Capítulo 18 #2
—Ármate —ordenó iracundo—. No eres una mujer, eres una perra insufrible, una loba sibilina. Eres un guerrero que habré de matar o tomar para tranquilidad de mi alma.
Miré a mi alrededor y luché por no perder el control; localicé una espada junto a la empalizada y fui por ella seguida por el cuervo más ofuscado que jamás existió.
—Anoche la tomé —silbó entre dientes—, Ragnhild fue mía.
Empuñé mi espada y me coloqué en posición.
—Y no lo consiguió, mi futura reina no lo logró.
Fruncí el ceño y lo observé temerosa y desconcertada.
—¿Qué fue lo que no logró?
—Hacerme sentir una mínima parte de lo que tú me provocas, tan sólo estando en la misma estancia que yo.
Halfdan retiró un mechón de su larga melena negra, separó las rodillas y cruzó su espada en el aire; el sonido me erizó la piel.
—¿Qué artero hechizo elaboró esa vieja völva para hacerme perder el juicio de esta manera?
Nos miramos desafiantes mientras deambulábamos en círculos.
—Existe una cura —musité—: dejadme marchar y el hechizo se romperá.
La boca de Halfdan se arqueó en una sonrisa insolente.
—¿He dicho que quiera curarme?
Negó con la cabeza, perpetuando esa sonrisa ladina. Su penetrante mirada me recorrió con lascivia.
—Lo que en verdad deseo —agregó estirando las palabras— es caer preso de tu hechizo, loba; lo que en verdad me corroe por dentro es la necesidad de hundir mi espada en ti... una u otra, la que prefieras.
Se frotó la visible erección que llenaba sus calzas y se lamió los labios.
—Ni la una ni la otra, mientras me quede un aliento de vida —sentencié apretando los dientes.
—Elegiré yo, entonces.
Y tras esas palabras, el cuervo desplegó sus alas.
Halfdan, con la velocidad de un ave rapaz, se cernió con vehemencia sobre mí.
Contuve con bastante fortuna las primeras estocadas.
En cada choque, el impacto recorría mi brazo en oleadas dolorosas.
No tuve más remedio que esquivar cuanto me fue posible cada envite.
En mi continuo retroceso, cada vez más debilitada, más angustiada, me apercibí de que me estaba acorralando contra el extremo del cercado.
Cuando mi espalda tocó la valla, Halfdan frenó mi estocada con su espada, pegó la frente a mi acero y lo hizo retroceder con la cabeza hasta acercarse a mi rostro. De un solo e impaciente movimiento, me desarmó y apresó mis labios.
Lo mordí y él gruñó.
Pero no desistió: su lengua incursionó en mi boca con la violencia de una furibunda ola contra un acantilado. Jadeé y lo empujé, lo golpeé y sólo conseguí animar su pasión.
—Esta noche, loba, serás mía, o los dioses bajarán del Asgard dejando sus tronos a los hombres.
Me debatí impotente. Lo maldije, y giré la cabeza evitando su boca. Halfdan, desesperado, me sujetó por la melena y tiró de ella hasta alzarme el rostro.
—No luches contra tu destino; Odín te trajo hasta mí, y mi reina serás.
—Ni me llamo Ragnhild ni puedo daros hijos; romperías la profecía, atraerías la desgracia sobre vuestro pueblo y la ira de los dioses.
Halfdan me miró largamente, embebiéndose de mi rostro.
—Ya tengo a quien va a dármelos. Ahora conseguiré lo que realmente quiero, una reina guerrera que batallará conmigo fuera y dentro del lecho.
—¡No soy vuestra reina! —repliqué furiosa.
—No, no lo es.
Nos volvimos hacia esa voz fría, grave y susurrante.
Gunnar nos observaba cabizbajo; sobre su cabeza, la de aquel lobo desecado. En su poderoso y desnudo pecho, cubierto por la plata de una luna llena, unos extraños símbolos destacaban en complejos trazos oscuros.
—Ella es mi draugr —susurró quedo—, el fantasma que me persigue, y mi nidstang , mi maldición, la muerte que tanto anhelo, pero que me rehúye.
Contuve la respiración y sentí que el corazón se detenía en mi pecho, que la sangre se agolpaba en mis miembros y la cabeza giraba sin parar.
—Ella, rey Halfdan —continuó amenazante—, es mía incluso muerta.
No entiendo por qué intentáis atrapar un fantasma, ni por qué la veis con tanta claridad como yo, sólo sé que verla en los brazos de otro hombre, rey o no, me desquicia, a pesar de saber que es el envoltorio que usa Loki para torturarme.
—Arrebátamela, entonces, ulfhednar .
Halfdan me liberó y se encaró a Gunnar. Ambos afianzaron sus pies, sopesaron sus aceros y se desafiaron ceñudos y concentrados.
