Capítulo treinta y seis
C uando Max y yo bajamos juntos del autobús en la competición estatal, me alivia comprobar que hace un día perfecto.
Es uno de esos días de otoño que a todo el mundo gustan y casi nunca llega: fresco pero sin ser frío, cielo azul, el sol justo para que no sudemos bajo el uniforme y nada de viento.
Decido tomármelo como una señal del universo de que hoy va a salir todo bien.
—Por fin estamos aquí, ¿eh? —dice Max, tomándome la mano.
Desde que nos besamos ayer en el campo de fútbol americano, prácticamente no hemos podido parar de tocarnos.
Para nuestra sorpresa, a todos les pareció bien que la noche del viernes pasáramos de ellos y saliéramos nosotros solos.
Fuimos a cenar nachos, cómo no, y me comí más de lo que me tocaba porque no dejé de bombardear a Max con preguntas sobre cómo había organizado la actuación.
Pero tampoco dejamos de cogernos de la mano por encima de la mesa.
Éramos una de esas parejas, y a mí me daba exactamente igual.
Por suerte, comer nachos con una sola mano no es tan complicado.
Me apoyo en su costado.
—Estamos a punto de dejar la banda. Para siempre.
—Para siempre no. Puede que la banda del instituto, pero hay muchas universidades que también tienen banda de música. Y van a necesitar el talento de especialistas en color guard y percusionistas, como tú y como yo. El año que viene podría ser igual que este, solo que sin padres.
Me reconforta la naturalidad con la que habla de que el año que viene estaremos juntos en la universidad.
Ojalá sea cierto. Además, yo tampoco quiero olvidarme por completo del color guard del instituto.
Anoche se me ocurrió intentar recuperar el winter guard, que podría ser incluso más divertido que el color guard .
Los winter guards interpretan una coreografía con música grabada y compiten en interiores, por su cuenta, en vez de hacerlo con toda la banda.
Tendríamos libertad para elegir el tema del espectáculo, las banderas y todo lo demás.
Durante el campamento no lo habría visto posible, pero, con el compromiso que tenemos ahora, podemos intentarlo.
Claro que va a hacer falta que acepten Milord y Faith, y también nuestros padres, pero soy optimista al respecto.
Max y yo tenemos que separarnos para calentar con nuestras respectivas secciones.
—Qué contenta se te ve —dice Callie—. Pensaba que igual estarías enfadada por lo de ayer.
—¿Enfadada? Lo de ayer fue lo mejor que me ha pasado en la vida.
Li asiente con gesto satisfecho.
—¿Veis? Ya os lo dije —comenta a los demás—. En la cena se notaba que no lo habías superado.
—Aunque sigo sin poder creerme que hayáis elegido voluntariamente ensayar más con el color guard —digo—. Y, encima, estar con los de percusión.
—No son tan terribles cuando los apartas de Brody —dice Deja.
—Entonces, ¿la contamos como la actuación con la que saldan la apuesta? —pregunto. A mí me parece bien, pero tiene que ser decisión de todos.
Se miran entre sí.
—Podríamos aceptarla —dice Addison—. Le han dedicado mucho tiempo.
—Pero no hemos obligado a Brody a participar —replica Callie.
—Ya. Aunque, con lo mucho que parece estar sufriendo, a mí me vale —añade Madisyn, señalando discretamente a la izquierda.
Brody y Kyle están apartados, cuchicheando y mirando con furia al resto de la sección de percusión, que está conversando a unos metros.
Parece que la popularidad de Brody por fin se ha desplomado.
Anoche Max me contó lo hartos que estaban los demás de que Brody se negara a aprender la rutina del color guard con ellos. Siempre ha tenido muy mal perder.
—Hay otra cosa que deberíamos tener en cuenta —digo—. Si obligamos a Brody a cumplir la apuesta, tendremos que pasar más tiempo con él.
Los demás se echan a reír y levantan las manos como si se rindieran.
—Buenísimo argumento. No quiero que nos empañe más recuerdos del color guard —dice Rosa—. Y menos ahora que se ha acabado la temporada.
—Aún no se ha acabado —la corrijo—. Nos queda esta última actuación, y tenemos que bordarla. Además, se me ha ocurrido una idea para primavera que quería comentaros…
Pero me interrumpe Milord llamando a toda la banda para que nos reunamos. Ya casi es hora de actuar.
Estamos más callados que nunca mientras esperamos para salir al campo. Nunca había sentido unos nervios como estos. No puedo hablar y apenas puedo moverme. Todo se decidirá en los próximos minutos. No hay más ensayos ni más tiempo para prepararse.
Nos dan la señal para salir al campo. Entonces me dirijo a mi primera marca y dejo la bandera con el rayo en el suelo. La voz del presentador retumba por los altavoces:
—Caballeros de Glen Vale, podéis comenzar la colocación y el calentamiento.
