Todos esconden algo Capítulo 10 Un error mayor
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Capítulo 10 Un error mayor

Los últimos días han sido de lo más difíciles.

Ha sido casi imposible tener una conversación decente con Steve desde el «Incidente del Prepucio», como he decidido llamarlo.

Ese nombre queda estrictamente entre Sharon y yo, por supuesto; no pienso volver a mencionar un pene delante de Steve.

Se ha mostrado totalmente frío, hasta el punto de que he decidido quedarme en casa de Sharon unas cuantas noches.

Ni de broma puedo plantarme en casa de mis padres.

Apenas ha pasado una semana desde que salí dando un portazo y declaré que me iba para siempre.

Papá disfrutaría de lo lindo viéndome volver con el rabo entre las piernas.

Ha sido tan horrible que acabé viendo la semifinal del Mundial sola.

Sharon estaba trabajando, Steve prácticamente no me dirige la palabra, y ni siquiera puedo enfrentarme a papá.

Así que ahí estaba yo, sentada hecha polvo, viéndolos perder en la tanda de penaltis contra Alemania.

Ya me imaginaba a papá aporreando la tele y despotricando sobre los nazis.

Que Inglaterra perdiera tampoco ha mejorado mucho el humor de Steve, aunque tampoco es que estuviera genial para empezar.

Eso sí, no está del todo hundido. Ayer lo pillé charlando con una clienta joven.

No tengo ni idea de qué hablaban, pero parecía muy agradable, demasiado agradable.

Se estaba riendo de verdad, y sentí como si me dieran un puñetazo en el pecho.

Ni siquiera recuerdo la última vez que lo vi reír.

De hecho, ahora me está entrando el pánico...

¿Lo he visto reír alguna vez? Dios, esto me está consumiendo.

En fin, esta lagarta pintarrajeada decidió venir a mi caja después de tantas risitas. No pude evitarlo. Le di mal el cambio a propósito. Casi cinco libras de menos. Se fue pavoneándose, sin enterarse de nada, tan creída y tan boba. Bien merecido lo tiene.

En cuanto a Steve y yo... Supongo que seguimos juntos, aunque de una forma muy rara. Apenas hablamos ya. No nos hemos besado desde «el incidente». Lo único que recibo es un besito en la frente por la noche, y eso con suerte. Dios, cómo le gusta enfurruñarse.

Cuando le dije que me iba a quedar con Sharon unas cuantas noches, se limitó a asentir y dijo que era buena idea, que necesitábamos algo de espacio. ¿Espacio? Yo no necesito espacio. Lo necesito a él. Pero haré lo que sea con tal de que volvamos a ser como antes.

El jueves pasó algo de verdad impactante.

Bajaba las escaleras desde la cafetería del personal hacia la planta de la tienda, y Steve subía.

Me vio, clarísimo, y simplemente me ignoró.

Por completo. Ni un gesto. Pasó a mi lado como si yo no existiera.

Me quedé paralizada a mitad de las escaleras, totalmente atónita, con la cabeza a mil.

Era como si fuera un fantasma. No podía creerlo, todo era tan surrealista, como si aquello no pudiera estar pasando de verdad.

Volví a mi caja hecha una furia. Apenas miré a los clientes a los ojos mientras pasaba sus artículos por el escáner como si la hubiera tomado con los packs de jamón.

—Más despacio, por favor, cariño —dijo una anciana en la cola.

La ignoré también. Al final desapareció detrás de la montaña de compras que se iba acumulando al final de la caja.

A ver, estaba cabreada y necesitaba hablar con Steve, ya estaba bien, no podía aguantar más este limbo.

Teníamos que aclarar las cosas para saber a qué atenerme.

Eso sí, una cosa tenía clara: no iba a suplicar ni a seguir pidiendo perdón porque, francamente, él era el que tenía que madurar. Ahora el patético era él.

Miré los turnos en el trabajo y vi que los dos teníamos el viernes libre. Perfecto. Iría a su casa esa tarde, sin avisar, sin darle la oportunidad de esquivarme como hizo en las escaleras.

Cuando llego, Brad abre la puerta. La música retumba desde algún lugar de la casa, una canción de rock duro que no conozco.

Brad se hace a un lado para dejarme pasar y baja el volumen mientras dice:

—No sé dónde anda el amargado ese, lo siento.

Su tono es cortante, como si llevara aguantando las movidas de Steve tanto como yo.

—Pues lo espero —respondo, dejándome caer en el sofá.

Enseguida me fijo en el hueco donde solía estar nuestro viejo colchón asqueroso.

Ha desaparecido. Me da un vuelco el estómago; hay algo demasiado definitivo en eso, como si de verdad se hubiera acabado todo.

Veo un edredón junto al sofá; ahí debe de dormir ahora, después de renunciar al colchón, de renunciar a la idea de que yo duerma a su lado.

—¿Y por qué se mosquea? —pregunta Brad, arqueando una ceja.

La situación es bastante incómoda; no es que pueda contarle la verdad, ¿no?

—Por nada. Tampoco es nada importante.

Casi me río de la absurda ironía de mis palabras, pero estoy demasiado hecha polvo para que me haga gracia.

Brad se encoge de hombros, apoyado en el marco de la puerta.

