Traps y Gretchen (Bayou Bishops nº 19) Ropes End
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Traps y Gretchen (Bayou Bishops nº 19)

Traps y Gretchen (Bayou Bishops nº 19)

Por Lucian Bane

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Ropes End

—¿Con cuál de ellos tengo que hablar? Esa es la pregunta —se dijo Traps a su único confidente, el aire, mientras caminaba por el borde del pantano detrás de su cabaña—. Fathom resuelve acertijos. Fin los remata. Fetch... ¿qué hace él? ¿Encuentra los acertijos? ¿Sabe cuáles merecen atención?

Mierda. Iba a tener que llamar a puerta fría.

Pero este lío era culpa suya y de nadie más.

No había vuelta atrás. Ni arrepentimiento posible.

Cuando entró a formar parte de los Doce, no conocía a sus hermanos como los conocía ahora.

Le ofrecieron el honor de trabajar para los Bishops y aquello fue...

guau. Cada fibra de su universo se deshizo en un solo instante y se puso firme para el deber.

Aquel caos que antes reinaba en su cabeza y su alma de pronto ardió con lógica y propósito.

Sin duda, aquello cimentó quién era, incluso mientras ocultaba sus peores partes, que más tarde descubrió que eran sus mejores partes.

Pero estaba el código del celibato. La trampa de todas las trampas.

La trampa oculta perfecta. Eso le permitía esconderse sin que nadie supiera que lo hacía.

La gente sabía de él solo lo que él quería.

Era Traps. Le gustaban las cuerdas de todo tipo.

Le gustaban los nudos de todo tipo. Ponía trampas de todo tipo.

Nada más. Era un cuerdólogo. Un fanático de las fibras, erudito en trampas. Titiritero de todo lo que cuelga.

La verdad que ocultaba sobre su obsesión con las cuerdas iba mucho más allá de lo visible.

Para quien mirara desde fuera, era un mono impresionante que ataba y amarraba, aseguraba, restringía, enredaba y apretaba.

Pero debajo se escondía lo bueno. Los hilos etéreos que componían las fibras de un alma.

Donde atar se volvía conectar, amarrar se volvía confianza.

Asegurar era seguridad, y apretar, control.

Como Lesion, que había usado todo su cuerpo para perfeccionar su oficio, Traps aprendió con el suyo todos los caminos de la cuerda.

Descubrió la libertad en aflojar y la protección en envolver.

La transformación en torcer y la anticipación en enrollar.

Y su compromiso con la cuerda era su nudo más grande.

El tirón de esa cuerda era su propio deseo furioso: sus intenciones e instinto, su destino y libre albedrío, todo bailaba en el tejido.

Sus elecciones se convirtieron en ataduras, sus miedos aprendieron la libertad.

Esa era la verdadera cuerda para él. En ese lugar sagrado interior, la lucha entre rendirse y controlar no tenía nada que ver con el arte de aferrarse.

La belleza innata de soltar. Cada giro y vuelta era una canción en su alma.

Una canción que cantaba en silencio solo para sus oídos.

Hasta Gretchen. Su Petite Fyoo-rie. Su tempestad humana. Pero sobre todo, ella era furia. Odiaba el apodo, pero mala suerte. Se lo había ganado. Y él la llamaba Ma Petite Fyoo-rie cada vez que podía, igual que ella lo llamaba Neelo Asqueroso.

Lo que más despreciaba era cuánto le gustaba oírla pronunciar su nombre real, aunque fuera en burla.

Ella había terminado de deshacerlo. En el momento en que se levantó la regla del celibato y el matrimonio pasó a ser obligatorio, él había empezado a deshilacharse.

Era otra trampa perfecta, solo que esta vez estaba del revés y cortó la cuerda que le ataba las pelotas.

La introducción de una mujer en su cuerdología fue como una ola gigante estrellándose contra un rumbo trazado.

Pero la introducción de Gretchen... bueno, eso fue arrojar una llama a un nudo de mechas en el centro de su pecho.

En solo dos meses, cada cuerda que lo definía ahora lo desafiaba.

Fuera lo que fuera la cuerda para él, ella se convirtió en su archienemiga.

Era un nudo que pasaba olímpicamente de la lógica y la razón.

Convirtió fibras disciplinadas en nervios deshilachados y creó bucles crueles y tentadores de ilusión que se desvanecían en cuanto eras tan estúpido como para saltar por uno.

Dejó de caminar de un lado a otro y sacó el teléfono, buscando la carpeta de contactos de los Quantum Kings.

Los trillizos del acertijo eran los únicos seres lo bastante inhumanos como para confiarles algo sin tener que aguantar preguntas ni juicios.

Acudir a sus hermanos con su soga de idiota que ni un mono ciego habría hecho por accidente estaba descartado.

Su papel como uno de los Doce exigía lo mejor de sus habilidades más que nunca.

Era el momento. Tenía que encontrar la manera de crear cuerda nueva.

Un nudo asesino de fibras salvajes que ni siquiera esta mujer arrasadora de razones pudiera derrotar.

Se quedó mirando el nombre en la pantalla. —Fetch —apenas murmuró, con el pulgar flotando sobre el último salvavidas antes del infierno. Quitó el pasador de la granada y aplastó el nombre en la pantalla. Con el teléfono en la oreja, esperó oír su vida estallar en un millón de fragmentos.

—Traps.

La voz al otro lado se apoderó de cada parte de él. Tanto poder de cuerda sagrada. A Traps se le trabó la lengua mientras su mente se desbocaba intentando definir qué había escuchado exactamente en esa voz que lo ataba. Era conocimiento. Ese... ser sabía.

