Ve al baile.
ALGO HABÍA SUCEDIDO.
Otra vez.
Todos pensaban lo mismo mientras subían a la limusina de los Bellecourt, lo bastante espaciosa para acomodar a toda la familia. Pero como siempre, nadie dijo una palabra, e incluso Severin estaba secretamente inquieto por la tensión entre Gaël y su pupila.
El Baile del Alcalde era uno de los pocos eventos anuales a los que Jean Luc exigía la asistencia de toda su familia. Como los invitados eran los residentes humanos y preter más ricos y poderosos de la ciudad, quería que vieran a la Casa Bellecourt como un frente unido.
Y como ambos lo sabían, Gaël y Juliette no dudaron en desempeñar sus papeles de tutor devoto y pupila obediente en cuanto les tocó posar para la prensa.
Normalmente, Juliette le pedía a Gaël que pasaran el menor tiempo posible en la alfombra roja, pero como esta podría ser una de sus pocas oportunidades de permanecer a su lado, su timidez quedó completamente olvidada. Se aferró al brazo de su tutor y sonrió hacia un lado y hacia otro.
Sentía la gélida mirada azul de Gaël clavada en ella todo el tiempo, pero Juliette fingió no darse cuenta y se dijo que no tenía nada de qué sentirse culpable. Solo estaba cumpliendo con su deber como pupila, y resultaba que el deber de esa noche consistía en no separarse de él ni un momento.
El humor de Gaël se volvió cada vez más sombrío mientras observaba a su pupila desvivirse por captar la atención de cada reportero con el que se cruzaban.
Normalmente odiaba que la gente los mirara así, pero ahora actuaba como si le encantara ser el centro de atención.
¿Era su manera de intentar compensarlo? ¿Pensaba que su rechazo dolería menos si se esforzaba por convertirse en la pupila perfecta?
El corazón de Juliette empezó a latir con fuerza cuando por fin llegaron al final de la alfombra roja y bajaron las escaleras que conducían al salón de baile.
En eventos como este, Gaël solía concederle el primer baile antes de ocuparse de los negocios con otros invitados preter. Esperaba que esa noche fuera igual, pero al llegar al final de los escalones, Gaël se volvió hacia ella con una sonrisa que no le iluminó los ojos.
—Necesito hablar con Emilia Moretti. ¿Estarás bien si te dejo sola?
Juliette sintió como si le hubieran dado una bofetada, pero logró esbozar una sonrisa.
—Por supuesto.
Parpadeó conteniendo las lágrimas mientras lo veía alejarse. ¿Acaso eso significaba que ahora sabía que Emilia era su pareja casi perfecta... y no quería perder tiempo en buscar una alianza estratégica con la otra mujer?
Juliette intentó actuar con normalidad durante el resto de la velada, pero cuando pasó una hora y Gaël seguía encerrado en alguna habitación privada con la princesa, supo que tenía que irse antes de avergonzarse por completo y avergonzar a su familia.
El bosque detrás del ayuntamiento estaba oscuro y frío cuando Juliette salió a dar un paseo. Estaba tan perdida en su dolor que cuando empezó a sentir que la observaban, ya era demasiado tarde.
Algo ya había saltado de la oscuridad, y todo su mundo se tambaleó cuando se dio cuenta de lo que era.
Oh, Dios.
Era esa criatura otra vez.
El vampiro que había matado a Glynis.
Seguía vivo, y la miraba igual que aquel día.
(PRESA)
Quería gritar y llorar. Luchar y huir. Pero justo cuando la adrenalina y el pánico se disputaban su cuerpo, Juliette escuchó el peor sonido del mundo—
¡No, no, no!
Juliette y la criatura lo vieron al mismo tiempo.
Un niño pequeño, cuya risa hizo que la criatura se relamiera con avidez.
El niño tenía el cabello de un rubio gélido y mejillas de querubín, y Juliette se preguntó si el miedo la habría hecho perder la cordura. ¿Por qué ese niño parecía una versión en miniatura de un Bellecourt?
Una luciérnaga hizo que el niño corriera feliz tras ella, y justo cuando Juliette estaba a punto de gritarle que huyera, el pequeño tropezó y cayó, y la sangre empezó a gotear de la herida en su rodilla.