—Gunnar —proferí en un quebrado hilo de voz que logré arrancar de mi cerrada garganta.
Ambos me ignoraron. Se observaban tanteando sus fuerzas, escudriñándose con fiereza.
—¿Te enfrentas a tu rey por un fantasma? —recriminó Halfdan.
—Pelearía por ella hasta convertida en piedra.
Halfdan fue el primero en descargar un mandoble que Gunnar contuvo con maestría.
Deseé gritar que no era un fantasma, deseé abalanzarme a sus brazos, deseé llorar de impotencia, pero supe que cualquier movimiento rompería su concentración, haciendo peligrar su vida.
Me obligué a permanecer inmóvil con el corazón sangrante de agonía.
Clavé las uñas en la empuñadura de la espada y observé cómo luchaban aquellos dos formidables gigantes.
Gunnar mostraba una ferocidad que yo jamás había visto, pero, a la vez, una frialdad y un control sobrecogedores.
Sus largas trenzas se mecían en cada giro; la cabeza del lobo se reclinó como una capucha, danzando de un lado a otro en cada movimiento, confiriéndole la ilusión de estar vivo, como si se debatiera tras su espalda presto para saltar sobre su enemigo.
Aquella impactante imagen de verlo luchar como un letal depredador, de ver su hermoso cuerpo, surcado por extraños símbolos, su amplio y remarcado pecho atravesado por cintones de cuero, sus rasgados ojos entrecerrados centrada en la pelea, ausente de todo excepto de su enemigo, encogió mi estómago.
¿El dolor podía cambiar tanto a un hombre?
Halfdan se afanaba en resistir los mandobles que tan certeramente descargaba Gunnar; aun así, se vio obligado a retroceder en su posición, abrumado por la rapidez de su adversario.
—Probé el sabor de tu draugr , y no fui el único que tomó su boca —musitó de forma entrecortada Halfdan, como artimaña de distracción—. Es deliciosa esa perra lujuriosa tuya —agregó regalándome una fugaz mirada anhelante.
Gunnar lo fulminó con la mirada; la luna destelló en sus claros ojos. Apretó los labios, frunció el ceño y enconó sus continuos lances.
—Probasteis los labios de Loki, miserable, no los de ella —silbó entre dientes.
—Permíteme demostrártelo.
Halfdan retrocedió sin volverse, alargó una mano y apresó mi brazo con fuerza, acercándome a él.
Gunnar se detuvo con la espada alzada y la mirada indescifrable.
Halfdan sonrió malicioso y, sin dejar de apuntar su acero hacia Gunnar, me pegó a su costado, rodeando mi cintura con la mano libre.
Su mirada brilló ladina.
—Aunque no lo parezca, te estoy otorgando un gran favor —me susurró—, uno que espero me sea devuelto algún día.
—¡Soltadme, cuervo repulsivo!
Y tomó mi boca con vehemencia. Lo empujé fútilmente y pateé su pantorrilla.
Oí un movimiento delante de nosotros y, antes de poder discernir lo que ocurría, Halfdan me puso de parapeto frente a él, ante el ataque de Gunnar.
Frenó su espada cuando casi ya rozaba mi pecho.
—¿A qué esperas? Ella es sólo una ilusión, se diluirá ante nosotros y no habrá motivo que nos enfrente —incitó el rey.
Gunnar se sumergió en mis ojos; el dolor que había en ellos era abrumador.
—No quiero que desaparezca, por mucho que me atormente.
—Soy yo, amor mío, estoy viva, vine por ti —gemí desesperada.
—¡Entonces, llévame, llévame de una maldita vez! —suplicó con voz quebrada—. ¿Es éste, pues, mi final, mi Freya? ¿He de caer bajo el acero de mi rey? ¿Serás tú la valquiria que me guíe al Valhalla?
Cayó de rodillas ante nosotros e inclinó derrotado la cabeza.
—He deseado tanto este momento —musitó en un apagado hilo de voz.
Intenté zafarme de Halfdan, las ganas de abrazarlo me desgarraban. Las lágrimas inundaban mis ojos y la impotencia deshacía en amargor la ira que me sacudía.
—En tus manos está, loba, tú decides su destino.
Halfdan acercó la boca a mi oreja, aspiró mi aroma, su mano se abrió contra mi vientre, ciñéndome contra su cuerpo, en mis nalgas noté su dureza. Supe lo que esperaba de mí, como supe que le daría cuanto me pidiese.
—Conoces mis deseos como yo los tuyos.
La risa apagada del rey me sacudió con él.
—Bien. —Me soltó fijando la mirada en Gunnar, quien, inclinado, esperaba su final—. Disfrutad mientras yo os lo permita; pronto será mi turno y no admitiré tretas, ni réplicas.
El rey se alejó a grandes zancadas; volutas de aliento envolvían su cabeza fundiéndose con la noche.