Capítulo 45 Quiero ser libre Parte 2
Siempre iba a despedirse una última vez de su hermano. Incluso con todo el odio que escupió, todo el rencor que flotaba entre ellos, todavía había algo sagrado, algo tácito. Un amor inmortal. Eso no desaparece.
Y ahí está Steve. Alto. Seguro de sí mismo. Pero su rostro carga con ese cóctel amargo de culpa e ira. Su presencia acapara toda la atención. Y justo detrás de él, como una sombra fantasmal, viene Roger. Seguro que fue él quien convenció a Steve de venir. Por supuesto.
Roger parece un hombre a medio desvanecerse, consumido por el dolor y el cáncer. Más pálido de lo que recuerdo, más pequeño de alguna manera. Menguado. Pero sigue ahí. Sigue luchando.
—Déjala, mamá. Por favor. Aquí no —dice Steve en voz baja, pero su voz llega.
Jill se seca las lágrimas, me lanza una última mirada asesina y luego comienza su discurso.
El pequeño gesto de protección de Steve no parece gran cosa, pero para mí lo es todo.
Un escudo. Un momento de rescate. Probablemente no lo hace por mí, más bien para evitar el drama, pero aun así me llega como un salvavidas.
Un destello de bondad en un mar de crueldad.
Miro hacia allá. Está sentado frente a mí, con la espalda recta, el rostro impenetrable. Roger se sienta a su lado, igual de tenso. Ambos miran hacia acá, brevemente, pero son los ojos de Steve los que sostienen los míos.
No dice una palabra. Pero de alguna manera, lo dice todo. Y en ese instante, me permito creer, solo por un segundo, que tal vez él también quiere empezar de nuevo. Que tal vez alguna parte de él todavía me ve. Todavía me quiere. No puedo evitar albergar esperanza. Es lo único que me queda.
Jill continúa con su discurso, volcando todo su amor por Brad —el niño de oro—, apenas coherente entre los sollozos. Alf se acerca a ella, la sostiene, intenta mantenerla en pie.
Es demasiado. El ruido, la actuación, el dolor. Y la necesidad cada vez más urgente de hacer pis. Salgo discretamente, procurando no llamar la atención, sin movimientos bruscos, no solo por discreción, sino también por el bien de mi vejiga.
Después de hacer el pis más necesario de mi vida —probablemente el único alivio que tendré hoy—, abro la puerta y encuentro a Roger ahí, apoyado contra la pared para mantenerse en pie. Respira con dificultad.
—Lo siento mucho, Roger. Muchísimo.
Él asiente. Acepta las palabras. Pero no pide más.
—No creo que debas estar aquí —dice tras una pausa—. Lo siento, Marie. Es Jill...
—Necesito estar aquí —lo interrumpo, con un desafío contenido—. Tengo que estar aquí.
—Una madre ha perdido a su hijo. Yo he perdido a mi hijo. Déjala pasar por esto. No lo conviertas en algo sobre ti.
Las palabras me aturden. Sacadas directamente de Jill, solo que a través de él. Por supuesto que su versión de las cosas está retorcida, contaminada por ella, y tal vez por Steve también. Dios sabe qué piensa de mí ahora.
—La gente piensa que yo era solo la otra. Que era estúpida. Tal vez lo sea. Pero teníamos algo, Roger. No habría arriesgado todo lo que tenía con Steve si no sintiera algo. Él tampoco.
—Brad te quería, Marie —concede Roger con suavidad.
Y lloro. Porque eso era todo lo que quería. Solo que alguien lo dijera. Que lo viera. Ya no puedo oírlo de Brad. Y nadie más me cree. Me siento tan absolutamente sola. Mis acciones, injustificadas. Mi corazón, incomprendido. Nadie entiende.
—Creo que te quería, Marie. Solo lo conocí como adulto durante... poco tiempo. Pero lo conocí. No dudo que vosotros dos teníais algo. No voy a descartarlo. Steve tampoco, aunque le duela. Obviamente. Nunca lo dirá, pero lo sabe.
Entre lágrimas, lucho por encontrar las palabras. Cada sílaba me cuesta un esfuerzo.
—Era especial. Bradley era especial —logro decir entre sollozos, sin aliento—. ¿Qué narices se supone que hago ahora, Roger?
Lo medita, reflexiona un momento, toma aire.
—Vivir, Marie. Eso es lo que toca. La vida sigue.
Yo debería saberlo. Bradley vivió, aunque se truncó demasiado pronto en un trágico accidente —dice, enfatizando la última parte, y esas palabras significan más de lo que él imagina—.
Vivió, y ahora tú también debes hacerlo.
No nos queda más remedio que seguir adelante, hasta que el Señor decida que es el momento.
