Capítulo 29
La defensa
A las cuatro menos dos del martes uno de diciembre, esperaba en la antesala del comité con Priya de segunda, el vestido de la gala puesto por segunda vez y la carpeta de mi vida en el regazo.
—Recuerda —dijo Priya, ajustándome el cuello con el rigor de una entrenadora de esquina—: no es un juicio.
—Me miró—. Vale, es exactamente un juicio.
Pero de los que se ganan con estilo, no con clemencia.
No entres a pedir perdón. Entra a presentar.
—Me puso las dos manos en los hombros—. Y una cosa: pase lo que pase ahí dentro, ya has ganado lo importante.
Vas a firmar con tu nombre delante de cinco personas.
Eso, se vote lo que se vote, ya no te lo quita nadie.
El vestido era el mismo. La misma armadura, otra guerra.
Solo que a la gala fui a esconder «Cartografías» detrás de una pulcritud sin sangre, y aquí venía a lo contrario.
En la carpeta ya no llevaba solo los relatos embalsamados.
Llevaba, impreso y encuadernado por mí esa mañana, todo el serial.
Las once entregas de «Cuarto y gol», subrayadas en rosa, con mis notas al margen. Mi proyecto en curso de verdad.
Se abrió la puerta. Una secretaria dijo mi nombre. Cassandra Molina Vera. Lo dijo entero, con los dos apellidos, el de mi padre y el de mi madre, y entré.
La sala era la que me había descrito Marsh: cinco al fondo, tras una mesa larga, y yo sola en una silla enfrente, con una jarra de agua que no pensaba tocar.
Los reconocí uno a uno por lo que me había avisado la doctora.
La vocal del decoro, mayor, con mi expediente abierto delante y las gafas en la punta de la nariz.
El vocal de las métricas, más joven, con una calculadora mental en los ojos.
El representante de los donantes, trajeado, mirando el reloj antes de empezar.
La vocal joven, al final de la mesa, que me sostuvo la mirada un segundo de más con una curiosidad que no era del todo institucional.
Y Marsh, en el centro, presidiendo la ponencia, con el lápiz quieto y la cara ilegible que le conozco.
Empezó la vocal del decoro, leyendo de un papel, con la cortesía fría de las ejecuciones bien educadas.
—Señorita Molina, el comité ha revisado su caso.
Su expediente académico es excelente, eso consta.
Pero la ayuda Whitfield lleva aparejada una cláusula de conducta, y han surgido...
circunstancias públicas que este comité debe valorar.
—Levantó la vista—. Antes de continuar, y para facilitarle las cosas, le ofrecemos una vía.
Usted puede declarar que ese... serial es una obra juvenil, ajena a su proyecto oficial, un desliz sin mayor recorrido.
Desvincularse de él. Y el comité valoraría su proyecto «Cartografías del silencio» sin esa sombra.
Sería lo más limpio para todos. ¿Desea acogerse a esa vía?
Y ahí estaba. La salida fácil. La puerta que me dejaban abierta para volver a ser la becaria seria, la de la pulcritud sin sangre, negando lo mejor que he escrito una última vez, delante de un comité, para conservar la beca.
Tres meses atrás la habría cruzado corriendo.
El profesor Aldrich vivía en esa puerta.
—No —dije—. No deseo acogerme a esa vía. Y con su permiso, voy a explicar por qué.
Abrí la carpeta. Saqué el serial encuadernado, las once entregas subrayadas en rosa, y lo dejé sobre la mesa, delante de ellos, con el mismo cuidado con que se deposita una tesis.
—Esto —dije— es mi proyecto en curso.
—Llevo tres años —empecé— escribiendo la obra con más lectores de esta universidad. Y llevo tres años pidiendo perdón por ella. Una de las dos cosas sobraba, y he tardado hasta hoy en darme cuenta de cuál.
La vocal del decoro abrió la boca. La dejé.
—Sé lo que van a decir. Que es un folletín.
Que es literatura menor. Que es un romance sobre un deportista, con escenas subidas de tono, publicado en una newsletter anónima, y que eso no es lo que financia la Whitfield.
Lo he pensado yo antes que ustedes, se lo aseguro, muchas noches.
—Respiré—. Y he llegado a la conclusión contraria.
