Capítulo 272 - Festival del Medio Otoño (9)
F ue un beso muy suave, un breve roce de labios, como una grulla que acaricia la superficie del agua cristalina con sus patas al volar.
Por desgracia, en ese momento, Mo Zhiyuan era como un hombre sediento que hubiera vagado por el desierto durante días sin probar una gota de agua. Cuando por fin bebió del río, no pudo parar. Quería más. Necesitaba más.
Y así, como una bestia hambrienta que buscaba saciar su lujuria, Mo Zhiyuan le alzó la barbilla a Shen Ruizhe y lo besó con fuerza. Introdujo la lengua entre sus labios y saqueó su boca una y otra vez.
La lujuria le ardía en el corazón con más intensidad a cada beso, pero no podía parar. No quería parar. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que probó a ese hombre, y se moría por llevárselo a la cama de nuevo.
Mo Zhiyuan estaba a punto de desnudar a Shen Ruizhe allí mismo y hacer con él lo que le viniera en gana.
Ya había inmovilizado contra el suelo al maestro de pico, apenas consciente, y apretaba su erección palpitante contra él cuando la razón le volvió de golpe, como un rayo, apagando el fuego que le ardía en el corazón.
Mo Zhiyuan se dio una bofetada seca y maldijo en voz baja al ver lo que había hecho.
La túnica exterior de Shen Ruizhe estaba revuelta, con las solapas arrugadas por los tirones de Mo Zhiyuan.
Tenía los labios tan mordidos y succionados que se le habían hinchado como una flor en pleno esplendor.
Y el contorno de sus ojos estaba aún más enrojecido de lo habitual, casi como si se hubiera quedado dormido de tanto llorar.
Mo Zhiyuan se cubrió los ojos con una mano y dejó escapar un gemido gutural.
No sabía cómo explicarlo.
En fin. Solo tenía que echarle la culpa a la fiebre y al veneno.
Con el deseo momentáneamente saciado, Mo Zhiyuan alzó a Shen Ruizhe con cuidado. Lo estrechó contra su pecho y lo llevó de vuelta con los demás.
Absorto en Shen Ruizhe, Mo Zhiyuan no reparó en un joven que permanecía oculto tras un árbol, a cierta distancia. Lo había presenciado todo a través de una cortina de lágrimas.
Han Yiran tuvo la precaución de esperar casi media hora antes de regresar tambaleándose al campamento, no sin antes borrar todo rastro de lágrimas de su rostro.
Cuando llegó al campamento, Shi Qingqing estaba a punto de perder los nervios.
—¿¡En qué estaban pensando vosotros dos!? —espetó furiosa, plantándose frente a Han Yiran con los brazos en jarras.
—Ya es bastante malo que Mo Zhiyuan se haya ido solo a buscar al Maestro de Pico Shen, ¡pero tú encima fuiste tras él! Y tardaste tanto en volver que pensé que te había pasado algo malo...
De todos ellos, Han Yiran era el más débil tanto en fuerza física como en nivel de cultivo. Lejos de la Montaña Tianhe, expuesto a los peligros que asolaban el reino mortal, Shi Qingqing no pudo evitar imaginarse lo peor.
¡Ese shidi era demasiado desconsiderado!
Shi Qingqing soltó un gruñido de frustración. Agarró un saco de dormir y se lo llevó a rastras, furiosa.
—¡Da igual! ¡Me da igual! ¡Buenas noches!
Han Yiran agachó la cabeza avergonzado, con la culpa reflejada en sus ojos. Luego se disculpó en voz baja:
—Lo siento, Shijie. Lo siento, Shixiongs...
Al verlo tan arrepentido, ¿cómo iban a seguir enfadados con él los demás discípulos?
Zhang Xukai bostezó y se metió en su saco de dormir, justo al lado del de Shen Ruizhe.
—No pasa nada. Mi shizun está a salvo, así que no tengo quejas. Buenas noches a todos, que descanséis.
Empezó a roncar en cuanto cerró los ojos.
Gongyi Xiao entró en una tienda y les dedicó a Zhou Yamen y Han Yiran una sonrisa amable.
—No os quedéis fuera mucho rato, vosotros dos. Buenas noches.
Zhou Yamen esbozó una sonrisa comprensiva y le dio una palmada en el hombro a Han Yiran.
—Ya pasó, Han Shidi. Todos han vuelto y no falta nadie. Con eso nos basta.
Zhou Yamen señaló entonces la otra tienda y dijo:
—Han Shidi, ¿no dijiste que querías compartir tienda con Mo Shidi? Ya está dentro. Trajo a mi shizun en brazos hasta aquí y se quedó dormido nada más tumbarse. Ha sido un día agotador para él, para los dos.
Han Yiran parecía haber recibido dos bofetadas en cada mejilla. Miró a Zhou Yamen con ojos tan sombríos que a este le recorrió un escalofrío por la espalda.
—¿Han... Han Shidi? —tartamudeó, confuso.
—En realidad, Zhou Shixiong, he cambiado de opinión —murmuró Han Yiran al cabo de un rato—. ¿Podemos cambiarnos? Preferiría dormir en la otra tienda.
Después de aquella noche, no creía tener el valor de mirar a Mo Zhiyuan a los ojos sin derrumbarse a llorar.