Capítulo 23 Rory
Han pasado un par de semanas y las cosas entre Steve y yo se han asentado en una normalidad tan tranquila que resulta casi inquietante.
Se muestra delicado, amable, conversador, divertido y, por supuesto, cachondo: todo lo que me encanta de él.
Es como si el destino me lo restregara en la cara, un cruel recordatorio de lo que me arriesgo a perder.
Esta sensación de calma debería ser reconfortante, pero es imposible sentirse relajada o contenta después de lo que he hecho.
Estoy constantemente en tensión, paranoica con la idea de que Brad aparezca sin avisar, aterrorizada de que le cuente todo a Steve, y aún más asustada de cómo me sentiré cuando vuelva a verlo.
A veces te convences de que solo necesitas quitarte algo de encima, matar la curiosidad, una vez y listo.
Eso es lo que sigo diciéndome sobre esta situación.
Pero cada vez que intento simplificar las cosas en mi cabeza, acabo complicándolas aún más.
Así que estoy haciendo un esfuerzo consciente por actuar con normalidad, por entregarme a una relación feliz y fiel con Steve. Se lo debo a él, y a mí misma, al menos intentarlo.
Ahora mismo me centro en planear algo especial para el cumpleaños de Steve, que cae justo antes del mío. Steve no es de celebrar cumpleaños; tiende a dejarlos pasar sin mucho alboroto.
—Voy a cumplir veintisiete, no siete —me recuerda constantemente, como si celebrar fuera cosa de niños.
Aun así, he conseguido entradas para ver a Deep Purple en el Hammersmith Odeon el día de su cumpleaños. Compré dos, lo que podría dar a entender que pensaba ir con él, pero la verdad es que no sabría nombrar ni una de sus canciones.
—Las reconocerás en cuanto las oigas —insiste Steve, y acto seguido pone una canción que no he oído en mi vida. No me apetece nada ir, y resulta que su mejor amigo Rory es medio fan, así que sugerí que fueran juntos.
El día del cumpleaños de Steve, Jill se pasa por casa por la mañana.
Es raro que venga al piso, pero me siento un poco más cómoda teniéndola aquí que yendo nosotros a su casa.
Es la primera vez que Steve ve a su madre desde que empezó su investigación informal sobre el pasado de ella, y la primera vez que yo la veo desde que rebusqué en sus cajones secretos.
—Me has estado evitando —declara con amargura mientras le entrega a Steve una tarjeta de cumpleaños cutre y barata.
—He estado muy liado, mamá. El trabajo es una pesadilla; esta recesión nos está dando por culo —responde Steve, intentando parecer despreocupado.
—Primero Bradley se larga, luego tú prácticamente desapareces. Me habéis dejado sola, como vuestro padre —dispara ella mientras enciende un cigarrillo con una calada brusca—. Podría estar muerta y ni os enteraríais —añade, soltando el humo con dramatismo.
—Te llamé la semana pasada —dice Steve a la defensiva.
—Vivimos en el mismo pueblo, Steven, y bien podríamos estar en países diferentes.
Ojalá fuera verdad, pienso para mis adentros.
—Es ella, ¿verdad? —Jill me señala con el cigarrillo encendido; le tiembla ligeramente la mano—. Ella no quiere que me veas.
—No seas ridícula —interviene Steve rápidamente, saliendo en mi defensa. Niego con la cabeza, incrédula, e intento que su acusación no me afecte.
Jill clava la mirada en mí, entornando los ojos detrás de las gafas de montura gruesa. Me atraviesan, escrutándome de arriba abajo.
Desearía que Steve simplemente le dijera lo que sabe: lo de la foto, lo de Dom Field, cómo hemos reconstruido la cronología de su ruptura con Roger. Tiene la verdad en la punta de la lengua, lo noto. Pero se queda callado, demasiado asustado de desatar el caos que vendría después.
—No sabéis lo que es estar sola —dice con voz cortante, cargada de amargura—. Tan sola. Será mi fin.
—Bueno, ¿y por qué no conoces a alguien? —replico; las palabras se me escapan antes de poder contenerlas. Steve me mira estupefacto, y Jill abre los ojos de par en par.
—¿Qué? —espeta.
—Búscate un tío. Podríamos poner un anuncio en el periódico —respondo con una sonrisa burlona, sabiendo perfectamente lo absurdo que suena.
—No, gracias —dice, destilando desdén en cada sílaba—. Solo amaré a un hombre.
No puedo evitarlo: me echo a reír. Es una reacción visceral, inevitable y totalmente inapropiada. Intento contenerla, pero el daño está hecho.
—¿De qué te ríes? ¿Eh? ¿Qué tiene tanta gracia? —exige Jill, con la cara roja, fulminándome con la mirada.
—Nada... absolutamente nada —respondo rápidamente, intentando suavizar las cosas, aunque aún me hace gracia.
Jill se acerca a mí con el cigarrillo aún humeante. Está incómodamente cerca; noto su aliento caliente en la piel. No dice nada de inmediato, solo me estudia como si fuera un rompecabezas que intenta resolver.
