Capítulo 54 #2
El dolor me asoló aplastando mi pecho, perdí el resuello y mis latidos se detuvieron. «¡No —me dije—, no!»
—No, eso significa que intentará quedárselo para sí. Ella perdió un hijo, y quiere el tuyo.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Un pavor desgarrador se instaló en mi alma, liberando a todos mis demonios del pasado.
—¿Dónde puede estar?
Hildur sacudió la cabeza descorazonadamente.
—Sólo intuyo que no ha salido de la propiedad; tiene que estar muy cerca, viéndote sufrir.
—¿Y tus huellas en la cueva?
—La tarde del aniversario, la seguí —comenzó a explicar pausada—.
En un peñasco al borde del acantilado había escondido una cuerda, un cesto y unas zapatillas; todavía no sabía qué tramaba.
Durante la fiesta desapareció; imagino que subió al cuarto del niño, cogió sus juguetes y lo que consideró útil y, antes de que anocheciera completamente, se escabulló, se quitó el vestido que llevaba y, en ropa interior y zapatillas, descendió hasta la cueva y dejó lo que llevaba, preparándolo todo, eso es lo que me encaja ahora.
Ella sabía que yo la vigilaba, por eso me engañó diciéndome que tenía que hacer una llamada; pero cuando te desvaneciste y fui a buscarla, fue ella la que me llamó desde casa, diciéndome que estaba ya en la cama, y que había tenido que marcharse porque no se encontraba bien.
Así que me fui hacia allí; sin embargo, cuando llegué no había nadie, tan sólo un mensaje en mi teléfono, advirtiendo que había decidido ir al médico de urgencias, porque la cabeza le iba a estallar.
En aquel momento sentí una desazón extraña, y no conseguí dormir en toda la noche.
Ella no regresó. Cuando me llamó Rona avisándome de la desaparición de Khaled, las piezas encajaron.
Esa supuesta llamada desde casa que había hecho Ingrid jamás se había efectuado, había usado su móvil para desviar la llamada y hacerme creer que estaba allí, cuando seguramente se había escondido en algún rincón de tu casa.
»Conduje como alma que lleva el diablo y lo primero que hice cuando llegué fue dirigirme hacia el peñasco.
Observé entonces que, tras él, había un estrecho y escondido sendero hendido en la pared rocosa, y que descendía por ella.
Lo recorrí y me condujo a aquella cueva.
Rebusqué desesperada, pero ni ella ni Khaled se encontraban allí.
Decidí buscar por mi cuenta e inspeccioné los alrededores, sin resultado alguno.
Entonces, cogí el coche y visité los lugares en los que pensé que pudiera esconderse.
Pero fue como si se la hubiera tragado la tierra.
Ahora creo que tenía pensado permanecer unos días en esa cueva justo bajo tu cabaña y, sospechando que yo la había seguido hasta el peñasco, cambió de ubicación.
.. pero me atrevería a jurar que su escondrijo está en vuestra propiedad.
Nadie la ha visto, nadie. Y no es una mujer que suela pasar desapercibida precisamente.
Por mi mente pasaron a velocidad de crucero los lugares donde alguien podía esconderse con un niño, sin poder visualizar ninguno lo suficientemente oculto y deshabitado. Gunnar era el único que conocía al dedillo su propiedad, sólo él podía adivinar el lugar, si lo había.
Me puse en pie con urgencia.
—Enlacé mi alma a la de la araña —arguyó Hildur derrotada— para evitar que cumpliera su venganza. Fue en vano.
—No, no lo fue, regresaste con nosotros. La detendremos y te sacaremos de aquí.
Ya me dirigía a la puerta cuando me detuve en seco, me dirigí hacia ella y la abracé, besando su mejilla.
—Fuiste nuestra madre en otra época; en ésta, tendrás que ser nuestra hermana mayor.
Dibujó un amago de sonrisa y asintió con lágrimas en los ojos.
Salí rauda de la estancia, para toparme con un duro pecho y una mirada penetrante.
—Ya registramos la propiedad —manifestó Berg adusto— y no encontramos nada.
—Quizá Gunnar conozca algún recoveco que a vosotros se os escapó —repuse esperanzada—. Es más lógico pensar que ha huido, en lugar de esconderse. Y en este último caso, cabe suponer que ha elegido un lugar recóndito.
