EPÍLOGO
Un año después…
Matthew
Acaricio la espalda desnuda de Maddox, esparciendo el protector solar con lentitud por cada rincón de su piel tersa. Bajo el sol, su cuerpo adquiere un tono dorado y oliva que me vuelve loco. Es jodidamente excitante. Tanto, que la erección que presiona la tela de mi bañador ya empieza a doler.
—Podría haber hecho que cerraran toda la playa solo para nosotros —comenta.
Está boca abajo sobre una toalla, a escasos metros del agua turquesa. Las tiras de su bikini están desatadas a los lados. Tengo una vista privilegiada de su trasero, que está demasiado al descubierto para mi gusto.
—No hace falta —gruño.
—Entonces, ¿por qué tienes esa cara de cabreo?
Se apoya sobre los codos y gira un poco la cabeza para mirarme.
Lleva unas gafas de sol oscuras y su pelo vuelve a ser rubio natural.
La Maddox de cabello negro era letal, pero debo admitir que esta versión me jode la cabeza igual.
Dijo que dejaría descansar el tinte negro hasta que se aburriera. Toda ella es un puto espectáculo.
—No estoy molesto —miento.
Por supuesto que lo estaba. Pero no por la razón que ella creía. O, pensándolo bien, sí.
—Matthew... —susurra, con esa voz cargada de burla.
Antes de que intente girarse, le planto la mano abierta en la espalda baja para mantenerla quieta. La escucho reírse mientras empiezo a anudarle las tiras en la espalda.
—Es una playa nudista, Matthew...
—Maddox, si tengo que arrancarles los ojos a cada imbécil que se te quede mirando un segundo de más, lo haré sin pestañear —mascullo entre dientes, terminando el nudo—. Ya hay demasiados idiotas babeando cuando usas ropa, ¿tus bikinis tienen que ser siempre tan... diminutos?
Ella rueda sobre sí misma, quedando boca arriba, y acomoda las manos detrás de su nuca. Mierda. La vista frontal es peor. O mejor, dependiendo de cómo lo mires.
—Por Dios —suspira, frustrada—. Deja de ser tan cavernícola. Yo podría decir lo mismo de ti cuando esas mujeres te comen con los ojos.
—Anoche dejaste tu punto bastante claro.
Sé que ha puesto los ojos en blanco detrás de las gafas. Niego con una sonrisa torcida y me dejo caer en la lona, a su lado.
Siempre quise viajar sin tener que contar cadáveres o vigilar mi espalda, así que le debo a Maddox esta paz. Los negocios van perfectos; decidimos dejar a Jace a cargo en Chicago porque, sorprendentemente, el cabrón ha empezado a madurar y a tomarse la organización en serio.
El plan era desaparecer dos semanas. Yo conocía medio mundo, pero solo por acompañar a Levi a sus reuniones de negocios, así que le dije a ella que eligiera el mapa. Así fue como acabé descubriendo su obsesión por las playas griegas. Y tengo que admitir que las vistas no están nada mal.
Lo de anoche en el restaurante fue... intenso.
Encontramos un lugar pequeño a un par de calles del hotel.
Ella fue al baño y yo me quedé en la barra pidiendo los tragos.
Una rubia se acercó a hablarme y, en cuanto Maddox apareció, casi le arranca la garganta.
Tuve que arrastrarla fuera de ahí y jurarle que la extraña ni siquiera había tenido tiempo de decir «hola».
Pero la entiendo. Yo me habría comportado igual, o peor. ¿Es sano? ¿Está mal? Me importa una mierda. Lo nuestro siempre ha escapado de lo normal, y exactamente por eso la amo tanto.
El pitido de su móvil me saca de mis pensamientos. La veo teclear rápido antes de soltar un bufido.
—¿Qué pasa, tesoro ?
—Mis padres quieren que cenemos con ellos —gruñe, arrastrando las palabras con cansancio—. ¿Qué parte de «vacaciones» no entiende Levi? Se supone que eso incluye descansar de él.
No puedo evitar reírme.
Levi y Nora tienen una dinámica... extraña.
O quizás tan normal para ellos que el resto no lo entiende.
Él respira por su imperio de coches de lujo, ella por su emporio de moda.
A veces se ven en Chicago, otras en Francia, y de repente pasan semanas encerrados en alguna de las mansiones de Nora aquí en Grecia.
Habían vuelto a ser marido y mujer a su propia manera retorcida.