Finalmente, dirige la mirada hacia Steve.
—Es una mala influencia, Steve —declara con inquietante seguridad—. Recuerda lo que te digo, chico: esa trae problemas. Será tu perdición si no andas con cuidado.
Se aparta, dejándome expuesta, y se acerca a Steve.
—Pásate más, ¿vale, hijo? —dice Jill con su habitual tono de insatisfacción—. Brad me llama cada dos días, y eso que está por todo el país: aquí, allá y en todas partes.
Hace una pausa y deja que la comparación flote en el aire, recordándole a Steve una vez más lo poco que vale a sus ojos comparado con su hermano.
—¿Qué tal le va a Brad? —pregunta Steve como quien no quiere la cosa, aunque percibo un deje de molestia bajo la superficie. Solo oír el nombre de Brad hace que se me revuelva el estómago; el pánico se arrastra hacia mí como una sombra.
—Dice que está enamorado —anuncia Jill con un deje de curiosidad en la voz. Se me para el corazón un instante y luego empieza a latirme con furia. Me entran náuseas de verdad.
—¿Y eso qué tiene de nuevo? —responde Steve con desdén, poniendo los ojos en blanco.
—Dice que esta es diferente —continúa Jill—. Se conocieron en esta gira que está haciendo. Nunca se sabe, pero... bueno, se le oye feliz.
Intento ocultar el pánico que me invade mientras mi mente no para de dar vueltas. ¿Está hablando de mí? ¿Cómo puede hablar de esto con tanta naturalidad, y encima con su madre? ¿Va a contárselo todo? ¿Ya se lo ha contado?
—¿Cómo se llama? —suelto sin pensar, con la voz más aguda de lo que me gustaría—. ¿El nuevo amor de Brad?
Jill me mira, algo desconcertada por la urgencia de mi pregunta.
—Ah, no sé... ¿Meghan, quizás? Sí, eso es, Meghan, creo.
Me quedo ahí de pie, con la mente a mil. Me aferro a la posibilidad de que Meghan sea real, alguien de verdad, y no una tapadera elaborada para encubrirme. Pero entonces caigo en la coincidencia: el nombre empieza por M. Es casi como una pequeña pista, una señal.
Pero quizás sí sea real. Y entonces siento una punzada de celos hacia esta Meghan. Que podría ser completamente inventada, o podría ser yo. En cualquier caso, la idea me inquieta.
—Feliz cumpleaños, hijo —dice Jill, con la voz algo más suave. Y con eso se marcha, dejando el humo del cigarrillo flotando en el aire.
Me giro hacia Steve.
—Así que Meghan... qué bien por Brad —digo, arrepintiéndome al instante de haberlo mencionado siquiera. Steve asiente, pero sin convicción, como si él tampoco se lo creyera del todo. Ojalá supiera la verdad.
Esa misma tarde, el colega de Steve, Rory, pasa por casa antes de que ambos se vayan a Hammersmith para el concierto.
Rory es precioso, por dentro y por fuera: pelo rubio llamativo, pómulos marcados, tez pálida y ridículamente delgado.
Se mueve con tanta ligereza, con tanta naturalidad, como si estuviera hecho de algo más suave que el resto de nosotros.
Dulce pero travieso. Su acento esccocés es muy marcado, aunque él insiste en que lo ha perdido por completo.
Solo nos hemos visto unas pocas veces, pero siempre disfruto charlando con él.
Tengo la sensación de que seríamos grandes amigos si me dejara llevar, pero no quiero invadir el terreno de Steve.
Él y Rory son mejores amigos, eso salta a la vista.
Hay una complicidad entre ellos, una especie de lenguaje propio, probablemente forjado por su pasión compartida por la fotografía.
Rory llega con una bolsa de alcohol en alto como si fuera un trofeo; las botellas de cristal tintinean triunfantes.
—¿Quién se apunta? —exclama.
—Es un poco pronto —responde Steve.
—¡Venga ya, anda, que es tu cumpleaños! —declara Rory, dándole un beso en la mejilla mientras empieza a abrir botellas.
—Voy a poner algo de música —anuncia Steve—. ¿Alguna petición?
—Pon algo de Spandau para tu chica —dice Rory con una sonrisa burlona.
—¿Cómo sabías que me gusta Spandau Ballet? —pregunto.
—Me lo dijiste la última vez que te vi.
—Joder, qué buena memoria tienes.
—Ya ves. Y prefiero escuchar eso que Deep Purple.
—¡Pensaba que eras fan! —interviene Steve.
—Soy fan de salir de fiesta. Solo me sé dos puñeteras canciones, y son bastante cutres.
—Más que yo —añado.
Mientras Steve revisa su colección de CDs, de repente caigo en la cuenta: el CD de Brad está escondido dentro del álbum de Spandau Ballet.
Mierda.
Steve lo tiene en las manos. Está a punto de abrirlo.
—¡NO! —suelto.
Tanto Steve como Rory se me quedan mirando.
—¿Qué pasa? —pregunta Steve, totalmente desconcertado.