—Típico de Steven —dice con un suspiro—. Se altera por cualquier tontería y luego se aferra a ello con uñas y dientes. Una vez estuvo seis meses sin hablarme.

—¿Seis meses?

No disimulo mi curiosidad.

—¿Por qué?

Duda, acariciándose la barba despacio.

—Bueno... no fue muy amable con mamá. Así que le canté las cuarenta. La cosa se puso fea, nos liamos a empujones, y ahí quedó la cosa.

—¿Qué dijo? —insisto con suavidad.

Brad aprieta la mandíbula.

—La llamó mentirosa.

Hace una pausa y su voz adopta un tono defensivo.

—Mamá no es ninguna mentirosa. Es complicada, sí, pero no miente.

Mientras habla, me fijo en la botella de vodka que lleva en la mano. Al principio no me había parecido que estuviera borracho, pero cuanto más habla, más evidente resulta.

—El caso es —continúa Brad, dando otro trago— que Steve se cree perfecto, con eso de ser encargado y tal.

Otro sorbo.

—Pero puede ser muy rencoroso. Vengativo. Y madre mía, cómo se le enquistan las cosas.

—¿Y qué os hizo volver a hablaros? —pregunto, inclinándome hacia delante, ya en pleno modo detective.

Brad se encoge de hombros con desgana.

—El tiempo, supongo. Sin más, nos olvidamos del tema. Así somos. No hablamos de las cosas, porque cuando lo hacemos, todo se va a la mierda. Mejor no decir nada.

Me quedo ahí sentada, asimilando cada palabra, fascinada e inquieta a partes iguales. Cuanto más escucho, más me preocupa en qué me he metido. Y aun así, a pesar de todo, sigo sintiendo esa necesidad desesperante de luchar por Steve.

Brad se tambalea hasta el sofá y se desploma a mi lado. La borrachera lo ha ablandado, lo ha vuelto casi tierno.

—Me temo que va a hacerte daño, Marie —dice de repente. Habla en voz baja, pero con firmeza—. No te lo mereces. Eres una… chica encantadora.

—¿Hacerme daño? ¿Qué quieres decir? ¿Ya le ha hecho daño a alguien antes?

Brad resopla con desdén, como si la respuesta fuera obvia.

—No voy a tirar a mi hermano a los leones —murmura, y da otro trago—, pero eres lista. Puede que estés empezando a verlo: en realidad no lo conoces. Todavía no.

En ese momento, mil pensamientos se agolpan en mi cabeza.

¿De qué está hablando? Quiero preguntarle más, pero también sé que sonsacarle información sobre Steve a su hermano quizá no sea lo más sensato.

Mi mente vuela hacia el pasado de Steve.

Hacia su ex, Charlotte. No quería ser una de esas novias que escarban constantemente en el pasado de alguien; para mí lo que importa es el futuro. Pero las palabras de Brad me inquietan.

—¿Qué pasó entre él y Charlotte? —pregunto, vencida por la curiosidad. Brad niega con la cabeza, claramente sin ganas de profundizar en el tema.

—No me corresponde a mí contarlo —murmura, bebiendo de su botella.

Me la ofrece y, para mi sorpresa, la acepto.

No estoy pensando con claridad. Estoy confundida: ni siquiera sé si estoy soltera o en una relación.

No estoy segura de conocer siquiera a la persona con la que se supone que estoy.

Doy un largo trago, y Brad se levanta a buscarme un vaso.

—¿Quieres limonada o algo para mezclarlo? —pregunta.

—No, así está bien. —Doy otro trago mientras Brad me observa sorprendido. Estoy decidida a quedarme, a esperar a que aparezca Steve e intentar aclarar todo esto, pero también quiero quedarme con Brad. Ya no puedo negarlo: me gusta estar con él.

—Entonces, ¿crees que no debería estar con Steve? —le pregunto sin rodeos.

—Creo que deberías hacer lo que te haga feliz —responde Brad.

Me quedo callada un momento, sopesando sus palabras. Luego respondo con sinceridad:

—Steve me hace feliz. Muy feliz.

—Bien —dice, con la voz algo más suave—. Me alegra oír eso. Con suerte, volverá pronto.

Brad se dirige entonces hacia su habitación, como dispuesto a dejarme sola.

Quizá haya perdido el interés en la conversación, o quizá le preocupe decir algo que no debería.

Sea como sea, desearía que se quedara conmigo.

Pero noto que todo el tema de Steve empieza a frustrarlo. Miro hacia el tocadiscos y lo señalo.

—Creo que me merezco otra sesión de karaoke de Bradley —digo, esbozando una sonrisa.

A Brad se le ilumina la cara.

—¿Qué ponemos? —pregunta entusiasmado.

—Oh, esto es cosa tuya —respondo con una sonrisa burlona—. Venga, sorpréndeme.

Se pone a rebuscar en su colección de música y elige algo con cuidado.

Los primeros compases de Dancing in the Dark de Bruce Springsteen resuenan por los altavoces, y no puedo evitarlo: me levanto, es imposible quedarse quieta con esa canción.

Apenas he dado unos tragos de vodka, pero ya llevo el pelo suelto sobre los hombros y estoy bailando donde antes estaba mi colchón mohoso.