—Oye, al menos agradécele que me incluya en los planes familiares —le recuerdo, y ella asiente de mala gana.
No siempre fue así. Hace un año, la semana que desaparecí tras la muerte de Máximo, me senté a hablar con Levi.
Quería dejarle claro que lo mío con su hija iba en serio.
Contra todo pronóstico, se lo tomó bien, pero me dijo mirándome a los ojos que no se arrepentía de haberme dado un puñetazo y me juró que me cortaría las pelotas si alguna vez le hacía daño.
Así que Levi sigue siendo como un puto león guardián. Siempre alerta, siempre respirándome en la nuca. Y yo no esperaría menos de él.
—Sabes que te quiere como un hijo —dice y suspira—. Y solo se comporta así porque es un crío caprichoso.
Eso era cierto.
—¿Cuándo quieren cenar?
—Esta noche.
—¿¡Qué!?
Maddox se levanta las gafas y me mira sorprendida.
—¿Cuál es el problema? —murmura.
Me aclaro la garganta.
—Ninguno es que había planeado llevarte a un lugar —murmuro y me encojo de hombros fingiendo indiferencia—. Pero está bien, diles que se encarguen de la reserva.
Maddox asiente y vuelve a recostarse.
Mi plan había salido mal por segunda vez.
—Deberíamos irnos —digo y me alzo sobre mis codos—. Es decir, para ducharnos, ya sabes…
—De acuerdo —se inclina y me besa con rapidez.
Recogemos nuestras cosas y emprendemos el camino de regreso. Para nuestra suerte, la arena casi se funde con la entrada del hotel; esa es básicamente la vista que tenemos desde nuestra suite. En menos de diez minutos ya cruzamos el lobby y nos metemos en el ascensor.
En el instante en que las puertas metálicas se cierran, aislándonos del resto del mundo, la atraigo de un tirón.
La acorralo contra la pared y capturo su boca en un beso voraz, implacable, que no se detiene hasta que la campanilla del elevador anuncia el último piso.
Me separo de ella a regañadientes. Maddox parpadea, aturdida y con los labios enrojecidos.
Recorremos el pasillo a paso rápido y, en cuanto la puerta de nuestra suite se cierra a nuestras espaldas, lanza todo al suelo y empieza a desvestirse frente a mis ojos.
Mierda.
Necesito hacerla mía. Ahora mismo. Sobre la alfombra, contra la pared o donde sea. Pero antes... antes tengo que llevar a cabo el puto plan.
Ya me quedó claro que no voy a poder hacerlo esta noche durante la cena con sus padres.
Tampoco pude hacerlo esta mañana durante el desayuno porque algún imbécil había reservado el salón completo para un evento privado.
Quizás el verdadero problema es que le estoy dando demasiadas vueltas a esta mierda...
Mis dudas se van al infierno cuando Maddox se gira hacia mí. El bikini ya es historia, y la vista en primer plano de sus pechos desnudos me paraliza el cerebro.
Trago saliva.
—¿Nos duchamos juntos? —murmura con voz traviesa. Parpadeo sin poder volver a la realidad y trago saliva, cierro mis manos en puños a mi costado y percibo el cambio de postura en ella—. Matthew, ¿estás bien? ¿qué sucede?
—Dame un puto momento —digo sin aliento.
Parpadeo, vuelvo a la realidad y camino hacia donde Maddox lanzó nuestros bolsos, busco en el interior hasta que encuentro lo que busco.
Luego camino hacia ella, sigue desnuda y con las manos en sus caderas, en cuanto me acerco a ella y dejo caer ambas rodillas en el suelo, alzo la pequeña caja de terciopelo rojo.
No debería hacer esto así pero está claro que la vista de ella semidesnuda no ayuda en absoluto, así que todo mi discurso se va a la mierda en cuanto siento mi polla tensarse aún más.
—Cásate conmigo —digo con la voz ronca.
Maddox se congela. Sus manos caen de sus caderas, sus labios se entreabren y esos ojos esmeralda, que normalmente calculan la muerte de nuestros enemigos con una frialdad aterradora, ahora me miran con un asombro absoluto.
La intocable jefa de Draghi , la mujer que hace temblar a los hombres más peligrosos del mundo, ha dejado de respirar.
Abro la pequeña caja de terciopelo. El anillo en su interior es jodidamente perfecto: un diamante de corte esmeralda, oscuro, rodeado de una banda de oro blanco que mandé a forjar específicamente para ella.