Ese breve respiro me concede tiempo para tomar aire, dirigirle un gesto de ánimo a Li y mirar a las gradas.
Incluso desde esta distancia distingo a mis padres y al resto de la familia.
Sé que la madre de Max está con ellos. Llevan camisetas a juego y agitan pompones y carteles.
Seguro que la gente que está sentada a su alrededor ya está harta, pero yo se lo agradezco mucho.
Verlos me da fuerzas. Hemos trabajado muchísimo y venimos a por el superior.
En cuanto adoptamos la primera pose, dejo que la coreografía y el entrenamiento tomen el control, tal y como me dijo mi madre.
La adrenalina me obliga a sonreír y a moverme y me da la sensación de que estamos actuando a una velocidad de vértigo.
Me noto casi como si estuviera fuera de mi cuerpo, hasta que, casi sin darme cuenta, ya estamos saliendo del campo.
Hay abrazos, lágrimas, emoción por lo que ha salido bien y lamentos por los fallos.
Me importan las puntuaciones, no voy a negarlo; pero, salga lo que salga, nada podrá quitarme lo mucho que quiero a toda esta gente.
Como somos los últimos en actuar en nuestra categoría, no tardarán en salir las valoraciones de los jueces. Nova se acerca hasta mí mientras esperamos.
—¿Te lo pasaste bien anoche con Max? —pregunta con una sonrisa cómplice.
La miro sonriente.
—Nos lo pasamos genial. Gracias otra vez por lo que hiciste. No estaba segura de que te pareciera bien que estuviéramos juntos.
—Me parece bien que estés con quien te haga sonreír así. Conmigo tenía que redimirse, desde luego, pero es obvio lo que siente por ti. En los ensayos secretos fue más perfeccionista que Milord.
Me río al imaginármelo.
El presentador procede a leer las puntuaciones de las bandas anteriores. Nova y yo nos sentamos con Felix, Li y Max, que están unas filas más arriba, y nos cogemos de los brazos, formando una cadena humana de apoyo y nerviosismo.
—A continuación, las puntuaciones del Instituto Glen Vale. Musicalidad: superior. Percusión: superior.
Los cinco saltamos de nuestros asientos.
—Conjunto auxiliar: superior.
Nos hemos convertido en una masa histérica que no deja de saltar y chillar.
—Puntuación global: superior.
Con el estruendo de los gritos a mi alrededor, estoy segura de que en el futuro voy a tener pérdida auditiva permanente.
Los siguientes treinta minutos transcurren entre abrazos, más gritos y un sinfín de fotos, porque mi madre y Melanie quieren inmortalizar cada segundo.
Mi padre me abraza durante un buen rato cuando le toca, y mi madre, todavía más.
Las dos tenemos lágrimas en los ojos y no nos decimos nada porque ya lo hemos dicho todo, pero nunca olvidaré lo fuerte que me aprieta ni cómo le devuelvo el abrazo con la misma intensidad.
Incluso Kelsey nos felicita a Max y a mí con un abrazo.
Desde luego pone más entusiasmo en el de Max que en el mío, pero, la verdad, la entiendo perfectamente.
Por fin nos calmamos lo suficiente como para hablar con oraciones completas.
—Parece que varias familias del color guard van a ir a celebrarlo en un nuevo restaurante italiano de la zona —le digo a mi familia.
—Pues vamos nosotros también —responde mi madre de inmediato—. Así me pongo al día con sus padres.
Me vuelvo hacia Max.
—¿Crees que puedes convencer a tu sección para que venga?
—No estoy seguro de que pudiera impedírselo.
—Entonces, ¿el color guard y percusión van a celebrarlo juntos?
—Es lo más lógico, la verdad —dice—. No creo que lo hubiéramos hecho ni la mitad de bien si no hubiéramos estado compitiendo con vosotros esta temporada.
—¿Y tú y yo por qué vamos a competir ahora? —pregunto.
—¿Jugamos por fin al Catán?
—Vale, pero en eso ya sabemos quién va a ganar. —Me doy unos golpecitos en la barbilla—. ¿Apostamos a ver quién juega más con Zoinks en nuestras partidas de D & D?
—Tengo una mejor: a ver quién recibe el primer beso del día.
—No, a ver quién recibe el último. —Lo beso en la mejilla y salgo corriendo hacia el coche de mis padres.
Oigo pasos detrás de mí y, a continuación, los brazos de Max me rodean la cintura y me atraen contra su pecho.
—Ese título lo vas a tener que pelear —dice en voz baja, enviándome unos escalofríos que me recorren los brazos.
Me giro y vuelvo a besarlo. Esta competición en concreto no me importa perderla.