Tras la tormenta de Harper Springs Capítulo 21
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Capítulo 21

LUKE

He pasado una noche horrible. Me costó conciliar el sueño una vez me metí en la cama. Me sentía avergonzado conmigo mismo por mis reacciones y pensamientos.

Me sorprendió tanto ver así a Camille, su cuerpo transparentado bajo la camiseta mojada, que no actué como debía.

Nos conocemos desde hace años y siempre le he tenido cariño.

Hace unos meses, de haber vivido la situación que vivimos ayer, hubiese bromeado con algún comentario jocoso dicho sin mala intención, nos hubiésemos reído y fin del problema.

Lo que pasó fue muy diferente, para empezar, porque se me puso dura al instante.

Estaba jodidamente sexi, con el pelo empapado y toda su figura expuesta.

Creo que este tiempo que estamos pasando juntos está haciendo que deje de percibirla como la hermana de Cole y lo haga solo como Camille, una mujer guapa e independiente que, además, es una buena amiga.

Tengo que volver a verla como lo que es antes de meterme en un berenjenal del que sea más complicado salir.

¿Qué clase de hipócrita sería si, después de todo lo que pasó con Cole y Hails, hiciese lo mismo?

Así que he pasado la noche reorganizando esos pensamientos hasta hacerlos desaparecer del todo. Por la mañana he salido a correr, una ducha rápida, un desayuno que no ha sido incómodo porque Caden ha estado ahí, y todos nos hemos ido de la cabaña.

Ellos tenían asuntos pendientes y yo voy a aprovechar para ayudar al comité de organización del festival de Herencia de la Primavera con el dichoso cartel publicitario. Se me ha ocurrido una buena idea y ya he quedado con Ruth para ponerla en práctica.

Aparco en el exterior del granero situado en la avenida principal, donde ya se congrega una buena cantidad de coches.

Hay multitud de personas ayudando. Gente cortando flores, montando ramos, colocando guirnaldas, pelando manzanas, barriendo calles…

Todo el mundo parece dispuesto a convertir esta festividad en algo especial y único.

Ruth viene enseguida a recibirme, con una sonrisa y un abrazo.

He quedado con ella aquí porque tienen todo el material necesario para el cartel.

En el primer boceto que hicieron, Ruth dibujó a una mujer con un traje del siglo XIX.

Pese a sus buenas intenciones, no era su punto fuerte.

Por eso vamos a optar por una fotografía.

Junto a ella, como una manada de leonas, se acercan Molly, Helen y Amelia.Durante mis primeras visitas a Harper Springs, les tenía auténtico pavor. Ahora ya he aprendido a manejarlas, más o menos.

—Nuestro salvador —comenta Molly y deja escapar un suspiro dramático.

—He traído la cámara para la sesión —afirma Ruth y me conduce hasta una mesa para enseñármela.

No consigo esconder mi cara de sorpresa al ver la máquina antigua que me entrega. Ni siquiera estoy seguro de si hará las fotos a color o en modo sepia, o directamente si funcionará.

—Solo disponemos de esta. Era de mi abuelo, tiene un pequeño defecto y sale un reflejo en la parte inferior, pero es de buena calidad.

—Antes las cosas se hacían mejor, no como ahora, que todo se rompe a los pocos años —añade Amelia.

—No sé si voy a saber utilizarla —confieso mientras la trasteo—. De todas formas, no te preocupes por la cámara. Puedo utilizar mi móvil.

Tengo el último modelo de iPhone, cortesía de la marca, y será más que suficiente para un cartel en el pueblo.

—Este trasto que me compró mi hija no tiene ni cámara —protesta Molly y me enseña su teléfono. No lo reconozco, pero imagino que su hija se lo ha regalado por esos números grandes que seguro que la anciana ve sin problemas, y no pensando en ninguna otra prestación.

—Vale, pues ya tenemos una cosa solucionada. —Ruth vuelve a coger el mando—. Ahora falta escoger a los modelos. Hemos preparado un fondo precioso.

Me conduce hasta el lugar elegido. Han montado un arco repleto de flores. Tulipanes de distintos colores se mezclan con lirios y paniculata recreando una escena que parece típica de una boda.

—Luke, ponte ahí y te hacemos la foto —me ordena Helen—. Ya hemos hablado de que con su cara no necesitamos más publicidad.

—¿Y su cuerpo? —opina Molly—. No te lo tomes a mal, nosotras somos ya mayores, pero seguro que tienes una tableta de esas de las que presumen ahora los jóvenes.

—Lo estáis cosificando —las acusa Amelia y fulmina a ambas con la mirada.

—¿Cosiqué? ¿Eso es algo de coser? —pregunta Molly, confundida.

Yo las observo conteniendo la risa.

—¡No quiero que sea así! —exclama Ruth alzando el tono de voz—. No te ofendas, Luke, sé que eres guapo, pero no busco eso para el cartel. Quiero que refleje el espíritu de esta fiesta.

—¿Y cuál es el espíritu de la fiesta? —indago con interés. Esta es la información que me interesa si quiero hacer un cartel a la altura de su ilusión y expectativas.

—El festival de la Herencia de la Primavera lleva celebrándose más de cien años.

Empezó cuando Edmund Atwood, que entonces era el alcalde del pueblo, se enamoró de Margaret y, para conquistarla, llenó Harper Springs de flores para celebrar la primavera, la estación favorita de Margaret.

