Capítulo 362 - La historia no contada del Clan Dugu (1)
P ara comprender a fondo la cadena de sucesos que habían desembocado en las circunstancias actuales, lo más importante era escuchar la historia de boca de dos, o si era posible, tres partes distintas.
La historia de Shisui, al igual que la del Maestro del Templo Duofu, comenzó quinientos años atrás, cuando tuvo lugar la última invasión demoníaca.
Los humanos solían percibir a los demonios como criaturas malvadas que buscaban devorar su carne, beber su sangre y absorber su fuerza vital. Sin embargo, la raza demoníaca abarcaba un amplio espectro de subespecies, cada una con características propias que la diferenciaban de las demás.
No todos los demonios que salieron arrastrándose de la Puerta del Infierno pretendían hacer daño a los habitantes del Reino Humano. El Clan Dugu, entre otros, deseaba migrar al Reino Humano en busca de una vida mejor.
Debido a su naturaleza apacible y su tendencia a evitar los conflictos, los demonios del Clan Dugu eran acosados con frecuencia por otros de su especie. Muchos acabaron siendo asesinados por ellos. Como resultado, su número fue menguando hasta que solo quedaron unos diez.
Estos demonios se unieron y aprovecharon la oportunidad para huir del Reino Demoníaco a través de la Puerta del Infierno.
Tras ocultar sus cuernos, colmillos y colas, para su sorpresa congeniaron muy bien con los humanos. En un reino donde estos eran cazados por demonios poderosos, los del Clan Dugu se convirtieron en sus feroces protectores, esforzándose siempre por ayudarlos en todo lo posible.
Por otro lado, también necesitaban protegerse, así que construyeron una guarida intrincada donde vivían en paz, lejos del caos exterior.
No pasó mucho tiempo antes de que comenzaran a procrear con humanos, integrándolos así en su clan. El linaje demoníaco se fue diluyendo enormemente con cada generación. Transcurridos más de trescientos años, los miembros del Clan Dugu dejaron de mostrar rasgos demoníacos por completo.
Recordaban vagamente que sus ancestros habían sido demonios, pero en general se consideraban parte de la raza humana, con la protección adicional del Orbe Luminoso de Protección.
Este orbe los mantenía ocultos de miradas indeseadas.
A menos que los propios miembros del Clan Dugu llevaran visitantes a su guarida, nadie podía localizar aquel refugio perfectamente escondido.
De este modo, el Clan Dugu prosperó al amparo de su modesto santuario, un enclave pacífico donde vivieron dichosamente apartados de la agitación y las tribulaciones del Reino Humano.
Aquel pequeño paraíso permanecía ajeno al paso de las estaciones. Sus habitantes solo conocían el soplo de una primavera eterna que florecía todo el año.
Shisui, que por aquel entonces aún llevaba su nombre de nacimiento, Yongli, nació y se crio al amparo de la guarida oculta, al igual que sus hermanos y primos.
Disfrutaba pescando y cazando con sus amigos, y a menudo regresaba con una captura abundante o una presa impresionante que compartía con sus parientes y el resto de la comunidad.
Con el paso de los años, los jóvenes impetuosos dejaron de conformarse con derribar pájaros del cielo o atrapar faisanes en el bosque.
Estaban listos para algo más. Todos sabían que las bestias más salvajes y peligrosas vagaban por el mundo más allá de los límites protectores del Orbe Luminoso de Protección.
Su hermana mayor, Xuezhi, se oponía.
—Yongli, nuestro padre es anciano y tú eres el heredero del puesto de Jefe del Clan —dijo entonces—. ¿Y si te ocurre algo malo? ¿Te imaginas lo tristes que se pondrán nuestros padres?
Shisui aún recordaba el aspecto de su hermana mayor en aquel momento. El cabello largo recogido en la nuca, el ceño fruncido y los labios apretados mientras miraba a aquellos jóvenes insensatos que parecían dispuestos a tirar sus vidas por la borda.
Yongli y sus compañeros se limitaron a reírse de la advertencia de Xuezhi.
—Hermana Mayor, te preocupas demasiado —dijo Yongli mientras rodeaba con el brazo los hombros de su hermana—. Sé que quieres una capa nueva de piel de lobo. Voy a hacerte una, así que ¿puedes no decir nada sobre nuestro plan de salir?
Xuezhi llevaba meses deseando una capa de piel de lobo, en efecto. La sola imagen de aquella opulenta piel gris, veteada de negro, descansando sobre sus hombros bastó para ablandar su determinación.
Y así, Xuezhi encubrió a Yongli y sus amigos cuando se escabulleron más allá de los límites y emprendieron una aventurera expedición de caza fuera de la guarida.
Armados con lanzas artesanales y cuchillos de caza, se adentraron sigilosamente en la zona montañosa en busca de bestias salvajes, preferiblemente lobos, que llevar de vuelta a casa.
Encontraron lobos tras medio día de búsqueda. Los rastros los condujeron hasta el borde de un barranco estrecho y escarpado donde el aire estaba impregnado del olor a pelaje húmedo y a violencia latente.
Al asomarse al precipicio, vieron debajo una manada de enormes lobos.
Se movían como una sombra coordinada, sus cuerpos grises y negros fluyendo en un círculo rítmico cada vez más cerrado.
En el centro había tres hombres jóvenes con las cabezas rapadas, relucientes de sudor frío y vetas de carmesí.
Espalda contra espalda, empuñaban sus bastones de madera, pero era evidente que aquellas armas insignificantes no podían competir con los colmillos y garras de los lobos.
Cuando el primer lobo perdió la paciencia y se abalanzó sobre los monjes, Yongli y sus amigos saltaron al rescate.
Antes de que la manada pudiera siquiera percatarse de la intrusión, las lanzas con puntas de piedra se clavaron en sus flancos y las hojas segaron sus gargantas con letal precisión.
La emboscada fue tan veloz que los lobos quedaron paralizados de estupor mientras su sangre comenzaba a derramarse sobre las rocas.
Yongli y sus amigos celebraron su victoria con vítores. ¡Había pieles de lobo de sobra para hacer más de una capa!
—Yo también le haré una capa a mi madre —dijo uno de ellos.
—Mi abuelo lleva tiempo hablando de hacer armas con garras de lobo. ¡Mirad estas! —exclamó otro mientras levantaba con cuidado la pata de un lobo muerto y mostraba las afiladas garras a los demás.
Los tres monjes, que habían estado a punto de perder la vida, se quedaron sin habla ante la repentina aparición del otro grupo. Cuando Yongli y sus amigos se disponían a marcharse con su botín, uno de los monjes recobró la compostura y se les acercó.
—Amigos, nos habéis salvado la vida. ¿Cómo podemos agradecéroslo?
Aquellos tres monjes provenían del Templo de la Misericordia Infinita. Aquel primer encuentro marcó la perdición del Clan Dugu.