Trabajos sucios nº 1 uno
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Trabajos sucios nº 1

Trabajos sucios nº 1

Por Finn Foltz

© inepub.com

uno

Solté un silbido bajo cuando vi a mi amigo Sean aparcar junto a mí frente a nuestra residencia. Había estado fuera unas semanas y la última vez que lo vi, desde luego no tenía un coche como este.

—¿Qué demonios estás conduciendo, tío?

Apagó el motor y salió con una sonrisa bobalicona mientras deslizaba los dedos por el elegante capó del Porsche 911 Turbo amarillo brillante, que de repente e inexplicablemente había pasado a ser suyo.

—¿Te gusta? —preguntó mientras se quitaba las gafas de sol y frotaba una mota de suciedad imaginaria en el espejo retrovisor.

Como yo, Sean era un estudiante becado y era imposible que pudiera permitirse conducir algo así.

—Sí. —Crucé los brazos sobre el pecho y sacudí la cabeza—. ¿Lo has robado?

—No. ¿Qué coño, tío? —reaccionó incrédulo, luego se quedó pensando unos segundos y casi pude ver cómo le funcionaban los engranajes de la cabeza—. Me lo ha prestado un amigo.

—Debe de ser muy buen amigo.

Había algo que no me estaba contando y no saberlo me estaba volviendo loco.

Sean y yo éramos mejores amigos desde el primer semestre. Comimos queso y galletas juntos durante nuestras primeras vacaciones de invierno, cuando los comedores estaban cerrados, y nos compadecíamos a menudo de las humillaciones de ser los estudiantes más pobres en un campus de la Ivy League.

Normalmente me lo contaba todo, pero ahora se mostraba evasivo y necesitaba saber qué pasaba.

—¿Quieres dar una vuelta? —preguntó, y me encogí de hombros.

No tenía clases hasta más tarde y ya había terminado de trabajar. No se me ocurrían muchas formas mejores de pasar una tarde tan bonita que dar una vuelta en un coche tan inalcanzable para mí que solo mirarlo me daba escalofríos.

—Claro que sí —dije mientras tiraba mi mochila mugrienta en el inexistente asiento trasero y me subía de un salto.

Deslicé los dedos sobre el cuero de grano fino y me abroché el cinturón mientras él arrancaba, aún sin dominar las sutilezas de la ingeniería alemana.

Serpenteamos por el patio con todas las miradas puestas en nosotros mientras el coche avanzaba llamando la atención por la vía principal de estudiantes.

—Tienes que contármelo, Sean. Voy a perder la cabeza si no descubro cómo has conseguido esta cosa —dije, y él sonrió, disfrutando de su secreto mientras se bajaba las gafas de sol y miraba a una chica preciosa que le devolvió la mirada.

Quería recordarle que a ella le interesaba el coche, no él, pero decidí no bajarle los humos mientras llegábamos al borde del campus y nos incorporábamos al gran bulevar que se alejaba de allí.

—He conocido a una amiga en una aplicación de citas y me deja conducir su coche.

Se mostraba vago a propósito, así que mientras salíamos disparados hacia la autopista, seguí presionándolo.

—Entonces, ¿qué tipo de amiga es?

Miré de reojo sus zapatos nuevos. Hasta hoy había llevado las mismas zapatillas que encontró en una tienda de segunda mano hacía unos meses, no unos Gucci con suela de cuero.

—Del tipo al que le gusta hacerme feliz —giró la cabeza y me dedicó una amplia sonrisa, y solté una carcajada.

¿Por qué yo no podía hacer amigos así? Logró evitar por poco una colisión y me aferré al asiento mientras veía pasar mi corta vida ante mis ojos.

—¿Cómo se llama esa aplicación? —lo intenté de nuevo, pero me rendí cuando centró toda su atención en incorporarse a la rampa rápida y acelerar a fondo.

Una vez que íbamos lanzados, se giró para mirarme y esperé que por fin me lo contara.

—No lo sé, tío. Supongo que puedo averiguar si todavía está buscando chicos.

Adelantó zigzagueando a un vehículo que iba lento y vi mi lamentable vida pasar ante mis ojos.

—Sí, claro, lo que sea. Solo dime qué tengo que hacer para conseguir un coche como este.

Se rió mientras nos adelantábamos a todo el tráfico en la autopista abarrotada y acelerábamos hacia el centro.