Capítulo 329 - Preparativos de Año Nuevo
M o Zhiyuan no tenía ni idea de cómo había logrado salir vivo de la casa de té.
De hecho, lo que más le desconcertaba no era que la casa de té pudiera servir tantos platos sin problema, sino el apetito insaciable de Ling'er.
A mitad de la segunda ronda de comida, Mo Zhiyuan se arrepintió profundamente de su mala decisión. Sin embargo, al mirar a Shen Ruizhe, que ni siquiera se había dejado tentar por los jugosos camarones fritos que tenía delante en una bandeja, también agradeció haber aceptado el desafío en su lugar.
Shen Ruizhe no solo era quisquilloso con la comida, sino que además comía como un pajarito.
Tras empezar a acostarse juntos en su vida anterior, Mo Zhiyuan descubrió que Shen Ruizhe adelgazaba mes tras mes. Como no le apetecía acostarse con un saco de huesos, intentó que engordara.
No solo fracasó estrepitosamente, sino que Shen Ruizhe acabó sufriendo un terrible dolor de estómago que le duró semanas.
Cuando Mo Zhiyuan consultó a los médicos, todos le dijeron lo mismo.
—Además de las viejas heridas que ha sufrido en la última década, el Gran Maestro Shen tiene una constitución muy delicada.
También padece una melancolía persistente que ha debilitado su espíritu.
Sencillamente, no puede estar a la altura del vigor de Su Majestad noche tras noche.
Ante todo, Su Majestad debería tratar con más delicadeza al Gran Maestro Shen.
¿Por qué no lo invita a pasear fuera del Palacio de la Luna de Sangre?
La sugerencia era tan absurda que Mo Zhiyuan estuvo a punto de ejecutarlos en el acto. Por suerte, recordó que aún necesitaba a aquellos médicos para mantener vivo a Shen Ruizhe.
Tratarlo con más delicadeza.
Llevarlo a pasear fuera del palacio.
Ja.
¿Acaso olvidaban todos que Shen Ruizhe era su enemigo jurado? ¿El rehén entre los muros del palacio?
¿Por qué lo tratarían como a una consorte imperial? ¿Es que habían perdido todos la cabeza?
Tofu y gachas de arroz.
Tofu y gachas de arroz, una y otra vez.
Qué aburrimiento.
Mo Zhiyuan abrió los ojos al oír la puerta abrirse y cerrarse. Al volverse hacia ella, se dio cuenta de que estaba tumbado en la cama. Un colchón enrollado junto a esta indicaba que Shen Ruizhe había dormido allí la noche anterior.
Con una mueca de dolor, Mo Zhiyuan se incorporó hasta quedar sentado mientras un tirón agudo en el abdomen le arrancaba un gemido.
Al presionar la palma contra el vientre, lo notó tan rígido e inflexible como una piedra.
Por una vez, le aterrorizaba moverse. ¿Y si le explotaba el estómago en aquella aldea de mala muerte?
Mo Zhiyuan permaneció allí sentado, dolorido, preguntándose qué hacer.
Shen Ruizhe regresó a la habitación poco después con agua tibia.
—Ya estás despierto —observó mientras dejaba la palangana con agua tibia sobre una mesita junto a la cama. Después rebuscó en su bolsa qiankun y sacó una píldora negra.
—Esta píldora te asentará el estómago —explicó—. Tómatela para expulsar toda la comida que devoraste ayer.
Mo Zhiyuan no necesitó que se lo dijeran dos veces. La píldora resultó muy efectiva, cortesía del viejo Jiang Kexue, que preparaba abundante medicina de este tipo para todos los maestros de pico siempre que tenían misiones fuera de la secta.
No habían pasado ni quince minutos cuando Mo Zhiyuan salió tambaleándose de la habitación en busca de un lugar donde aliviarse. Sintió especial lástima por quienes tuvieran la desgracia de entrar en la letrina después de él.
Pero una vez que lo hubo expulsado todo, se quedó como nuevo. Cosa que no habría podido decirse de Shen Ruizhe de haber sido él quien sufriera aquella prueba.
Con todos los cabos atados y los deseos de los peticionarios cumplidos, Shen Ruizhe no encontró motivo para quedarse en la Aldea Tianle ni un momento más.
Convocaron a Kuizhou para que los llevara de vuelta a la Montaña Tianhe, pero cuando el zorro de nueve colas vio a Mo Zhiyuan junto a Shen Ruizhe, soltó una carcajada y dijo:
—Antes se congelará el infierno nueve veces que llevar a ese rufián sobre mi lomo.
Desapareció poco después de decir aquello, dejando a ambos cultivadores varados y sin montura para regresar a la Montaña Tianhe.
Se miraron un momento, tras lo cual Mo Zhiyuan se ofreció obedientemente a buscar dos buenos caballos.
Mientras tanto, Shen Ruizhe aprovechó para estirar las piernas.
El Solsticio de Invierno apenas había pasado, pero la quietud silenciosa de la estación duró poco.
La Aldea Tianle se vio enseguida envuelta en una nueva oleada de actividad laboriosa, pues toda la atención se volcaba ya en el acontecimiento más importante del año: el Año Nuevo Lunar.
Mirara donde mirara, Shen Ruizhe veía la aldea convertida en una colmena de actividad frenética y alegre.
El aire se cargó de un aroma denso y fragante a humo de leña y especias.
En el patio trasero de casi todas las casas, las mujeres de la aldea se afanaban en curar y ahumar carne.
Grandes piezas de panceta de cerdo y patos enteros colgaban de vigas de bambú, relucientes de sal y soja, mientras pequeñas hogueras de ramas de ciprés y cáscaras de naranja ardían debajo para impregnar la carne de un rico aroma invernal.
Mientras tanto, el sonido rítmico de pesados mazos de madera resonaba por los callejones.
Los hombres, ayudados por sus hijos adolescentes, se encorvaban sobre morteros de piedra para hacer pasteles de arroz glutinoso.
Se turnaban para blandir los mazos y golpear el arroz al vapor hasta convertirlo en una masa suave y elástica, con las frentes perladas de sudor pese al frío matutino.
En los rincones más tranquilos de los patios, los ancianos iban y venían con paciencia curtida, supervisando la fermentación del vino de Año Nuevo.
Pasaban entre grandes jarras de barro y las sellaban herméticamente con cáscaras y arcilla para asegurar que el vino de grano fuera lo bastante potente y claro como para brindar por la salud de la familia.
El caos sensorial lo completaban los niños, que correteaban entre las piernas de los adultos atareados.
Sus voces agudas llenaban el aire mientras daban la lata a sus padres, insistiendo en que les prometieran vibrantes túnicas de seda nuevas, zapatos con cabeza de tigre y los juguetes de arcilla pintada que los vendedores ambulantes pronto traerían a la plaza de la aldea.
Shen Ruizhe se detuvo ante un muro alto en el cruce de caminos de la aldea. Allí, los jóvenes del lugar se afanaban en pintar un ciruelo en el muro. Sus ochenta y un pétalos sin colorear aguardaban para ir marcando los días hasta la llegada del Año Nuevo.
Cuando vieron a Shen Ruizhe, se pusieron a cuchichear sin darse cuenta.