Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 54
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Capítulo 54

Regreso al presente, demonios del pasado

A través de mis cerrados párpados percibí una intensa luz blanquecina, molesta y desconcertante.

Me atraía, pero el recelo me impidió avanzar hacia ella.

No era la primera vez que la veía. Atrás, la negrura, pero tan cálida y conocida que invitaba a estar en ella.

Vacilante, miré a ambos extremos, luz y oscuridad; supe que me hallaba en mitad de una crucial decisión.

Sentí su peso y la indecisión me atenazó.

La luz no parpadeaba; al contrario, crecía en intensidad, deslumbrándome, cautivándome. .. aun así, permanecí inmóvil.

De repente, sentí el roce de una mano en la mía, enlazándose con firmeza y tirando de mí, esta vez hacia la luz. Me dejé arrastrar por ella.

Entreabrí los ojos lentamente para descubrir que aquella luz provenía de una húmeda y verdosa mirada angustiada, que, como aquel entonces, cobijaba mi mano entre las suyas, posando los labios en ella.

Descubrir que despertaba inundó de alivio aquel hermoso rostro que tanto amaba; sin embargo, el dolor continuó velando su semblante.

—Gu... nnar... —balbuceé, descubriendo que me hallaba en la anodina habitación de un hospital—. ¿Dónde está...?

—Sigue desaparecido.

Un sollozo roto escapó de él. Se reclinó sobre mí, descansando la cabeza en mi pecho, se abrazó a mi cuerpo y lo sentí estremecerse, liberando parte de su agonía. Me di cuenta de que podía moverme y lo rodeé con los míos.

Y en aquel abrazo, se ordenaron con asombrosa precisión ambas vivencias.

Descubrir que no había muerto a manos de Rashid, que mis desventuras habían continuado, que mi lucha había sido feroz, pero que en esta ocasión habíamos conseguido embarcar hacia una nueva vida, solazó mi corazón y congratuló mi alma con aquella parte de mi pasado, a pesar de ignorar qué fue de nosotros en mi tierra.

Y en ese instante, supe el motivo.

En aquellos recuerdos descubrí al culpable de la desaparición de Khaled.

Aquella que no encontró paz en la muerte, aquella que se aferró al odio y a la venganza, aquella que prometió, mientras se apagaba su vida, que esto.

.. todavía no había acabado. Me estremecí; Ragnhild había renacido con nosotros, pero no era la única, no.

Bebí de esa fortaleza que tan corajudamente había desplegado en otro siglo, apartando el dolor y la desesperación para dejar espacio a la esperanza. Recuperaría a mi pequeño, me convencí contundente.

—Vamos a encontrarlo —susurré con decisión.

Gunnar alzó su contrita mirada y asintió con la misma rotundidad que rezumaron mis palabras.

Llevaba una venda que circundaba su frente, y el rostro magullado.

—¿Cuánto tiempo llevo inconsciente, qué ocurrió?

—Dos días —aclaró, limpiando las lágrimas de su rostro burdamente con el antebrazo, sin arrancar con ese gesto la furia que tan peligrosamente palpitaba en él—.

Me despeñé, caí rodando ladera abajo hasta un saliente; por fortuna pude aferrarme a él antes de precipitarme al vacío, el mismo donde caíste tú a plomo.

Oír tu alarido y el impacto de tu cuerpo contra la roca.

.. —Se detuvo, cerró los ojos con dolor, tragó saliva y se obligó a continuar—.

Aquel saliente era la entrada a una cueva.

Una cueva natural horadada en la pared del acantilado; en ella encontraron un cesto de mimbre con una gruesa y larga soga atada a sus asas.

Estaba vacía, pero en ella se hallaban los muñecos con que duerme Khaled.

En la cueva, también había provisiones para pasar unos días, biberones, pañales, ropa de mujer, dinero y artículos básicos.

Pero ni rastro de nuestro bebé. La policía ha requisado las pruebas y encontrado huellas del culpable. Lo han detenido.

Aunque la angustia llamó más insistentemente, luché por no abrirle la puerta. Contuve el aliento y reprimí el miedo.

—¿Quién....? —pregunté apretando la mandíbula.

—Hildur.

Negué vehemente con la cabeza, aquello no podía estar pasando.

—No, no puede ser ella.

—Encontraron sus huellas por toda la cueva; ella preparó el secuestro —aseguró Gunnar tan confuso como yo—. Pero asegura que no sabe dónde está el niño, no colabora en los interrogatorios. Sólo acusa a Ingrid; afirma que ella tiene a Khaled, exige que pongan todos los efectivos tras ella.

—¿Y lo han hecho?

—Sí; han cerrado carreteras y aeropuertos, hay fotos de ella por todas partes, se han hecho eco los medios de la noticia y está en busca y captura. Pero no aparece.

Me incorporé y clavé mi decidida mirada en él.

—Tengo que hablar con Hildur —espeté haciendo ademán de salir de la cama.

Una sensación bamboleante me sacudió, mi mente se nubló momentáneamente y mi estómago se agitó.

Gunnar, cogiéndome de los hombros, me pegó a su pecho.

—Lo haremos, pero antes tiene que examinarte Lars; voy a buscarlo, no se te ocurra salir de la cama.

Me obligó a tumbarme, depositó un dulce beso en mis labios y salió de la habitación a grandes zancadas.

