Capítulo 30
Declaración personal
La víspera de la rueda de prensa la pasé ensayando con las dos personas más exigentes de mi vida, y una de ellas no me dirigía la palabra por gusto, sino por rigor.
Priya llegó al piso el martes por la noche, enviada por Gus, que había hecho de puente con una frase que la retrataba entera: «Ella no te perdona, pero le interesa más que la verdad se cuente bien que seguir enfadada.
Es lo más abogada que se puede ser». Se sentó a mi mesa, sacó un cuaderno, y me dejó claras las reglas de compromiso antes de empezar:
—Que quede claro: estoy aquí por ella, no por ti. Si mañana la vuelves a exponer, aunque sea con buena intención, te dejo solo delante de los micrófonos y grabo cómo te hundes. —Destapó el boli—. Dicho esto, vamos a trabajar. Léeme lo que piensas decir.
Se lo leí. Me lo destrozó con una eficacia que daba gusto. Fuera esto, que no lo puedes probar. Fuera aquello, que suena a que buscas pena. Esta frase déjala, que es de las que se sostienen. Y me dio la única lección de retórica que necesitaba, la misma que le habría dado su compañera de piso:
—Di solo dos clases de cosas. Lo que puedas probar con un papel, y lo que puedas sostener con la cara.
Lo primero es fácil, tienes los correos.
Lo segundo es lo difícil: es todo aquello que, cuando lo digas, un periodista va a mirarte a los ojos buscando la mentira.
Si no puedes sostener una frase con la cara, no la digas, por muy bonita que sea.
—Me miró—. Y no la nombres a ella más de lo justo.
Esto lo cuentas tú. Ella ya se contó sola ayer, y le salió mejor que a ti te va a salir mañana.
No le pregunté cómo le había salido a Cassie.
Priya no me lo iba a contar, y yo no tenía derecho a saberlo por terceros.
Pero se le escapó eso, «se contó sola ayer», y me quedé con las tres palabras toda la noche, imaginando a Cassie de pie delante de un comité, firmando por fin, sin mí, como debía.
El equipo fue la otra parte del ensayo, y esa no la pedí yo.
Briggs autorizó la comparecencia con una condición y un orden:
—Declaras el miércoles, entrenas el jueves, ganas el sábado. En ese orden y sin saltarte ninguno. —Y añadió, ya de espaldas—: Lo que vayas a decir es cosa tuya. Con quién lo dices, no. Eso lo decide el vestuario.
No entendí lo último hasta el miércoles a mediodía, cuando entré en la sala de prensa y el vestuario entero me siguió dentro.
No los convoqué. No sabían el guion. Toby los había reunido con una sola frase, según supe después —«el capitán da la cara mañana; los que quieran, detrás»—, y aparecieron todos, con la ropa de calle, y se colocaron en fila al fondo de la sala, hombro con hombro, sin decir nada, mientras yo me sentaba solo delante de los micrófonos.
La Regla siete, que empezó siendo un chiste de vestuario, se había convertido en una fila de hombres callados al fondo de una rueda de prensa, diciéndole al mundo, sin una palabra, de qué lado estaban.
Me senté. Encendieron las cámaras. Y lo conté, en el orden que Priya y yo habíamos ensayado, que era el orden de menor a mayor riesgo, porque hasta para quemarlo todo hay una secuencia.
Empecé por lo primero, lo humano, lo que podía sostener con la cara.
—Buenos días. He pedido yo esta comparecencia, así que voy a hablar claro y luego contesto lo que haga falta.
—Respiré—. Lo primero: sí. La persona de la fila K, la que este otoño ha aparecido en todas partes sin haberlo pedido, es alguien que me importa.
No voy a decir su nombre, porque su nombre ya lo dijo un estadio entero sin permiso y no pienso repetir esa jugada.
Pero no la voy a negar, porque negarla sería mentir, y ya se ha mentido bastante en mi nombre esta semana.
Un murmullo en la sala. Seguí, y aquí entró la parte con humor, porque la historia real, contada entera, tiene gracia, y la gracia desarmaba.
—¿Que cómo empezó? Empezó porque perdí mi playbook de primer año en un autobús hace cuatro años, y acabó, sin que yo lo supiera, en el mercadillo de saldos de la biblioteca, a dos dólares.
