Tras las huellas del lobo (Lobo 2) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—No os atreváis a juzgarme —me defendí furibunda—; nadie sufre más que yo, y nadie hay tan apaleado por el destino como nosotros. Combatiré con lo que disponga, sin importarme nada más. Halfdan es un escollo en mi camino, y como tal tendré que apartarlo.

Eyra agrandó los ojos, resopló y negó abatida con la cabeza.

—¿Y lo harás tú sola? —inquirió—. ¿Y cómo lo harás? ¿En el campo de batalla o en el lecho? Déjame decirte que subestimas a tu enemigo.

—También él a mí.

—Escúchame bien, muchacha —comenzó a decir Eyra con calma—: todos juntos podremos lograrlo.

Todos los aquí reunidos tenemos un arma contra el rey.

Yo manejo la astucia y mi don para las plantas; ellos manejan información valiosa, y tú, las mañas para distraer convenientemente su atención, mientras nosotros actuamos.

Llegado el momento, cerraremos la trampa y él caerá en ella.

Thorffin miraba con franca admiración a Eyra; los hombres la escuchaban con la misma complacencia.

—Ahora sé de dónde heredó Gunnar sus dotes de estratega.

Eyra sonrió emocionada.

—Y mi fortaleza —añadió convencida—. Es fuerte; resistirá la ponzoña, hasta que logre anularla.

—¿Anularla? —preguntó Ragnar arrugando el entrecejo.

—Sí, aún tengo que descubrir quién prepara la pócima y cambiar los ingredientes que usa por unos inocuos. Pero cuando Gunnar salga del abotargamiento, tiene que haber alguien cerca de él, para hacerle saber lo que está pasando.

—Podemos decírselo a Sigrid; ella no se separará de su lado, y puede mandar llamarnos —propuso Erik.

¡Sigrid!

Aquel nombre me conmocionó. Mi corazón se aceleró y, de repente, todo cobró sentido en mi cabeza, pieza por pieza.

En apenas un breve instante, pasé por todo un curioso compendio de emociones que me secaron la garganta, descomponiendo mi rostro en algo parecido a una mueca de sorpresiva y desagradable comprensión.

Tras fulminar con la mirada a Erik, los presentes me observaron conteniendo el aliento.

¡Por todo lo sagrado, el hijo de Gunnar era el de Sigrid! ¡Ella era la mujer de lacios cabellos dorados que hablaba con Gunnar mientras él acunaba al bebé!

Escondí el rostro entre las manos, en un vano intento por contener el torrente de odio visceral que me asaltó.

Cuando por fin logre mirarlos a la cara, todavía temblaba.

—¡¿Habéis permitido que esté con esa víbora?! —estallé colérica—. Fue ella la que lo planeó todo con Ada. Ella fue cómplice de la devastación de Skiringssal, ella... —No pude seguir hablando, la rabia me sepultaba con una losa que casi me impedía respirar.

Ragnar tragó saliva y bajó la mirada.

—Ella parió un hijo de Gunnar y fue ese niño el único que logró anclarlo a la vida —se defendió Thorffin.

—Dime, Thorffin, ¿acaso es hijo suyo porque ella así lo diga?

Me sostuvo la mirada con semblante indescifrable.

—Ambos sabemos que yació con ella.

—Pero fue una sola vez, y su amante habitual era otro.

Todos clavaron en mí sus intrigados ojos.

—Ulf —añadí con convencimiento.

—¡Que los cuervos de Odín vacíen mis ojos! —espetó Erik impávido—. ¡Gunnar criando al hijo de su enemigo!

Todos me observaron apesadumbrados, excepto Thorffin y Eyra, que se sostenían la mirada con la misma expresión en sus rostros.

—Freya, da igual de quién sea hijo —adujo la anciana ante mi sorpresa—. Ese niño le dio a Gunnar una razón para vivir, hemos de estarle agradecidas a ese engaño.

—¡No! ¡Jamás! —negué con ofuscación. Golpeé violentamente el tablero de la mesa con las palmas de las manos y me puse en pie—.

¡Basta de ardides, basta de jugar con las voluntades y las realidades!

No pienso consentirlo más. Esa mujer es una serpiente, fue causante de una desgracia en la que murió demasiada gente, esa mujer. ..

Perdí la voz, sepultada por la maraña de emociones que me estrangulaban.

Trémula e iracunda, les di la espalda y contemplé el fuego del hogar, pensando que las llamas que crecían en mi interior podrían devorar esa cabaña y hasta era posible que toda la región.

Había ido tras las huellas de un lobo negro y era ese lobo el que me había encontrado a mí, despertando la venganza, el rencor y la furia, emociones que exigían un solo pago: la sangre de mis enemigos.

Mi hijo había muerto, yo casi lo había seguido y Gunnar había sido convertido en una pálida e irreconocible sombra de lo que fue. Ya no había perdón en mi corazón, ni compasión en mi alma, ahora tan sólo quedaba en mí una cosa: furia.

—Voy a recuperarlo —me oí rezongar en un hilo de voz—. Voy a acabar con mis enemigos. Voy a demostrarles a los dioses que tengo dientes y garras y que sé cómo usarlos.

—Freya —musitó Eyra con suavidad—, nosotros te ayudaremos, pero tienes que dejarnos. Controla tu ira, apacigua tu ánimo, sé cauta y fría, y no enfrentes a los dioses. De nada sirve lanzar piedras al cielo.

