dos
Mis intentos de estudiar no van bien y no dejo de darle vueltas a las pocas pistas que Sean me soltó.
Dijo que intentaría enchufarme, pero todavía no he sabido nada de nadie y empiezo a preguntarme si todo esto es una broma elaborada.
Cojo mi viejo teléfono y me quedo mirando la pantalla durante unos minutos antes de levantarme, estirarme y dar un paseo por las estanterías de la biblioteca principal.
Un año más, eso es todo lo que me queda para graduarme en informática. Cuando empecé, pensé que este sería el camino hacia una vida estable, pero gracias a la IA, los trabajos se están esfumando y empiezo a preocuparme de que mi futuro no esté tan asegurado como creía.
Me siento de nuevo y miro el teléfono otra vez. De repente aparece un mensaje de un número oculto con una dirección y una hora. El corazón me da un vuelco mientras recojo mis cosas y vuelvo a mi habitación de la residencia, listo para averiguar de qué demonios va todo esto.
Me encantaría vivir en un piso, pero no me lo puedo permitir ahora mismo y tengo suerte de haber conseguido una habitación para mí solo.
Solo tengo una hora para prepararme y me doy una ducha rápida; el agua caliente me relaja un poco mientras me cae por el cuerpo.
Mi armario está vacío y lo mejor que encuentro es unos vaqueros sin demasiados agujeros y un polo blanco.
Aunque mi cuenta bancaria se acerca peligrosamente a cero, me permito el lujo de pedir un coche compartido y llego frente a un edificio de oficinas anodino en un parque empresarial a las siete en punto.
El sol se pone en el horizonte y, cuando el coche se marcha, me doy cuenta de que el lugar está casi vacío. Echo un vistazo alrededor antes de entrar en el vestíbulo y compruebo la dirección de nuevo.
Lovelace Center, décima planta
El guardia de seguridad me ignora mientras camino hacia los ascensores y pulso el botón de llamada.
Suena el timbre, entro, pulso el diez y noto que el estómago se me encoge por los nervios.
Confío en Sean, pero fue extremadamente hermético sobre lo que viene después y odio meterme en una situación desconocida sin información.
Si esto tiene que ver con contrabando de drogas o cualquier otra cosa que pueda llevarme a la cárcel, no pienso volver a dirigirle la palabra.
El ascensor se abre y me doy cuenta de que solo hay una oficina en esta planta. Camino hacia la única puerta y pulso el botón de la derecha. Hay una cámara junto al timbre; veo que se enciende una luz y el objetivo me enfoca la cara. La cerradura hace clic y lo interpreto como la señal para entrar.
Nada más entrar, noto una cámara en la esquina y un sofá de terciopelo rojo que parece sin estrenar. El único mueble aparte de eso es un gran escritorio de nogal, y detrás está sentada una mujer tremendamente atractiva. Me dedica una sonrisa radiante y me señala una silla frente a ella.
—Debes de ser Kier. Soy Laura, por favor, siéntate.
Se reclina en el asiento de cuero mientras me observa acercarme y me evalúa como si fuera un trozo de carne en el escaparate de una carnicería.
—Es un placer conocerte.
Debe de rondar los treinta y tantos y lleva el largo cabello rubio recogido en un moño tirante, enrollado en un nudo suave en la nuca.
La blusa la lleva desabotonada peligrosamente y, cuando se gira, vislumbro su escote.
Se da cuenta de que estoy mirando y sonríe; sus labios rojos se curvan seductoramente sobre una hilera de dientes perfectamente blancos.
—Igualmente —respondo, mientras mi inquietud crece con cada segundo que pasa.
Es guapísima, objetivamente, pero no me la imagino con alguien como Sean, y mucho menos haciéndole regalos escandalosamente caros.
—Sean habla muy bien de ti y me alegro mucho de que haya decidido enviarte.
Pienso en el coche y en su ropa nueva y elegante, y me obligo a sentarme.
—No me contó mucho sobre ti.
—Eso está bien —ronronea sin dejar de mirarme fijamente, y luego hace unas anotaciones en un pequeño libro rojo que tiene sobre el escritorio—. ¿Cuántos años tienes?
—Veintiuno.
—¿Y eres estudiante?
—Sí.
Garabatea de nuevo y la curiosidad me está matando.
«¿Qué demonios está pasando?».
—¿Qué estudias?
—Informática.
—Y vienes de…
—Boston. ¿Qué hacéis exactamente aquí? ¿Es esto una entrevista de trabajo?
—En cierto sentido —dice mientras cierra el cuaderno y junta las yemas de los dedos, con las uñas pintadas de rojo.
Se reclina en la silla y me dedica una sonrisa maliciosa.
—Necesito verte desnudo.
—¡¿Qué?!
Me da un ataque de tos. Estoy listo para largarme en cuanto proceso lo que acaba de decir.
—Permíteme que te explique —dice, clavando en mí sus ojos oscuros mientras tamborilea con la uña afilada sobre el escritorio—. Dirijo un servicio para mujeres que buscan hombres que les proporcionen… compañía a corto plazo.
—Espera, ¿como gigolos?
No me puedo creer que esté hablando de algo así con alguien como ella, ni que esto sea lo que Sean está haciendo para ganar el dinero que lleva luciendo.
—Más bien como acompañantes —dice con suavidad, y me da igual cómo lo disfrace: esto suena a prostitución—. Nuestra empresa simplemente facilita el encuentro entre dos adultos. Lo que ocurra después de esa presentación inicial es estrictamente cosa suya.
Su bonita cara se relaja mientras la jerga empresarial le fluye sin esfuerzo de los labios pintados de rojo, y estoy bastante seguro de que no estoy hecho para participar en este mercado de carne.
A Sean le está funcionando, y me alegro por él, pero no creo que pudiera vivir tranquilo sabiendo que he salido adelante dejándome subastar al mejor postor.
—Mira, eh, Laura, la verdad es que no creo que esto sea para mí.
Me levanto y espero a que proteste, pero se limita a mirarme con expresión vacía mientras desliza el caro bolígrafo entre los dedos y arquea una ceja perfectamente perfilada.
—Es tu decisión, Kier. Solo quiero trabajar con hombres que estén realmente entusiasmados con los servicios que ofrecen. Por favor, cierra la puerta al salir.