Capítulo 19
Dibujando con humo una realidad
Caí de rodillas frente a Gunnar, cogí su cabeza con las manos y busqué su mirada.
—No quiero que me dejes sólo en el Valhalla —gimió desesperado—, no quiero que me dejes nunca. Ata tu alma a la mía y llévame a la eternidad contigo.
Su mirada se nubló; pegué mi frente a la suya ahogando los sollozos en mi garganta.
—Al único sitio adonde te llevaré es a mis brazos.
Rodeé su cuello y lo estreché con fuerza. Cerré los ojos y liberé el torrente de emociones que me sacudían.
Deseé que me abrazara, que sus fuertes brazos alejaran de mí el frío y la angustia vivida. Pero permanecía inerte, trémulo y confuso.
—Abrázame, te lo suplico —rogué entre sollozos.
—Lo he intentado tantas veces, mas nunca lo conseguí.
—Inténtalo ahora.
Gunnar me contempló con desconfianza; sin embargo, en sus hermosos ojos brilló el anhelo.
Alzó lentamente los brazos; su semblante esperanzado me rompió el alma.
Cuando me envolvió con ellos, dejó escapar un suspiro asombrado. Sus manos palparon mi cuerpo, acariciaron mi espalda, se hundieron en mi melena al tiempo que sus ojos se agrandaban desconcertados.
—¿Ya estoy muerto? ¿Por fin estamos juntos?
—No, mi amor, ninguno de nosotros está muerto.
—Sé que es otro de tus engaños, Loki, pero no me importa.
Cerré los ojos, dejando que las lágrimas rodaran por mis mejillas, negué con la cabeza y, cuando los abrí, vi una mirada enamorada y hechizada, y entonces no pude aguantar más las ganas de besarlo.
Acerqué mi boca a la suya, cogí su rostro con las manos y besé sus labios, primero con dulzura, despacio, saboreando aquel mágico instante.
Gunnar se dejaba hacer, permitiendo que jugueteara en su boca, que lamiera sus labios, que besara su barbilla, su mentón, la punta de su nariz, mirándolo tras cada pausa, antes de volver a su boca.
Busqué paciente su respuesta, introduje la lengua entre sus labios y la enredé con la suya. Froté mi cuerpo con el suyo, contoneándome lasciva. Mi deseo emergió voraz, y gemí en cada incursión; enredé los dedos en su nuca y devoré su boca con hambre acumulada.
Entonces, la pasividad de Gunnar se derrumbó.
Me estrechó con fuerza mientras su lengua exploraba mi boca como si respirara a través de ella, con esa desesperación de quien degusta su último deseo concedido, de quien huye de la muerte y disfruta de cada paso, de quien descubre un hálito de vida en su maltrecho cuerpo y se aferra con todas sus fuerzas a esa débil esperanza.
Gunnar gruñía mientras sus puños agarraban gruesos mechones de mi melena y su lengua me llevaba al delirio. El beso ganó violencia, la necesidad nos poseyó, como si de nuestras bocas manara ambrosía y estuviéramos a punto de morir de hambre.
Jadeamos, gemimos, gruñimos.
—Freya... mi Freya... no quiero despertar, nunca... no quiero... si sólo puedo tenerte en sueños, que así sea...
Apenas me separé de él para contemplar conmocionada aquel fiero rostro desgarrado de dolor.
—No soy un sueño, amor mío, y voy a demostrártelo.
Mi alma gritaba, mi corazón gemía transido de amor, mi cuerpo se rebelaba. Lo necesitaba en mi interior como nunca antes. Sólo entre sus brazos me sentía viva, sólo allí el mundo tenía sentido.
—Tómame, Gunnar, y no me sueltes, yo no lo haré.
Su mirada, anegada en lágrimas, intensa y voraz, recorrió mi cuerpo.
—Jamás te solté Freya, y jamás lo haré.
Deslicé mi túnica por los hombros, lentamente, deleitándome en su expresión. Uno frente al otro, de rodillas, devorándonos con la mirada, el mundo se desdibujó a nuestro alrededor.
La luna perdió brillo, el prado, color, el frío se evaporó, las montañas se diluyeron... Estábamos solos...
Arrastré mi túnica hasta las caderas, ansiosa por pegarme a su pecho, por sentirlo en mi piel; mis pechos despertaron, mi hambre se desató furibunda.
Me lancé a sus brazos, y él me acogió en ellos al tiempo que tomaba mi boca.
Sentir sus manos recorriendo mi espalda, su lengua imponiéndose a la mía, su pasión despertando frenética, derritió mis sentidos.
Me tendió encima de la húmeda hierba y se cernió sobre mí con una expresión soñadora, que me hizo pensar en las veces que habría creído estar de esa forma. Y no era eso lo que yo quería. Lo que quería era demostrarle que no era otra de sus muchas ilusiones.
—¿Te hablaba las otras veces que me presentaba ante ti? —pregunté frenando su avance, mientras posaba las palmas de las manos en su pecho.
—No, sólo me sonreías y me besabas.
—¿Qué te hace pensar el que lo haga ahora?
Su semblante se contrajo pensativo y confuso.
—Qué quizá por fin esté más cerca de la muerte y, por lo tanto, de ti.
Deslicé la punta de los dedos por su firme mandíbula y paseé mis ojos por sus labios, estrangulando las ganas de besarlo.
—Es justo lo contrario —musité perdida en su boca—. Estás más cerca de mí porque la muerte está lejos de nosotros. Gunnar, amor mío, tócame, soy real.
