Trascender la semilla del mal (Trascendiendo la Semilla del Mal 5) Capítulo 364 - La historia no contada del Clan Dugu (3)
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Capítulo 364 - La historia no contada del Clan Dugu (3)

T anto el padre como el hijo compartían el mismo carácter obstinado. Ninguno quería ceder, esperando que fuera el otro quien cambiara de actitud.

Tras días de un silencio sofocante, durante los cuales padre e hijo ni siquiera querían mirarse a la cara, la madre de Yongli decidió intervenir.

Llevaba más de veinte años casada con el mismo hombre y lo conocía muy bien.

Si su hijo era una montaña que se negaba a dejarse escalar, su marido era la roca madre bajo ella: invisible, absoluta y completamente indiferente a cualquier herramienta que pretendiera quebrarla.

Así pues, acudió primero a su hijo, tratando de convencer al joven de que abandonara sus ideales.

Pero Yongli miró a su madre con ojos vidriosos y dijo:

—Madre, entiendo la postura de Padre. Al igual que él, yo también quiero proteger a nuestro clan.

Pero no veo ningún mal en ayudar a los humanos.

No vamos a ponernos en peligro. Nuestra gente lleva mucho tiempo disfrutando de una vida pacífica en el Reino Humano.

Los seres humanos jamás nos han hecho daño. Los demonios, en cambio...

Un destello de amargo resentimiento cruzó el rostro de Yongli mientras se mordía el labio. En lo más hondo de sus pupilas ardía una ira largamente contenida.

—Los demonios nos expulsaron del Reino Demoníaco... —concluyó a regañadientes.

Su madre suspiró una y otra vez.

Padre e hijo eran demasiado parecidos. ¿Cómo podían ambos tener razón y aun así oponerse tan firmemente? La anciana había vivido muchas décadas, pero todavía no podía responder a esa eterna pregunta.

—Entonces, Yongli, ¿qué es lo que realmente quieres hacer? —le preguntó a su hijo con impotencia.

Yongli alzó la cabeza de golpe, y la furia en sus ojos se desvaneció al instante, reemplazada por un entusiasmo radiante. Se arrodilló rápidamente y se postró ante su madre.

—Madre, quiero salir más allá de las fronteras y ayudar a los humanos en su guerra contra los demonios.

—...

Al ver que su madre se quedaba paralizada, Yongli se arrastró rápidamente hacia ella y le agarró las manos con firmeza.

—Volveré cada año en Nochevieja. Madre, no tienes que preocuparte por mí. Sé cuidarme solo.

—Pero Yongli...

Este muchacho era demasiado imprudente. ¿Acaso había olvidado que era el primero en la línea de sucesión del clan? La anciana era muy reacia a hablar con su esposo sobre este asunto, y más aún a dejar que su hijo se marchara de casa.

Mientras tanto, en el exterior, la guerra entre los dos reinos se intensificaba.

La población humana se marchitaba a un ritmo alarmante, y el aire se volvía espeso con el hedor de la descomposición.

A medida que la tierra se agriaba con los restos de los caídos y los ríos adquirían un carmesí espantoso, incluso su santuario aislado comenzó a sentir el gélido aliento de la ruina del mundo.

Aquellos cambios sin precedentes obligaron al Jefe del Clan a reconsiderar su decisión de no interferir en asuntos externos. Finalmente, convocó a su hijo para hablar de nuevo.

Mientras padre e hijo hablaban a solas dentro de la cabaña, el resto de la familia esperaba fuera con el corazón en un puño.

Por fin salieron de la cabaña. Unas líneas negras cubrían la mitad superior de sus rostros y ambos parecían muy descontentos el uno con el otro, pero al fin habían llegado a un acuerdo.

Yongli obtuvo permiso para marcharse. Los demás jóvenes guerreros que compartían su ideal también pudieron acompañarlo.

Dos jóvenes, ambos amigos de la infancia de Yongli, dieron un paso al frente con una sonrisa.

—Estamos dispuestos a acompañar a Yongli en su viaje al exterior —dijeron al unísono.

Los tres jóvenes se colocaron en círculo, con las manos apiladas unas sobre otras, y recitaron solemnemente un juramento.

—En las cumbres de la celebración y en los abismos de la desesperación, permaneceremos a su lado. Avanzamos como uno solo y regresaremos como uno solo. Si alguno de nosotros cae durante nuestra travesía, los supervivientes tendrán el sagrado deber de devolver su cuerpo a nuestra tierra ancestral.

Tras presenciar su determinación, el Jefe del Clan se sintió aliviado y preocupado a la vez. La mañana en que estaban a punto de partir, se despidió de ellos, no sin una última advertencia.

—Debéis guardar silencio sobre vuestro origen. Jamás reveléis la ubicación de nuestras moradas.

—No lo haremos —dijeron Yongli y sus dos mejores amigos al unísono.

Y así partieron, en una marcha noble para expulsar el mal de la faz del reino.

Los tres jóvenes no esperaban que su misión fuera rápida, pero el equilibrio de poder en la guerra era aún más desigual de lo que habían pensado.

La disparidad entre las dos fuerzas era tan grande que los demonios prácticamente pisoteaban a los humanos, les aplastaban los cráneos y los destrozaban sin apenas esfuerzo.

Incluso los monjes del Templo de la Misericordia Infinita, que por entonces era reconocido como la secta principal entre las diez grandes sectas de cultivo, resultaban insuficientes ante la fuerza destructiva de los demonios.

La guerra se prolongó durante años, pero cumplieron su promesa. Cada Nochevieja regresaban para pasar tiempo con su familia y amigos.

Un año, dos años, tres años... tras diez largos años, los tres jóvenes ya no eran jóvenes.

Sus habilidades eran ahora impecables, forjadas en la fricción constante del combate, y sus instintos vibraban al compás del campo de batalla.

Los camaradas a quienes llegaban a conocer y respetar podían perderse al día siguiente.

Las mareas incesantes y cambiantes de la guerra actuaron como una forja que templó sus espíritus y convirtió sus corazones, antaño tiernos, en hierro frío e inflexible. Aprendieron a dominar sus emociones, a dejarlas sumirse en un silencio profundo y protector.

Y sin embargo, nada los preparó para lo que estaba por venir.

Aquella Nochevieja no regresaron a casa para recibir el abrazo de sus seres queridos.

En su lugar, contemplaron una escena de masacre absoluta.

Todos aquellos a quienes habían conocido y amado durante toda su vida yacían muertos a sus pies, con los miembros mutilados e inmóviles para siempre, las miradas fijas en un horizonte que solo los muertos pueden ver.

Era como si otra Puerta del Infierno se hubiera abierto en ese preciso instante y una furia infernal hubiera barrido su hogar, borrando su linaje en un solo aliento devastador.

Los dos compañeros de Yongli se desplomaron en el suelo y su aullido de dolor reverberó en el aire.

Yongli fue incapaz de apartar los ojos de la escena sangrienta ante él. Sus pensamientos se disolvieron en un zumbido aturdidor, y el mundo en los bordes de su visión comenzó a diluirse en un vacío negro y sofocante como la tinta.

continuará en el Libro 6…