Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 54
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Capítulo 54

LUKE

Me agarro con fuerza la tela del pantalón para intentar contener el temblor de mis manos. El corazón me late de forma frenética, a un ritmo inversamente proporcional a cómo siento el movimiento del mundo, que parece paralizado.

Sentado en el asiento del copiloto, miro a través de la ventanilla. Hay una casa pequeña, con una valla blanca y una puerta de color azul. Casi se me antoja el hogar de una familia feliz.

Casi.

—¿Es ahí? —pregunto a Cole, que está a mi lado. Mi voz es apenas audible, no me sale nada más de dentro.

—Sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo hemos investigado. Hails y yo.

Mi hermana va sentada detrás. Ella también mira la casa, aunque sus ojos no reflejan el mismo miedo que los míos. ¿Cómo iban a hacerlo? Ella no tiene mis recuerdos, ni mis heridas, ni mis traumas.

Cuando me hablaron de esto, me invadieron las dudas. Ahora, aunque tengo claro que es un paso necesario para cerrar esa etapa de mi vida, ese mismo miedo me invade de nuevo. Me bloquea, me acongoja.

—Podemos ir juntos —comenta Hails.

—Luego —respondo—. Primero quiero hacerlo solo, si no te importa —añado, pues ella tiene tanto derecho como yo.

—En absoluto.

—Te esperamos el tiempo que necesites —me dice Cole—. Vamos a estar aquí.

Asiento, sin comentar nada más.

La mano me vuelve a temblar cuando abro la puerta del coche, pero intento mantenerme firme. Camino hacia esa puerta azul mientras trato de controlar las respiraciones, pausadas, profundas. Necesito relajarme. Necesito…

La puerta se abre antes de que llegue y una mujer de mediana edad sale de la casa. El pelo rubio le cae hasta los hombros. Su mirada refleja el mismo verde que la de Hailey, la misma tristeza que esconde la mía.

Veo el instante exacto en el que sus ojos me encuentran y me reconocen. Las lágrimas que se apoderan de ellos, el gesto que se descompone, el ruido desgarrador que brota no desde la garganta, sino desde algún lugar oscuro del alma.

—¿Luke? ¿Eres…? Dios mío, Luke.

Se acerca hacia mí corriendo y me abraza. El universo se detiene y me siento un niño de nuevo. Mis brazos no se mueven, ningún músculo de mi cuerpo lo hace.

—Claire… —consigo decir. No mamá .

No me sale esa palabra. Esta mujer me llevó en su vientre, me parió, me cuidó durante los primeros años de mi vida y luego se desentendió de mí y me dejó a merced de un mundo demasiado grande para mí.

La mujer llora con más fuerza, aferrada a mí como si se aferrara a la vida.

Se sostiene en mí como debería haberme sostenido ella en el pasado.

Y noto el arrepentimiento, la pena, incluso el amor.

Lo noto y me rompe un poco más por dentro.

Porque, a pesar de todo, una parte de mí siempre la ha querido.

Quizá no a la mujer que es hoy día, pero sí a la que fue en el pasado.

—Pasa a casa, ven, tenemos tantas cosas de las que hablar —comenta, tan nerviosa que las palabras se le atragantan unas con otras.

—Está bien aquí —respondo, y es curioso, porque a mí me ha vuelto un poco el temple.

—Hace tanto tiempo que quiero buscarte…

—Pero no lo has hecho —replico con dureza—. No me has buscado. Ni a mí, ni a Hailey. Nos dejaste solos, por nuestra cuenta.

—No sabía cómo hacerlo… ¿No podemos ir dentro, por favor? Hay tantas cosas que tengo que decirte. Tantas cosas de las que me arrepiento…

Miro un instante hacia el coche. Cole y Hailey están ahí, mirándome mientras me dan mi espacio. Están haciendo esto por mí.

«Ve. Esta es la última tormenta que te queda», me dijo Camille.

Los Jenkins suelen hablar de esa tristeza que está intrínseca en mi mirada, en mi piel. En el fondo, a pesar de la terapia, a pesar de sanar heridas, yo también he sabido siempre que esto era un capítulo sin cerrar en mi historia. Una etapa de la infancia que condicionó toda mi vida después.

Ahora la tengo aquí, puedo encargarme de ello. Puedo terminar de desbloquear esas partes de mí que me he empeñado en esconder.

Les dedico una pequeña sonrisa a ambos y asiento mirando hacia Claire.

—Hablemos —le digo.

Me acompaña al interior de su casa. Hay un pequeño recibidor decorado con flores y velas. A la izquierda se abre un salón. Me señala el sofá para que lo ocupe, aunque ella se queda de pie.

—¿Quieres tomar algo? ¿Un café, un té…?

—No quiero nada, gracias.

—Claro, por supuesto. Dios mío, se me hace tan extraño que estés aquí. Mírate, eres todo un hombre ahora.