Oh, Dios, no.
Era como revivir el pasado. El niño no era viejo ni frágil como Glynis, pero era igual de indefenso. Igual de inocente. Y Juliette sabía que jamás podría vivir en paz si permitía que otra persona muriera en su lugar.
Oh, Dios, ¿por qué?
La mirada de la criatura oscilaba amenazante entre Juliette y el niño, que ahora lloraba llamando a su madre, y ella supo el momento exacto en que el hambre del vampiro por la sangre más fresca venció a su obsesión por ella.
Dios, oh, Dios.
Siempre se había preguntado por qué Dios le había permitido vivir, y tal vez esta era la razón. Tal vez nunca había estado destinada a salvar a Glynis. Tal vez, solo tal vez... Glynis había muerto para que Juliette tuviera la oportunidad de entregarlo todo por salvar a este niño.
EL INSTINTO DE GAËL le advirtió del peligro en el momento en que su reunión con Emilia llegó a su fin y se dio cuenta de que no encontraba a Juliette por ninguna parte.
Sabía que su pupila tenía la rara y tonta costumbre de salir a pasear cuando algo la preocupaba.
¿Habría ocurrido algo esa noche que la hubiera obligado a marcharse?
Una mujer sollozante se estrelló contra él en el momento en que salió del salón de baile para buscar a Juliette, y el aroma familiar que lo asaltó le erizó la piel. Maldijo entre dientes y retrocedió de un salto mientras la furia le hervía en las venas y se obligaba a alzar la vista.
—Gaël...
Era su exesposa, y nunca la había visto tan aterrorizada.
—He oído llorar a mi hijo —sollozó—. Lo he perdido y ahora no lo encuentro.
¿Qué demonios acababa de decir?
Y entonces echó a correr, y él solo pudo quedarse mirando cómo se alejaba.
¿Acababa de decir su hijo?
Fue tras ella sin pensar, y mientras seguía a Laura a través del bosque oscuro y extrañamente silencioso, se dio cuenta de que su exesposa estaba siguiendo el rastro de lo que probablemente era el olor de su hijo para encontrarlo.
¿Cómo podía Dios bendecir a una mujer como Laura con un hijo mientras se llevaba a su Rosey al cielo demasiado pronto?
Un aullido de rabia les desgarró los oídos un segundo después, y la sangre de Gaël se heló mientras el rostro de Laura palidecía de terror.
—¡No, por favor, Dios, no!
Era el sonido inconfundible de un vampiro que perdía los estribos, pero justo cuando se abrían paso entre enredaderas llenas de espinas, vieron a un vampiro retorciéndose en el suelo con una estaca clavada en el corazón, mientras un niño pequeño observaba en silencio, el rostro surcado de lágrimas y sombrío, los brazos apretados con fuerza alrededor de las caderas de una joven.
Laura cayó de rodillas.
—Callum, oh, Dios, cariño, ven aquí.
El niño corrió hacia su madre mientras Gaël se lanzaba hacia la chica.
Aunque ella no se hubiera dado la vuelta, aunque su aroma estuviera enmascarado, él ya lo sabía, oh, Dios, ya sabía que era ella...
Juliette.
Gaël rugió pidiendo ayuda mientras ella se desplomaba en sus brazos y la cabeza le caía hacia atrás.
—E-Etienne... lo que dijo Etienne era cierto.
Joder, joder, joder.
—Creí que eran p-paranoias mías...
No, Dios, no.
Ni siquiera entendía cómo podía articular palabra, con la garganta desgarrada y sangrando.
—Pero no lo e-estaba...
Llegaron sus hermanos, y Gaël miró a Jean Luc con el rostro ceniciento.
—Tengo que hacerlo.
—Me ha estado o-observando todos estos años...
Juliette había cerrado los ojos y murmuraba como si estuviera soñando.
—Yo era su obsesión...
El hermano mayor de Gaël se desgarró la muñeca con los colmillos y se la tendió.
—Bebe, hermano.
Y así comenzó el proceso de convertir a Juliette en Caro.