Capítulo 21
Forzando un pacto
Asleif me contempló con un marcado asombro en su gesto. Jadeaba y sudaba por el esfuerzo. Bajó su espada y con el ceño fruncido negó con la cabeza.
—¡Me has vencido! —exclamó todavía incrédula.
—Me has enseñado bien —repliqué adusta.
—Ninguna mujer lo había hecho —adujo admirada.
Sonreí sin que aquel gesto alcanzara mis ojos.
—He enseñado a muchas —agregó ella, mientras me evaluaba desde una nueva perspectiva—, y he de confesar que ninguna aprendió tan aprisa, ni ninguna logró ganarme un combate.
El ocaso se derramaba lánguido, bruñendo de cobre las cimas de las nevadas montañas que nos rodeaban.
En cuanto la noche cayera, la helada sepultaría el poblado recluyendo a los hombres al resguardo de sus cabañas.
El blanquecino resuello que escapaba de nuestras gargantas permanecía espesamente visible entre nosotras.
Cada bocanada quemaba mi pecho; sin embargo, habría continuado peleando si Asleif no hubiera aceptado su derrota.
—Estoy segura de que ninguna tuvo tantos motivos como yo para aprender.
Asleif me escrutó ceñuda, intentando leer mis pensamientos.
—No sé qué pretendes, Freya, pero sea lo que sea es peligroso.
—Pretendo ser una skjaldmö , una doncella escudera, e ir a la batalla.
La mujer abrió los ojos desmesuradamente y negó con la cabeza.
—Freya, creo que hay un requisito que nunca cumplirás.
Sabía que sólo doncellas virginales, mujeres que renunciaban a su femineidad y maternidad, podían formar parte de esa facción guerrera que se integraba en las huestes reales.
—A la maternidad renunció mi cuerpo —expuse con dureza— como pago a la supervivencia; la femineidad será para mí un arma, como lo es la espada que ves en mi mano.
He yacido voluntaria y apasionadamente con dos hombres, me forzó un jarl y desea doblegarme un rey.
Mi cuerpo no es puro, pero lo es mi corazón, pues he sido fiel a él desde siempre, y desde el corazón te digo que esta que ves ante ti es una guerrera.
Asleif vio con claridad mi determinación, y un amago de sonrisa curvó su boca.
—En tal caso, y puesto que ese mismo rey permite que te entrene, te unirás a las skjaldmö y partirás con él a la batalla.
—¿Se necesita algún tipo de ceremonia para el nombramiento? —pregunté.
—Tan sólo mi propuesta y la aprobación del rey.
—¿Y a qué esperamos?
La sonrisa de Asleif se ensanchó complacida y orgullosa. Sus ojos azul hielo chispearon entusiasmados.
—Vamos entonces —aceptó—, me muero por saber qué dirá mi rey.
Caminamos con paso regio, espalda envarada y un aplomo tan apabullante en cada zancada que la gente que nos cruzábamos se detenía a mirarnos con aguda curiosidad.
Entramos en el skáli juntas, una al lado de la otra, con nuestras ropas de entrenamiento, armadas, sudorosas, desgreñadas y vehementes.
Asleif, con su físico tan opuesto al mío.
.. ella de cabellos casi blancos, yo completamente negros; ella de piel pálida en extremo, yo dorada como el sol de la tarde; sus ojos del color de los glaciares, los míos, ámbar como la resina seca. .. pero ambas poderosas y seguras.
Halfdan se hallaba sentado en su trono y conversaba con sus generales. Los hombres enmudecieron ante nosotras, observándonos con creciente intriga y un atisbo de desagrado.
La zaína mirada del rey se clavó en mí; la alerta destelló en ella. Pude percibir cierto envaramiento en su porte, y una velada inquietud turbando su regio semblante.
Asleif inclinó ceremoniosa la cabeza, pero yo no la imité. Permanecí erguida y desafiante.
—¿Qué quieres, mujer? —prorrumpió hosco y ceñudo.
—Mi señor, vengo a pedir vuestra aprobación para incorporar a una nueva skjaldmö en mis filas.
—Asleif la Blanca, ¿de quién se trata?
—Se trata de Freya la Loba —respondí yo, adelantándome un paso.
Halfdan me fulminó con los ojos. Con mirada entrecerrada, me escrutó pensativo. Sus hombres me contemplaban desaprobadores.
—No es como vosotras; en ningún sentido, además —objetó esbozando una sonrisa burda.
—Nada que me impida pelear para defender vuestros dominios o ampliarlos —contesté incisiva.
Thorleif Spake el Sabio, el ladino consejero, se inclinó sobre su rey.
—Pero, señor, incumpliría las normas, los dioses...
—Deja a los dioses tranquilos, Thorleif —interrumpió Halfdan poniéndose en pie—. Las ofrendas están para contentarlos, y las victorias, para agasajarlos.
Se acercó a mí con esa permanente sonrisa pretenciosa, y me rodeó, observándome desde su altura, como un halcón acechando a su presa, sabedor de que pronto se abalanzaría sobre ella.
—Y cualquier espada capaz de luchar por mi causa, pura o impura, se ha de tener en cuenta, y más si la empuña una fiera loba.
Se detuvo frente a mí; alcé el rostro para sostener su penetrante mirada.
Cogió mi barbilla inmovilizando mi rostro y se acercó más a mí.
—Dime, Freya la Loba, ¿estarías dispuesta a morir por mí?
Los murmullos en el salón se apagaron de repente.