—Es tu cumpleaños, ¿no? Deberías poner lo que tú quieras... ¿un poco de Queen?
—Aquí la única reina soy yo, cariño —bromea Rory, levantando la mano.
Mientras se ríen, le quito la caja de Spandau Ballet a Steve de las manos y la meto al fondo de la colección, poniendo un álbum de Queen que empieza a sonar de fondo.
Unas copas después, apenas es mediodía y ya estoy completamente borracha.
Flotamos en alcohol, la habitación se balancea a nuestro alrededor.
Apenas puedo mantenerme en pie; joder, ni siquiera estoy segura de sentir nada.
Rory suelta una anécdota increíble tras otra, cada una más escandalosa que la anterior.
Luego decide probarse algo de mi ropa, insistiendo en que está fantástico con una minifalda.
Y la verdad es que no se equivoca: tiene unas piernas de escándalo.
De repente, Steve se levanta de un salto y, al hacerlo, parece darse cuenta de lo borracho que está en realidad.
—No nos van... a dejar entrar... al concierto... —farfulla, entre arrepentido y divertido—. Deberíamos haber comido algo.
Hace una pausa, tambaleándose.
—Necesito comer.
Y con eso, se tambalea hacia la cocina, balanceándose de un lado a otro como un pirata en plena tormenta.
Mientras tanto, Rory y yo seguimos desparramados en el sofá, todavía dándole al trago; Rory ahora envuelto en una mezcla caótica de su ropa y la mía.
—Me caes bien, ¿sabes, Marie? De verdad. Eres una tía divertida —dice Rory, dando un trago de una botella sin etiqueta con un contenido sospechoso—. Te prefiero a la anterior, ¿sabes?
Me lanza una mirada cómplice.
—¿Charlotte?
—Esa misma. Muy seria, esa chica. Demasiado adulta para su edad. Me parecía un poco raro.
—¿Cuántos años tenía? —indago, intentando sacarle más información.
—Ni puta idea. ¿Veintidós? Joven, pero sin pizca de sentido del humor, ¿sabes?
Hace una pausa y añade:
—Creo que sigue en Texas.
—Espera... ¿trabajaba en Texas? —parpadeo mientras las piezas encajan—. ¿Cuando Steve era encargado?
—Sí, creo que por eso lo dejó. A la gente no le gustaba, ¿sabes?
Un millón de pensamientos me inundan la mente justo cuando Steve regresa, mordisqueando tranquilamente un sándwich de Marmite. Me levanto; la bruma del alcohol se despeja lo suficiente para dejar sitio a mi determinación.
—Nunca me dijiste que tu ex trabajaba en Texas —digo con firmeza. Steve se queda paralizado masticando, con medio sándwich todavía en la boca.
—¿Y qué?
—¿Cómo que «y qué»? ¿No lo ves? Has vuelto a hacer lo mismo. ¡Soy otra Charlotte, pero en versión Safeway!
—No seas ridícula.
—No soy ridícula, Steve. ¡Es un patrón! Te conviertes en gerente, ligas con una colega joven que tienes a tu cargo, te la llevas a la cama, luego te largas y vuelta a empezar. Y así una y otra vez. Me pregunto si no habrá también alguna chica de MFI por ahí.
Steve parece atónito. Mi borrachera ha echado gasolina al fuego, pero la furia y la incredulidad que siento son completamente reales. Se vuelve hacia Rory, con la rabia a punto de estallar.
—¡¿Qué coño le has contado?! Muy bien, tío.
Rory levanta las manos como rindiéndose en broma.
—Solo decía que me caía mejor que tu última novia —dice a la defensiva. Luego me mira—. De quien deberías saber es de la que hubo antes de Charlotte...
—No. —La voz de Steve es cortante, atraviesa la habitación—. Ya basta, Rory. Estás removiendo mierda y eso no se hace.
—¿Qué pasa con la anterior? —presiono a Rory. El pulso se me acelera.
—No hubo ninguna anterior —espeta Steve—. Solo he tenido dos relaciones serias. Dos relaciones que de verdad significaron algo. Tú y Charlotte. ¿Vale?
Sigue hablando mientras mastica el sándwich de Marmite, lo que le quita bastante solemnidad a su gran declaración.
—Sé que puede parecer lo mismo, pero no puedo evitarlo. Eres diferente, Marie. Esto es diferente.
—Sí, es verdad —asiente Rory—. Te quiere, ¿sabes?
Rory se levanta y me da un abrazo fuerte, y me frota los brazos.
—No quería disgustarte.
Luego se vuelve hacia Steve.
—Lo siento, Steve. Soy un capullo integral, ¿verdad?
—A veces lo eres —responde Steve, sorprendentemente serio.
—Él no ha hecho nada malo —replico, saliendo en defensa de Rory.
Intento no darle vueltas a esta nueva información: el parecido con Charlotte, las insinuaciones de Rory sobre la anterior... Me reconcome, pero intento quitármelo de la cabeza. Ya tengo la mente saturada; no estoy segura de poder aguantar mucho más.