—Han pasado más de veinte años, ¿qué esperabas?

—¿Te he seguido, sabes? Por la tele. Yo, aficionada de los Eagles, ¿quién lo iba a decir? —suelta una pequeña carcajada nerviosa y se sienta a mi lado, guardando una distancia más que prudencial.

—¿Has visto mis partidos? —pregunto, confundido.

—No me pierdo ninguno. También me he leído los libros de Hailey. Sois los dos tan increíbles. Estoy muy orgullosa de vosotros. Mucho.

Se tapa la cara cuando rompe a llorar de nuevo.

Hay un montón de reproches que tengo dentro, pero no me veo capaz de sacarlos ahora, mientras Claire está tan devastada. Tampoco la consuelo. Me quedo quieto, inerte, incómodo.

—No lo entiendo —confieso al final—. ¿Por qué no nos has buscado nunca? ¿Por qué te has conformado con seguir nuestra trayectoria a través de nuestros logros?

—¿Cómo iba a buscaros después de lo que os hice?

Yo… Dios, os abandoné —solloza—. Me perdí tanto en mi dolor y en mi pena, que me olvidé de lo demás.

Me olvidé de vosotros. ¿Cómo iba a volver a miraros a la cara?

Sois mis hijos. Erais mis pequeños, lo más maravilloso que he tenido en la vida, y no os supe cuidar.

Perder a Lucy me cegó tanto, que me perdí a mí misma.

No me di cuenta de que los años seguían pasando, de que la vida seguía pasando.

Hasta que un día, de repente, estaba sola.

No solo había perdido a mi pequeña, vosotros también os habíais ido.

No os he buscado nunca porque no tengo derecho a hacerlo, porque no os merezco.

A Lucy la atropelló un coche, pero vosotros… A vosotros os atropellé yo.

Su voz se rompe del todo y llora sin control, desesperada. Los ruidos me fragmentan el pecho y se cuelan por mis grietas. Ahora mismo no me importa si odio a esta mujer, porque lo único que me sale es abrazarla y llorar con ella.

Noto su dolor, su pena, su culpa. La noto porque yo también la he sentido, porque a mí me ha destrozado de la misma forma. En su caso debe de ser peor, porque la mía se me antoja reparable, pero la suya no.

Nos deshacemos en lágrimas un rato, sin soltarnos, hasta que me separo. Me seco la cara a manotazos e intento recuperar la compostura.

—Sé que lo que sufriste fue una depresión severa —digo entonces, intentando sonar racional en un momento donde lo que me mueve no es la mente, sino las tripas—, que tus comportamientos de entonces estaban condicionados por eso.

Lo sé, pero eso no quiere decir que pueda perdonarlos.

Hailey y yo crecimos sin padres, sin más familia que nosotros mismos.

Peor aún, yo crecí sintiéndome culpable por no haber sabido cuidar de Lucy, por haber roto nuestra familia.

He ido a terapia durante años, he comprendido que no fue mi responsabilidad, pero hay cosas que ya no puedo cambiar.

—Nunca fue tu culpa —asegura, la voz quebrada otra vez—. Mi dulce niño, tú eras tan pequeño también… Yo debería haber vigilado a Lucy. Yo, no tú. Puedes odiarme lo que quieras, me lo merezco, pero créeme en eso. Fue mi culpa. Mía y solo mía.

—No, Claire —afirmo, pese a que mis palabras no suenan tan firmes como me gustaría—. Tampoco fue tu culpa. A Lucy la atropelló un coche que circulaba a toda velocidad por una vía cuyo límite era 25 millas por hora. La culpa fue del conductor, de nadie más.

—He soñado tantas veces con volver atrás y hacer las cosas de otro modo…

—Lucy se fue, no podemos cambiar eso, pero Hailey y yo seguimos aquí.

Las palabras flotan entre nosotros como algo frágil, fácil de romper. Claire me mira con los ojos enrojecidos, conteniendo el aliento, como si no se atreviese a estropear ese hilo invisible que se ha creado en este instante.

—Lo sé —susurra—. Daría cualquier cosa por haber estado ahí para vosotros. Cualquier cosa.

No respondo de inmediato. Me levanto del sofá y camino hasta la ventana.

Desde ahí veo el coche. Cole y Hails han salido y hablan entre ellos, nerviosos.

Ambos observan la casa como si se tratase de un fantasma.

Mi mirada se cruza con la de mi hermana y le hago un gesto sutil, que entiende a la perfección.

La veo coger aire antes de encaminarse hacia esa puerta azul, con Cole a su lado.

—No he venido a reprocharte nada —digo al fin, sin girarme—. Tampoco para perdonarte.

—Entonces… ¿por qué?

Aprieto la mandíbula para contener las lágrimas. No quiero romperme otra vez. No ahora que Hails va a entrar, que va a necesitarme fuerte.

