Traición y Sangre I (Draghi 1) CAPITULO 19
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CAPITULO 19

maddox

a lcé la vista hacia el techo blanco y conté hasta cinco. Hasta diez. Hasta cien. Me contuve lo suficiente para reprimir el impulso de salir de la habitación, pero mi curiosidad pudo más y abandoné la cama de Matthew para buscarlo.

Habíamos llegado a la madrugada a su piso, luego de darme una ducha caliente por fin la adrenalina comenzó a disiparse y mi mente rememoraba cada detalle de lo que ocurrió horas atrás.

Intenté dormir, pero no concilie el sueño, mientras yo ocupaba su cama pulcramente ordenada, Matt se pasó la noche entera en su despacho.

Una hora había pasado desde que el sol abandonó su escondite y comenzó a invadir el cielo, una hora desde el amanecer y el piso entero estaba sumido en un completo silencio que me ponía los nervios de punta.

Matthew no me habló en el camino hacia aquí, tampoco cuando llegamos, lo único que dijo fue que pasaría la noche en su oficina y comprendí, por su expresión poco amigable, que lo último que quería era lidiar conmigo así que me duche y permanecí en la cama.

Su piso era amplio, cada habitación era enorme y tenía una decoración minimalista básica muy propia de alguien como Matthew.

La noche anterior al cruzar la puerta divisé un potus con sus ramas verdes brillantes colgando desde lo alto de un pequeño estante cerca al gran ventanal que daba a un balcón con una vista preciosa de la ciudad.

Sonreí al recordar que era el potus que le regalé la navidad pasada como una broma porque no tenía nada con vida en su piso, y de hecho es la única planta que posee, me sorprendí un poco también al darme cuenta que estaba en excelentes condiciones.

Contrario a donde se encontraba mi casa, un barrio de grandes jardines y plazoletas bien cuidadas, ya que era uno de los barrios más costosos de la ciudad, Matthew vivía en el centro de Chicago, en uno de los edificios más lujosos y a dos calles de donde se encontraba la empresa de mi padre, suponía que no era ninguna casualidad.

No era la primera vez que venía a su piso, pero siempre lograba sorprenderme lo ordenado que era con su hogar, todo brillante, todo pulcro y en su lugar correspondiente. Incluso la mesada de mármol negra brillaba bajo la luz fluorescente de la cocina.

Avancé por el amplio pasillo hasta llegar al final, donde desembocaba en una puerta con una cerradura poco normal, tenía una pequeña pantalla táctil donde se colocaba una contraseña numeral y, por precaución, Matthew había incluido reconocimiento de huellas.

No sabía qué era lo que guardaba en su oficina, pero al igual que mi padre, tenían el mismo programa de seguridad, por lo que no me costó saber qué clave numeral debía colocar y tras hacerlo, la puerta se abrió.

Por dentro, la oficina era igual que el resto del lugar, todo en tonos neutros, con una pequeña ventana que supuse tenía cristal blindado y en lo único que se diferenciaba de la de mi padre era que esta no tenía alfombras.

Matthew se encontraba tras el escritorio con la vista fija en mí y una ceja alzada, llevaba gafas para leer y tenía que admitir que lo hacían ver como un profesor universitario completamente sexy, eso y la ropa de vestir elegante que siempre usaba, todo lo opuesto a su hermano.

Pensar en Max hizo que algo se alojara en mi pecho y se clavara con fuerza.

—¿Cómo entraste?

Su voz seguía siendo un misterio para mí, porque era tan baja, profunda y cortante que no dejaba entrever que pensaba, que le ocurría o si estaba enojado, feliz o a punto de asesinar a alguien.

Aunque eso último era un estado habitual en él.

—Usas el mismo sistema de seguridad que Levi —comenté mientras me encogía de hombros, como si fuera algo obvio y sencillo— ¿Qué estás haciendo?

Observé con atención los papeles que se extendía frente a él, a esa distancia no lograba divisar de que se trataban, pero me acerqué con cuidado. Él seguía cada uno de mis movimientos mientras se sacaba las gafas y las colocaba dentro de un pequeño cajón a su derecha.

—Analizo cosas.

—¿Qué cosas?

—Qué curiosa —comentó con una sonrisa torcida, una que intentaba parecer divertida, pero estaba muy lejos de serlo—. ¿Sabes? Yo también tengo preguntas.

Me encogí de hombros mostrando indiferencia mientras seguía acercándome, pasé detrás de un sofá negro y acaricié el respaldo con mi mano, dejando que mis dedos capten el suave terciopelo.

—Puedes preguntar si me aseguras que responderás mis preguntas.

Asintió aún con la vista fija en mí. De pronto sus ojos bajaron por mi cuerpo, solo un milésima de segundos que podría haber pasado desapercibido, o bien podría ser un invento de mi mente, pero fui tan consiente de su atención sobre mí que recordé que solo llevaba un minúsculo pijama conformado por un pequeño pantalón de algodón negro y una camiseta de tirantes que dejaba a la vista mi abdomen.

Tragué saliva.

—¿Qué ocurrió anoche, Maddox?

Sus ojos volvieron a los míos y me detuve frente al escritorio mientras me cruzaba de brazos.

—Sabes bien lo que ocurrió anoche, te lo dije.