Pero ni siquiera el brillo de la joya puede competir con la visión de ella frente a mí, semidesnuda, vulnerable y con el pecho subiendo y bajando con una respiración errática.
A la mierda la cena. A la mierda la playa y los atardeceres perfectos. Este es nuestro mundo. El caos, la desnudez, la urgencia de poseerla aquí y ahora.
—He intentado hacer esto por las buenas —confieso, sin apartar la mirada de sus ojos, clavando mis rodillas en la alfombra de la suite—.
He planeado cenas estúpidas y paseos de mierda, tratando de darte algo normal.
Pero nosotros no somos normales, Maddox.
Yo no quiero un matrimonio normal. Y definitivamente no quiero una esposa normal.
Llevo una mano hacia adelante y atrapo la parte posterior de su rodilla desnuda. Su piel se estremece bajo mi tacto, pero no retrocede un milímetro. La atraigo un poco más hacia mí, marcando la piel con la yema de mis dedos.
—Hace un año, en el suelo de tu apartamento, me dijiste que eras un monstruo —mi voz baja, volviéndose un gruñido gutural que vibra en la habitación—. Te lo dije entonces y te lo repito ahora, de rodillas ante ti: yo venero a ese monstruo. Eres mi reina. Eres mi jefa. Eres mi religión.
Traga saliva, y veo cómo un brillo líquido y traicionero inunda sus ojos. Pero no es debilidad. Es la magnitud de esta jodida obsesión que nos consume a los dos.
—Quiero estar a tu lado mientras quemas el mundo entero hasta los cimientos, Maddox.
Quiero ser el cabrón que te limpie la sangre de las manos después.
Quiero que lleves mi apellido. Quiero ponerte este anillo para que cada maldito infeliz que se atreva a mirarte sepa que tu cuerpo, tu mente y tu oscuridad me pertenecen absoluta y exclusivamente a mí.
—Aprieto mi agarre en su pierna, deslizando la mano hacia su muslo—.
Y yo te pertenezco a ti. Hasta mi último maldito aliento, mi vida es tuya.
El silencio que sigue es ensordecedor. Solo se escucha el latido frenético de mi propio corazón golpeando contra mis costillas. Maddox baja la mirada hacia el anillo y luego la clava de nuevo en mí.
Y entonces, se derrumba.
Cae de rodillas frente a mí, quedando casi a mí misma altura. Sus pechos desnudos rozan mi camisa, pero la tensión en el aire es tan grave que el sexo pasa a un segundo plano. Levanta ambas manos y atrapa mi rostro con fiereza, hundiendo sus uñas ligeramente en mis mejillas, reclamándome.
—Estás completamente loco, Matthew —susurra, con la voz rota, rasposa por la emoción—. Solo un loco desquiciado querría atarse a un monstruo para el resto de su vida.
—Entonces soy el jodido rey de los locos —le respondo, acercando mi rostro hasta que nuestras narices se rozan, respirando su mismo aire—. Dime que sí, tesoro . Dime que eres mía.
Los ojos de Maddox brillan con lágrimas, pero sus labios se curvan en esa sonrisa depredadora, arrogante y hermosa que me robó el alma desde el primer día.
—Sí —sentencia, y la palabra suena como un pacto sellado con sangre—. Soy tuya. Y tú eres mío, Matthew. Ponme ese puto anillo de una vez.
No pierdo ni una fracción de segundo. Saco la joya de la caja y tomo su mano izquierda. Su piel está caliente y tiembla ligeramente cuando deslizo el diamante por su dedo anular. Encaja a la perfección. Como una corona.
Maddox mira su mano por un segundo antes de soltar un gemido ahogado, enredar sus manos en mi cabello y estampar sus labios contra los míos.
La beso con una ferocidad salvaje, devorando su boca, metiendo mi lengua para saborearla mientras la empujo hacia atrás hasta que su espalda choca contra la alfombra. El sabor de la sal, de las lágrimas y de un futuro juntos estalla entre nosotros.
Los monstruos no tienen finales felices. Pero mientras la desnudo por completo y la hago mía en el suelo de esta habitación, escuchándola gemir mi nombre, sé la verdad.
Gobernaremos Draghi . Destruiremos a nuestros enemigos. Y nos amaremos en la oscuridad, en la sangre y en el puto caos, hasta que la muerte nos alcance.
FIN