Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 23
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Capítulo 23

CAMILLE

Las horas pasan volando mientras trabajamos y, aunque los días han empezado a extenderse y cada vez hay más horas de luz, el cielo empieza a oscurecer demasiado pronto.

Aprovecho el segundo descanso para volver a llamar a Suzanne y preguntarle por Caden. Mi hijo está disfrutando tanto, que ni siquiera viene a saludarme. Me gusta que esté entretenido, por eso no me sorprendo cuando decide que sí va a dormir allí con todos sus amiguitos.

—Me rechaza —bromeo con Luke cuando cuelgo—. Prefiere a Becca.

—Chico listo —me sigue el juego—. Nos hemos ganado unas cervezas, ¿no crees?

—Nos hemos ganado una botella de vino blanco, por lo menos. En cuanto tenga electricidad y pueda conectar un frigorífico —termino riendo.

—No te preocupes, porque tú no tienes a Caden y yo tengo una cabaña a cinco minutos de aquí.

—Me gusta cómo piensas —le concedo—. ¿Puedo ducharme allí? Normalmente me doy un manguerazo en el jardín, pero agradecería el agua caliente.

—Te acuerdas de que la cabaña es de tu hermano, ¿verdad? No tienes que pedirme permiso.

—Claro que tengo que hacerlo, te la ha dejado a ti.

—Aun así, a mí tampoco tienes que pedirme permiso para ducharte. Sobre todo porque hueles fatal.

—Si te viesen ahora los de Rabanne, no dejarían que volvieses a publicitar ninguna de sus colonias.

—Quizá sí, sería una excelente campaña. Un obrero sudado que se transforma en todo un caballero con unas gotas de perfume.

—No conocía esa faceta tuya de Emily en París .

Me río, pero he de admitir que tiene razón.

Incluso así, con las pintas que tiene, Luke es atractivo.

Me miro, con mi pantalón corto lleno de polvo, una camiseta vieja y agujereada y una coleta mal hecha y despeinada y me doy cuenta de que el anuncio no tendría el mismo efecto si lo hiciesen conmigo.

No es por falta de autoestima, es simplemente que la cara y el cuerpo de Luke lo esculpieron con más cariño, mientras que yo me considero mona, sin más.

Nos subimos los dos a mi coche para no manchar el suyo, que es más nuevo y está en mejores condiciones. El trayecto dura apenas tres minutos, y aprovecho para estropear la canción de Dido que suena en la radio.

—Tómate tu tiempo, yo voy a encender la chimenea, a preparar algo rápido de cena y a darme un agua también —me dice una vez llegamos.

—Perfecto.

Mientras vuelvo a utilizar el champú de piruleta de Hails, me doy cuenta de que últimamente me ducho más veces en esta cabaña que en mi propia casa.

Intento ser rápida para no abusar de su consideración y ayudarle con la cena. Al salir, no lo veo en el salón e imagino que está en el baño todavía.

El fuego crepita en la chimenea y el ambiente huele genial. Hay una ensalada a medio preparar y unos noodles cocinándose a fuego lento. Tomo el relevo de Luke y me encargo de terminar y poner la mesa en el embarcadero.

Sale del dormitorio de mi hermano envuelto con una toalla blanca que solo le cubre la cintura y deja su torso al descubierto.

—Creía que estarías todavía duchándote —se disculpa.

Yo me quedo mirando unos segundos de más sus pectorales, antes de desviar la mirada hacia la cocina y aclararme la garganta, porque se me ha quedado algo ahí atascado.

—No iba a dejar que lo hicieras tú todo otra vez. Vístete, te espero fuera.

La cena transcurre con normalidad, hablando sobre la reforma, también sobre mi hermano y Hails.

Recogemos entre los dos y nos sentamos en los sillones junto al embarcadero.

Flexiono las rodillas y me las abrazo. Apoyo la cabeza encima y observo las suaves ondas que se mueven en el lago, reflejando una luna llena y enorme que ilumina la noche.

—Mañana llegan nuestros hermanos —comenta—. ¿Queréis acompañarme al aeropuerto?

—Claro. Caden no se lo perdería por nada del mundo.

—Tengo las expectativas muy altas con el festival. Espero que se cumplan.

Me río sin explicar nada.

Nos sumimos en un silencio que no molesta. Es un ambiente cómodo, relajado. Trae cierta paz a la mente terminar un día así, sin sobresaltos.

Giro la cabeza para observarlo. Al principio creo que se ha dormido, porque tiene los ojos cerrados, pero los abre en cuanto siente mi mirada clavada en él y me observa de vuelta.

—¿Pasa algo? —pregunta con interés.

—Estaba pensando en una cosa que siempre dice mi madre.

—¿El qué?

—Que dentro de ti parece haber una tristeza infinita, y antes te miraba y sabía a qué se refería, pero ahora ya no la encuentro. Te veo más… feliz.

Luke parpadea, sorprendido por mis palabras. No habla de inmediato, sino que las medita, como si él también acabase de percatarse de ello.

—Una parte de mí siempre albergará esa tristeza, pero también creo que puedo ser feliz de todos modos —termina diciendo.

—Te está sentando bien Harper Springs. Fuese lo que fuese lo que te preocupara antes de venir, ahora mismo no parece existir.

—Ni siquiera sé qué me pasa, eso es lo peor —confiesa—.

Si lo supiera, podría identificar el problema e intentar buscarle solución.

Pero es que no sé cuál es el problema. Me noto distraído, como si tuviese la cabeza en otra parte, solo que no sé en dónde.

Salgo al terreno de juego y no me siento conectado con el fútbol.

Y me frustra, me frustra muchísimo, porque el fútbol es una de las cosas más importantes de mi vida, no sé quién sería si lo perdiese.

—No tienes que perderlo, no estás acabado. Una mala temporada la puede tener cualquiera.

—¿Y si no es solo una mala temporada? ¿Y si dejo de ser… Luke Bedford? —pregunta sin apartar la mirada de mí.

Intuyo el miedo tras sus palabras y algo se remueve dentro de mí al verlo tan expuesto, tan vulnerable. Alargo la mano para coger la suya y le doy un apretón cariñoso.

—Siempre serás Luke Bedford. Eres una persona increíble. El país entero ha coreado tu nombre y volverán a hacerlo, estoy segura de ello.

—Estas semanas aquí me están sirviendo para darme cuenta de que no sé si es eso lo que necesito.

—¿A qué te refieres?

—Es genial que tanta gente te aclame y te diga lo bueno que eres, pero todas esas personas son desconocidas. Creo que no necesito que una multitud sin rostro ni nombres me idolatre, necesito que me valore un grupo reducido de personas que de verdad me importen.

—Ese grupo ya lo tienes, Luke. Y también te adoramos.

Me sujeta la mano con más firmeza y desliza los dedos, enlazándolos con los míos. Se queda mirando ese gesto compartido, sin decir nada. Yo tampoco hablo, no creo que sea lo que necesita en este momento.