Cambió de posición en su silla y echó la espalda hacia atrás, recostándose por completo en el respaldo, llevó una de sus manos a su mentón como si estuviera analizando mis palabras y suspiró.

—Me estás ocultando algo.

—No te estoy ocultando nada —de hecho, había sido completamente honesta con lo que había sucedido porque no había razón para mentirle, pero aun así él tenía razón.

Lo que le ocultaba en realidad era lo que había ocurrido el viernes: que me escapé de la casa de mi mejor amiga para asistir al club de mi padre a escondidas y que me besé de forma desenfrenada con su hermano.

Pero si Matthew se enteraba de aquello...

Bueno, no sabía a ciencia cierta lo que sería capaz de hacer— ¿Por qué estás tan enojado con tu hermano?

—¿Porque siempre siento que de alguna forma lo estás defendiendo?

—No respondas con otra pregunta —dije entre dientes.

—No estoy enojado con mi hermano —zanjó—. Pero no me gusta que me engañen, y tú lo estás haciendo.

—Entonces, ¿estás enojado conmigo? —negó—. No comprendo.

—¿Qué cosa?

—A ti —mi respuesta lo sorprendió porque arrugó la frente—. Lo tratas como si fuera alguien malo, como si estuviera a punto de herirme. Es tu hermano y trabaja para mi padre, ¿por qué desconfías tanto de él?

—No desconfío de él. Que te dañe no es lo que me preocupa, porque no lo creo capaz. No lo creo tan idiota.

—¿Entonces qué te preocupa?

—Me preocupa que cruce límites que no deben cruzarse.

Alcé una ceja, entre confundida y molesta.

Las palabras de Max de la noche anterior resonaron con fuerza en mi mente.

«Deja de tratarla como una niña indefensa.»

Ese era el problema, quizás me faltaban muchas cosas por saber y entender en la vida, pero Matthew, al igual que mi padre, me veían como una niña incapaz de defenderse y ya me estaba empezando a cansar que se crean con el derecho a decidir lo que debo o no hacer.

—¿Yo soy ese límite? —dije entre dientes.

Puso los ojos en blanco dándome a entender que estaba agotando su paciencia.

Pero la que se había agotado el nivel de paciencia porque la traten como una maldita princesa era a mí. Por eso estaba perdiendo la claridad y lo único que podía pensar era en molestarlo y provocarlo.

—Maddox...

—¿Te preocupa que me acueste con tu hermano? —su expresión se ensombreció—. ¿Qué te hace pensar que no ocurrió?

De pronto la silla salió despedida hacia atrás, el impacto me hizo dar un respingo, pero me compuse al instante cuando tuve el rostro de Matthew a centímetros del mío.

Estaba inclinado frente a mí, con el ceño fruncido y la ira centelleando en su mirada.

Con ambas manos se sostenía del escritorio, lo único que separa nuestros cuerpos, y aunque debía alzar la vista e inclinar la cabeza hacia atrás para verlo a los ojos sostuve su mirada, desafiante, porque quería que entendiera que estaba harta que me tratara como una niña.

No estaba bien provocarlo, pero saber que podía dominarlo y hacerle perder los nervios por una simple provocación tonta hacía que un repentino placer se extendiera por mi cuerpo. Lo que me dio la seguridad que necesitaba en ese momento.

—Escúchame bien, Maddox...

—No. Tú escúchame —dije entre dientes—. Tu trabajo es mantenerme con vida, no meterte en mis asuntos.

Estoy harta de que tú y Levi me traten como una niña indefensa y no tienen derecho a decirme qué hacer, mucho menos decirme con quién puedo o no acostarme.

Así que deja de comportarte como un idiota, ese no es tu trabajo.

Jamás, en los años que llevamos de conocernos nos habíamos enfrentado así, y una parte de mi se sintió muy mal por hablarle de aquella forma ya que en retrospectiva lo único que había hecho él era cuidarme, en muchísimas ocasiones.

Pero eso no le daba el derecho de comportarse como un imbécil. Si tenía que hablarle así para que comprendiera lo haría, no me importaba quién era él, por primera vez estaba segura de mí, de lo que era capaz y de mi apellido.

Sus ojos brillaban y vi pasar muchas emociones por ellos, ira, enojo, confusión e incluso traición, pero antes de que alguno pudiera decir algo más su móvil sobre el escritorio comenzó a sonar.

Cogió la llamada sin pensarlo dos veces, sin apartar sus ojos de los míos vi como escuchaba atento y luego solo dijo una palabra.

—Bien.

Sabía con quién estaba hablando y otro sentimiento diferente me invadió. Mi valentía perdió fuerza.

—Era tu padre —apartó el teléfono para dejarlo nuevamente sobre el escritorio—. Ya llegó, nos espera en tu casa.

No le dediqué más palabras. Asentí y me giré para salir de allí.

El viaje en coche hasta mi casa fue en un completo silencio, el ambiente entre ambos se encontraba tan tenso que era palpable y podía cortarse con un cuchillo.

Matthew no despegaba las manos del volante salvo en ocasiones necesarias y siempre con movimientos tensos y mecánicos, sus nudillos estaban blancos debido a lo que supuse era la fuerza con la que lo sostenía.