—Nos necesitas tanto como nosotros a ti para recuperarlo —señaló Thorffin—.

La desmedida ambición de Halfdan le ha creado muchos enemigos.

Y eso es bueno para nosotros, pues sólo tenemos que azuzarlos para que se ciernan sobre él.

El rey Horik no se fía y ha rechazado la alianza con Halfdan para combatir a los jarls rebeldes.

Por eso anda de tan mal humor. Además, Horik ha mandado llamar al suyo, Ragnar Lodbrok, en busca de protección.

No sólo nos aguarda una batalla contra los sublevados, sino una cruenta disputa entre reyes.

Pero, de todos sus enemigos, el más acérrimo y sanguinario es sin duda Hake el Berseker.

—¿Propones que nos aliemos con Hake? —inquirió Ragnar demudado. Se frotó su alopécica cabeza y negó rotundo con la cabeza.

—No, sería una auténtica temeridad —respondió meditabundo Thorffin—. Hake es imprevisible, cruel y traicionero. Pero podemos facilitarle una emboscada y abandonar a Halfdan en la lucha. Somos su escolta, su hird , no partiría sin nosotros.

—Partir, ¿adónde? —pregunté.

Thorffin nos contempló con semblante grave, se rascó su frondosa y crespa barba roja y respiró hondo.

—A emboscar a Horik, antes de que su jarl llegue en su ayuda. Halfdan trazó el plan esta mañana: quiere conquistar Jutlandia.

—¡Ha perdido el juicio! —exclamó Hiram alarmado.

Thorffin asintió circunspecto, frunciendo el ceño al tiempo.

—No, sigue los pasos que él mismo se ha marcado.

Ahora mismo, se abre ante él la única posibilidad de conquistar ese reino.

Ragnar Lodbrok dejó desprotegida la región en sus ansias de conquistar nuevos territorios.

Ahora o nunca. Y todos sabemos que Halfdan, como un cuervo astuto, nunca desaprovecha una buena oportunidad.

—Su ambición será su tumba —vaticinó Eyra—. Espero que no nos arrastre a ella.

Un crujido proveniente del hogar, seguido de un intenso chispazo luminiscente, nos envaró.

—Parece que los dioses quieren hablar —barruntó Hiram con preocupación.

Eyra intercambió una mirada grave conmigo, y apretó con fuerza sus delgados labios.

—Pronto partiremos a la conquista —agregó de nuevo Thorffin; en su voz se reflejó una inquietud turbadora—.

Lejos de Hedemark, no resultará difícil urdir un engaño y alejarlo de sus hombres de confianza, de Thorleif Spake el Sabio y Orn Oso Pardo.

Estoy seguro de que tú, Freya, podrás embaucarlo y entregárnoslo en bandeja donde acordemos.

Asentí, plenamente consciente de lo que encerraría ese «embaucarlo». Para cegar a un pajarraco como aquél, debía ponerse en sus ojos una gruesa venda, y para hacerlo había que estar muy cerca.

—Un paso en falso —advirtió Eyra con gravedad— y moriremos todos. Estamos hablando de traición. Halfdan no mostrará piedad con nadie; tampoco contigo, Freya.

—¿Acaso crees que me importa su piedad si todo se malogra?

Alargué el brazo sobre el tablero, cerrando la mano en un apretado puño, y deslicé la mirada por cada uno de los presentes.

—Sellemos el pacto —murmuré con firmeza.

Uno a uno imitaron mi gesto, y nuestros puños se tocaron al tiempo que nuestras miradas. Se respiraba una tensión pesada y una determinación apabullante.

—Sólo os voy a hacer un ruego —añadí—. Mantened a Sigrid al margen de esto, o estaremos perdidos. El veneno de una víbora nunca se seca.

Miré intencionadamente a Erik, que se rascaba, burdo, su dorada melena despeinada.

—De acuerdo —concedió con un resoplido—, pero alguien deberá estar cerca de Gunnar para tenerlo al tanto de todo cuando recupere el juicio.

—Creo que la persona indicada sería Helga —propuse dirigiéndome a Thorffin.

El gigante rojo asintió y por fin sonrió, relajando el ambiente.

—Mi Helga podrá cambiarle el brebaje por el que le traigan, y observarlo hasta que mejore; entonces le dirá que nos busque, y partirá tras nosotros. Hasta entonces, habremos de rezar para no entrar en batalla antes de tenerlo entre nosotros. Sobre todo ahora que tú vas a participar en ella.

—Asleif me enseñó bien —argüí orgullosa.

Thorffin me regaló una mirada desdeñosa y esbozó una sonrisa burlona.

—Freya, nada tienen que ver tus entrenamientos con una batalla real.

Puede que hayas aprendido algunos movimientos, pero, en un combate a muerte, la experiencia, el temple y la rapidez son las mejores bazas.

No serán escaramuzas aisladas, serán hombres corajudos y poderosos, curtidos y experimentados, los que se abalanzarán sobre ti. Reza para no tener que vivirlo.

—No es por lo único que rezaré.

Eyra se puso en pie, descolgó de un gancho un odre de aguamiel y se lo tendió a Thorffin.

—Tenemos un pacto, sellémoslo —alegó con firmeza.

El gigante rojo bebió un largo trago de líquido ambarino y traspasó el odre a Hiram. Uno a uno bebimos con ceremonia; en nuestras miradas encontradas, la emoción que predominó fue una fiera determinación.