Le cogí la mano y con ella cubrí uno de mis desnudos senos.
Gunnar miró su propia mano y luego a mí con el ceño fruncido y la mirada turbia.
—Soy real, no morí, amor mío. Eyra me salvó. Siénteme, mi león, volví por ti, y ni Loki ni los dioses me apartarán de tu lado.
Le rodeé la nuca, atrapando entre los dedos su cabello, y acerqué su rostro al mío. Su mirada esmeralda se clavó en la mía con una intensidad que me secó la garganta.
—¡Te necesito, Gunnar! ¡Dios, te necesito tanto!
—Freya...
Se apoderó de mi boca, como un conquistador ávido tomando con su ejército un reino ansiado. Mi necesidad de él era tan acuciante, tan dolorosa, que me entregué sumida en un delirio enardecido.
Nos besamos con tal violencia que nuestros dientes chocaban y nuestras lenguas batallaban, que nuestras manos se hundían con hosquedad en la piel del otro, afanosas por encontrar un alivio a nuestra locura, una cura a nuestra hambre.
Se coló con premura entre mis piernas, manipuló sus calzas y me embistió con una rudeza que me envaró, arrancando de mí un grito que sesgó la quietud de la noche, como el aullido de un lobo.
Me aferré a sus poderosos hombros, y moví las caderas al unísono, con la misma vehemencia que él. En cada embestida sentía que moría un poco, mi vista se enturbiaba y el placer me sacudía con violencia inusitada. Se apartó de mi boca y me contempló con el rostro constreñido de placer y dicha.
—¡Bésame! —supliqué con desespero.
—No.
Gruñía y gemía enardecido mientras clavaba su ardiente mirada en la mía.
—Quiero... ver... tu rostro... No quiero... que vuelvas a... desaparecer —jadeó.
—Nunca, mi amor —respondí.
Sus acometidas se intensificaron. El golpeteo seco de la carne contra la carne, el sentirme tan llena de él, tan cobijada en su cuerpo y él en el mío, me recordaron la larga ausencia sufrida este tiempo atrás, el dolor soportado y el hambre contenida. Y de mí escapó un sollozo.
Arqueó el cuello hacia atrás, alzó el rostro a la luna y dejó escapar un alarido, mitad humano mitad animal, que me erizó la piel.
El sonido reverberó en la noche como el manifiesto de un cántico espectral, como el hechizo de una völva , como el aliento de una criatura mágica que pende pesada sobre el bosque, enmudeciéndolo.
Se derramó en mí, tensando todo su cuerpo, y no sólo era placer lo que manaba de él, era la misma emoción que me estrangulaba a mí.
Era el inmenso alivio por hallar cuanto necesitábamos.
Esa sensación de plenitud, de sentirnos completados, de dicha compartida, de liberar cuanto aguijoneaba nuestros maltrechos corazones.
De reencontrar algo que creímos perdido para siempre.
Hundió el rostro entre mi cuello y mi hombro y sollozó con violencia.
Lo abracé con toda la fuerza de la que fui capaz, y lloré con él.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que encontró las fuerzas para incorporarse sobre mí y clavar su enrojecida mirada en la mía.
—Necesito que me hagas una promesa —consiguió mascullar.
Asentí con una sonrisa afectada.
—Promete que no desaparecerás con el día.
—Y tú promete no soltarme nunca.
—Nunca lo hice y nunca lo haré.
Me abracé de nuevo a él, susurrando en su oído cuánto lo amaba.
—¡Estás temblando! —exclamó con asombro.
Se irguió apenas para escrutarme con aguda atención.
—Está helando —contesté pragmática.
Arrugó el entrecejo, paseó la mirada por mi desnudo torso para terminar indagando en mi rostro.
Y, de repente, un destello iluminó sus ojos, una llama de conocimiento tildó sus facciones y su boca se abrió demudada.
Recibió un golpe de realidad tan grande que palideció y enrojeció casi al unísono.
Agrando los ojos y palpó con creciente curiosidad mi mejilla, mi rostro, mis cabellos.
Gimió sobresaltado ante mi innegable consistencia. Acto seguido, se inclinó nuevamente hacia mi pecho y pegó la oreja a mi corazón. Yo podía oír el suyo atronar agitado.
—¡Por los dioses, late!
Se incorporó con las palmas de las manos hundidas en la hierba a ambos lados de mi cuerpo. Jadeaba impresionado.
—No es posible... moriste en mis brazos —exhaló turbado.
—Cuando Eyra quiso ofrecerme cristiana sepultura, se dio cuenta de que estaba viva. Creo que le debo a mi religión estarlo, pues, si me hubiera dispensado vuestro ritual pagano, nada habría quedado de mí.
Se puso de inmediato de pie y a mí con él. Me cogió en brazos, estrujándome contra su pecho, y caminó a buen paso.
—¿Adónde me llevas?
—Vas a demostrarme que no estoy soñando.
Recorrió el sendero hasta el gran skáli ; cuando me apercibí de que pretendía entrar conmigo en sus brazos, me debatí un poco.
—Deja al menos que me cubra.
Aflojó su abrazo y maniobré arduamente para recolocar la parte superior de mi túnica. Gunnar clavó su llameante mirada en mis pechos antes de cubrirlos, con esa expresión desgarrada entre la realidad y la ilusión, en la que la esperanza afloraba a pasos agigantados.
—Lista.
Le sonreí y besé su mejilla. Se estremeció y me miró con semblante grave, aunque podía ver cómo la ilusión crecía en su mirada.