—¿Cómo voy a vivir así, sin más? ¿Cómo? Solo quiero huir. Tú lo hiciste, ¿verdad? Huiste, y te funcionó. Te escapaste. Empezaste de nuevo.
Enfatizo cada palabra, intentando convencerme de que es el único camino.
—Huí, sí. Pero huir es lo fácil. Vivir con ello, eso es lo difícil. Cada día pensaba en lo que dejé atrás.
—Pero nunca volviste. Sí empezaste de nuevo. Y en el fondo, Roger, construiste algo nuevo. Algo mejor. Volviste para cerrar tu historia, no para reescribirla. Eras feliz. Lo eras. Fue difícil, tal vez incluso imposible a veces, pero si pudieras volver atrás... seguirías huyendo, ¿verdad?
No dice nada. Solo me mira, largo y tendido, guardándose la verdad que lleva dentro.
Al fin habla, más bajo esta vez:
—No puedes huir de Steve.
Y eso es todo. Eso es todo lo que me da. Sabe que puedo hacerlo. Tal vez incluso piensa que debería. Pero ahora le ha salido el instinto protector. Piensa en su hijo.
El que todavía está vivo. El que quedó atrás.
—Creo que tengo que hacerlo, Roger.
Las palabras salen planas, pero van cargadas. Pienso en todo lo que dijo Stacey. Pienso en mamá, en Steve, en todo el desastre que he causado. ¿Podría de verdad alejarme de todo esto? ¿Podría hacerles eso? ¿Hacérmelo a mí misma? Pero quedarme es como ahogarme. Y llevo demasiado tiempo boqueando.
Me alejo de Roger y salgo. El aire me golpea, ese frío cortante que te recuerda que sigues viva. El sol está bajo, lo baña todo en dorado y gris. Hermoso y desolador a la vez.
Entonces, a mi espalda, la voz de Steve rompe el silencio.
—¡Marie!
Me vuelvo. Steve viene hacia mí. Sus pasos, rápidos, inseguros.
—¿Te vas?
Asiento y le agradezco que le pidiera a su madre que parara, que dejara de ir a por mí. Intenta esbozar una sonrisa, pero no le sale.
—Bueno, seguramente intentará matarte cuando todo esto acabe, así que mejor que te largues de aquí.
Suelto una risa breve. Me resulta extraño, ajeno. Asiento de nuevo. Empiezo a darme la vuelta. Pero no puedo. Todavía no. Hay algo que necesito decir.
—¿Steve...?
Se detiene.
—¿Sí?
—Necesito saber.
Me tiembla la voz. El corazón me late con fuerza.
—Sé lo que dijiste antes. Sé que estabas enfadado. Pero necesito preguntarte. ¿Hay alguna posibilidad... aunque sea mínima... de que podamos volver a encontrarnos? ¿De intentarlo otra vez? ¿Por Freddie, por nosotros?
Me detengo un momento.
—He cometido muchos errores. Pero quererte... eso no fue uno de ellos.
Steve no se apresura a responder. Se queda quieto. Piensa. Aprieta la mandíbula, sus ojos llenos... cargados de algo que no logro descifrar. Y entonces, en voz baja, con firmeza:
—Marie... si Brad estuviera aquí, estarías con él. No pienso vivir mi vida siendo el segundo plato, aunque mi hermano ya no esté.
Agacha la cabeza, apenas puede mirarme.
—Siempre te querré... y siempre te odiaré por eso.
Recibo sus palabras y no puedo hacer más que asentir. Dejar que calen. Dejar que se posen en mi pecho como piedras. Levanto la vista, intento recomponerme.
—Esa canción de Queen que ha sonado antes... ¿la elegiste tú? —le pregunto.
Steve asiente, tragando saliva.
—Sí. Era nuestra favorita, de Brad y mía.
—¿I Want to Break Free?
Asiente de nuevo, con las lágrimas aflorando. Una se escapa y resbala en silencio por su mejilla.
—Sí.
Le sostengo la mirada.
—Yo también —digo en voz baja—. Yo también quiero liberarme.
Y entonces me doy la vuelta y echo a andar.
Steve vuelve a llamarme... esta vez con un temblor en la voz, como si de pronto comprendiera adónde puede llevar esto. Pero no me vuelvo. No puedo. Porque si lo miro ahora, me derrumbaré. Y no puedo permitírmelo. No otra vez.
Así que sigo caminando. Camino hasta que su voz se pierde a mi espalda. Y en ese momento... con el viento frío de abril en las mejillas y el dolor en el pecho casi insoportable... comprendo que esto no tiene arreglo. No hay forma de repararlo.
Así que termina aquí, en un funeral. Qué perfecto. A las puertas de una iglesia. La iglesia donde pensábamos casarnos, pero que ahora es el escenario del final... con un único voto que todavía puedo pronunciar.
Marcharme.
Para siempre.