Se terminó convirtiendo en tradición y cada año incluían cosas nuevas.

Competiciones al mejor ramo, al mejor atuendo, al mejor postre de manzana, a la búsqueda del tulipán dorado…

—Y un baile —menciona Amelia—. Esa es mi parte favorita.

—¿Un baile?

—Sí. Lo hacemos al aire libre, en la plaza frente al Ayuntamiento, por eso nos esmeramos para que quede más bonita.

—El caso es que esta fiesta es algo más que una cara guapa. Ya forma parte de las raíces de nuestro pueblo y quiero que eso se vea reflejado en el cartel.

—Me parece perfecto, Ruth —respondo—. Me has dado una idea brillante.

—¿Qué necesitas que hagamos, entonces? ¿A quién ponemos bajo el arco de flores?

—Es una decoración maravillosa, pero creo que no va a mostrar la esencia que queréis mostrar.

Lo que necesito es que todo el mundo que pueda se ponga la ropa de época y que actuéis como si lo estuvieseis preparando y celebrando.

Yo iré tomando fotos. No poséis ni miréis a cámara.

Todo tiene que ser natural. Creedme, así quedará más bonito.

—Está bien, pero tú también tienes que vestirte. Hemos escogido un traje para ti.

—Yo soy el fotógrafo… —empiezo a protestar, pero las miradas de las cuatro ancianas me hacen cerrar la boca—. Está bien. Pues manos a la obra.

Las mujeres asienten y enseguida se ponen a dar órdenes a la multitud que se congrega aquí. A mí me dan un pantalón ajustado color crema, una levita azul marino y una camisa blanca. Al menos, me dejan quedarme mis deportivas.

Aunque no soy fotógrafo profesional, he aprendido lo suficiente sobre el tema como para poder encargarme de esto.

Al principio es un desastre. Todo el mundo mira a cámara en cuanto me ve apuntándole con el móvil, sonríe y posan con las posturas más variopintas, sobre todo Molly, que parece sacada de un anuncio de dentífrico, o de dentaduras postizas.

Poco a poco, se van olvidando de mí y reanudan sus quehaceres.

Me muevo del granero hacia la plaza del Ayuntamiento, los parques, el mercado.

Tomo fotografías de Ruth montando un ramo, de Amanda colocando una guirnalda de luces alrededor de un tronco, de Hannah guardando manzanas en una cesta blanca, de Amelia riendo al tropezar y Anthony corriendo en su ayuda.

Después de un rato, Helen se acerca a mí con un vaso de limonada y una sonrisa en el rostro.

—Descansa un rato, te lo has ganado.

—Gracias.

Estoy a punto de sentarme en la hierba bajo la sombra de un almendro cuando distingo a Camille. Se ha vestido con un traje color malva, de mangas abullonadas y falda pomposa. No soy muy fan de este tipo de ropa, pero admito que a ella le queda mejor que a la mayoría.

Está de espaldas, oliendo un tulipán amarillo, y los rayos de sol se reflejan en su cara.

Vuelvo a coger el móvil y le hago una fotografía.

Miro el resultado en la pantalla y me quedo observándola unos instantes de más, aprendiendo nuevos detalles de su cara, como el hecho de que levante más la comisura derecha de los labios cuando sonríe de forma casi imperceptible.

Yo también sonrío por la inercia, como si fuese contagioso, convencido de que esta será probablemente la foto del cartel del festival.

—Hey —me saluda al verme y se coloca el tulipán en la oreja—. Ya veo que te han liado, como a todos.

—¿Lo dices por la ropa o por el trabajo de fotógrafo?

—¿Te han dejado usar el móvil en lugar de ese trasto viejo que siempre carga Ruth? Esa cámara tiene algo especial. Tiene un desperfecto, pero el resultado es mágico. Aun así, supongo que es mejor el móvil para la publicidad. Seguro que sale un cartel fantástico.

Pienso en la foto que acabo de hacer y asiento.

—Seguro que sí.

—¿Sabes? —dice, tras unos segundos de silencio cómodo en los que simplemente nos miramos—.

Creo que al final acabarás convirtiéndote en uno de los nuestros.

Siempre has venido de visita, pero nunca te has quedado tanto tiempo como para conocer Harper Springs en esencia.

Y aquí estás ahora, haciendo el cartel publicitario de una de sus fiestas más importantes.

—No podía negarme. Creo que Molly y Helen me hubiesen asesinado. —Pese a que bromeo, noto crecer una sensación cálida en el pecho, porque me gusta la manera en la que lo plantea Camille.

Ella se ríe y la imito. Se acerca un poco a mí, lo suficiente para distinguir el sol bajo sus pestañas, y el aire parece volverse más denso.

—Te queda bien el tulipán —murmuro, incómodo con el silencio que se forma entre nosotros, y lo rozo con los dedos—. Los amarillos son mis favoritos.

—También los míos —coincide.

La tensión se estira entre ambos en unos instantes en los que solo nos miramos. Estoy a punto de decir algo, no sé qué, cualquier cosa que rompa este momento, cuando un sonido brusco nos hace girarnos al mismo tiempo.

Amanda sostiene la vieja cámara de Ruth y nos apunta con una sonrisa triunfal.

—Creo que ya tenemos la foto del cartel.