Voy a defender aquí que escribir esto es más difícil que escribir lo que ustedes esperaban de mí. Y que lo he hecho mejor.
—Señorita Molina —cortó el vocal de las métricas—, con todo respeto, «más difícil» es una afirmación grande. Un proyecto académico exige rigor, estructura, una tradición detrás...
—Un romance también. —No subí la voz; solo no cedí—.
Déjeme darle datos, que es su idioma. Una escena romántica que funcione tiene que sostener tensión durante páginas sin que pase apenas nada externo; tiene que hacer verosímil el deseo, que es lo más fácil de escribir mal del mundo; tiene que manejar el consentimiento de dos personas de forma que se lea como deseo y no como trámite, y eso, técnicamente, es de lo más difícil que hay.
Tiene que enganchar cada viernes a miles de personas que no cobran por leerte y que se van si aflojas una semana.
—Puse la mano sobre el serial—. Yo llevo tres años clavando ese enganche cada siete días.
Sin faltar uno. Con público real y voluntario.
¿Cuántos proyectos académicos de esta casa tienen esa métrica de fidelidad? Se lo pregunto a usted, que mide.
El vocal de las métricas no contestó. La vocal joven, al final de la mesa, escondió media sonrisa detrás de la mano, y en el gesto de esconderla la delató: esa leía. Esa me había leído. Lo supe por cómo bajó los ojos, con la culpa exacta de las suplentes.
—Y hay algo que quiero que sepan —seguí, y aquí saqué la otra hoja, la que había guardado desde el primer día del incendio—.
La semana pasada, cuando esto estalló, cuando mi nombre estaba en todas las pantallas y yo no podía salir a la calle, me llegó un mensaje de una persona a la que no conozco.
Con su permiso, lo leo. —Lo leí, la voz firme—: «No me conoces, pero tu serial me sacó de un año muy oscuro, y solo quería decirte que ojalá estés bien y que no dejes que esto te lo quite».
—Levanté la vista—. Esto es lo que hace la literatura menor.
Saca a gente de años oscuros los viernes por la noche.
No sé cuántas cartas así reciben los proyectos que sí financian.
Yo he recibido esta en la peor semana de mi vida, y es la razón por la que estoy hoy aquí de pie defendiéndolo en vez de negándolo.
La vocal del decoro dejó su papel. Y planteó, ya sin la cortesía de antes, la pregunta que era el verdadero muro:
—¿Y el contenido explícito, señorita Molina? Porque no nos engañemos, es parte de lo que ha generado el... revuelo. ¿Cómo defiende usted, ante los donantes de esta institución, financiar escritura sexualmente explícita?
Era la pregunta trampa. La esperaba. La contesté despacio.
—Se lo defiendo con dos palabras: adultos y autoría.
Todo lo que escribo es entre personas adultas que consienten, escrito por una adulta que firma su criterio.
Y le voy a señalar una cosa incómoda, con respeto.
A nadie de este comité le preocupa financiar novelas donde se asesina, se tortura o se describe una guerra con todo detalle; eso es «literatura seria», da premios, entra en los planes de estudio.
Lo que incomoda no es que escriba el cuerpo.
Es que escriba el placer, y que lo escriba una mujer, y que lo lean sobre todo mujeres, y que encima acabe bien.
Hay una vara distinta para el dolor y para el deseo, y esa vara es más vieja que ustedes y que yo, y no es literaria: es de otra cosa.
Yo no pienso escribir con esa vara. Pienso escribir con la mía.
Silencio en la sala. El representante de los donantes había dejado de mirar el reloj.
—Eso es todo lo que tengo —dije, y me senté, porque lo mejor de un buen alegato es saber cuándo callarse.
Marsh habló al final, como presidenta de la ponencia, y lo que dijo lo recordaré mientras viva.
Dejó el lápiz. Se quitó las gafas. Y habló sin papel, mirándome a mí y no a sus colegas, con una voz que le había oído para exigir y nunca para esto.
—Voy a decir tres cosas, y quiero que consten en acta las tres.
—Una—. Hace unas semanas escribí en el expediente de esta alumna que su proyecto no tenía sangre.
Lo escribí yo, con estas manos, y era verdad entonces.
Retiro la queja. Lo que acabo de oír sangra.