—De acuerdo —concedió—, peinaremos cada palmo de terreno.
Asentí agradecida, y ya me iba cuando esta vez fue él quien me detuvo, acercando su rostro demasiado al mío.
—Me nombré guardián protector de vuestro amor, Freya, y, a pesar de eso, cuando me topé contigo en la Estación Central de Oslo y me ofrecí a enseñarte el idioma, mi promesa se tambaleó.
¡Aquel hombre que me abordó en la estación de tren era él, por eso me resultaba familiar!
Nos sostuvimos la mirada unos instantes con fijeza, y en la profundidad de sus celestes ojos encontré a Hiram. No pude evitar alargar la mano, acariciar con extrema dulzura su mentón y sonreír agradecida.
—Ahora descubro yo cuán poderosos eran los dioses de antaño —murmuré— y cuán poderosas son las promesas que se hacen en nombre del amor. Gracias, mi guardián, no puedo ofrecerte más que mi amistad.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Asentí expectante, siendo receptora de toda su intensidad.
—¿Tienes hermanas?
Dibujé una sonrisa y miré hacia la puerta.
—Acabo de encontrar una.
Esbozó una sonrisa oblicua y me guiñó un ojo acomodando un mechón dorado entre su melena peinada de forma prolija.
—Y encontrarás más cosas, no lo dudo —animó, conduciéndome hacia la sala de espera.
Resultaba curioso cómo las almas renacían una y otra vez dentro del mismo círculo; algunas cambiaban su rol, pero todas y cada una de ellas elegían si purificarse o condenarse.
Ahora conocía la elección de tres de esas almas que asombrosamente se habían reencarnado con nosotros; faltaba por descubrir la elección de la cuarta.
Porque, sin duda, Rashid había regresado por un motivo específico.
Gunnar se puso en pie al verme, con la esperanza pintada en sus facciones.
—Cree que está escondida en nuestra propiedad —informé—; van a peinar la zona, de nuevo. Pero tú la conoces mejor que nadie; ¿se te ocurre algún sitio donde puede cobijarse?
Frunció el ceño pensativo, recorriendo mentalmente la finca. Sus ojos se movieron inquietos, abstraídos y concentrados y, de repente, un destello los hizo agrandarse.
—Hay un viejo cobertizo destartalado donde mi padre guardaba los útiles de pesca; está a la entrada del bosque, al norte de la finca.
Berg negó con la cabeza, sacó su bloc de notas del bolsillo trasero de su pantalón de traje, lo abrió y revisó unas anotaciones.
—Fue revisada; además, está medio derruida.
—Sí, pero tiene un acceso a un túnel que lleva a un antiguo yacimiento de cobre —recordó agitado.
Berg alzó las cejas con asombro, entreabrió la boca y se guardó apresurado la libreta.
—¿A qué esperamos? Vayamos en mi coche, avisaré por radio a más efectivos.
Salimos de la comisaría y nos introdujimos en su coche, un Nissan Leaf eléctrico en color rojo.
Berg encendió el motor y salió del aparcamiento con celeridad. Gunnar iba a su lado; giró la cabeza y me regaló una mirada tranquilizadora.
—¿Por qué demonios no sale ese yacimiento en los mapas de la propiedad? —inquirió girando el volante con soltura.
—Porque no está en uso desde hace más de un siglo —respondió Gunnar.
—¿Y quién conoce la existencia de ese yacimiento, aparte de ti?
—Creo que se lo comenté a Sven en una ocasión.
Berg resopló y asintió con la cabeza, tomando un desvío a la nacional. Pisó abruptamente el acelerador para incorporarnos a la vía; me impelí contra el respaldo del asiento trasero.
—¿Cómo se llevaban Ingrid y Sven?
—Pues, no sé, creo que bien. Ingrid tonteaba con todo aquel que llevara pantalones. ¿Alguien me puede decir qué está pasando?
—Freya, aprovecha el viaje para ponerlo al día... —me miró a través del retrovisor, cómplice, y agregó—... de todo.
Gunnar lo miró turbado, su cejo se arrugó molesto y su rictus se oscureció.
—¿Freya? —observó receloso.