Y lo compró la persona con más talento de este campus, para documentarse, y lo forró de rosa.
—Alguna risa, incrédula—. Y yo lo encontré por casualidad meses después, con sus anotaciones dentro, y en vez de comportarme como una persona normal, le propuse un trato absurdo.
La sala se rió del trato, y tragó saliva con lo que vino después, por turnos, que es como reacciona la gente cuando le cuentas una historia verdadera: no sabe si reírse o preocuparse, y hace las dos cosas.
Después, lo segundo. Lo que podía probar con un papel.
—El viernes pasado salió un comunicado con mi firma, o con la de «mi entorno», que a efectos prácticos es lo mismo.
Ese comunicado la trataba a ella de desconocida y negaba lo que hoy estoy confirmando.
—Saqué la carpeta—. Quiero que quede claro: ese comunicado no es el que yo autoricé.
Aquí tengo lo que aprobé y lo que se publicó, con las horas, los correos y las tres frases que se cambiaron sin mi permiso.
Lo voy a hacer público entero al terminar.
No para escurrir el bulto: la firma era mía y asumo haber confiado en quien no debía.
Pero la edición no era mía, y hay una diferencia entre firmar algo malo y que alguien te edite la voz sin permiso.
Esa diferencia, esta semana, la he aprendido en carne propia.
Gus Pemberton, en primera fila, no apuntaba: grababa con los ojos, cobrando la exclusiva que se había ganado hacía semanas por decencia.
Y entonces, lo tercero. Lo grande. Lo que había venido a hacer.
—Mi contrato con VoltAde tiene una cláusula, la siete punto tres, que permite rescindirlo si me asocio con alguien que «dañe la imagen de la marca».
Llevo dos meses viviendo con esa cláusula colgada del cuello como una amenaza.
—Miré a la cámara—. Pues la voy a usar yo.
Me acojo a la cláusula siete punto tres, en su espíritu exacto, y rescindo mi contrato con VoltAde.
Porque asociarme con quien edita mis palabras sin mi permiso, con quien fabrica comunicados que niegan a las personas que me importan, con quien usa material robado de mi taquilla como munición, eso sí que daña mi imagen.
Yo soy mi marca. Y mi marca no firma lo que escriben otros.
La sala se levantó a medias. Los flashes se dispararon. Al fondo, la fila de mis compañeros no se movió, callada, sólida, y esa quietud suya valía más que cualquier aplauso.
Y lo cuarto, lo último, lo dije mirando a la cámara, sabiendo que ella, en algún sitio, en algún momento, iba a ver esto, y que era lo único de toda la rueda de prensa que iba dirigido a una sola persona.
—Una última cosa, y con esto termino. Se ha dicho por ahí que yo le dictaba lo que escribe.
Que la musa era yo. —Negué con la cabeza, despacio—.
Es la mentira que más me ofende de todas, y la desmiento con conocimiento de causa.
Cada palabra de lo que ella escribe es suya.
Yo no le dicté una línea. Lo único que le corregí fue el fútbol, porque de fútbol sé, y lo único que dicté en toda esta historia fueron mis propios errores, que han sido unos cuantos.
Que conste en acta, aquí, con todo el mundo delante: ella escribe mejor de lo que yo voy a jugar en toda mi vida.
Yo he tenido la suerte de ser, un otoño, el tema.
El talento es todo suyo. Nada más. Gracias.
Vinieron las preguntas, y las aguanté todas, porque para eso había ido.
La incómoda: «¿No es esto una jugada de imagen para el draft?». La contesté seca: «Renunciar a mi único contrato a cuatro meses del draft es la peor jugada de imagen posible. Lo hago porque es lo que hay que hacer, no porque convenga. Si conviniera, ya lo habría hecho Vance por mí».
La trampa: «¿Confirma entonces una relación sentimental con la autora del serial?
». Ahí medí cada palabra: «Confirmo que es alguien que me importa y que no pienso hablar más de ella, porque su vida privada es suya, no mía, y ya se la han repartido bastante.
Lo que yo tenga que decirle, se lo digo a ella, no a ustedes».