Aguardábamos en la sala de espera de la comisaría central de Tønsberg —sentados en dos incómodas sillas fijas en la pared, cogidos de la mano y tan tensos como las cuerdas de un violín— a que el funcionario de rigor cumplimentara los trámites pertinentes para poder tener acceso a la detenida.

De uno de los pasillos emergió el inspector Berg, con su habitual porte rígido e indescifrable expresión.

Pese a su impasibilidad, creí adivinar un fugaz y desconcertante brillo cómplice en sus ojos cuando se encontraron con los míos.

Lo miré sin esconder mi reconocimiento, apartó la mirada con un deje de asombro y la clavó en Gunnar.

—Sólo puede entrar uno —informó hierático.

Gunnar asintió y oprimió mi mano en señal de apoyo y conformidad.

Me levanté y seguí al enigmático Hans Berg por los sobrios pasillos de la comisaría, hasta una puerta metalizada. Antes de abrirla, se volvió hacia mí con celo profesional y mirada admonitoria.

—Estaré al otro lado de la estancia, en un cuarto de vigilancia, observando a través del espejo que verás en la habitación. Voy a desactivar la cámara para que vuestra conversación no se grabe, sólo yo seré testigo de lo que habléis. Sospecho que Hildur esconde un secreto que puede interesarte.

Ya se iba cuando lo detuve posando la mano en su antebrazo. Berg me miró expectante.

—Gracias, mi guardián.

La sombra de una sonrisa complacida iluminó su rostro; de sus ojos, tan azules como los de antaño, brotó ese tinte pícaro y travieso que siempre lo había caracterizado, ratificando en aquel personal gesto su identidad pasada.

Asintió sin mediar palabra, para desaparecer en un recodo.

Abrí la puerta y me adentré en una sala cuadrada, pequeña y parca en detalles.

Tan sólo había una mesa con dos sillas a cada lado, un gran espejo junto a otra puerta, un plafón de luz blanca en el techo y una cámara en una esquina, que evidenciaba la ausencia del piloto rojo de grabación, y que además enfocaba hacia el suelo.

Hildur estaba sentada a la mesa, con las manos sobre el tablero, las muñecas esposadas, unas oscuras bolsas bajo los ojos y una mueca de culpabilidad y pesadumbre tan acentuada que ensombrecía su rostro como una máscara mortuoria. Tomé asiento frente a ella.

Fijó sus claros ojos grises en mí y, ante esa fijeza, esa conexión que siempre había sentido por ella resplandeció con más intensidad. Creí adivinar otros ojos en ella, y esa sospecha me tensó, encogiendo mi corazón ante la inquietud que crecía a pasos agigantados.

—No llegué a tiempo —confesó en un murmullo abatido.

—¿A tiempo?

—Permanecí junto a ella media vida justo para impedir esto y he fracasado —se lamentó cabizbaja.

Mechones del color del bronce, lacios y largos, cubrieron parcialmente su demacrado rostro, sin poder ocultar los remordimientos y la frustración que pendía sobre ella como una lúgubre nube gris.

—Sabía lo que iba germinando en ella con los años —prosiguió—, en quién se revelaba.

.. y el objetivo que había venido a buscar.

Lo soñé cada noche, lo veía en sus ojos.

Y cuando Gunnar te recuperó, comprobé que ella sólo aguardaba su momento.

Esperó la llegada de Khaled y perfiló con detenimiento y frialdad su plan, como la araña que fue. .. y que es.

Mi pulso se detuvo, mis sospechas se confirmaban, mi garganta se cerró. Y esa angustia que llamaba sin cesar reventó de un empellón mi puerta, asolando cuanto encontró a su paso.

Suspiró contrita y me miró de nuevo, esta vez con una gravedad, una comprensión y un cariño conocidos.

Sin ocultar quién fue, y cuál era su misión en esta vida.

Sentí su alma en toda su extensión, llenándome por completo, empapándome con su esencia.

Los recelos que siempre habían palpitado en mi interior, esa sensación fraternal tan profunda, ese vínculo que me unía a ella, por fin tenían explicación.

—Eyra...

Las lágrimas rodaron gruesas y ardientes por mis mejillas, y exhalé un gemido quebrado que me sacudió. Alargué trémula las manos, estrechando las suyas en una comunión que transgredía credos, tiempos y razones, y dejé brotar también de mí cuanto sentía.

De Hildur escapó un sollozo sofocado, sus hombros se sacudieron y su expresión se dulcificó.

—Volvemos a encontrarnos, Freya, tal y como pediste cuando me fui, tal y como deseé cuando supe que partía.

El llanto desfiguró mi rostro en una mueca afligida de la que rebosaron dolorosos recuerdos recientemente desenterrados.

—Me... escuchaste...

Asintió afectada; su labio inferior retemblaba y sus lágrimas desembocaban en la comisura de sus labios, cayendo pesadas sobre la mesa.

—Mi alma sobrevoló el fuego, revoloteó a tu alrededor y besó tu mejilla antes de partir. Sí, te escuché.

—Ragnhild regresó sólo para vengarse —aduje amargamente—. Intentó seducir a Gunnar y ahora me arrebata a mi hijo, tal como juró antes de morir. Es la misma araña despiadada que fue, y eso significa que... lo matará si no lo ha hecho ya.