad me cuesta creer que me he casado con un oso en cual deposité toda mi confianza y que ahora esté aquí, junto a ustedes, escuchando este discurso.

Brutus apareció en mi vida hace casi un año, cuando inicié mis pasantías en su empresa.

Me emociona relatar esta historia porque, desde el comienzo, mi esposo se enamoró a primera vista justo en el momento que ingresé por la puerta de la sala de juntas.

Ver sus ojos de color arena, emanando una emoción exhaustiva, me dio entender que empezó a cazarme con esa dulce mirada que tanto amo.

Comenzamos hablando sobre futuras exportaciones a Latinoamérica y sobre cómo mejorar la empresa con algunos pequeños movimientos que realicé.

Con el tiempo, sus intenciones fueron más evidentes al invitarme a bares y restaurantes; pero un día lo cambió todo cuando Brenda me contó: “Ese oso no ha parado de hablar de ti; me alegra ver que al fin se hayan tomado de las patas en presencia de todos”.

Sus palabras fueron como las de una hermana que había visto crecer a su hermanito por mucho tiempo.

Brutus y yo sabemos perfectamente lo que es sentir la soledad.

A pesar del poco tiempo que llevamos consolidando nuestra relación, nos hemos vuelto fuertes a tal punto de construir un refugio donde la entrada restringe cualquier perjuicio.

Ese peludote que está allá sentado, es mi nueva razón de ser para que finalmente decidamos procrear hijos en futuro cercano. ¡Te amo, Brutus Grizzly!

Al terminar mi discurso, Brutus se lanzó como un cachorro para abrazarme con mucho amor. Sus lágrimas no eran de tristeza, eran de pura alegría; fue como si su alma se envolviera a la mía, protegiéndonos bajo una promesa tras haber compartido finalmente, su peso y de nuestro hogar definitivo.

- Este peludito que tengo a mi lado es el engranaje necesario para que mi corazón funcione correctamente.

Solo me queda decir que nuestras hojas, tras un agitado viaje, por fin encontraron el lugar perfecto para descansar.

Y ese lugar es aquí, mi amor – me besó, colocando su pata derecha sobre mi corazón – Por mi parte, tengo preparado algo muy especial para que todos contemplen.

Mi esposo me tomó de la cintura y con su pata derecha se aferró a la mía; aunque no lograba comprender lo que sucedía en ese momento, él me susurró al oído.

- Sígueme el ritmo.

Mi marido había preparado un baile en secreto.

La música de Enya – Caribbean Blue envolvió a la pérgola y a los presentes en una atmosfera sacada de un sueño lúcido, como si danzáramos en un bosque donde los pinos, y las flores atestiguaran nuestros movimientos con la brisa de esa noche, creando un vals etéreo que se transformó el jardín en un rincón fuera de tiempo.

Nos movimos al ritmo de la melodía, siguiéndole el paso como a un guía experto que nos señalaba el mejor camino para perdernos en el monte, disfrutando de una velada tejida con las historias de nuestras vidas.

La canción buscaba la perfección técnica mediante un suave balanceo, mientras la voz evocaba sentimientos profundos; nos sentíamos flotando en un cielo líquido, donde cada giro era un recordatorio de todos los obstáculos superados para llegar hasta aquí.

Bajo la mirada de todos, nuestro amor se manifestó como una fuerza de la naturaleza: un bosque cuyas ramas más ocultas se sacudían al ritmo de la canción, de forma tranquila, inevitable y profunda.

Los presentes nos veían como la representación de la paz absoluta; dos osos enamorados, donde uno se recostaba en el pecho del otro al encontrar el hogar que tanto anhelaban.

Cada vez que cruzábamos la mirada, el brillo en sus ojos reflejaba el de las estrellas en un mar de calma, iluminando la noche con una felicidad efusiva.

A medida que la canción de Enya se desvanecía en el último coro, disminuimos el ritmo, —como quien baja de cuarta a tercera marcha—, hasta que el baile se fundió en un abrazo estético bajo la pérgola.

No hubo prisa por soltarnos; nos quedamos allí, respirando el mismo aire boscoso que emanaba de los árboles, sintiendo como la naturaleza nos envolvía en ese refugio definitivo.

Los aplausos de nuestros amigos nos devolvieron a la realidad, como si la gélida brisa de invierno nos diera ahora un abrazo de bienvenida.

Nos separamos unos centímetros, compartiendo una sonrisa que sabía a victoria y descanso.

Atrás quedaba el tiempo en que bailamos sobre las sombras que nos acechaban; ahora, bajo la luz del primer día como esposos, nos sentíamos como capitanes de un gran buque emprendiendo su viaje hacia el futuro.

Allí, nuestro amor se fundía en la inmensidad del océano mientras nos sellábamos en un beso que, al fin, concluía nuestro compromiso mutuo.

Fin.