Y la del vestuario, la que esperaba: «¿De dónde salieron las fotos del material privado?
». Aquí me jugaba el no convertir esto en otra ejecución pública, y contesté como había decidido: «Las fotos salieron de dentro del equipo.
Y lo que pasa dentro del equipo lo arregla el equipo, no un micrófono.
Ya se está arreglando. No voy a dar un nombre aquí, porque dar nombres en una sala como esta es exactamente lo que le han hecho a ella, y yo no hago eso».
Al fondo, la fila de mis compañeros asintió, una sola vez, todos a la vez, y Chase, que no estaba en esa fila, quedó nombrado por su ausencia sin que yo tuviera que gastar su nombre.
Al terminar, la reacción fue inmediata y fue rara.
VoltAde emitió en una hora un comunicado que «lamentaba la decisión unilateral del jugador y estudiaba acciones», redactado, sin duda, por el propio Vance, con su letra de siempre, defendiéndose de la única persona a la que llevaba meses defendiendo a la fuerza.
Y pasó lo que no esperaba: dos marcas pequeñas y una editorial deportiva llamaron esa misma tarde.
No a Vance. A mí, directamente, a mi teléfono, sin intermediario, porque Vance ya no era mi intermediario.
El mundo de después de Vance asomaba una línea: resultaba que se podía existir sin que un hombre te editara la voz.
Costaba más. Se ganaba menos, quizá. Pero la voz era mía.
En el vestuario, después, hubo un silencio de respeto raro, de los que no se llenan con música. Toby me pasó un botellín de agua, no de bebida isotónica, con una ceremonia deliberada, y preguntó lo único que había que preguntar:
—¿Y ahora?
—Ahora, el sábado —dije.
Y el jueves entrené como no entrenaba desde antes de la cirugía, ligero, sin nada colgado del cuello, y a puerta cerrada ensayamos la jugada.
La Suplente, entera, por primera vez con once hombres.
Funcionó a la tercera: dos hombres saliéndose de la jugada aparente, el campo entero mirando hacia donde no era, el balón acabando donde nadie salvo dos personas sabía que debía acabar.
Briggs la vio rodar y no dijo nada, que en él es la máxima nota.
Es una jugada que cuenta una historia, y el jueves, viéndola funcionar sobre el césped, cualquiera que supiera leerla la habría entendido sin que nadie dijera una palabra: dos que se salen de todos los esquemas, fuera de la banda, donde no cuenta nada oficial, y aun así ganan el partido.
El jueves por la noche, tarde, pasé por la Harlow y no entré.
Sabía, porque me lo había dicho Toby, que el playbook seguía en el buzón: ella no lo había recogido todavía, o lo había recogido y no me había dicho nada, imposible saberlo, y no era asunto mío preguntarlo.
Respetar el tiempo que ella había pedido incluía esto: no rondar su edificio, no rondar su buzón, no correr detrás del balón que ya había lanzado.
Pero podía dejar una cosa más en la puerta, que no era invadir, que era solo estar.
Dejé en el escalón de la entrada lateral del 800, la que ella usa, dos cosas.
Una bolsa gigante de gominolas de fresa ácida, de las que escuecen, la más grande que venden, con un lazo ridículo que me costó más que la propia bolsa.
Y al lado, envuelto en un paño, el fechador de biblioteca que compré en Denton Mills en octubre y me guardé sin explicar, el de las ruedecitas de bronce y la palabra PRÉSTAMO en el mango.
Le había puesto una fecha en las ruedecitas.
Ella sabría cuál cuando lo viera. No hacía falta nota.
Y me fui, sin llamar, sin esperar, sin mirar atrás más de una vez, dejando el balón en las manos correctas y soltando, que es lo único que había aprendido a hacer bien en toda esta historia, y que resultó ser, después de un otoño entero de sujetarlo todo, lo más difícil.
Lo que yo no sabía, mientras dejaba las gominolas en aquel escalón, era que a esa misma hora, dos edificios más allá, Cassandra Molina abría por fin el playbook.
Que le había dejado de temblar el pulso.
Y que estaba leyendo, línea a línea, todo lo que yo había escrito en aquellos márgenes durante dos noches sin dormir.