La tensión que se respiraba se podía cortar con una daga.
Algo crepitaba a nuestro alrededor, y ese algo preocupaba sobremanera a los presentes, por su intensidad.
Yo sabía perfectamente qué los inquietaba, y era la excesiva atención que me prodigaba su rey.
El hechizo que yo ejercía sobre él no pasaba desapercibido a sus súbditos.
—Estoy dispuesta a vivir y a luchar por vos.
Y sonreí para mis adentros; acababa de poner la primera piedra en mi lado de la balanza.
Halfdan me contempló triunfal, casi se relamía.
—En tal caso, arrodíllate ante mí.
Lentamente ejecuté su orden; hinqué una rodilla en el suelo e incliné la cabeza, mostrando mi lealtad.
Una gran mano se posó con los dedos abiertos sobre mi cabeza, ejerciendo una ligera presión, ratificando su poder sobre mí.
—A partir de ahora, Freya la Loba, como mi más fiel skjaldmö , me deberás obediencia, sumisión y respeto. Lucharás bajo mi mando, entregando tu vida y cuanto necesite de ti.
Aquella última apreciación flotó a mi alrededor, con precisas escenas de lo que requería de mí. Pude ver con claridad en sus ojos de obsidiana el deseo que manaba de sus pensamientos. Y sería aquel deseo el que acabaría no sólo con su reino, sino también con su vida.
—Ponte en pie —ordenó complacido.
Lo hice y en ese momento me topé con una angustiada mirada azul.
Ragnhild me observaba con marcada indignación; a su lado estaba su hermano Guthorm, un niño asustadizo, de grandes ojos celestes.
Ella apenas era una muchacha, de facciones angelicales y belleza dulce y aniñada.
Pero en aquella mirada no rezumaba la inocencia ni la ingenuidad precisamente, sino un rencor tan manifiesto que casi podía sentir cómo me golpeaba; un rencor que trajo a mi memoria otra mirada, negra y ladina, la de Amina.
—Batallaremos juntos, loba guerrera —sentenció ante el agrio desagrado de sus hombres—. Ya puedes irte, a menos que vengas con otra exigencia.
Y esa exigencia llegaría, pero cuando terminara de ultimar mi plan.
Incliné la cabeza en señal de asentimiento; con orgullo, me volvía para abandonar el skáli cuando me topé con algunos pares de ojos reprobadoramente asombrados.
Hiram, Sigurd, Ragnar, Eric y Thorffin se pusieron en pie en el momento en que recorrí el largo pasillo y salieron tras de mí.
Asleif se despidió de mí con un leve gesto y corrió a su cabaña. La helada ya cubría de escarcha el suelo, los tejados y las cercas.
Me estremecí. Mi falda corta, mi cota de malla, mi peto de cuero y mis botas altas eran ineficaces para combatir la gelidez que me abrazaba con tanto ahínco.
Cuando los hombres me alcanzaron y me rodearon inquisidores, yo me abracé entre temblores.
Hiram se desprendió de su capa de pelo y me cubrió con ella.
—Vayamos a tu cabaña —sugirió Thorffin—. Tienes muchas cosas que contarnos y, a juzgar por lo que acabo de ver, es probable que nos lleve toda la noche; no quiero morir congelado, aunque temo morir de angustia por lo que intuyo.
Descendimos el serpenteante sendero entre cabañas apiñadas, hasta alcanzar la que ocupaba con Eyra. Un buen fuego nos invitó a refugiarnos del helor que nos abotargaba. Eyra daba vueltas al humeante contenido de una marmita suspendida de un gancho sobre el crepitante hogar.
Nos contempló ceñuda y observó de nuevo la sopa, calculando mentalmente las raciones.
—A menos que traigáis una hogaza de pan —rezongó—, os iréis más hambrientos de lo que intuyo estáis.
—No hemos venido a comer, Eyra, y, si fuera el caso, dudo que me entrara un bocado —farfulló Hiram, mirándome acusador.
De nuevo recibí la abierta desaprobación de los hombres, está vez con más acritud.
Eyra percibió la tensa preocupación de aquéllos, soltó el cucharón y nos invitó a sentarnos en los largos bancos que franqueaban la austera mesa rectangular.
—¿Dónde está mi hijo?
En su voz asomó un deje ansioso.
—Creo que en Agder —respondí tras soltar el aire contenido.
—¿Y qué demonios hace en Agder? Lo creíamos contigo —replicó huraño Thorffin—.
Cuando te vi entrenar esta mañana, me extrañó no verlo a tu lado, pero imaginé que lo habría requerido Halfdan.
Pero ha llegado la noche y nada sabemos de él.
Y para mi completo estupor, te ofreces míseramente a un hombre que te desea.
—Halfdan lo arrancó anoche de mi lado —expliqué—, lo dejó inconsciente y lo ha recluido en Agder, obligándolo a beber ese maldito preparado que le hace olvidar, confundiéndolo y enloqueciéndolo. Quiere apartarlo de mí hasta que se decida la batalla.
—O hasta que se canse de ti y te eche de su lecho —intervino Hiram con amargura.
Era evidente que todos pensaban lo mismo.
—Sé cuidarme sola —sentencié con firmeza—. Y sé lo que tengo que hacer para salvar a Gunnar y a mí misma de ese cuervo carroñero.
Eyra suspiró apesadumbrada; en su expresión se adivinaba el cansancio y la preocupación.
—¿Y por eso te conviertes en una skjaldmö del rey? —apuntó Thorffin contrariado.