—Porque necesitaba verte, ponerte un rostro real y dejar de imaginarte como un fantasma —respondo con sinceridad—. Necesitaba perdonarme a mí mismo. Necesitaba calmar mi última tormenta.

No sé si eso la consuela o la hiere más. La oigo sollozar de nuevo, pero no me acerco.

Escuchamos cómo se abre la puerta y unos pasos en el recibidor. No ha puesto cerrojo al pasar.

Hails se asoma con timidez, mientras Cole se mantiene a su espalda.

Claire se levanta de un salto en cuanto la ve.

—¿Hailey? —Me dedica una mirada de incomprensión, como si no entendiera por qué ha venido también, y se lanza hacia ella para abrazarla.

Aunque yo me he quedado paralizado, mi hermana sí reacciona y le devuelve el gesto. No hay la misma intensidad, pero al menos no se ha quedado bloqueada.

—Mírate, has crecido un montón —le dice a Hails.

Coloca las manos en sus mejillas y se separa unos centímetros para observarla mejor.

Hay un parecido más que evidente entre ellas—.

Estoy tan orgullosa de ti. De los dos. —De repente, cae en la cuenta de que hay alguien más en la casa y esboza una sonrisa triste al mirarlo—. ¿Cole Jenkins, verdad?

—¿Cómo lo sabes? —le pregunta Hailey.

—Ha seguido al tanto de nuestras vidas por las noticias —respondo yo, al ver que ella no lo hace.

—Mis niños, mis dulces niños… —vuelve a sollozar.

Ninguno de los dos la corrige. Ya no somos niños, sino adultos funcionales. Que ella se haya perdido todos esos años no quiere decir que no hayan sucedido.

—Hemos construido una vida —afirmo—. Una buena. Tenemos a gente que nos quiere, que nos cuida. Hemos aprendido a estar bien, a ser felices.

Claire asiente despacio, como si cada movimiento le costara un mundo.

—Me alegra. No me he ganado el derecho a estar en vuestra vida, me conformo con saber que sois felices. Yo…

No termina la frase, pero veo en ella la misma culpa que a mí me ha ahogado durante años.

No puedo perdonarla del todo, pero me doy cuenta de que tampoco puedo seguir odiándola con la misma intensidad.

Ese rostro roto por el dolor, esa postura encogida en sí misma, como si el peso de la culpa la hubiese ido replegando hacia dentro.

—No puedo llamarte mamá —admito y, a pesar de todo, a pesar de que ella misma ha dicho que no tiene derecho de estar en nuestra vida, veo cómo esas palabras la rompen un poco más—, pero tampoco puedo seguir odiándote.

—Levanto las manos cuando veo que va a decir algo—.

No te estoy perdonando. Hails y yo solo éramos unos críos cuando nos quedamos solos.

Nos ha costado mucho trabajo salir adelante, sobre todo a mí, porque me crie con unos demonios que crecieron conmigo.

Supongo que, lo que quiero decir, es que puedo dejar la puerta entreabierta, nada más.

Los labios de Claire tiemblan. Asiente una vez, luego otra, incapaz de hablar.

—Por supuesto, estoy hablando por mí —puntualizo—. Hails puede tomar sus propias decisiones.

—Creo que yo opino igual —responde, con la voz trémula. Apenas le sale del cuerpo. Supongo que no se ha preparado para una conversación así.

—Gracias, chicos —logra decir Claire—. De verdad. Gracias por venir a verme, por hacer que sea tan sencillo estar orgullosa de vosotros, por haberlo hecho tan bien, aunque yo os fallase tanto. ¿Puedo abrazaros de nuevo? Por favor. Antes de que os vayáis.

—Sí —afirma Hailey.

Yo me limito a asentir, con los labios apretados.

Claire nos abraza a los dos a la vez, llorando de nuevo. Hails se rompe también y solloza con ella.

—Cuídate —comento al separarnos.

Salimos los tres al exterior tras una despedida rápida. El aire frío me golpea en la cara y me ayuda a respirar de nuevo. Caminamos juntos hasta el coche y nos detenemos al lado.

—¿Cómo estáis? —pregunta Cole, intercalando la mirada entre ambos—. Eso ha sido bastante fuerte.

—No sé cómo sentirme, la verdad —admite Hailey—. Estoy enfadada, pero también me da pena. ¿Eso es normal?

—Claro que es normal. Tampoco hay una forma correcta de actuar aquí, tenéis que hacer lo que os digan las tripas.

—A mí me dicen que no sé si alguna vez podré perdonarla del todo, pero que quiero conocerla —confiesa Hailey—. No como mi madre, solo como… como Claire —termina, sin otra palabra para definirlo mejor.

Cole sonríe y le da un beso en los labios.

—¿Y tú? —me pregunta mi hermana.

—Todavía no sé qué hacer con ella, pero sí tengo claro cuál va a ser mi siguiente paso.

—¿Volvemos a Harper Springs?

—No. Me voy a Filadelfia.