Pedí sangre y me la han traído; sería deshonesto por mi parte no reconocerlo solo porque venga en un envase que no esperaba.
Dos. —Aquí bajó la voz, y por primera vez en un semestre la doctora Ellison Marsh no parecía una autoridad, sino una persona—.
Yo también escribí con otro nombre. Hace muchos años, cuando era más joven que usted y esta institución no financiaba a mujeres que escribieran ciertas cosas.
Publiqué bajo seudónimo lo que no me dejaban firmar, y me pasé la carrera entera separando a la profesora respetable de la autora que escondía, hasta que casi me olvido de la segunda.
He tardado cuarenta años en decir esta frase en una sala como esta, delante de un comité como este.
La digo hoy porque no pienso dejar que otra tarde cuarenta años en decirla.
No añadió nada más sobre eso. No dijo qué escribió, ni con qué nombre, ni dónde.
No hacía falta. Pensé en el lomo amarillento y gastado de su estantería, arrinconado entre los volúmenes serios, y no pregunté, y ella no ofreció, y ese libro sin título siguió siendo suyo, que es como deben seguir siendo algunas cosas.
—Y tres, que es lo procesal —terminó, recuperando la voz de siempre, poniéndose las gafas—.
Este comité no vota hoy. Lo estudiaremos y la resolución se comunicará el día nueve.
—Me sostuvo la mirada—. Puede retirarse, señorita Molina.
Y, extraoficialmente, y aunque no me corresponda decirlo desde esta silla: enhorabuena.
No por lo que decida el comité. Por lo que acaba de hacer usted, que era lo difícil.
En el pasillo, Priya me esperaba y lloraba, con estilo, que es la única manera en que Priya se permite llorar: de pie, muy digna, dejando que le caigan sin reconocerlas.
—No digas nada —me avisó, secándose con el dorso de la mano sin admitir que se secaba—.
Ha sido... —buscó la palabra, ella, que siempre las tiene—.
Ha sido una barbaridad. En el buen sentido jurídico.
Te has representado sola y has ganado, aunque el veredicto tarde nueve días.
Vámonos antes de que me ponga sentimental y tenga que denunciarme yo misma.
Salimos del edificio a la tarde de diciembre. Y de camino a casa, sin decírselo a Priya, hice el desvío que llevaba días evitando: pasé por la Harlow.
Subí a la tercera planta, que no pisaba desde la noche del 800, con el corazón haciendo cosas que no le había pedido. Y fui al hueco del volumen quinto, a nuestro buzón, sin saber muy bien por qué, quizá solo para comprobar que seguía existiendo.
No estaba el sobre de gominolas viejo. En su lugar había otra cosa.
Un playbook. De tapas verdes, viejo, con las esquinas comidas.
El playbook. El de los dos dólares, el de novato, el que empezó todo, el que yo había forrado de rosa hacía un otoño entero y le había devuelto al universo sin querer una noche de septiembre.
Estaba ahí, en el hueco, esperándome, sin nota, sin mensaje, solo él.
Lo saqué con las dos manos. Pesaba lo que pesan las cosas que traen algo dentro. Lo abrí por la primera página y vi, bajo mis anotaciones viejas en rosa, otra letra. Zurda. Arrastrada. Inclinando hasta las líneas. Contestando en el margen.
Cerré el playbook.
No lo leí. No pude, o no quise, o las dos cosas: acababa de plantarme delante de cinco personas y firmar mi nombre por primera vez en la vida, tenía el pulso todavía temblándome de eso, y lo que hubiera escrito él en esos márgenes merecía un pulso firme, no este.
Lo abracé contra el pecho, en mitad del pasillo vacío de la tercera planta, el playbook cerrado con su carta dentro sin leer, y me quedé así un rato, sola, con la tarde entrando por las ventanas del 800.
Hoy había firmado. Eso era lo de hoy, y no cabía nada más. Lo que él tuviera que decirme, lo que llevara dentro ese playbook, podía esperar a que me dejara de temblar el pulso.
Lo metí en el bolso, cerrado, y bajé la escalera contando peldaños, y esta vez, en el veinte, no sabía todavía lo que iba a hacer. Que era, después de un otoño entero de saberlo todo, la primera cosa buena del día que no había planeado.