—Fetch —dijo finalmente.

—Sí.

Las fibras de su voz se entretejían de un modo que lo confirmaba. Lo dijo en voz alta, maravillado: —Lo sabes.

—Tengo el oído muy fino —dijo—. ¿Qué puedo hacer por ti, hermano?

Joder. ¿Oído fino? Eso era quedarse corto, y mucho. Había llamado al universo y conectado con el hilo que unía a todos los seres vivos. Y el tío lo llamaba hermano. Se sacudió mentalmente de aquel asombro entretejido. —Tengo…

—Algo que necesita ser Fetched —dijo.

Santos de todas las trampas. —Sí.

—¿Quién es? —oyó Traps de fondo.

—Es nuestro hermano de las muchas Traps.

—¿Qué está fetchin'? —susurró ella, de cerca.

—Estoy intentando hacer Fetch de eso ahora, mi humana.

Traps prestó atención a los sonidos de aquel intercambio. —Bueno, perdona —murmuró ella.

—Aquello que necesita ser Fetched debe ser Fetched por completo en persona —dijo ahora al oído de Traps.

—¿Quién está Fetchin' qué? —quiso saber la mujer.

—Esposa —imploró él con paciencia, mientras su voz se alejaba del teléfono—. ¿Te gustaría hablar por mí?

—Solo pregunto —susurró ella.

—Quizá esperes hasta que las respuestas estén disponibles para obsequiar a mi alma de almas.

—Te estás pasando de listo.

—Solo soy lo que tu corazón desea.

Su gruñido frustrado hizo sonreír a Traps. —¡Deja de ponerme tan jodidamente difícil seguir enfadada contigo!

Extraordinario. Tener semejante vínculo con una mujer. Escapar con tanta facilidad de las trampas que ella le tendía. —Necesito tu ayuda —se apresuró a decir Traps, seguro ya de haber llamado a la persona perfecta—. Es mi esposa.

—Ah, sí. La esposa predestinada del necio.

Traps se tragó su primera cucharada de elixir humillante. —No existe mejor nombre.

—Llama por lo de su esposa, ¿no? —preguntó la mujer en voz baja, aún cerca.

—Sí —dijo Fetch.

—He oído de todo sobre esa.

—¿Qué ha oído? —quiso saber Traps.

—Que qué has oído, pregunta el hombre.

—Déjame hablar con él.

—No.

—¿Por qué? —exigió saber ella.

—Porque él es un hombre. Y tú eres mi mujer.

Joder, este tío tenía agallas. Y exactamente las que él necesitaba.

—Acabas de preguntarme si quería hablar con él —protestó ella en voz baja.

—¿Cuál es el término que usa mi encantadora humana? No me vengas con gilipolleces.

Ella se rio, y aquella riña de enamorados despertó algo hambriento en él. —Deberíamos ayudarlo —dijo ella.

—Qué idea tan Fetching, esposa.

—Ah, ¿ahora te pones borde, eh? Pregúntale cuándo podemos ir. ¿Le dijiste que tienes que ver lo que estás fetchin'?

Traps buscó rápidamente una razón. —Mi esposa está completamente fascinada con los trillizos del rompecabezas —recordó.

—¿Ah, sí? —caviló Fetch.

—¿Sí qué? —susurró la mujer.

—Completamente fascinada con los trillizos del rompecabezas.

—Te arranco la cabeza si usas ese tono con una mujer que no sea yo.

—Creo que nuestro hermano está haciendo Fetch de una razón lógica para que vayamos.

Ella contuvo el aliento. —¡Oh! ¿No es la bibliotecaria del pantano? Necesito libros para todas mis hermanas de aquí. Los de romance subido de tono, para que aprendan un par de cosas sobre los entresijos del lecho conyugal.

—Brillante —cayó en la cuenta Traps, mientras la esperanza brotaba a través del enredo de nudos en su cuerpo—. Los libros son su única obsesión.

—Dice que—

—¡Ya lo he oído! Pregúntale si sabe hacer la sopa sucia esa de la que tanto he oído hablar.

Traps sonrió al oír el término. —¿Gumbo?

—¡Sí, eso mismo!

—Soy el mejor haciéndolo, después de Mah-Mah y Bacon.

—Eso puede ser nuestro pago —ofreció ella.

Su voz sonaba como si tuviera la boca pegada a la de Fetch. Traps se rio. —Trato hecho.

—Hago Fetch de que quieres que vayamos a las siete en punto esta noche, ¿verdad? —tanteó ella, lo que lo impresionó aún más.

—¿Es lectora de mentes? —preguntó Traps.

—Ha adquirido parte de mi habilidad para...

Su resoplido lo interrumpió. —Llevo Fetcheando desde que era una humana pequeñita, mi amor.

—Ah, sí, mi diosa omnisciente. Así fue como Fetcheaste que yo era el hombre perfecto para ti.

—Lo era. Necesitamos conocerlo para Fetchear todo lo que podamos sobre su pequeña esposa y todo lo que ha hecho para cabrearla, así podremos Fathomear un Finishing adecuado, ¿vale?

—Puedo quedar con vosotros donde sea —dijo Traps.

—¡Ahí estás!

La voz de Gretchen le hizo hervir la sangre de golpe para luego helársela en las venas. —Tengo que irme.

—Quedamos en tu dique seco —dijo Fetch.

—En una hora —dijo atropelladamente, y colgó.

Se preparó mientras se volvía para enfrentarse a su esposa. Pero qué demonios podía prepararlo para lidiar con el pequeño milagro que tenía delante. Más hermosa, más deliciosa, más diabólicamente pecaminosa que nunca. Ah, sí. Su hermano Fetch podía.